viernes, 4 de abril de 2014

Capitulo 133 ♥

Son casi las seis cuando empiezo a ordenar mi mesa. Los demás ya se han
ido, así que me toca cerrar la oficina y conectar la alarma. Kate se acerca
con Margo Junior y me subo a la furgoneta.
—No puedo creer que dijeras lo de la noche de chicas delante de Pedro
—disparo en cuanto me he abrochado el cinturón de seguridad. A pesar de
lo enfurruñada que estoy, me maravillo de lo cómoda que es su nueva
furgoneta.
—Yo también me alegro de verte —responde adentrándose en el mar
de coches—. Ha dicho que podías ir. ¿Qué problema hay?
—El problema es que no me va a dejar beber porque le ha dado por
pensar que voy a acabar muerta o algo así si él no está ahí para protegerme.
Kate se echa a reír.
—Qué tierno.
—No, no es tierno. Es ridículo.
—Bah, no tiene por qué enterarse. ¡Podemos rebelarnos!
—¿Estás de coña? —Me río, aunque ahora mismo quiero ser una
rebelde. Me apetece emborracharme pero eso sería muy desconsiderado—.
Acaba de tener una pataleta por un cliente, un hombre. De hecho, me ha
fastidiado la reunión con Mikael Van Der Haus y ha marcado su territorio.
Ha sido horrible. —Lo suelto todo, y eso que aún le estoy dando vueltas al
hecho de por qué Mikael cree que mi relación con Pedro es muy
interesante.
—¡Puaj!
—Lo bueno es que ya sé cuántos años tiene.
Los ojos azules de Kate brillan de la emoción.
—¿De verdad?
Asiento:
—De verdad.
—Oigámoslo. Revela el misterio de la edad.
—Treinta y siete.
—¡No! —exclama en plan teatral—. ¿En serio? No los aparenta.
¿Cómo lo has descubierto?
—Ayer por la mañana le enseñé a Pedro el polvo de la verdad.
No sé por qué se lo he dicho, ya que ahora querrá que le dé detalles.
—Lo sabías desde ayer, ¿y no me lo habías contado?
—Perdona. —Me encojo de hombros. Es que la edad es sólo una
parte. Hay mucho más, pero necesito vino para hablar de esa mierda.
Tengo que salir una noche para poder contárselo todo a Kate.
—¿Qué es un polvo de la verdad? —Frunce el ceño.
Ya lo sabía yo.
—Pues consiste en esposar a Pedro a la cama, un vibrador y servidora.
—La miro—. No le gusta compartirme, ni siquiera con una máquina.
Se echa a reír a mandíbula batiente y da un volantazo. Me agarro a la
puerta.—
¡Kate!
—Lo siento —dice entre risas—. ¡Cómo me gusta!
Tengo tanto que contarle... Aunque su situación me preocupa.
—¿Qué pasa contigo y con Sam?
Deja de reírse en el acto.
—Nada.
Pongo los ojos en blanco y suspiro de manera exagerada.
—Claro. Nada.
—Oye, ¿qué te vas a poner para a la superfiesta? —Está claro que
quiere cambiar de tema.
Gruño para mis adentros. ¿Voy a ir, a pesar de todo?
—No lo sé. Se supone que Pedro va a llevarme de compras.
—¿En serio? —dice—. Pues exprime al máximo a ese ricachón.
—Aunque no tengo ganas de ir. No he vuelto desde aquel domingo, y
doña Morritos estará allí —murmuro.
Seguro que recibo otra advertencia. Me hundo en mi asiento y pienso
en todas las cosas que preferiría hacer mañana por la noche, y el hecho de
que Pedro esté tan cabreado conmigo no mejora mi entusiasmo. Soy yo la
que debería estar echando pestes. A juzgar por lo que ha dicho antes
Mikael, Pedro tiene mucho por lo que darme explicaciones.
Aparcamos delante de mi antiguo apartamento y de inmediato veo el
BMW blanco de Matias. Qué depresión. En fin, alguien tiene que abrirme la
puerta.—¿Quieres que te acompañe? —me pregunta Kate.
Me lo planteo unos segundos pero decido que lo mejor será que ella
me espere con Margo. Kate puede ser muy cabrona cuando quiere, y en
realidad sólo tengo que entrar, ser educada y salir lo más rápidamente
posible.
—No, ya lo traigo yo todo.
Abro la puerta de la furgoneta y salgo. Me estoy poniendo enferma.
Pedro ya está loco de rabia por la estúpida llamada telefónica. Diría que se
le va la olla, pero no lo tengo tan claro por los derroteros por los que
Mikael ha llevado la conversación. Pedro no la ha oído pero su reacción
hablaba por sí sola.
Subo los escalones de la entrada y pulso el botón del portero
automático. Me da pena no vivir ya aquí.
—Hola. —La voz feliz de Matias me saluda por el interfono.
—Hola —digo lo más informal que puedo. No quiero hablar con él.
