martes, 22 de abril de 2014

Capitulo 187 ♥

—¿Dónde está Pedro? —pregunto dejando la copa.
No lo he visto desde anoche. Como sé que mi madre es tradicional, insistí en que durmiéramos
separados la noche antes de la boda. Se negó a salir de mi habitación hasta un minuto antes de la
medianoche, y luego tuvo una pataleta tremenda cuando mi madre empezó a tocar a la puerta para
recordarle que saliera. Se moría de ganas de pasar por encima de ella pero, sorprendentemente, se fue
sin montar una escena. Sólo le lanzó una mirada asesina cuando ella lo escoltó fuera de la habitación.
—Creo que se está vistiendo —dice Kate, y se termina un cóctel.
—¡Bebe despacio, Katie Matthews! —la regaña mi madre al tiempo que le quita la copa de las
manos—. Tienes todo el día por delante.
—Perdón. —Mi amiga me mira y se ríe.
Sé por qué ha empezado a beber a primera hora: es el síndrome Dan y Sam en la misma
habitación.
—¿Y qué hay de papá y de mi hermano?
—Están en el bar, Paula. Todos los hombres están en el bar —responde Kate, recalcando lo de
«todos».
—¿Todos? —pregunto—. ¿Incluso Sam?
Ella asiente.
—Sí, todos los hombres. Exceptuando a Pedro, pero incluidos Sam y Dan.
Hago una mueca. Hoy va a ser un día muy duro para Kate. Dan ha pospuesto su regreso a
Australia para poder asistir a mi boda, pero no me ha contado gran cosa, ni la noche de la pedida de
mano, ni desde entonces... Tampoco hace falta. Es evidente que le cuesta aceptar la dirección que ha
tomado mi vida y el estar cerca de Kate, sobre todo cuando Sam, que no sabe nada, se halla presente.
A Kate tampoco le resulta fácil, aunque intenta aparentar que no le afecta.
—Venga, vamos —dice dando un par de palmadas—. ¿Vas a vestirte o vas a caminar hacia el
altar así? Estoy segura de que a Pedro le encantaría.
Le sonrío a mi feroz amiga. Ella sabe que Pedro está obsesionado con el encaje, pero mi madre
no.
—Me estoy vistiendo.
Saco los zapatos de tacón de su envoltorio de papel de seda y me los pongo. Ahora soy ocho
centímetros más alta.
—Perfecto. —Respiro hondo y voy hacia la puerta, donde me espera mi vestido.
Me detengo un instante para admirarlo y me deleito al ver lo exquisito que es.
—Quizá deberías ir al baño antes de que te lo pongamos —sugiere mi madre acercándose a mi
lado para contemplarlo—. Ay, Paula. Nunca he visto nada parecido.
Asiento sin dejar de recorrerlo con la mirada.
—Lo sé, y sí, tengo que hacer pis.
Dejo a mi madre admirando mi vestido y voy al baño. Pillo a Kate dando un trago rápido
mientras Elizabeth no mira. Si no estuviera tan preocupada por el lugar en el que se celebra la boda,
me preocuparía por tener que pasar el día con Dan y Kate tan cerca que podrían lanzarse escupitajos.
Cierro la puerta antes de usar el baño y disfrutar de otro instante de privacidad mientras me
aseguro de vaciar completamente la vejiga. Luego oigo que llaman a la puerta de la suite, a lo que le
sigue la inconfundible voz aguda de pánico de mi madre. Me pregunto qué estará pasando. Me arreglo
rápidamente, me lavo las manos y salgo del baño.
—Pedro —mi madre está claramente harta—, tú y yo vamos a acabar mal si no haces lo que se te
dice.
Miro a Kate, que está bebiendo más sublime mientras mi madre está distraída. Me sonríe y se
encoge de hombros.
—¿Qué ocurre?
—Pedro quiere verte, pero Alejandra no lo deja.
Pongo los ojos en blanco, miro en su dirección y veo que mi madre bloquea el pequeño hueco que
hay entre el marco y la puerta. Entonces lo oigo.
—Déjame entrar y no acabaremos mal, mamá.
Sé que está sonriendo, pero su gesto amistoso no me engaña. Noto el tono de amenaza, incluso
con mi madre. Va a entrar en la habitación, y ni siquiera ella va a poder impedírselo.
—Pedro Alfonso, no te atrevas a llamarme «mamá» cuando sólo soy nueve años mayor que tú —le
espeta—. ¡Vete! La verás dentro de media hora.
—¡Paula! —grita por encima de mi madre.
Miro a Kate, que asiente con la cabeza porque me ha entendido perfectamente. Las dos corremos
hacia la puerta. Kate coge la percha del vestido y yo recojo el bajo con los brazos. Lo llevamos al baño
entre las dos y volvemos a colgarlo de la puerta.
Kate se echa a reír.
—¿Crees que tu madre aprenderá algún día o seguirá intentando domarlo?
—No lo sé.
Aliso el delantero del vestido, salgo con Kate y cierro el baño. Mamá continúa de guardiana de la
puerta con el pie anclado en la base. Eso no detendrá a Pedro.
—¡Pedro, no! —grita al tiempo que empuja la puerta contra él—. ¡Que no! ¡Que trae mala suerte!
¿Es que eres tan cabezota que no tienes ningún respeto por la tradición?
—Déjame entrar, Alejandra. —Está apretando los dientes, lo sé.
Miro a Kate y niego con la cabeza. Está pasando por encima de mi madre, tal y como prometió
que haría si ella alguna vez se interponía en su camino, y ahora mismo es justo lo que está haciendo.
Kate coge otra copa de la bandeja y se acerca como si nada a la puerta.
—Déjalo entrar, Alejandra. Nunca conseguirás detenerlo. Es como un rinoceronte.
—¡No! —Mi madre sigue en sus trece, aunque no va a conseguir nada. Ya debería saberlo, pese
al poco tiempo que ha pasado con él—. ¡No va a...! ¡No, Pedro Alfonso!
Sonrío al ver a mi decidida madre echarse un poco atrás antes de que la levanten del suelo y la
dejen fácilmente a un lado. Se arregla el vestido y se coloca bien el postizo del pelo mientras le lanza
dagas con la mirada a mi hombre imposible. Me fijo de nuevo en la puerta abierta, donde unos
estanques verdes ardientes de deseo me observan con atención. Su rostro carece de emoción y está sin
afeitar. Mi mirada golosa se aparta de la suya y disfruta con su cuerpo medio desnudo. Lo tengo
delante y sólo lleva unos pantalones cortos puestos. Tiene el pecho húmedo y el pelo oscurecido por el
sudor. Ha salido a correr otra vez.
—¡Pero bueno! —sisea mi madre—. ¡Paula, dile que se marche!
No está en absoluto contenta.
Mis ojos encuentran de nuevo los de Pedro.
—No pasa nada, mamá. Danos cinco minutos.
Su mirada brilla de aprobación mientras espera pacientemente a que mi madre dé su brazo a
torcer y nos deje a solas. Seguro que a ella no se lo parece, pero incluso este pequeño gesto es una
muestra inusual de respeto. Me hará suya cuando quiera y donde quiera, y el hecho de que no la haya
apartado de la puerta a la fuerza es toda una novedad. Sí, le ha pasado por encima, pero podría haberla
pisoteado con ganas.
Con el rabillo del ojo veo que Kate se acerca a mi madre y la coge del brazo.
—Vamos, Alejandra. Sólo serán unos minutos.
—¡Es la tradición! —brama, pero deja que Kate se la lleve.
Esbozo una pequeña sonrisa. Mi relación con Pedro no tiene nada de tradicional.
—¿Y qué hay del cardenal que lleva en el pecho? —pregunta mi madre mientras mi amiga la
saca de la habitación.
La puerta se cierra y mantenemos nuestra profunda conexión visual. Ninguno de los dos dice
nada durante una eternidad. Me lo como con los ojos, músculo a músculo, centímetro a centímetro de
belleza pura y perfecta.
—No quiero dejar de mirarte la cara —dice él al fin.
—¿Ah, no?
Niega con la cabeza.
—Veré encaje si miro a otra parte, ¿verdad?
Asiento.
—¿Encaje blanco?
—Marfil.
El pecho se le expande un poco.
—Y estás más alta, llevas los tacones puestos.
Asiento de nuevo. Si aparta los ojos de mi cara, podría ser muy peligroso para mi pelo, mi
maquillaje y mi ropa interior. Y además nos retrasaríamos mucho. Tessa aparecerá en cualquier
momento para comprobar que estoy lista antes de decirme cuántos pasos hay hasta el salón de verano
y cuánto debo tardar en llegar.
Parpadea un par de veces y sé que no va a poder resistirse a mirar, pero más le vale controlarse
cuando me vea, y más me vale a mí controlarme también. Es muy difícil. Le caen gotas de sudor por
las sienes, le resbalan por el cuello y el pecho duro como el acero antes de viajar por las ondulaciones
de su abdomen y dispersarse en el elástico de los pantalones cortos. Oscilo sobre mis tacones cuando
su mirada abandona la mía y se arrastra por mi cuerpo. El pecho le sube y le baja con fuerza durante el
recorrido. Siento un hormigueo por todas partes, la reacción de mi cuerpo a su perfección, y al mismo
tiempo quiero que me haga suya aquí y ahora.
—Acabas de pasar por encima de mi madre. —Intento ocultar el deseo en la voz pero, como
siempre, fracaso estrepitosamente. Es imposible resistirse a ese hombre, especialmente cuando me
mira así, cuando los ojos le brillan de ese modo.
Doy el primer paso. Cruzo lentamente la suite y me detengo a pocos centímetros de su cuerpo
bañado en sudor. Miro sus labios carnosos. Se le acelera la respiración y su pecho se expande tanto
que casi roza el mío.
—Se estaba interponiendo en mi camino —dice con calma, su aliento sobre mí.
—Trae mala suerte ver a la novia antes de la boda.
—Impídemelo. —Inclina la cabeza y sus labios apenas rozan los míos pero no me toca—. Te he
echado de menos.
—Sólo han pasado doce horas. —Tengo la voz ronca e incitante, aunque sé que no debería
alentarlo a tocarme cuando está hecho una mole de músculo duro y empapado y yo estoy cubierta de
encaje perfecto, con el pelo perfecto y el maquillaje perfecto.
—Demasiado tiempo. —Me acaricia el labio inferior con la lengua y dejo escapar un gemido
ahogado. Tengo que luchar contra el impulso natural de agarrarme a sus hombros—. Has bebido —me
acusa con dulzura.
—Sólo un sorbo —digo. Es un sabueso—. No deberíamos hacer esto.
—No puedes estar así de guapa y luego decir esas cosas, Paula.
Su boca se aprieta contra la mía y su lengua busca la forma de entrar, incitando a mis labios a
separarse y a aceptarlo. Su calor disipa mis nervios sobre el lugar en el que estamos, se me olvida todo
cuando me reclama, pero aun así no me pone un dedo encima. Nuestras lenguas se rozan y se
acarician, pero ése es el único contacto que hay entre nosotros, aunque es tan apasionado como
siempre. Tengo los sentidos saturados, no puedo pensar, y mi cuerpo le suplica más pero él se limita a
mantener el movimiento fluido de su lengua, que saca de vez en cuando de mi boca para provocarme
antes de volver a hundirla junto a la mía. Es un ritmo exquisito que me hace gemir y derretirme entre
mis muslos mientras él me adora con delicadeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario