lunes, 7 de abril de 2014

Capitulo 143 ♥

De inmediato, montañas de fantásticos bolsos bendicen mis ojos, pero
Pedro no me deja ni mirar. Camina con decisión y me arrastra detrás de él
hacia el ascensor. Aprieta el botón del primer piso. Recorro con la mirada
el plano de la tienda.
—Oye, quiero ir a la cuarta planta.
Preferiría evitar las colecciones internacionales de la primera planta:
son carísimas. Sin embargo, no me hace ni caso.
—¿Pedro? —Lo miro, pero su rostro es impasible y me agarra
firmemente de la mano. Se abren las puertas del ascensor y tira de mí.
—Por aquí —dice, y me guía entre expositores increíbles de ropa de
alta costura y diseñadores famosos. Me alegro de que los estemos pasando
de largo.
«¡Ay, no!»
Me hundo en la miseria cuando veo un cartel que reza «Asistente de
compras».
—No, Pedro. No, no, no.
Intento detenerlo, pero tira de mí hacia la entrada de la sección.
—Pedro, por favor —le suplico, aunque él me ignora por completo.
Quiero inflarlo a patadas. Odio la atención y el revuelo de las tiendas.
Te besan el culo y te dicen que todo te sienta fenomenal y al final te ves
obligado a comprar algo. La presión será inmensa, y no quiero ni pensar en
el precio.
—Tengo una cita con Zoe —le dice al dependiente bien vestido que
nos saluda.
¿Por qué me ha preguntado adónde quería ir si ya tenía planes? Quiero
retorcerle el pescuezo.
—¿El señor Alfonso? —pregunta el dependiente.
—Sí —responde Pedro ignorándome, a pesar de que sabe
perfectamente que lo estoy mirando con odio y que me incomoda mucho
todo esto.
—Por aquí, por favor. ¿Les apetece beber algo? ¿Una copa de
champán? —ofrece con educación.
—No, gracias —contesta Pedro.
El joven nos conduce hasta una lujosa zona privada y Pedro me lleva a
un enorme sofá de cuero. Me siento a su lado y retiro la mano. Ésta es mi
peor pesadilla.
—¿Qué pasa? —Intenta volver a cogerme la mano.
Lo miro, acusadora.
—¿Por qué me has preguntado adónde quería ir si ya habías
concertado una cita?
Se encoge de hombros.
—No entiendo por qué quieres vagar por decenas de tiendas si puedes
comprarlo todo aquí.
¿De verdad no lo entiende? Es un hombre, ¿qué esperaba?
—¿Así es como compras tú?
Debe de tener más dinero que sentido común. No dejo de sudar.
—Sí, y pago por el privilegio, así que sígueme la corriente —dice,
tajante.
Estoy alucinada, pero antes de que pueda contraatacar, una chica
joven y rubia entra en escena y le dedica una sonrisa a Pedro. Es bonita y
lleva un traje de color crema de Ralph Lauren.
—¡Pedro! —lo saluda—. ¿Cómo estás?
Él se levanta y le da dos besos. A juzgar por el intercambio, se
conocen. ¿Cada cuánto viene?
—Muy bien, Zoe, ¿y tú? —le sonríe, es una de sus sonrisas
arrebatadoras, de las que reducen a las mujeres a un saquito de hormonas a
sus pies.
—Muy bien. Ésta debe de ser Paula, ¿no? Es un placer conocerte.
Me ofrece la mano y me levanto para estrechársela con una pequeña
sonrisa. Es muy amable, pero no estoy cómoda aquí. Se sienta en la silla
que hay enfrente.
—Paula, me ha dicho Pedro que estás buscando algo especial para una
fiesta importante —dice, emocionada. «Algo especial» suena a que
también va a tener un precio especial.
—Algo muy especial —reitera Pedro tirando de mí para que vuelva a
sentarme en el sofá. Me está entrando un sofoco, creo que esta sala tan
amplia me está dando claustrofobia.
—Bien, ¿cuál es tu estilo, Paula? Dame una idea de qué te gusta. —
Deja las manos sobre el regazo y me mira expectante.
No sé cuál es mi estilo. Si me gusta algo y me sienta bien, lo compro.
No puedo ponerle una etiqueta a mi estilo.
—La verdad es que no tengo un estilo concreto. —Me encojo de
hombros y se le ilumina la cara. Debe de ser la respuesta correcta.
—Muchos vestidos —interrumpe Pedro—. Le gustan los vestidos.
—A ti te gustan los vestidos —musito, y me gano un pequeño
rodillazo.
Zoe sonríe y muestra una dentadura tan perfecta como las de las
estrellas de Hollywood.
—Una talla 38, ¿verdad?
—Sí —confirmo.
—Nada demasiado corto —añade Pedro.
Lo miro boquiabierta. Sabía que iba a pasar. No suelo llevar vestidos
cortos, pero de repente me apetece mucho gracias a su actitud de
cavernícola.
Zoe se ríe.
—Pedro, tiene unas piernas fantásticas. Sería una pena
desaprovecharlas. ¿Qué número de zapato, Paula?
Me cae bien.
—38 también.
—Estupendo. Ven conmigo. —Se levanta y la imito.
Pedro se pone a su vez en pie.
—No me puedo creer que me estés haciendo esto —gimoteo cuando
me besa en la mejilla. Zoe me cae bien, pero preferiría ir de compras sola.
Suspira.
—Paula, quiero divertirme. —Me abraza—. Voy a disfrutar de un
desfile de moda privado con mi modelo favorita. —Hace un mohín.
—¿Quién elige el vestido, Pedro?
