domingo, 27 de abril de 2014

Capitulo 201 ♥

Me despierto al oír que alguien grita a pleno pulmón. Está oscuro y la única luz es un brillo tenue
que entra por el tragaluz que hay sobre la puerta de mi habitación. Aparto las sábanas, me levanto,
ando de puntillas hasta la puerta y la abro.
—¡He dicho que hemos terminado! —chilla Kate—. ¡Lo nuestro no va a ninguna parte!
Mierda, no debería estar escuchando, pero me puede la curiosidad. Kate está de espaldas a mí en
la entrada y rezo para que la persona a la que voy a ver sea Dan. Pero no. Es Sam. Mi corazón partido
se rompe un poco más por mi pobre mejor amiga. No sabe lo que está haciendo.
—No digas eso —dice Sam, suplicante y un poco confuso, lo que me indica que no tiene ni idea
de por qué Kate está poniendo fin a su relación.
No sé si la palabra «relación» describe correctamente lo suyo, pero más allá de los chistes, los
estilos de vida y el rollo sin compromiso, hay una conexión que no he visto nunca a Kate tener con
otro hombre. Ni siquiera con mi hermano. Si pudieran dejar atrás todo lo relacionado con La Mansión,
serían perfectos el uno para el otro. Quiero matar a Dan. Y quiero matar a Kate por ser tan tonta.
—Lárgate, Sam. —Entra en la cocina y abre y cierra todos los armarios.
Él la sigue.
—¿A qué viene todo esto? —pregunta—. ¿Qué ha cambiado?
—¡Nada!
Se oyen unos cuantos golpes más en los armarios de la cocina antes de que Kate salga para entrar
en la salita. Durante un instante le veo la cara. Está pálida y no parece tener más color que esta
mañana. El pelo rojo sigue sin brillo y lo lleva recogido en una coleta. Conozco esa expresión. Es la
que pone cuando no tiene razón pero no quiere bajarse del burro. Le daría una buena tunda. A ver si
Sam se larga para que pueda decirle lo que pienso a la idiota de mi amiga.
—¡Algo tiene que haber cambiado! —Sam casi se ríe, pero es una risa nerviosa, de las que
indican preocupación. Eso confirma lo que pienso: a él le gusta Kate de verdad. Y mucho.
—¡Que te largues! —le espeta ella, cortante.
—¡No! ¡No hasta que me cuentes a qué viene esto!
No los tengo a la vista, así que salgo de la habitación sin hacer ruido. Me enfado un poco
conmigo misma por ser tan cotilla, pero necesito oírlos porque estoy tan intrigada como Sam. Sin
embargo, sospecho que ya lo sé, por eso estoy perdiendo la poca paciencia que me queda.
—No te debo ninguna explicación.
Sam se ríe como es debido esta vez.
—¡Yo creo que sí!
Veo que intenta coger a Kate, pero la muy testaruda lo aparta.
—No. Lo nuestro era follar y punto. Fue divertido mientras duró, pero ya me he cansado. —La
frialdad de sus palabras me atraviesa como un cuchillo. No puedo ni imaginarme el daño que le habrán
hecho a Sam.
Él no dice nada pero lo veo sacudir la cabeza.
—¿Divertido? —repite—. Divertido.
—Sí. Pero ya no. Ya me he divertido todo lo que podía contigo.
La mandíbula me llega al suelo. Y yo que pensaba que no podía decir nada peor. Está en racha.
Sam desaparece de mi campo de visión y sé que va a marcharse, así que vuelvo a meterme en mi
cuarto y cierro la puerta. No lo culpo por haberse rendido. A pesar del estilo de vida que lleva y de que
ha arrastrado a Kate al lado oscuro con él, está claro que siente algo por mi amiga. Y sé que ella siente
lo mismo.
Oigo un portazo y, a continuación, el sonido inconfundible de un sollozo. Está llorando. Kate
nunca llora. Estoy furiosa con ella pero me siento fatal por la tonta de mi mejor amiga. ¿Qué intenta
demostrar? No puedo evitar pensar que esto nunca habría ocurrido si Dan no hubiera venido.
Podría quedarme en mi habitación y dejarla llorar a gusto pero, en vez de eso, salgo de mi cuarto
y voy a la salita. No pienso dejar que le quite importancia cuando le pregunte qué ha pasado más tarde.
Si la pillo llorando tendrá que reconocer que lo está pasando mal. No voy a dejar que me evite esta
vez.
Me apoyo en el marco de la puerta de la sala de estar y observo durante una eternidad cómo sus
hombros suben y bajan mientras llora sin parar. Mi instinto me dice que me siente a su lado y la
abrace, pero no lo hago y, pasados diez largos minutos, se pasa las manos por las mejillas, se levanta,
se vuelve y me ve en la entrada. Tal y como imaginaba, se ha plantado una sonrisa falsa en la cara.
Está insultando a mi inteligencia y a nuestra amistad.
—Hola —dice intentando no sorberse los mocos.
—¿Todo bien? —pregunto sin apartarme del marco de la puerta. No va a salir de aquí.
—Pues claro. ¿Qué haces aquí? —Se coloca bien la camiseta y se mira el cuerpo para no mirarme
a mí.
—Mi coche está fuera, ¿no lo has visto?
Sigue sin mirarme.
—No. ¿Qué haces aquí?
Ignoro la pregunta que ya me ha hecho dos veces. No voy a permitir que cambie de tema.
Además, ¿qué le digo? Llevo casada menos de un día y ya estoy en su apartamento con la maleta.
Seguro que he batido un récord.
—Imagino que estabas muy ocupada discutiendo con Sam como para verlo.
Me lanza una mirada como un latigazo. Sabe que la he pillado.
—Ah —dice con calma, y me insulta aún más cuando sonríe tan pancha—. ¿Té?
—No —respondo con frialdad y sin devolverle la sonrisa—. Aunque estaría bien que me dieras
una explicación.
Sé que debo de haber levantado las cejas y que parezco una madre quejica, pero no voy a ceder.
Esta vez no va a hacer como si nada.
Se ríe un poco.
—¿Una explicación sobre qué? —La sonrisa le falla cuando se da cuenta de lo que acaba de decir.
Me ha invitado a sacármelo del pecho y, por la cara que pone, se está arrepintiendo.
—Para empezar, sobre lo que hiciste anoche con mi hermano. Luego podrías intentar explicarme
por qué acabas de romper con Sam.
—No había nada que romper.
—¿Y qué me dices de mi hermano?
—Que no es asunto tuyo. —Intenta pasar pero le bloqueo la salida—. Paula, aparta.
—No. Vas a sentarte y a hablar. ¿Qué te ocurre? Se supone que somos amigas. Siempre nos lo
hemos contado todo. —La cojo del brazo, la arrastro al sofá y la obligo a sentarse—. ¿Qué está
pasando aquí, Kate?
Me responde enfadada:
—Nada.
—Me sacas de quicio —le espeto—. Desembucha, Matthews.
Se echa a llorar y me siento aliviada. Estaba a punto de abofetearla por ser tan cabezota, pero
ahora le paso el brazo por los hombros y la dejo sollozar en mi pecho. No sé Kate, pero yo me siento
mucho mejor. Sam le gusta de verdad.
Intento calmarla.
—Empecemos con Sam.
—Ya te lo he dicho, al principio sólo me estaba divirtiendo. —Las palabras salen entrecortadas
entre sollozos.
—¿Al principio? ¿Así que es más que un rollete?
—Sí... No... ¡Yo qué sé! —Parece muy confusa, igual que yo. La relación de Sam y Kate no es
perfecta pero, incluso con La Mansión de por medio, no puedo evitar pensar que es mucho más sana
que la relación que tuvo con Dan, aunque parezca una locura.
—Sabía que esto iba a pasar con Dan en escena —suspiro. Si estuviera hablando con mi hermano,
le estaría gritando por teléfono—. Kate, tienes que recordar todas las razones por las que Dan y tú
rompisteis.
—Lo sé. Éramos lo peor el uno para el otro, pero conectábamos, Paula. Cuando estábamos juntos,
conectábamos muy bien.
—Te refieres al sexo. —Hago una mueca de disgusto. No quiero pensar en mi hermano en esa
tesitura.
—Sí, pero todo lo demás era una pesadilla.
—Cierto. —Estoy de acuerdo con ella.
Vi las peleas, la necesidad constante de cabrear al otro y el ir y venir malsano de su relación
maldita. No sentían el menor respeto el uno por el otro, ni mental ni físicamente. Todo era sexo. Una
vida sexual increíble no elimina el resto de los problemas de una relación, que en el caso de Dan y de
Kate eran muchos y en todos los frentes. En aquel momento hice la vista gorda porque me encantaba
la idea de que mi hermano y mi mejor amiga estuvieran enamorados. No obstante, ése era el
problema: que no estaban enamorados. Era lujuria pura y dura, y ahora que he madurado lo veo claro
como el agua.
Se revuelve entre mis brazos, se sienta erguida y respira hondo un par de veces.
—Odio a los hombres —afirma.
—Pues no deberías, y menos cuando hay uno que te tiene en un pedestal.
Me mira con curiosidad.
—¿Sam?
Casi le doy una hostia por estar tan tonta.
—Sí, Sam.
—Paula. —Se echa a reír—. Sam no me tiene en un pedestal, sólo es que en la cama lo dejo
alucinado, eso es todo.
—¿Quieres decir que conectáis muy bien? —La miro con una ceja levantada—. Sólo que con
Sam también conectas mentalmente.
Me mira mal. Sabe que tengo razón.
—Sólo nos estábamos divirtiendo.
Me hundo en el sofá, harta.
—Eres increíble.
—No, soy realista —me discute—. Sólo era sexo.
—Entonces ¿por qué estabas llorando como un bebé?
—No lo sé. —Se levanta—. Me siento fatal. Me ayuda a desahogarme. ¿Te apetece una taza de
té?
—Sí —bufo poniéndome de pie para ir con ella a la cocina.
Coge un par de tazas del armario.
—¿Y qué haces tú aquí?
La pregunta me hace dudar un instante cuando aposento el culo en la silla. ¿Debería contárselo?
He dejado a mi marido menos de veinticuatro horas después de haber jurado nuestros votos. No voy a
poder quitarle importancia, aunque visto lo bien que ella se zafa de mis interrogatorios, no debería
preocuparme si se ofende. Pero necesito ayuda. Ha dejado claro que Pedro le cae bien, y esto podría
hacerle cambiar drásticamente de opinión y, aunque estoy furiosa con él, odio divulgar información
que hará que mis seres queridos lo pongan en tela de juicio. A él y a mí. Podrían cuestionar mi
cordura.
Decido que necesito a mi mejor amiga a bordo. Aprieto los dientes.
—¿Te acuerdas de que mis píldoras desaparecían misteriosamente?
Se vuelve y frunce el ceño antes de depositar una bolsita de té en cada taza.
—Sí. Tú y tu desorden personal.
—Hummm, eso mismo pensaba yo. —La miro fijamente esperando que encaje las piezas, pero
está a lo suyo, echando agua y una gota de leche en las tazas—. Al menos al principio.
Remueve el té y lo trae a la mesa. Se deja caer en una de las sillas, son todas distintas.
—¿Cómo que al principio? —Su expresión de confusión me dice que todavía no lo ha pillado.
Debe de ser la resaca.
—Pedro ha estado robándomelas. —Lo suelto a toda velocidad, antes de que me dé por cambiar
de opinión y retener la información.
Ahora frunce el ceño sobre el borde de la taza.
—¿Que ha hecho qué?
—Ha estado robándome las píldoras. Me quiere embarazada.
Abre unos ojos como platos y la mandíbula le llega al suelo. Deja la taza en la mesa con sumo
cuidado.
—¿Y te lo ha dicho así?
—Sí —suspiro—. Aunque yo ya lo sabía.
—¿Sabías que te las había estado robando? ¿Cuando compraste otra caja y volviste a perderlas?
—Me tenía distraída.
—¿Y por qué iba a hacer eso? ¿No usaste protección?
—No —mascullo indignada, preparándome para una charla sobre lo descuidada que he sido.
Porque lo he sido, pero ahora culpo a Pedro por esta endiablada situación, no sólo por robarme las
píldoras. Sí, debería haberlo obligado a usar protección, pero se me olvidó. Es una excusa muy pobre,
pero se me olvidó porque mi hombre imposible sabe distraerme demasiado bien.
Kate sigue atónita. No me sorprende, es para quedarse de piedra.
—Si lo sabías, ¿por qué no lo obligaste a confesar?
—Porque nunca lo habría hecho, Kate. Está loco de atar —contesto en mi defensa, aunque es
posible que sea yo la que está loca de remate. ¿Cómo he podido ser tan tonta?
—Pero sólo es así contigo —dice Kate.
—Sí, sólo conmigo.
Bebo un sorbo de mi té. Kate me observa pero no expresa sus pensamientos. Seguro que tiene
algo que decir.
—¿Y por qué decidiste ignorarlo? —inquiere.
Es la pregunta que me estaba temiendo, aunque era de esperar que me la hiciera. Eso mismo me
pregunto yo.
—No tengo ni idea. —Estoy muy frustrada: no tengo excusa.
Kate niega con la cabeza y me hace sentir insignificante.
—No te entiendo, y a él aún menos.
—Tenía miedo de que lo dejara —murmuro en voz baja. ¿Cuál es mi excusa por ser tan pava?
—¡Si te has casado con él! —Se echa a reír—. Joder, Paula, ¿qué le pasa a ese hombre? Sé que está
un poco mal de la azotea, pero...
—¿Sólo un poco? —me burlo.
—Vale, me he quedado muy corta, pero siempre me ha resultado muy tierno cómo se porta
contigo. Lo mucho que te quiere, que te protege y que se preocupa por ti. Todos sabemos que su
comportamiento no tiene nada de razonable, aunque también sabemos que nunca antes le había
importado nadie. Pero ¿de ahí a robarte las píldoras? Creía que ningún hombre podía sorprenderme,
pero éste se ha superado.
—Sin duda —farfullo removiendo mi té con lentos movimientos circulares.
—Si lo sabías, y él sabía que lo sabías, ¿por qué este drama de repente?
—Porque es posible que haya tenido éxito.
Kate se atraganta con el té.
—¿Estás preñada? —Tose.
Las palabras son como un nudo en mi garganta, listo para inflamarse, y antes de que pueda
controlarlas, las lágrimas empiezan a correrme por las mejillas. Dejo la taza de té en la mesa, escondo
la cara entre las manos... y me echo a llorar.
—¡Joder! ¡Mierda!
La silla de Kate chirría contra el suelo de la cocina y de repente la tengo delante de mí,
rodeándome con los brazos. Intenta calmarme susurrándome al oído, como si fuera un niño que se ha
caído y se ha hecho un rasguño en la rodilla. Me siento muy idiota. Imbécil perdida. Tonta por haber
ignorado mis sospechas durante tanto tiempo, por no haber encajado antes las piezas y por haber
dejado que Pedro y sus distracciones me impidieran darme cuenta de la gravedad de sus actos.
—Mañana debería bajarme la regla. Sé que no me va a venir, y él también lo sabe. —Sorbo por la
nariz y Kate se levanta y va corriendo hasta una cajonera—. He estado ignorándolo, cosa que frustraba
a Pedro, pero no estoy preparada para esto, y ahora estoy muy enfadada conmigo misma y más que
furiosa con él. No puedo dejar que se salga con la suya.
Me pasa un pañuelo de papel y me sueno los mocos. Se sienta a mi lado.
—Estoy de acuerdo —dice, resuelta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario