—Pedro, relájate. Sólo se ha tomado tres copas de vino. No estaba borracha.
Mi mirada se ve atraída por una luz fluorescente y brillante que se
encuentra por todas partes. Me siento como si me hubiesen golpeado la
cabeza con una barra de hierro varias veces. ¿Dónde coño estoy? Cierro los
ojos de nuevo y levanto los brazos para apartarme un mechón de pelo que
me hace cosquillas en la mejilla. El suave contacto de mi mano sobre mi
cabeza me provoca agudas puñaladas en el cerebro.
—¿Paula? —dice con voz tranquila agarrándome las manos con fuerza
—. Paula, nena, abre los ojos.
Hago todo lo que puedo, pero me resulta tremendamente doloroso.
¡Joder! ¿Qué coño me pasa? ¿Tengo la peor resaca de mi vida? No
recuerdo haber bebido tanto.
—¡¿Quiere alguien contarme qué COÑO está pasando aquí?! —ruge.
Abro los ojos de nuevo y miro el extraño espacio que me rodea. Lo
único que me resulta familiar es esa voz iracunda que percibo
curiosamente reconfortante, aunque me está haciendo polvo la cabeza.
Levanto la mano y me agarro el cráneo dolorido.
—¿Paula, nena?
Entorno los ojos intentando centrarme y me encuentro con los suyos,
verdes y llenos de preocupación. El calor de su palma acariciándome la
cabeza me hace gruñir. Me hace daño.
—Hola —chirrío. Tengo la garganta seca y rasposa.
—¡Joder, menos mal! —Me llena la cara de besos y yo lo aparto. No
puedo respirar.
—Paula, chica, ¿estás bien?
Sigo el sonido de la otra voz familiar y veo a Sam inclinándose sobre
mí, más serio que nunca. ¿Qué está pasando?
—¡¿A ti te parece que está bien?! —le grita Pedro—. ¡Joder!
—¡Tranquilízate!
También reconozco esa voz. Desplazo mis ojos sensibles por la
habitación y veo a Kate sentada en una silla enfrente de mí.
—¿Dónde estoy? —pregunto a pesar de la sequedad en mi garganta.
Necesito beber agua.
—Estás en el hospital, nena. —Me acaricia la cara y me besa la frente
de nuevo.
¿Qué coño hago en el hospital? Intento incorporarme, pero Pedro me
lo impide presionándome contra la cama con todas sus fuerzas.
—Necesito ir al servicio —gruño tratando de zafarme de él.
Aparto sus persistentes brazos de un golpe y me siento, levantando al
instante las manos para agarrarme la cabeza cuando toda la fuerza de la
gravedad recae sobre mi cerebro. ¡Joder! Sí que es la peor resaca de mi
vida. Gruño y cruzo las piernas delante de mí, apoyo los codos sobre las
rodillas y la cabeza en las manos.
—Yo la acompaño —se ofrece Kate—. Vamos, Paula.
—¡De eso, ni hablar!
Pongo los ojos en blanco al oír esa voz irracional que tanto amo y
espero a que Kate le replique, pero no lo hace.
—Estoy bien —digo, irritada. Puedo ir al puto cuarto de baño sola.
Me vuelvo hacia un lado de la cama y bajo los pies al suelo. Los
tacones han desaparecido.
—A mí no me lo parece, señorita. —Él me coge en brazos desde el
borde de la cama—. ¿Qué ha sido de los baños en las habitaciones? —
masculla, y me saca al pasillo.
Aquí la luz es aún más brillante. Entorno los ojos ante la cegadora
invasión.
—¡Vaya! ¿Ya ha vuelto en sí? —oigo que dice una enfermera.
—Voy a llevarla al servicio —ladra Pedro, y continúa avanzando hacia
los aseos más cercanos.
—Caballero, por favor, necesitamos una muestra de orina.