Sigo enfadada porque llamó a mis padres.
—Ya te abro.
Se abre la puerta y miro a Kate. Le hago un gesto con la mano para
que sepa que voy a entrar y me muestra el pulgar de una mano levantado y
el móvil con la otra. Asiento y paso al vestíbulo del edificio.
Mientras subo la escalera respiro hondo y me digo que todo irá bien.
No debo mencionar la llamada a mis padres y tampoco debo quedarme a
charlar.
La puerta está abierta. Hago de tripas corazón y entro. No cierro del
todo, no voy a quedarme mucho. Busco a Matias en la cocina y en la sala de
estar pero no lo encuentro. En el dormitorio están mis cosas, empaquetadas
en cajas y bolsas. Sin Matias a la vista, cojo unas cuantas bolsas y me
dispongo a salir cuando lo veo en el umbral de la puerta con una copa de
vino tinto en la mano. Lleva el traje beige. Siempre he odiado ese traje,
aunque nunca se lo he dicho. Se ha peinado el pelo oscuro con la raya al
lado, como siempre.
—Hola —dice con una sonrisa demasiado exagerada para la ocasión.
—Hola. Te he estado buscando —le explico mientras cargo con las
bolsas—. Kate me está esperando en la furgoneta.
No puede ocultar su hostilidad cuando menciono a Kate, pero hago
caso omiso y me encamino hacia la puerta. Tengo que pararme cuando no
se aparta de mi camino.
—Perdona —digo; mis buenos modales me están matando.
Me sonríe y le da un trago al vino con chulería antes de apartarse lo
justo para que yo pueda pasar.
Cuando mi amiga me ve salir del edificio, salta de la furgoneta para
abrirme las puertas traseras.
—Qué rápida —dice ayudándome con las bolsas.
—Matias lo tenía todo empaquetado.
Sonríe.
—Muy civilizado por su parte.
Vuelvo al apartamento a por más cosas. Sería más rápido si Kate
subiera a ayudarme, pero de momento la cosa va bien y está siendo
indolora. Si añado a Kate a la ecuación, seguro que se desata la anarquía,
así que voy y vengo y acarreo mis posesiones terrenales yo sola. Matias ni
siquiera se ofrece a echarme una mano.
Le paso a Kate la novena y décima bolsa.
—¿Cuántas quedan? —pregunta metiéndolas en la furgoneta.
—Sólo una caja más —digo dando media vuelta. Más le vale haberlo
empaquetado todo, porque no quiero tener que volver.
Subo la escalera y cojo la última caja, lista para salir pitando, pero
Matias vuelve a cortarme el paso.
—Paula, ¿podemos hablar? —pregunta, esperanzado.
«Ay, no.»
—¿De qué? —digo, aunque sé perfectamente de qué. Tengo que salir
de aquí. No puedo volver a pasar por esta mierda. La última vez que
rechacé su oferta de volver a intentarlo, se portó como un cerdo.
—De nosotros.
—Matias, no voy a cambiar de opinión —replico con seguridad, pero
antes de que me dé cuenta, está intentando meterme la lengua en la
garganta. Se me cae la caja y lo empujo con todas mis fuerzas—. Pero
¡¿qué coño haces?! —chillo, incrédula.
Jadea un poco y me mira enfadado.
—Recordarte por qué estamos hechos para estar juntos —me espeta.
Me da por echarme a reír. Es una carcajada profunda. ¿Intenta
hacerme recordar? ¿Qué?, ¿lo gilipollas que es? ¡Por favor! Desde luego,
no es un recordatorio como los de Pedro.
—¿Todavía sales con alguien?
—Eso no es asunto tuyo.
—No, pero tus padres parecían muy interesados.
Respiro hondo para no soltarle un guantazo. No pienso contestarle.
Después del día que he tenido, esto es lo último que necesito.
—Aparta, Matias. —Estoy muy orgullosa de mí misma por haberlo
dicho con calma.
—Zorra estúpida —sisea.
Me deja atónita. Sabía que tenía un lado hijo puta, pero ¿hacía falta
llegar a esto? Me hierve la sangre.
—Sí, estoy saliendo con alguien. Y ¿sabes qué, Matias? —No espero a
que me conteste—. Es el mejor con el que he estado. —Se lo restriego,
aunque sea una idiotez.
Suelta una risa estúpida, de las que se merecen una bofetada.
—Es un alcohólico empedernido, Paula. ¿Lo sabías? Probablemente va
ciego cada vez que te folla.
Titubeo y la sonrisa chulesca de Matias se hace más amplia. ¿Cómo
sabe con quién estoy saliendo? Se cree que estoy sorprendida porque ha
soltado lo del alcohol. No es eso. Lo que me sorprende es que sabe con
quién estoy saliendo. ¿Cómo es posible?
Dios, quiero darle una hostia con la mano abierta y borrarle esa
sonrisa de capullo de la cara.
—Bueno, incluso borracho folla mucho mejor que tú. —Toma
castaña.