Me da un beso de esquimal.
—Tú. Yo me limitaré a observar, te lo prometo. Corre, vuélvete loca.
—Se sienta otra vez y marca un número en el móvil. Qué alivio. No creo
que pudiera soportar que nos fuera siguiendo por la tienda criticando todo
lo que me guste.
Zoe me conduce por la sección.
—¿Así que hoy te van a mimar? —pregunta con una sonrisa afable. Es
encantadora, pero sus dientes están demasiado blancos.
—Bajo coacción. —Le devuelvo la sonrisa.
—¿No quieres que te mimen? —Se echa a reír y coge un vestido verde
y largo para enseñármelo. Es precioso, pero es más el color de Kate.
Niego con la cabeza y pongo expresión de disculpa. Me imita.
—No. Estoy de acuerdo. ¿Qué tal éste? —Pasa la mano por un
fantástico vestido estilo heleno.
—Es precioso —digo, aunque parece muy caro.
—Lo es. Nos lo probamos. ¿Y este otro?
—¡Vaya! —exclamo al ver un vestido crema entallado con un corte en
la falda que arranca de la cadera—. A Pedro no le gusta que enseñe
mucho... —Me río abriendo el corte. Con este vestido tendría que
afeitármelo todo.
—¿En serio? —Me mira con curiosidad. Como me diga...— Pero si es
un amor y se lo toma todo con mucha calma —añade.
«¡Que te lo has creído!»
Suelto el vestido y cojo uno rojo de satén.
—No es para mí —musito—. Éste me gusta.
Zoe sonríe.
—Buena elección. ¿Y éste? —Acaricia un impresionante palabra de
honor de color crema. ¿Me dejará llevar escote palabra de honor?
—Es precioso. —Me lo puedo probar. Estoy segura de que me lo hará
saber si no le gusta. Algo llama mi atención al otro lado de la sección. Mis
piernas echan a andar sin darme cuenta.
Acaricio la parte delantera de un delicado vestido largo de encaje
negro. Es una preciosidad.
—Tienes que probarte ése —dice Zoe acercándose. Lo coge y le da la
vuelta con cuidado. Está sujeto por un cable de seguridad, lo que sólo
puede significar una cosa—. ¿Verdad que es una maravilla?
Lo es. También debe de ser caro de morirse si la tienda cree necesario
ponerle alarma. Tampoco lleva etiqueta, otra señal de que me desmayaría
si supiera el precio. Recorro con la mirada la espalda del vestido ajustado,
que se ensancha en la cadera y cae con delicadeza hacia el suelo. Es un
diseño sencillo, con la espalda abierta en forma de pico, las mangas cortas
que caen apenas más allá del hombro y un escote profundo delante. Está
claro como el agua que es de alta costura.
—A Pedro le encanta que lleve encaje —señalo en voz baja. También
le gusta que vista de negro.
—Entonces te lo tienes que probar —dice colgándolo de nuevo—.
¿Cuánto llevas con Pedro? —pregunta de manera informal.
Me pongo en guardia. ¿Qué le digo? La verdad es que llevo con él
desde hace más o menos un mes, y que él se pasó una semana borracho y
con el corazón roto. Un pensamiento horrible invade mi cerebro atontado.
—No mucho —intento sonar tan indiferente como Zoe, pero no cierro
la boca—. ¿Trae aquí a todas las mujeres con las que sale?
Se echa a reír a mandíbula batiente. No sé si es buena señal.
—¡Por Dios, no! ¡Se arruinaría!
Es muy mala señal.
Se ve que me ha visto la cara porque palidece un poco.
—Paula, lo siento. No ha sonado nada bien. —Se tensa sobre los
tacones—. Lo que quería decir es que si trajera a todas las mujeres con las
que se ha acostado... —Deja de hablar y se pone lívida. Quiero vomitar—.
¡Mierda! —exclama.
—Zoe, no te preocupes. —Me centro en otro vestido. ¿A quién trato
de engañar? Mi hombre ha conocido mucho mundo.
—Paula, la verdad es que nunca ha salido con nadie. Al menos, no que
yo sepa. Es un partidazo. Vas a tener que espantar a todas las mujeres de
La Mansión, eso seguro.
—Ya. —Me río un poco. Necesito cambiar de tema. La imagen de
Pedro con otra mujer aparece de nuevo en mi mente. Está claro que Zoe
sabe a qué se dedica él—. ¿Adónde vamos ahora?
Pongo cara de que no me afecta y de que no soy celosa, si es que esa
cara existe. Sin embargo, la sangre me hierve por dentro, y se me han
puesto los pelos como escarpias. ¿Por qué Pedro ha sido tan putero?
—¡A por zapatos! —exclama Zoe llevándome hacia los ascensores
egipcios de Harrods.
Una hora más tarde, volvemos a la zona pija privada con un chico
empujando un enorme perchero cargado de vestidos y zapatos. Pedro sigue
en el sofá con el móvil en la oreja.
Sonríe y cuelga.
—¿Lo has pasado bien? —me pregunta levantándose y dándome besos
en la cara—. Te he echado de menos.
—Sólo he tardado una hora. —Me río y me cojo a sus hombros
cuando me echa hacia atrás.
—Mucho tiempo —gruñe—. ¿Qué has encontrado?
Vuelve a incorporarme.
—Demasiado donde elegir.
He conseguido convencer a Zoe de dejar el vestido largo de encaje. De
hecho, he evitado todo lo que estaba conectado a una alarma.
—Venga, pruébatelo todo. —Me da una palmada en el trasero, y me
vuelvo para seguir a Zoe y al perchero hacia un espacioso probador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario