—Me han dicho que ya se había despertado.
Abro los ojos y me encuentro a un hombre indio vestido con una bata
blanca delante de la cama.
—Hola —grazno.
—Soy el doctor Manvi. ¿Cómo se encuentra, Paula? —Habla un inglés
perfecto, sin el más mínimo acento.
—Bien —suspiro, cansada—. Me duele mucho la cabeza, pero aparte
de eso estoy bien.
Pedro gruñe a mi lado, y lo miro con exasperación. Quiero irme a casa.
—Me alegro. —El doctor Manvi me inspecciona los dos ojos con una
luz y vuelve a guardarse la especie de linterna en el bolsillo—. Paula, ¿qué
recuerdas de anoche?
¡Otro con la maldita preguntita!
—No mucho. —Pedro me aprieta la mano con más fuerza y me vuelvo
hacia él. Su ira sigue siendo evidente. Me encuentro fatal. Esto es lo que
menos necesito en estos momentos.
El doctor mira a Pedro.
—¿Quién es usted?
—Su marido —responde él de manera tajante sin apartar la mirada de
mí.
Abro los ojos de par en par pero él ni se inmuta, del todo tranquilo
ante mi evidente regaño silencioso. Se ha olvidado de añadir lo de
«futuro».
—Vaya. —El médico repasa mi historial—. Aquí dice «señorita Chaves».
—Nos casamos el mes que viene. —Me atraviesa con la mirada,
incitándome a desafiarlo, pero no tengo energías. Apoyo la cabeza
amargamente sobre la cama.
—Ah, de acuerdo. —El doctor Manvi parece satisfecho con la
explicación de Pedro. No puede importarme menos—. Hemos realizado un
análisis de orina rutinario. —Coge una silla y la arrastra por el suelo de
goma, lo que me arranca otro gesto de dolor—. ¿Cuándo tuvo el último
período? —El hombre me mira con ojos compasivos, y yo siento ganas de
arrastrarme por la habitación y meterme en el contenedor de residuos
sanitarios.
—Hace una semana, más o menos —respondo tranquilamente
mirando al techo. No me hace falta mirar a Pedro para saber que está
crispado.
—Bien, de acuerdo, solemos realizar de manera rutinaria un test de
embarazo para determinar qué provocó el desvanecimiento. —Hace una
pausa, y yo me preparo para los estragos que va a causar en la habitación el
huracán Pedro—. No está embarazada.
Levanto la cabeza.
—¿En serio?
—Bueno, al menos eso parece, pero si sólo hace una semana desde su
último período, podría ser demasiado pronto para saberlo con certeza. —
Sonríe amablemente, aunque eso no me tranquiliza en absoluto—. ¿Toma
la píldora anticonceptiva, Paula?
—Sí —respondo prácticamente chillando.
—Entonces podemos decir con total seguridad que no está
embarazada.
«¡Mierda!»
—Paula, es importante que intente recordar algo de lo que sucedió
anoche, con quién habló, con quién estuvo.
Pedro me transmite su hostilidad a través de las manos, increpándome.
—¿Qué? —interviene—. ¿Qué está intentando decir?
Ni siquiera me molesto en reprenderlo por su falta de respeto, y el
doctor Manvi continúa, haciendo la vista gorda.
—Hemos realizado un test más exhaustivo, teniendo en cuenta sus
síntomas.
—¿Síntomas? ¿Qué síntomas? —pregunto, totalmente confundida.
El médico inspira hondo y cambia de postura en la silla.
—Hemos hallado restos de Rohypnol en su orina —anuncia con pesar.
—¿QUÉ? —ruge Pedro.
Abro los ojos de par en par y el corazón empieza a palpitarme con
fuerza. ¿Ésa no es la droga de los violadores? ¡Joder!
Pedro se pone de pie bruscamente soltándome la mano. Nerviosa, alzo
la vista y veo que está temblando y sudando, transpirando ira.
—¿Ésa no es la droga de los violadores? —le grita al pobre médico.
—Sí. —El doctor Manvi confirma nuestros temores.
El pánico me invade ante el diagnóstico del médico. Esto es terrible.
Pedro empieza a pasearse por la habitación y echa la cabeza hacia
atrás.
—¡Me cago en la puta! —grita. Veo cómo su camisa negra se infla y
se desinfla con violencia cuando se agarra a un mueble de metal cercano.
—Paula, le aconsejo que lo notifique usted a la policía. Tiene que
contarles todo lo que recuerde. —Se vuelve hacia Pedro—. Señor, ¿podría
confirmar si estuvo sola en algún momento?
Mi mente empieza a repasar la noche. Creo que no lo estuve. Pedro se
lleva las puntas de los dedos a la sien y comienza a pasearse de nuevo. Va a
estallar. Va a ser como un tornado que asolará el hospital. De repente,
decirle que podría estar embarazada me parece mejor que esto.
El médico vuelve a mirarme al no obtener respuesta por su parte.
—Tenemos que examinarla para determinar si la violaron.
—¿Qué? —espeto. ¡Joder!
—No estuvo sola —responde Pedro, más tranquilo de lo que yo
esperaba—. Vi cómo perdía la conciencia y fui corriendo. —Se vuelve
hacia mí con ojos atormentados. Me siento vacía de emociones. Creo que
estoy en shock.
—¿Está seguro de esto?
—Sí —gruñe Pedro.
—Señor, aun así me gustaría examinarla, por si tiene algún cardenal o
algún arañazo.
—La he mirado de arriba abajo. No tiene ninguna marca. —Pedro se
dirige con pasos pesados al otro extremo de la habitación y abre la puerta
—. Kate —llama.
Oigo un breve intercambio de palabras abruptas y amortiguadas al
otro lado de la puerta. No me cabe duda de que Pedro está exigiendo
respuestas. El médico me mira confuso, y después mira a Pedro, mientras
yo continúo intentando acordarme de algo.
Vuelve de nuevo a mi lado.
—Nena, Kate dice que salió a fumar, pero que Tom estaba contigo.
¿Te acuerdas de eso?
—Sí —respondo rápidamente. Me acuerdo perfectamente—. Pero
Tom se fue al servicio mientras Kate estaba fumando —añado.
—Vale, ¿y recuerdas qué sucedió durante el tiempo que estuviste
sola? —insiste.
—Sí. —No voy a decirle por qué lo recuerdo. Joder, mencionar a Matias
sería un tremendo error—. ¿Por qué? —pregunto.
—Porque, Paula, no quiero que nadie te toque si no es necesario, así
que, por favor, haz memoria. —Me aprieta las manos—. Antes de que yo
llegara, ¿estabas bien? ¿Te acuerdas de todo?
—Sí.
—Bien —interviene el doctor Manvi—. Pero, señorita, aun así me
quedaría más tranquilo sin accediera a que la examinásemos.
—No, sé que no pasó nada. No tengo ninguna magulladura ni ningún
corte. —Si está completamente segura, no puedo forzarla.
—¡Por supuesto que no puede forzarla! —silba Pedro.
Joder, quiero salir de inmediato de aquí.
—No pasó nada. Lo recuerdo todo hasta que él llegó. —Miro a Pedro
—. Me acuerdo de todo —repito con voz temblorosa. Estoy temblando.
Me acaricia la mejilla con la palma de su mano.
—Lo sé. Te creo.
—De acuerdo. Sus constantes vitales están bien —me informa el
doctor Manvi—. Le dolerá la cabeza un rato, pero eso es todo, se
recuperará. En cuanto tenga lista el alta podrá irse.
—¿Cuánto tiempo tardará? —pregunta Pedro, furioso de nuevo.
—Señor, estamos en el centro de Londres y es sábado por la noche.
No tengo ni idea.
—Voy a llevármela a casa ahora mismo —dice Pedro con absoluta
determinación. Lo miro y al instante sé que es inútil discutir, no si uno
desea seguir viviendo. El doctor Manvi me mira y yo asiento.
Se levanta de la silla.
—Está bien —dice prácticamente suspirando. Es obvio que no está
conforme.
Me dejo caer en trance mientras el médico habla con Pedro. No oigo
nada. Parece todo muy distante. ¿Cómo ha podido pasar esto? No perdí mi
bebida de vista ni un instante. Tampoco acepté la copa que me ofrecieron.
Tuve mucho cuidado. Joder, ¿qué habría pasado si llego a irme al servicio
unos segundos antes y no hubiera visto a Pedro en la puerta? Podría
haberme quedado inconsciente y ajena a todo lo que me rodeaba. Me
podrían haber violado. De repente empiezo a sollozar sin esperarlo y
finalmente rompo a llorar.
—Nena, no llores, por favor. —Siento cómo su calidez me atrapa y
me estrecha con fuerza mientras mi cuerpo se agita debajo de él—. Nena,
me volveré loco si lloras.
Sollozo sin parar mientras me reconforta mascullando maldiciones y
ruegos sobre mi cabeza.
—Lo siento mucho —exclamo entre sollozos. No sé qué es lo que
siento, tal vez haberlo desafiado y haber salido de todos modos. La verdad
es que no lo sé, pero siento remordimientos.
—Paula, cállate, por favor —me suplica mientras me sostiene con
fuerza y me acaricia el pelo. Percibo el frenético ritmo de sus latidos bajo
mi oreja.
Cuando por fin me recompongo un poco, me seco las lágrimas y me
sorbo los mocos. Debo de estar hecha un asco.
—Estoy bien —digo. Respiro profundamente unas cuantas veces para
tranquilizarme y lo aparto—. Quiero irme a casa. —Parezco una niña
malcriada.
Empiezo a bajarme de la cama, pero de repente me detiene un muro
feroz, alto, fuerte y de ojos verdes. Me coge en brazos y se dirige hacia la
puerta, topándose con Kate por el camino.
—Coge sus cosas —le ordena al pasar por su lado.
—¿Qué ha ocurrido? —Sam se levanta de la silla del pasillo.
—La han drogado —informa Pedro tajantemente. No se detiene a dar
más explicaciones.
—¡Joder! —dice Sam, consternado.
Oigo los tacones de Kate siguiéndonos.
—¿Qué? ¿Para violarla?
—Sí, ¡para violarla! —grita Pedro mientras continúa avanzando por el
pasillo conmigo en brazos—. Voy a llevármela a casa.
Cuando salimos del edificio ya es de día. La invasión de luz natural
me obliga a entornar los ojos. Me mete en el DBS y me abrocha el
cinturón. Hago una mueca de dolor cuando la puerta se cierra y percibo un
murmullo de voces fuera del vehículo. Oigo unos golpecitos suaves en la
ventanilla y, cuando me vuelvo, veo a Kate haciéndome un gesto para que
la llame. Asiento y apoyo la cabeza contra el cristal mientras Pedro sube al
coche y deja mis zapatos y mi bolso a mis pies. Cierro los ojos de nuevo y
me quedo dormida.
—Arriba. —Abro los ojos y veo que Pedro me saca del coche y me
lleva en brazos a través del vestíbulo del Lusso.
—¿Señor Alfonso? —El conserje aparece junto a nosotros mientras
Pedro se dirige al ascensor que sube hasta el ático—. ¿Va todo bien? —
pregunta, preocupado. No es raro verme siendo transportada en sus brazos,
así que imagino que debo de tener un aspecto espantoso, y sé que Pedro
también.
—Estoy bien, Clive. —La puerta del ascensor se cierra y el hombre se
queda perplejo y preocupado al otro lado.
Apoyo la cabeza contra la firmeza de Pedro y, lo siguiente que sé es
que me está metiendo en su inmensa cama. Tengo vagos recuerdos de que
me quita el vestido mientras gruñe con desaprobación. Me doy la vuelta al
verme libre de ropa y dejo escapar un suspiro de alivio cuando percibo el
olor que más me gusta en este mundo: un olor a agua fresca y mentolada.
Sé que estoy de vuelta en el lugar al que pertenezco.
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