Pedro se detiene momentáneamente antes de continuar su camino. Una
vez en el baño, me deja de pie y me sostiene mientras que con la otra mano
coge un poco de papel, lo rocía de spray antibacteriano y limpia el asiento
mascullando improperios sobre la salud pública y el servicio de limpieza.
Me levanta el vestido, me baja las bragas y me ayuda a sentarme en el
váter mientras aguanta un recipiente de plástico debajo de mí.
No siento vergüenza ni pudor. Relajo los músculos de la vejiga y
suspiro de alivio conforme disminuye la presión. No puedo creer que esté
sentada sobre su brazo mientras él sujeta un orinal debajo de mí.
—¿No tienes miedo escénico? —pregunta con voz suave.
Abro los ojos y veo que está en cuclillas delante de mí, sosteniendo
mi muslo con la palma libre. Parece preocupado y cansado.
—Me has follado por el culo. Esto no es nada en comparación.
—Paula, ¿quieres hacer el favor de vigilar tu puto lenguaje? —suspira,
aunque su voz destila alivio.
Estoy tentada de decirle que coja el spray antibacteriano y me rocíe la
boca con él, pero me encuentro demasiado ocupada devanándome los sesos
intentando entender cómo he acabado en el hospital. Lo último que
recuerdo es a Pedro de pie en la puerta del bar, con cara de pocos amigos.
Sé que me preocupó su expresión cuando corría hacia mí, y que me cabreó
que fuera incapaz de no dejarme tranquila ni por una noche.
Cojo un poco de papel rasposo y me limpio.
—Ya he terminado. ¿Te he meado encima? —pregunto sin que me
importe mucho mientras me pongo de pie y le doy a Pedro el tiempo
suficiente para que saque el orinal antes de volver a caer sobre el asiento.
Deja el cuenco sobre la cisterna del váter.
—No, dame las manos.
Las extiendo y me las frota con el spray antibacteriano. Me levanta,
me sube las bragas, me baja el vestido y vuelve a cogerme en brazos para
llevarme de vuelta a la cama del hospital.
—Está en la cisterna del váter —espeta cuando pasamos junto al
puesto de enfermeras.
Lo suelto a regañadientes cuando me deja de nuevo sobre la cama
dura e incómoda.
—Paula, ¿qué te ha pasado? —La voz de Kate está cargada de
preocupación, algo extraño en ella.
—No lo sé —contesto, y apoyo la espalda contra la cabecera. Tengo
mucho sueño otra vez.
—¡Yo sí! —exclama Pedro mirándome con ojos acusadores.
Reúno todas mis escasas energías para lanzarle una mirada asesina.
—¡No estaba borracha!
—¡Claro, te desmayaste porque estabas sobria, ¿no?! —grita.
Su berrido atraviesa mis sensibles tímpanos y hago una mueca de
dolor. Cuando abro los ojos veo que al menos tiene la decencia de parecer
arrepentido.
—¡No le grites! —me defiende Kate, cosa que agradezco.
Le lanza una mirada asesina, se mete las manos en los bolsillos de los
vaqueros y empieza a pasearse por la habitación. Sam se aparta de su
camino. Está demasiado callado tratándose de él.
—Sólo bebió un par de copas de vino. Se ha bebido dos botellas en
otras ocasiones y no ha perdido el conocimiento. —Kate se sienta a mi
lado y me acaricia el brazo—. ¿Habías comido algo antes?
Pienso.
—Sí —contesto. Pedro me estuvo dando de comer todo el día, entre
que llevábamos la ropa arriba y me marcaba.
Él deja de pasearse y empieza a morderse el labio con ímpetu.
—¿Estás embarazada? —pregunta mirándome atentamente y
volviendo a morderse el labio de nuevo.
«¿Qué?»
—¡No! —exclamo atónita ante su atrevimiento, pero entonces me
quedo helada.
«¡Ay, Dios mío!»
Las píldoras. ¡No he ido a por ellas! Siento que voy a desmayarme de
nuevo. Y de repente tengo mucho calor. ¡Pero qué estúpida soy! He estado
follando como una coneja sin ningún tipo de protección. ¿Cómo ha podido
pasar? Miro a Pedro e intento parecer lo más sincera que puedo.
Él me observa con recelo.
—¿Estás segura?
—¡Sí! —Hago un gesto de dolor al oír la estridencia de mi propia voz
y tenso el brazo para evitar el acto reflejo que siempre me delata. Pedro y el
resto de los presentes en la habitación darán por hecho que estoy a la
defensiva. No es así, estoy muerta de miedo.
—Sólo era una pregunta —dice, y empieza a pasearse de nuevo.
—¿Qué recuerdas? —pregunta Kate mientras sigue acariciándome el
brazo. Reflexiono sobre toda la noche, pero me cuesta hacer memoria. En lo
único que puedo pensar es en cuánto hace que no me tomo las pastillas y en
las probabilidades que hay de que esté preñada. Intento dejar a un lado la
preocupación y recordar algo, lo que sea, de lo que sucedió anoche.
Recuerdo lo de Matias, pero no pienso contárselo. Entonces me viene a la
mente el musculitos baboso de la coleta, pero eso tampoco voy a
contárselo. Me encojo de hombros. No hay mucho que pueda decir sin que
Pedro se ponga hecho una furia. Por favor, no, no puedo estar embarazada.
—Venga, chica. —Sam me coge de la otra mano y empieza a
acariciarme la palma con el pulgar—. Intenta hacer memoria.
—No recuerdo nada raro —digo de manera clara y concisa,
resistiendo todavía la tentación de juguetear con mi pelo—. ¿Por qué estáis
haciendo una montaña de esto? —Apoyo la cabeza de nuevo sobre la
almohada y me arrepiento al instante. Siento como si tuviera un
rodamiento de hierro traqueteando dentro.
Pedro se acerca al lado de la cama donde se encuentra Sam y le gruñe,
lo aparta y me agarra de la mano. Me mira con los ojos entornados de
furia.
—¡Paula, son las cuatro de la mañana! —Cierra los ojos para recobrar
la compostura (como si la hubiese tenido en algún momento)—. ¡Has
estado inconsciente casi siete horas, así que no me digas que no haga una
montaña de esto!
¿Siete horas? ¡Joder! Me he desmayado otras veces, pero sólo durante
unos minutos. Siete horas es como toda una noche de descanso. Todas las
cabezas de la habitación se vuelven hacia la puerta al oír llegar a la
enfermera. ¿Siete horas?
Nos dirige una mirada de desaprobación.
—Sólo se permite un acompañante en la habitación. Tenéis que
marcharos.
Miro a Kate y ella mira a Pedro, quien la ignora por completo. Es
evidente que no piensa moverse de aquí. Le dirijo a mi amiga una mirada
de disculpa de parte de don Controlador y ella sacude la cabeza y esboza
una pequeña sonrisa indicando que no pasa nada.
—Vamos a por algo de comer. —Mira a Sam y él asiente ante su
sugerencia.
Me siento fatal. ¿Llevan toda la noche aquí sólo porque a mí me ha
dado un jamacuco?
La enfermera acompaña a Kate y a Sam a la salida y se acerca de
nuevo a la cama para realizar sus observaciones.
—¿Quieres una taza de té?
—Sí, por favor —respondo, agradecida. Estoy seca.
Luego mira a Pedro, pero él niega con la cabeza. Creo que preferiría un
coñac. Apoya los codos en el borde de la cama, atrapa mi mano entre las
suyas y descansa la frente sobre los dedos.
No digo nada. Me ha entrado mucho sueño otra vez, y no tengo
fuerzas para lidiar con los interrogatorios de Pedro. Apoyo la cabeza y me
duermo. Podría estar embarazada, y la idea me aterra. Va a ponerse hecho
una furia.
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