Adiós a su expresión satisfecha: ahora parece confuso. El muy hijo de
puta creía que me había pasado la mano por la cara. Con mis palabras he
conseguido mucho más que con una hostia bien dada. Me alegro de haber
sido tan aguda y tan rápida. Siempre se creyó maravilloso en la cama.
Bueno, pues no lo era.
Le ha dolido. Se pregunta qué debe hacer ahora. Me mantengo firme
pero siento curiosidad por saber cómo se ha enterado de lo de Pedro.
—Eres patética —escupe.
—No, Matias. Estoy resarciéndome de cuatro años de sexo de mierda
contigo.
Se queda pasmado. No sabe qué decir. Recojo la caja del suelo y
levanto la cabeza cuando oigo unos pasos atronadores en la escalera.
«¡Mierda!»
—¡Paula! —ruge.
Me ha chafado toda esperanza de dejar a Matias y su expresión de
perplejidad libre de violencia. ¿Cómo sabe que estoy aquí? Mataré a Kate
como me haya delatado ella.
Entra como una apisonadora y me doy cuenta de que he sido una
ingenua por pensar que ya había visto todo lo imposible que podía ponerse.
Está fuera de sí y tengo miedo. No temo por mí, sino por Matias, y lo odio.
Pedro parece capaz de matar a alguien.
No obstante, ni siquiera repara en él. Me clava una mirada furibunda y
me encojo.
—¡¿Qué cojones haces aquí?! —grita.
Me echo a temblar. Es como si le hubiera puesto un trapo rojo delante
y está resoplando como un toro bravo. No debería saber dónde estoy.
¿Cómo se ha enterado? ¿Me ha puesto un transmisor? Decido no
preguntárselo y cerrar el pico.
—¡Contéstame! —ruge.
Pestañeo. Está claro lo que he venido a hacer, no necesita que se lo
confirme, y debe de haber visto las bolsas en la parte trasera de la
furgoneta de Kate.
Matias, sabiamente, decide apartarse y mantener su boca de gallito
cerrada. Su mirada va de Pedro a mí, y sé que está pensando que un hombre
que sólo se está follando a una tía no se pone así.
«¡Hola, saluda a mi dios!»
—¡Te lo he dicho mil veces! No lo llames, no vayas a su casa. ¡Te dije
que iba a venir John! —exclama gesticulando como un enajenado mental
—. ¡Métete en el puto coche!
A Matias se le escapa una risita disimulada y le doy un latigazo con la
mirada. Está muy satisfecho con la escena. Lo que me faltaba. No voy a
quedarme aquí mientras me grita delante del gilipollas de mi ex novio.
Cojo la caja y salgo echando humo del apartamento, dando las gracias a lo
más sagrado porque Pedro no entrara unos segundos antes.
—Nos hemos besado —dice Matias la mar de contento antes de comerse
el puño de Pedro.
Voy a echarme a llorar. ¿Es que mi ex no sabe cuándo cerrar la puta
boca? Oigo los pasos furiosos de Pedro detrás de mí mientras salgo a la
calle. Ahí están Sam y Kate. Anda, y también ha venido John.
John está apoyado en su Range Rover, con las gafas de sol puestas; da
tanto miedo como siempre, pero tiene el rostro impasible. Kate da vueltas
de un lado a otro junto a la furgoneta y Sam está a un lado, circunspecto.
¿De verdad hacía falta que viniera todo el mundo? Miro a mi amiga con
cara de «No preguntes».
Me coge la caja.
—Joder, Paula... —susurra lanzándola a la parte trasera de la furgoneta.
—¿Le dijiste a Sam que yo estaba aquí? —inquiero, directa al grano.
—¡No! —chilla.
La creo. Ella no me haría eso.
—¡John! —grita Pedro al salir del edificio—. Pon sus cosas en el
Rover.
Sacude la mano en recuperación y de repente me preocupo. El muy
idiota. ¿No podía pegarle con la zurda? Y entonces proceso lo que ha
dicho.
«¿Sus cosas?»
—¡No las toques, John! —grito, y John se queda quieto en el sitio—.
No voy a irme con él. Vamos, Kate.
Me dirijo a la puerta del acompañante de la furgoneta y, cuando llego
a la puerta, veo que Sam tiene a Kate cogida del brazo. Ella mira a Sam y
niega débilmente con la cabeza. Luego me mira a mí. Está entre la espada
y la pared.
—¡Coge sus cosas, John! —Pedro baja los escalones como un rayo.
—¡No las toques! —repito.
John deja escapar un suspiro de exasperación y mira a Pedro,
esperando una respuesta, pero al parecer decide que mi ira es el menor de
sus males, porque empieza a meter mis cosas en el Range Rover. Bueno,
que se las lleve. Yo no me voy con él. Subo en la furgoneta de Kate y me
hundo en el asiento, más ofendida que nunca.
A los dos segundos, se abre la puerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario