miércoles, 2 de abril de 2014
Capitulo 128 ♥
—Buenas noches, Paula.
—Hola, Clive, ¿me pones con seguridad, por favor?
—Ahora mismo no hay nadie disponible —dice, y fija la atención en
el ordenador. Es la manera que tiene de cortar la conversación, su forma de
evitarme.
—Ya —suspiro.
Dejo a Clive y sigo hacia el ascensor. Subo y me apoyo en la pared de
espejos una vez he introducido el código que Pedro aún no ha cambiado.
Abro con mi llave rosa y voy directa a la cocina. Me quito los zapatos
y busco una botella de vino que sé que no voy a encontrar antes de coger un
jarrón en el que poner las flores en remojo. Me acuerdo de que arriba hay
un ramo antiguo que tiré sobre la cómoda mientras me preparaba a toda
prisa para el polvo de la verdad. Subo la escalera y entro en el dormitorio
para cogerlo.
«Madre mía...»
Mi nuevo vibrador con diamantes está hecho añicos en el extremo
opuesto del dormitorio y hay un agujero en la pared enfrente de la cama. El
dormitorio es enorme, así que debe de haberlo lanzado con una fuerza
formidable. De repente pienso que el hecho de haberme marchado antes de
que Pedro consiguiera liberarse fue una excelente decisión.
Las esposas siguen colgando de la cama, e imágenes de Pedro, hecho
una furia, inundan mi mente. Ese hombre tiene problemas, problemas
graves con el control, con ser irracional y conmigo.
Me arrodillo para recoger los pedazos. Los llevo al baño y los tiro a la
papelera. Abro el grifo de la bañera. Cojo las calas, que necesitan agua
desesperadamente, y bajo la escalera.
A medio camino oigo la puerta principal y me quedo helada en cuanto
veo a Pedro. Se sitúa al pie de la escalera y me mira. Su apuesto rostro está
impasible, y sus ojos verdes, normalmente brillantes, se ven turbios. Se
deshace de la chaqueta del traje y empieza a subir mientras se desabrocha
la camisa sin apartar la mirada de mí. Se la quita y la deja caer al suelo,
cerca de la chaqueta. Le siguen los zapatos, los calcetines, los pantalones y
los bóxeres. No consigo apartar la mirada de las marcas rojas de sus
muñecas. Se quita el Rolex y lo deja sobre la ropa. Nunca, jamás, volveré a
esposarlo.
—No voy a dejar que me toques hasta que me hayas dicho quién era
esa mujer —digo. Me va a costar cumplirlo, sobre todo si me hace una
cuenta atrás o si me folla a lo Pedro, pero voy a seguir insistiendo.
—No lo sé —responde, impasible.
—Entonces ¿no le has pedido a Clive que no me deje ver las
grabaciones de las cámaras de seguridad?
Casi sonríe, pero debe de estar al tanto porque estoy segura de que el
conserje le habrá dicho que he estado husmeando.
—Mi preciosa chica es implacable.
—Mi dios me da evasivas.
- Paula, si no te necesitara aquí y ahora, te daría una buena lección.
—Pero me necesitas, así que desembucha.
—Me acosté con ella.
No me sorprende, porque eso ya me lo imaginaba.
—¿Por qué vino aquí?
—Porque oyó que había desaparecido. —No titubea.
—¿Por eso? ¿Porque estaba preocupada?
Se encoge de hombros.
—Sí. Porque estaba preocupada. Ahora ven aquí.
Bien. Vale. ¿Qué digo ahora? Le he hecho una pregunta, me ha dado
una respuesta.
—¿Por qué no lo has dicho antes?
Se encoge de hombros.
—Porque no era nada importante hasta que tú decidiste que sí.
Sube la escalera despacio, espectacular en su desnudez, y me coge sin
detenerse un segundo. Se me caen las flores y me abrazo a él.
—Tú le diste importancia al no contestar a mis preguntas.
No me responde. Quiero arrancarle la piel a tiras por haberme
fastidiado el día. Quiero patalear y gritar pero no consigo reunir las fuerzas
ni las ganas. Ya me ha respondido y ahora lo quiero todo para mí. Mi
cerebro está frito pero mi cuerpo arde en deseos... de él.
Me quedo de pie y empieza a desnudarme lentamente, mirando cómo
sus manos me quitan la ropa. Yo me quedo quieta y lo dejo hacer. ¿Por qué
está tan serio? Soy yo la que ha tenido que sufrir su forma insoportable de
ser durante todo el día. Es como el bombo de la lotería de las emociones y
los cambios de humor. Habría apostado todo mi dinero a que, después de
mi actuación de esta mañana, me esperaba un polvo de represalia y, en vez
de eso, me encuentro con el Pedro dulce y cariñoso. No me importa. Ahora
mismo necesito mimos y cariño.
Me quita el sujetador y me da un toquecito en los tobillos, como suele
hacer, para poder quitarme las bragas. En cuanto estamos desnudos, me
tumba sobre la gruesa y mullida moqueta de color crema y me cubre con su
cuerpo. Entierra la cara en mi cuello y me huele con fervor. Lo imito y
recibo mi dosis de agua fresca y menta. Lo abrazo con fuerza para sentirlo
más cerca, no quiero que haya nada entre nosotros.
Yacemos en el suelo, en mitad del dormitorio, y permanecemos
abrazados una eternidad. Miro el techo y le acaricio el pelo. El latido de su
corazón contra mi pecho me reconforta.
—Te he echado de menos —susurra pegado a mi cuello.
Me estremezco cuando su lengua ardiente dibuja círculos en la piel
sensible debajo de mi oreja. Hemos pasado menos de cinco horas
separados. Podría decirle que exagera, pero yo también lo he echado de
menos. Aunque estaba enfadada con él, he acabado viniendo aquí, en lugar
de ir a casa de Kate.
—Yo también —digo—. Gracias por las flores.
—De nada. —Me besa hasta llegar a los labios y luego sigue
besándome por toda la cara al tiempo que me aparta el pelo hacia atrás. Me
mira—. Quiero llevarte a una isla desierta y que seas sólo mía para
siempre.
—Vale. Si no hay gente, no hará falta que te portes como un loco con
todo el mundo.
Su boca forma una media sonrisa y sus ojos brillan ligeramente. Me
besa en los labios y rodamos por el suelo. Estoy sobre sus caderas y noto la
prueba de su cambio de humor entre nuestros cuerpos. Como siempre, me
despierta la necesidad incontrolable de quererlo dentro de mí. Los pezones
se me ponen duros; se da cuenta y me lanza su clásica sonrisa arrebatadora,
la que se reserva para las mujeres. Quiero que la reserve sólo para mí.
Siento una punzada de posesividad irracional.
—Te quiero —suspira.
—Lo sé. —Le acaricio el pecho y le pellizco un pezón—. Yo también
te quiero.
—¿Incluso después de lo de hoy?
Ay, Dios. ¿Está admitiendo que se ha portado fatal? Esto es hacer
progresos.
—¿Te refieres a después de que me hayas estado acosando todo el
día?
Hace un mohín juguetón y se lleva las manos detrás de la cabeza. Se
me hace la boca agua cuando sus músculos se relajan y se flexionan.
—Estaba preocupado por ti —protesta. Levanto una ceja burlona—.
De verdad —insiste.
No estaba preocupado por mí en absoluto. Simplemente ha tenido un
ataque y se ha puesto posesivo de forma injustificada.
—Te has pasado tres pueblos y te has puesto muy posesivo. Mi
hombre difícil tiene que relajarse.
Da un respingo.
—No soy difícil.
—Eres difícil y lo niegas.
Frunce el ceño.
—¿Qué es lo que niego?
—Que eres difícil, exigente e irracional. Tu numerito de hoy ha sido
excesivo.
Necesito saber que no me va a sabotear todas mis reuniones de
negocios con clientes del sexo opuesto. Ha dicho que sólo iba a hacerlo con
Mikael, pero luego ha añadido que lo haría con cualquier otro hombre que
supusiera una amenaza. Su idea de amenaza dista mucho de la mía. Va a
eliminar a todos mis clientes masculinos, lo sé. Voy a tener que ponerle un
candado a mi agenda y otro en mi boca. Paso de contarle nada.
Parece un poco enfadado.
—Iba a intentar ligar contigo y entonces sí que habría tenido que ir a
saco con él.
Me río. ¿Es que acaso no lo ha hecho ya? No necesita que le diga que
Mikael ya intentó ligar conmigo. Mejor me guardo ese dato.
—Yo creo que se lo has dejado muy claro. Ha sido vergonzoso —
gruño. —Era necesario —farfulla, y yo pongo los ojos en blanco para
demostrarle lo harta que estoy.
—Deberías correr unos cuantos kilómetros más —digo—. ¡Uy, la
bañera! —Doy un salto y corro hacia el cuarto de baño.
—¡Vuelve! ¡Yo te necesito más! —grita ante mi partida.
—¿No te has cansado ya de mí? —Cierro el grifo.
Llevo aquí varios días seguidos. Me llama, me envía mensajes, me
manda flores y hace que John me lleve a trabajar. Es una especie de forma
de estar en contacto o de control. Apuesto a que no aguanta un día entero
sin sabotearme el trabajo o sin entrometerse en mi jornada. Pero ¿preferiría
que se mantuviera al margen? Me gustan las flores y los mensajes; es su
manía de avasallar y pisotear lo que me molesta. ¿Se sentiría tentado de
tomarse una copa para sobrellevar el día? ¿Debería arriesgarme? Mi
cabeza relajada empieza a dolerme... otra vez.
Vuelvo al dormitorio y sigue espatarrado en el suelo. Está para
comérselo. Me acerco y me siento sobre sus caderas.
—¿Que si me he cansado de ti? Para nada. Te necesito cada segundo
del día, igual que tú me necesitas a mí.
Me pellizca un pezón y doy un saltito encima de él. Aterrizo sobre su
erección y él me lanza su sonrisa arrebatadora.
—¿Y si no pudieras estar conmigo en todo el día? —En el futuro,
habrá ocasiones en las que él estará de viaje de negocios, o puede que tenga
que viajar yo.
Se le borra la sonrisa de la cara y me mira muy serio.
—¿Vas a intentar detenerme?
—No, pero puede que haya situaciones en las que no tengas acceso
inmediato a mí.
Una mirada de pánico le cruza el rostro y el labio inferior desaparece
entre sus dientes. Está pensando en lo que acabo de decir y es ahora cuando
me doy cuenta de que iba muy en serio cuando decía que me tendría
cuando quisiera y donde quisiera. Eso no es nada razonable. He visto el
resultado de no haber respondido alguna llamada: se puso frenético.
—¿Le darías al vodka? —Ya está, ya lo he dicho.
Se echa a reír y yo frunzo el ceño. ¿Qué tiene de gracioso?
—Te prometí que no iba a volver a beber, nunca. Iba muy en serio —
dice con total confianza.
Se sienta y me coge de las caderas. Doy un respingo y él sonríe.
—A la bañera. Te quiero mojada y resbaladiza.
—Tu seguridad en ti mismo es impresionante —mascullo con
sarcasmo mientras me levanto y le tiendo la mano.
Me mira, entorna los ojos, me coge de la mano, tira de mí y me da la
vuelta. Me envuelve con su cuerpo y me da un beso largo y sentido.
—Es muy fácil tenerla, porque te tengo a ti. No le des tantas vueltas,
señorita.
¡Ja! Para él es fácil decirlo. Soy yo la que tiene que lidiar con un
tarambana.
—¿Entonces mañana no vas a molestarme en todo el día? —No va a
ser capaz de dejarme en paz, lo sé.
Los engranajes de su cabeza trabajan a toda velocidad y se muerde el
labio inferior.
—¿Comemos juntos?
Lo sabía. Es incapaz.
—He quedado con Kate para comer —le digo para rechazar su
propuesta.
Hace un mohín.
—¿Puedo ir yo también?
No, no puede porque necesito tiempo con Kate para hablar de él y de
su forma imposible de ser.
—No —respondo con firmeza.
—Creo que estás siendo muy poco razonable —protesta.
Echo la cabeza atrás y suelto una carcajada. Tiene mucha cara dura,
entonces me hace cosquillas y doy un salto y me arqueo.
—¡Para! —chillo.
—¡No!
—¡Por favor! —Los ojos se me llenan de lágrimas e intento soltarme.
No puedo más.
—¿Comemos juntos? —pregunta con calma sin dejar de hacerme
cosquillas.
—¡De ningún modo! —chillo sin poder parar de reír. No es justo, no
voy a ceder. ¡No!
—Tal vez tenga mejor suerte con un polvo de entrar en razón. —Me
suelta, me relajo e intento controlar mi respiración irregular y angustiada.
—Pedro, no puedo estar contigo cada segundo del día —repongo
tratando de que me entienda.
—Podrías, si dejaras de trabajar —lo dice muy en serio.
Abro los ojos, furiosa. ¡Nunca! Adoro mi trabajo.
—Ahora quien no está siendo nada razonable... —Pierdo el hilo de
mis pensamientos en cuanto me penetra. Dios, aquí viene el polvo de entrar
en razón, pero ¿a qué tengo que acceder?, ¿a comer con él o a retirarme?
¿A los veintiséis? ¡Es absurdo!
No pierde el tiempo. Entra y sale como un loco. Abro las piernas y me
sujeta por las muñecas.
—¿Comemos juntos? —pregunta mientras me embiste con más
fuerza.Mi cerebro acaba de abandonar el edificio pero consigo procesar que
es un polvo de entrar en razón sobre la comida de mañana. Qué alivio. Será
más fácil dejar que venga a comer conmigo que retirarme, aunque se lo
voy a poner difícil igualmente. Don Imposible tiene un reto entre manos.
—¡No! —grito, desafiante.
Gruñe y embiste, su erección me acaricia con fuerza y rapidez
mientras él entra y sale como un animal salvaje.
—Respondes tan bien a mí.
¡Lo sé! Me pone un dedo encima y se me caen las bragas solas.
—Jesse, por favor.
Me ataca sin piedad con sus caderas y se mueve como una fiera en mi
interior.
—Nena, deja que vaya a comer contigo.
Niego con la cabeza mientras contengo el aliento.
—¿Te gusta esto?
—¡Sí! —grito con la respiración acelerada. La cresta de un orgasmo
explosivo cae sobre mí y sus manos sujetan mis muñecas con más fuerza.
—Di que sí —insiste con brusquedad. También está a punto de
correrse.
¿Qué pasa si no digo que sí? ¿Y si le llevo la contraria?
—¡No! —No voy a ceder. No puede echarme un polvo de entrar en
razón cada vez que le diga que no a algo.
Me penetra sin parar, mis caderas se tensan, se me nubla la mente.
—Paula, dame lo que quiero.
—¡Pedro!
—Vas a correrte.
—¡Sí! —grito. Todo el estrés acumulado durante el día va a explotar
en cualquier momento.
—Nena, no sabes lo que me haces —añade, y me da una potente
estocada con un movimiento relampagueante de sus caderas.
Se me queda la mente en blanco y estoy a punto de estallar cuando se
detiene, lo que hace que mi orgasmo inminente se desvanezca.
—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamo, estupefacta. Muevo las caderas
en busca de la fricción que necesito para hacerme saltar por los aires, pero
él se aparta hasta que sólo el glande sigue dentro de mí—. ¡Serás hijo de
perra! —le espeto.
—¡Cuidado con esa boca! Di que sí, Paula —jadea sin perder el control
de sus palabras. ¿Cómo lo hace? Sé que está a punto de correrse.
—No. —Me mantengo firme.
Niega con la cabeza, me clava la mirada y entra en mí, muy despacio,
y luego levanta las caderas.
—¡Ahhhh! —gimo—. Más rápido.
—Di la palabra mágica, Paula. —Repite el movimiento de tortura—.
Dila y tendrás lo que quieres.
—No juegas limpio —protesto.
—¿Quieres que pare?
—¡No! —grito, frustrada. Esta tortura es lo peor.
Afloja las manos que sujetan mis muñecas.
—Te lo voy a preguntar una vez más, nena. ¿Comemos juntos
mañana? —Pedro mueve intermitentemente las caderas hacia adelante
mientras formula la pregunta y yo pierdo la capacidad de llevarle la
contraria.
—Fóllame —lloriqueo.
Me mira con una media sonrisa; esto lo divierte.
—Cuidado con esa boca. —Ahora sonríe del todo—. ¿Eso ha sido un
«sí»?
—¡Sí! —grito.
—Buena chica. —Se adentra en mí con fuerza, como un rayo, y la
deliciosa presión comienza a crecer de nuevo, lista para desbordarme.
Me tenso de pies a cabeza y oleadas de calor recorren mi torrente
sanguíneo, la piel me arde por el roce de la moqueta. Es un momento
demencial.
—¡Pedro! —Mi cuerpo estalla de placer en mil direcciones por mi
sistema nervioso y se produce una explosión en mi sexo.
Grito.
Sus embates se vuelven apremiantes y su respiración fuerte e
irregular. Se estrella contra mí con gritos carnales y me da todo lo que
tiene. Los músculos de mi interior se aferran a él con voracidad y mi
cuerpo, agotado y laxo, está indefenso ante sus implacables estocadas.
Cae sobre mí, sudoroso, y se mueve con dulzura.
—Mi trabajo aquí está hecho —jadea en mi oído.
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