jueves, 17 de abril de 2014

Capitulo 169 ♥

Me siento en lo alto de la escalera con la mirada en el suelo. Estoy en
trance. Esto podría haber acabado muchísimo peor. No me cabe duda de
que Pedro tendrá algo que decir acerca de mi falta de honestidad con
respecto a la presencia de Matias, pero debería entenderlo. ¿Por qué iba a
contárselo? No soy tan idiota. Bueno, por lo visto sí que lo soy. No se me
ocurrió pensar que habría cámaras de seguridad, y desde luego no esperaba
que Pedro empezara a comportarse como Hércules Poirot.
—No me habías dicho nada de Matias. —Su tono calmado no me
engaña. Pero ¿por qué se centra en eso en lugar de en el asunto más
importante que tenemos entre manos..., el tipo trajeado de la barra? Sé que
Pedro también piensa que es él.
Elevo los hombros con ansiedad pero no levanto la mirada; ya sé que
está furioso. No necesito confirmarlo visualmente, y creo que es bastante
obvio por qué no mencioné lo de Matias.
—No quería que te enfadaras.
—¿Enfadarme yo? —dice, sorprendido.
—Vale, no quería que te cabrearas. —Lo miro y me encuentro con una
expresión totalmente impertérrita. Estoy extrañada. Esperaba que estuviera
rojo por la furia—. Nos encontramos por casualidad.
—Pero estuvisteis charlando durante unos minutos. ¿De qué
hablasteis?
—Él se disculpó.
—¿Durante todo ese tiempo? —dice con las cejas enarcadas.
Tiene razón, para disculparse sólo se necesitan un par de segundos,
pero no recuerdo cada detalle de la conversación.
—Te dije que no volvieras a verlo.
Lo miro con la boca abierta.
—Pedro, no lo planeé. Ya te he dicho que fue una coincidencia. —
¿Qué pretendía que hiciera? ¿Que me fuera del bar?—. Quería saber cómo
se había enterado de lo tuyo.
—¿Tanto te importa? —Sé que está intentando controlar su
temperamento.
—No, la verdad es que no.
Empieza a morderse el labio inferior mientras me observa. Me siento
culpable y no sé por qué: yo no he hecho nada malo. No me está gritando,
pero es evidente que está disgustado. ¿Qué quiere que haga? Sé que está
pensando lo mismo que yo con respecto a Mikael, pero no puede cabrearse
conmigo por eso porque yo ni siquiera sabía que estaba allí, si es que era
él. ¿Era él?
—Entonces olvídalo. —Atraviesa el espacio diáfano del ático y sube
la escalera—. Voy a ducharme.
Pasa por mi lado dejándome atónita ante su aparente calma. Creo que
preferiría que estallara. Al menos, así sabría en qué posición me encuentro.
¿Y ahora, qué?
Me levanto del escalón y me encamino al dormitorio. No soporto este
punto muerto. Necesito saber qué está pasando exactamente por esa mente
compleja. Sé que se siente furioso, así que, ¿por qué está controlando su
temperamento? No es agradable, aunque preferiría que montara en cólera
para que liberara un poco la tensión. Tengo la sensación de encontrarme
junto a una bomba de relojería.
Entro en la habitación y oigo que el agua empieza a correr. Entro en el
baño y lo veo bajo la ducha. Incluso en estos momentos me siento
tremendamente atraída por la belleza que tengo delante, cargada de ira. Le
está costando, pero sigue dominándola.
—¿Quieres hacer el favor de echarme la bronca para que podamos
zanjar esto?
Me siento en el mueble del lavabo y dejo las manos sobre el regazo.
Entonces me doy cuenta por primera vez desde que me he levantado de que
no llevo puesto el anillo de compromiso. ¿Me lo quitó él? La idea me
atraviesa el alma. Esto no me gusta, no me gusta un pelo.
No dice ni una palabra. Continúa enjabonándose y finalmente sale y
coge una toalla para secarse. Me deja ahí plantada, mirando el suelo del
baño. Esta incertidumbre me está matando. Bajo al suelo y me dirijo
nerviosa al dormitorio.
—¿Pedro?
Hace como que no me oye, va hasta el vestidor y aparece instantes
después con unos vaqueros desgastados. Le tiembla la mandíbula sin parar,
y sé que está haciendo todo lo posible por controlar sus emociones. Jamás
habría pensado que desearía que perdiera los papeles. ¿Adónde va?
Se mete una camiseta gris por la cabeza y regresa al baño mientras yo
me quedo de pie en medio de la habitación sin saber qué coño hacer. Lo
sigo de nuevo y veo que se está cepillando los dientes. Me mira a los ojos a
través del espejo. Me siento nerviosa..., violenta.
—Habla conmigo, por favor —le ruego. No puedo soportar esto.
Termina de lavarse los dientes, se echa agua en la cara, se agarra al
borde del lavabo y respira hondo unas cuantas veces. Me preparo para la
tormenta, pero no estalla. Pasa por mi lado y vuelve al dormitorio.
Lo sigo como una desesperada.
—¿Adónde vas? —pregunto a sus espaldas conforme se dirige a la
puerta.
Se detiene en seco y tarda unos instantes en volver sus ojos oscuros y
atribulados hacia mí.
—Tengo asuntos que solucionar en La Mansión. —Su voz suena
totalmente carente de emoción, mientras que yo estoy a punto de echarme
a llorar. Estoy petrificada.
—Creía que íbamos a hacer algo juntos esta noche —le recuerdo con
desesperación.
—Ha surgido algo —masculla, y se vuelve para marcharse. No me
cabe duda de que ese «algo» soy yo. Va a beber.
—¡Estás furioso conmigo! —grito, histérica. No quiero que se vaya.
Normalmente insistiría en que fuera con él y yo me negaría, pero ahora
quiero ir con él.
Sacude la cabeza pero no me mira. Necesito verle la cara. Sale de la
habitación y yo me dejo caer al suelo llorando. Me siento impotente e
incompleta. Y todo este dolor es porque yo quería tener la última palabra,
todo esto es porque insistí en salir y en demostrarle que no pasaba nada. Y
lo único que he demostrado es que estoy perdida sin él.
Me obligo a levantarme y recorro la habitación. Me dejo caer sobre la
cama y me acurruco en el lado que más huele a él. Es un triste sustituto de
la realidad. Sólo él puede hacer que me sienta mejor y borrar todo este
dolor. Y lo peor de todo es que sé adónde ha ido, quién estará ahí y qué
estará haciendo. ¿Qué debo hacer? Estoy hecha un asco, tengo la cara
hinchada, me escuece a causa de las lágrimas, y me duele la cabeza de
tanto pensar en cosas horribles. ¿Abrirá una botella de vodka? Sé que si lo
hace no lo veré durante algún tiempo, no quiero volver a verlo así.
Preferiría no verlo en absoluto antes que ver a esa bestia en la que se
transforma con unas cuantas botellas en el organismo. No me apetece verlo
nunca más así en toda mi vida.
Me incorporo en la cama y de repente me acuerdo de algo. Él no está
aquí, y yo estoy... sola. Me levanto y corro hacia el baño. Abro el armario
de los cosméticos y observo los distintos botes, frascos y tubos que
contiene. Inicio la búsqueda moviendo todo el contenido hacia un lado. El
temblor de mis manos no me ayuda mucho a realizar esta operación sin
tirar ninguna botella. Un grito de frustración escapa de mis labios y,
cabreada, paso la mano por todos los estantes y lo tiro todo al suelo.
¿En qué estoy pensando? No es tan idiota como para esconderlas en
un lugar tan evidente. Salgo del baño y vuelvo al vestidor, meto las manos
en todos los bolsillos de sus chaquetas, vuelco todos sus zapatos y registro
los montones de camisetas dobladas con esmero. Ni rastro. Pero no pienso
rendirme. Mis píldoras están desapareciendo misteriosamente desde que
conocí a este hombre, y la primera vez que sucedió hacía sólo unos días
que había cedido a sus encantos. ¿A qué está jugando?
No puede ser que esté tratando de dejarme embarazada. Si es así, tal
vez ya se haya salido con la suya. No puedo creerlo.
Me dejo caer sobre el suelo del vestidor y me seco las lágrimas que
brotan de mis ojos todavía. ¿Está intentando atraparme? Empiezo a
registrar los bolsillos de sus vaqueros, revolviendo todo el armario con
violencia al no encontrar nada. De repente, la bolsa dorada de seda que nos
dieron en la fiesta de aniversario cae al suelo al sacar una chaqueta de la
percha y su contenido se desparrama por el suelo.
Condones.
«No necesitamos esto.»
Está intentando que me quede embarazada. ¡Joder!
Me pongo de pie y corro al piso de abajo, a su despacho. Abro todos
los cajones, muevo todos los libros e incluso miro detrás de los cuadros
que cuelgan en las paredes. Nada.
Recorro el ático como una loca, registrando todos los cajones, todos
los armarios, cualquier sitio donde creo que puede haberlas escondido,
pero una hora después todavía no hay ni rastro de mis píldoras. En cambio,
la casa está hecha un desastre. Me detengo cuando oigo sonar mi teléfono
en la distancia, rastreo el sonido hasta que se detiene y me quedo en medio
del inmenso espacio diáfano mientras miro a mi alrededor desesperada.
—¡Joder! —Me maldigo a mí misma, pero entonces el tono de alerta
de mensaje de texto empieza a sonar y sigo el sonido hasta el sillón donde
estaba sentado Pedro antes.
Meto la mano por un lado y encuentro el móvil. La llamada perdida
era de mi madre. Joder, ¿habrá hablado Dan con ella ya? No puedo
llamarla en estos momentos. Sé que suena un poco cruel por mi parte, pero
ni siquiera sé en qué punto estamos como para poder decírselo. El corazón
me da un vuelco cuando veo que el mensaje de texto es de John.

"Está bien, pero creo que deberías venir."

Me tranquilizo un poco a leer la primera parte del mensaje, pero me
hundo de nuevo al leer el resto.
¿Debería ir? ¿Estará John jugando a tirar de la cuerda con Pedro y una
botella de vodka? Subo corriendo la escalera, me meto en el baño. Me lavo
la cara en un vano intento de que parezca que no me pasa nada, pero no
funciona. Se ve a la legua que he estado llorando sin parar, y ningún lavado
de cara ni ningún maquillaje podrían disimular mis ojos enrojecidos y
vidriosos. Cojo las llaves y corro hacia el coche, haciendo caso omiso de
los gritos de Clive.


No hay comentarios:

Publicar un comentario