sábado, 5 de abril de 2014

Capitulo 137 ♥


—Moriré queriéndote —dice con toda la emoción que sé que de
verdad siente—. No puedo permitir que vayas a Suecia.
Suspiro.
—Lo sé.
—Y deberías haberme dejado que me ocupara de tus cosas. No quería
que volvieras a verlo —añade.
Me someto a él.
—Lo sé. Sabe lo tuyo.
Se tensa debajo de mí.
—¿Lo mío?
—Me dijo que eras un alcohólico empedernido.
Se relaja y se echa a reír.
—¿Que soy un alcohólico empedernido?
Lo miro, sorprendida por su reacción ante algo tan duro.
—A mí no me parece divertido. Además, ¿cómo es que lo sabe?
—Paula, no tengo ni idea, de verdad —suspira—. Además, está mal
informado porque no soy alcohólico. —Levanta las cejas.
—Lo sé —concedo, pero estoy bastante segura de que el problema de
Pedro con el alcohol encaja como alcoholismo—. ¿Qué voy a hacer, Pedro?
Mikael es un cliente importante.
Un pensamiento muy desagradable se me pasa por la cabeza.
—¿Volvió a contratarme para la Torre Vida sólo por ti?
Sonríe.
—No, Paula. No sabía nada de lo nuestro hasta ayer. Te contrató porque
eres una diseñadora con talento. El hecho de que seas tan increíblemente
hermosa era un plus, y el hecho de que yo esté enamorado de ti ahora es un
incentivo adicional para él.
—Te descubriste tú solo. —Si Pedro no hubiera saboteado mi reunión,
Mikael nunca se habría enterado.
—Actué por impulso. —Se encoge de hombros—. Me entró el pánico
cuando vi su nombre en tu agenda. Pensé que no ibas a volver a verlo
después del Lusso. En cualquier caso, él habría ido detrás de ti aunque no
fueras mía. Como dije, es implacable.
Me acuerdo de sus ojos desorbitados y la mandíbula tensa cuando vio
el nombre de Mikael en mi agenda. No fue porque la hubiera cambiado por
una nueva. Fue porque el nombre de Mikael se leía alto y claro.
—¿Cómo lo sabes? Está casado. Bueno, lo estaba.
—Eso nunca ha sido un obstáculo para él, Paula.
—¿No? —Yo pensaba que era un buen hombre, un caballero. Al
parecer, no podía estar más equivocada.
Estoy hecha un lío. No puedo trabajar con Mikael, no después de lo
que he descubierto. Para empezar, Pedro no va a dejar que me acerque a
menos de un kilómetro de él. La verdad es que tampoco me apetece tenerlo
cerca. Quiere utilizarme para hacerle daño a Pedro. Quiere vengarse de él y
yo soy su único punto débil. Dios, tengo una reunión con él el lunes. Esto
se va a poner muy feo. Quiero gritarle a mi hombre hasta desgañitarme por
ser un picha brava, pero entonces mi mente vaga hacia el día en que
descubrí lo que de verdad sucedía en La Mansión y aquel indeseable al que
John tuvo que echar, el que decía que ni los maridos ni la conciencia se
interponían en el camino de Pedro. ¿Cuántos matrimonio habrá roto?
¿Cuántos maridos sedientos de venganza habrá ahí fuera?
Pedro me coge la cara con la mano y me saca de mis ensoñaciones.
—¿Cómo has venido hasta aquí?
Sonrío.
—Distraje a tu carcelero a sueldo.
Se le ilumina la mirada y le bailan los labios.
—Voy a tener que despedirlo. ¿Cómo lo has hecho?
Mi sonrisa desaparece en cuanto pienso en la factura de
mantenimiento que le va a llegar a Pedro.
—Pedro, es un sesentón. Desconecté su sistema telefónico para que no
pudiera avisarte de que me había escapado de tu torre de marfil.
—De nuestra torre... ¿Cómo lo desconectaste? —inquiere, y se le
marca ligeramente la arruga de la frente.
Escondo la cara en su pecho.
—Arranqué los cables.
—Ah —dice sin más, pero sé que se está aguantando la risa.
—¿A qué juegas obligando a un pobre pensionista a mantenerme
encerrada? —Corro más rápido que Clive hasta con tacones.
Me acaricia el pelo.
—No quería que te fueras.
—Pues entonces tendrías que haberte quedado.
Le saco la camisa de los pantalones y deslizo las palmas por debajo.
Necesito mi ración de calor corporal. Él me abraza con más fuerza y siento
el latir de su corazón bajo las palmas de las manos. Es muy reconfortante.
—Estaba loco del cabreo. —Me besa en la sien y entierra la nariz en
mi pelo.
Meneo la cabeza. No me lo puedo creer.
—Señorita, no se atreva a ponerme esa cara —dice, muy serio.
Que le den.
—¿Qué tal la mano?
—Estaría mejor si no me diera por estamparla contra todo.
Me libero de su abrazo.
—Déjame ver.
Me siento en su regazo y me la muestra. La cojo con cuidado. No hace
ningún gesto de dolor, pero lo miro de reojo para asegurarme de que no
finge.—
Estoy bien.
—Has roto la puerta del ascensor —digo acariciando el puño
convaleciente. La puerta está hecha añicos y creía que su mano también iba
a estarlo, pero no la veo tan mal como imaginaba.
—Me he cabreado.
—Eso ya lo has dicho. ¿Y qué hay de tu visita sorpresa a mi oficina de
esta tarde? ¿También estabas enfadado como un loco? —Tal vez debería
pasar por alto su pequeña rabieta, especialmente porque acabo de tener que
echar a una mujer de su despacho.
—Lo estaba. —Me mira con cara de enfado pero luego sonríe—. Más
o menos igual que tú hace un momento.
—No estaba enfadada, Pedro. —Observo su mano lastimada con la
misma pena que me provoca su relación con la mujer patética a la que
acabo de echar de su despacho—. Estaba marcando mi territorio. Te desea,
no podría haberlo dejado más claro ni sentándose a horcajadas sobre ti y
plantándote las tetas en la cara.
Hago una mueca de asco ante su desesperación, y veo que su media
sonrisa se ha convertido en una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa de
Hollywood. Es todavía más espectacular que la que se reserva sólo para
mujeres. Es la que se reserva sólo para mí. No puedo evitar sonreír.
—Pareces muy contento contigo mismo.
Retira la mano lastimada.
—Lo estoy. Me encanta cuando te pones posesiva y protectora.
Significa que estás locamente enamorada de mí.
—Lo estoy, a pesar de que eres imposible. Y te prohíbo que llames
«cielo» a Sarah. —Me burlo de su tono meloso.
Me da un beso de esquimal y luego me acerca la boca.
—No lo haré.
—Te has acostado con ella. —No es una pregunta. Retrocede, sus
estanques verdes asustados y recelosos. Pongo los ojos en blanco—. ¿Un
picoteo?
Agacha la cabeza.
—Sí. —Su expresión y su lenguaje corporal dicen a gritos que no está
cómodo. No le gusta el tema de conversación.
Lo sabía. En fin, puedo vivir con ello siempre y cuando mantenga a
ese zorrón a un metro de distancia, o más. No obstante, sé que va a ser
difícil, teniendo en cuenta que la mujer trabaja para él y lo sigue a todas
partes como un perrito faldero.
—Sólo quiero decir una cosa —insisto. Necesito dejarlo claro si es
que voy a socializar y a trabajar con hombres en el futuro, aunque soy
consciente de que la vena posesiva de Pedro nunca va a desaparecer del
todo—. Sólo tengo ojos para ti —digo, y lo beso en la boca para enfatizar
mi declaración.
—Sólo para mí —susurra contra mis labios.
Sonrío.
Se aparta y me acaricia el cuello, satisfecho.
—¿Por qué llevas el pelo mojado?
—Me duché pero no tuve tiempo de secármelo. Te necesitaba.
Me sonríe.
—Te quiero, Paula.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—Lo sé.
No hemos dejado las cosas claras del todo. Tengo que competir con
una mujer despechada y lidiar con la vena posesiva de Pedro. Esto último
va a ser un trabajo de por vida. Además, está el problemón de Mikael y sus
ansias de venganza. No sé cómo vamos a solucionarlo, pero sé que no voy
a trabajar más para él. ¿Cómo se lo tomará Patrick?
—Cógete el día libre mañana —me suplica.
Ni siquiera le he comentado a Patrick que mañana tengo una reunión
con el señor Alfonso, pero necesito descansar, y un fin de semana largo con
Pedro es difícil de rechazar. No tengo más citas y llevo todo lo demás al
día. Patrick me debe unos cuantos días libres. No le va a importar.
Me aparto para mirarlo.
—Vale.
Frunce el ceño como si me fuera a retractar de lo que acabo de decir o
a añadir un «pero». Para nada. Quiero tomarme el día libre y pasarlo con
él. Tal vez pueda darle toda la seguridad que necesita. No voy a ir a
ninguna parte si no es con él. Le mandaré un mensaje a Patrick, sé que no
se enfadará.
—¿En serio? —Le brillan los ojos y está sonriente—. Estás siendo
muy razonable. No es propio de ti.
Parpadeo ante ese comentario. Sé que sabe que él es el poco
razonable. Está bromeando pero no pico.
—Pues ya no te ajunto —gruño.
—No por mucho tiempo. Voy a llevarte a nuestra torre de marfil. Ya
hace demasiado que no estoy dentro de ti. —Se levanta y me pone de pie
—. ¿Nos vamos?
Me ofrece el brazo y lo acepto. Tengo mariposas en el estómago
porque sé lo que me espera en casa.
—Me apetece remar un poco —dejo caer.
Me levanta una ceja sardónica.
—Otro día, nena. Hoy quiero hacerte el amor —dice con dulzura
mirándome a los ojos. Sonrío.
Me lleva por el salón de verano en dirección a la entrada. Ignoro las
caras de decepción de todas las mujeres que dejamos atrás y que esperaban
que nos marcháramos cada uno por su lado. John nos espera en la puerta y
me dirige su sonrisa característica.
—Nos vemos mañana —le dice Pedro mientras abre para que yo pase.
—Todo bien. —John le da a Pedro una palmada en el hombro y
desaparece en dirección al bar.
Pedro me pone la mano en la cintura y, al volverme, veo a Sarah en la
entrada del bar. Saluda a John pero no me quita ojo de encima mientras
salgo de La Mansión con Pedro. Sus ojos y sus morros destilan amargura.
Me huelo que acabaremos a bolsazos. Parece la clase de mujer que
consigue lo que quiere. Me saca mi lado cabrón y, en silencio, la reto a
intentarlo con una mirada de advertencia. No hago caso de la pequeña parte
de mi cerebro que me dice que me estoy preparando para aplastarla. Se me
están pegando las costumbres de mi señor neurótico.
—Deja aquí tu coche, lo recogeremos mañana —dice al abrirme la
puerta de su Aston Martin.
—Prefiero llevármelo ahora. —Estoy aquí, y sería una tontería no
hacerlo.
Pone mala cara y señala el asiento del acompañante del suyo. Niego
con la cabeza pero me subo. Ya hemos discutido suficiente por hoy.
Además, no necesito el coche. Se sienta a mi lado y arranca el motor.
Por el largo camino de grava nos cruzamos con el coche de Sam, que
va hacia La Mansión. Doy un brinco.
—¡Pero si es Kate!
Sam toca la bocina y le muestra una mano con el pulgar levantado a
Pedro. Asomo la cabeza por la ventanilla y Kate me saluda de mala gana.
—¿Qué hace Kate aquí? —pregunto mirando a Pedro, que tiene la
vista fija en la carretera. ¡Ay, Dios!—. Es socia, ¿verdad? —inquiero.
—No puedo hablar de los socios. Confidencialidad —dice él,
completamente inexpresivo.
—Entonces es que es socia... —Me estremezco. Esto es increíble.
Se encoge de hombros, aprieta un botón y las puertas se abren. ¡La
muy zorra! ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Le gusta por todas las
perversiones en general o es sólo por Sam? Y yo que pensaba que mi feroz
pelirroja no podría sorprenderme más. Tiene mucho que contarme.
Pedro ruge por la carretera y juguetea con un par de botones del
volante. Una voz masculina me envuelve desde el estéreo. La conozco.
—¿Quién es?
Marca el ritmo con los dedos sobre el volante.
—John Legend. ¿Te gusta?
Mucho. Llevo la mano al volante y Pedro baja las suyas para darme
acceso a los mandos. Encuentro el que quiero y subo aún más el volumen.
—Me tomaré eso como un «sí» —sonríe, y me pone la mano en la
rodilla. La cubro con la mía.
—Me gusta. ¿Qué tal la mano?
—Bien. Deja de preocuparte, señorita.
—Tengo que mandarle un mensaje a Patrick.
—Hazlo. Me muero por tenerte sólo para mí todo el día y todo el fin
de semana. —La mano sobre mi rodilla vuelve al volante.
Le mando un mensaje rápido a mi jefe, que, tal y como esperaba,
responde al instante diciéndome que disfrute de mi merecido día libre.
Perfecto.


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