jueves, 10 de abril de 2014

Capitulo 149 ♥

Una vez servidos los postres y los cafés, y con mis mejillas doloridas por
las payasadas de Kate y Sam a la mesa, John se levanta y anuncia, con su
voz atronadora de siempre, que todos deberíamos abandonar la sala para
que retiraran las mesas y la prepararan para recibir a la banda.
Pedro se incorpora y me ayuda a hacer lo propio en un esfuerzo de
colmarme de atenciones. Yo lo rechazo con petulancia. Está haciendo todo
lo posible por distraerme de mi enfurruñamiento. Cuando me alejo de la
mesa, me agarra del hombro y me da la vuelta hasta que estamos frente a
frente.Me atraviesa con esos ojos verdes llenos de desaprobación.
—¿Vas a comportarte como una niña malcriada toda la noche, o tengo
que llevarte arriba y follarte hasta que entres en razón?
Su animosidad me hace retroceder cuando veo que mira a mis
espaldas y sonríe saludando a alguien que está detrás de mí. Vuelve a
centrarse en mi persona y su sonrisa desaparece al instante. Su reacción a
mi agravio me ha cogido por sorpresa. Me pasa la mano por detrás y me
coge del culo con una palma firme, me aprieta contra su entrepierna y
empieza a mover esas malditas caderas despacio y con fuerza. Maldigo a
mi cuerpo traicionero por tensarse, y mis manos ascienden como un acto
reflejo y lo agarro de los hombros.
Se acerca a mi oído.
—¿Sientes eso? —dice apretando con más fuerza.
Mi esfuerzo por contener un gemido de placer es en vano. No quiero
calentarme aquí porque no pienso dejar que me tome en este lugar. Jamás.
—Responde a la pregunta, Paula. —Me muerde el lóbulo y lo desliza
entre los dientes.
Lo agarro con más fuerza de los hombros.
—Lo siento —digo con un hilo de voz entrecortada.
—Bien. Pues es tuya. Toda entera. —Aprieta con más fuerza y se me
clava más todavía—. Así que deja de estar de morros. ¿Entendido?
—Sí —suspiro contra su hombro.
Me suelta y da un paso atrás y enarca las cejas esperando mi
confirmación. ¿Siempre va a tener esta influencia sobre mí? Estoy
temblando y replanteándome seriamente mi voto de evitar practicar sexo
en La Mansión. Podría llevármelo arriba sin problemas, a una de las suites
privadas, y dejar que me devorara viva.
Echo un vistazo a sus espaldas y me encuentro con la mirada viperina
de Sarah y, como marcando patéticamente mi propiedad, me pego al pecho
de Pedro de nuevo y lo miro con ojos arrepentidos.
Él asiente a modo de aprobación y se inclina para posar los labios
sobre los míos.
—Mucho mejor —dice contra mi boca. Me da una vuelta y empieza a
guiarme afuera del salón de verano—. No llevo nada bien todas las miradas
de admiración que atraes —comenta colocándome una mano firme en la
zona lumbar.
Yo me mofo. Debe de estar de broma. Me encuentro rodeada de
mujeres, y estoy convencida de que todas desean que desaparezca. Soy una
intrusa en su fiesta.
—Tú no te quedas corto llamando la atención —susurro mientras
pasamos junto a una morena atractiva.
Ella sonríe alegremente a Pedro y le acaricia el brazo.
—Pedro, estás tan fantástico como siempre —le dice con entusiasmo.
No puedo evitar la breve carcajada de sorpresa que escapa de mi boca.
Tiene mucha cara, y me ofende sobremanera que piense que voy a
quedarme tan tranquila mientras ella flirtea descaradamente con él. Estoy a
punto de detenerme para ponerla en su sitio, pero Pedro me obliga a
continuar y evita que cumpla mi propósito. No me puedo creer que tenga
tanta poca vergüenza.
—Natasha, tú siempre tan descarada —responde él irónicamente
mientras me coloca el brazo sobre el hombro y me da un beso casto en la
mejilla al sentir mi irritación.
Ella sonríe arteramente y me mira con recelo con esos ojos de zorra
que tiene. ¿Se habrá acostado con ella también? Siento cómo mi recién
descubierto sentido de la posesión empieza a arder en mi interior. No me
imagino pasando mucho tiempo aquí si ésta es la reacción que voy a
obtener cada vez que lo haga. Y no es que me muera de ganas, la verdad,
pero tratándose del lugar de trabajo de Pedro, estaría bien poder venir y
estar cómoda, en vez de sentir que estoy ofendiendo a un millón de
mujeres atractivas. Y ésa es otra cuestión: ¿acepta Pedro sólo a socias que
son de un ocho para arriba en la escala del físico? Cuanto más tiempo paso
aquí, más creo que debería dejar de trabajar. Quiero pasar cada segundo
pegada a Pedro para darles en los morros a todas estas putas descaradas y
desesperadas. Me estoy hundiendo mentalmente otra vez.
Al llegar al bar, el taburete en el que siempre suelo sentarme está
ocupado por un hombre. No tarda en abandonarlo al vernos aparecer, y alza
su copa a modo de saludo. Pedro me levanta y me coloca en el asiento, y
Mario se acerca al instante, dejando que otro camarero se encargue de
atender a los socios de La Mansión.
—¿Qué quieres beber? —Pedro se apoya en su taburete, delante de mí,
y me estrecha la mano entre las suyas—. ¿Un «sublime»? —pregunta
enarcando las cejas.
Me vuelvo hacia Mario.
—Por favor, Mario —digo, y él me ofrece su encantadora sonrisa de
siempre, aunque parece algo más agobiado que antes. No me extraña, no ha
parado en toda la noche.
—Yo quiero otro —dice Kate, que se acerca y se asoma por encima
del hombro de pedro resoplando—. ¡Estos zapatos me están matando! —
protesta con una expresión de auténtico dolor—. En serio. El que inventó
los tacones era un hombre, y lo hizo con la intención de facilitaros la tarea
de placarnos y cargarnos sobre vuestros lomos para llevarnos a la cama.
Pedro inclina la cabeza hacia atrás y se echa a reír con ganas cuando
Sam y Drew llegan también.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Sam al ver a pedro partiéndose
de risa.
Me mira a mí, mira a Kate, y ambas nos encogemos de hombros con
una amplia sonrisa. Kate le propina a Pedro unas afectuosas palmaditas en
el hombro. No puedo evitar participar en la diversión de Pedro ante el
sarcástico comentario de Kate. Cuando se ríe así, unas arrugas coronan sus
brillantes ojos verdes y sus sienes. Se pone guapísimo.
—Perdonad, ¿qué queréis beber? —pregunta entonces, serenándose y
guiñándome un ojo.
Yo me derrito en el taburete y le envío un mensaje telepático para
pedirle que me lleve a casa. El disfrute en el séptimo cielo de Pedro se ha
reanudado. Me encuentro en mi salsa.
Drew y Sam piden sus bebidas a Mario, pero él ya va de camino a la
nevera para sacar sus cervezas. Recojo todas nuestras copas, le paso la suya
a Kate y la pillo asintiendo por encima de mi hombro. La miro con enfado.
Ella repite el gesto de la cabeza y me doy cuenta de que me está haciendo
una señal: quiere fumar. Me acerco a Pedro y él interrumpe su conversación
con los chicos para prestarme atención.
—¿Qué pasa, nena? —Parece preocupado.
—Nada, voy al baño un momento. —Me bajo del taburete y cojo mi
bolso de la barra—. No tardaré.
—Vale. —Me besa la mano.
Me marcho y me reúno con Kate.
—Necesito un piti —espeta con urgencia.
—¿En serio? Creía que querías llevarme arriba —digo mientras ella
me dirige afuera. Mi naturalidad con respecto al piso de arriba debe de ser
resultado del sublime de Mario—. Necesito ir al baño urgentemente, ahora
te veo.—
¡En la puerta principal! —grita, y se marcha en dirección al
vestíbulo mientras yo me dirijo a los aseos.
El lavabo de mujeres está vacío, y me meto en uno de los escusados.
Todavía no he intentado usar el retrete con este vestido puesto. Podría
llevarme un tiempo. Me subo la falda hasta la cintura con relativa facilidad
y me aseguro de sostenerlo bien antes de sentarme. No sé de qué me
preocupo, el suelo está impoluto. La puerta se abre y oigo unas cuantas
voces que conversan alegremente.
—¿La habéis visto? Es demasiado joven para nuestro Pedro.
«Oh, oh...»
Me quedo helada a media micción y contengo la respiración.
¿«Nuestro Pedro»? ¿Lo compartían? Me relajo en el retrete y vacío la
vejiga. Ahora que he empezado, no puedo parar.
—Está enamorado de ella. Joder, ¿habéis visto el diamante que lleva
colgado al cuello? —dice con fascinación la voz número dos.
—Como para no verlo. No cabe duda de que está loco por ella —
interviene la voz número tres.
¿Cuántas son? Termino de hacer pis y empiezo a bajarme el vestido y
a plantearme qué debo hacer. Lo que quiero es salir y dejarles claro que no
estoy con él por el dinero.
—Vamos, Natasha. Pedro es un dios del Olimpo. El dinero no es más
que un añadido —dice la voz número dos, y ahora ya sé que la número tres
es la de Natasha, la zorra descarada. ¡Y él es mi puto dios del Olimpo!
—Vaya, parece que todo nuestro esfuerzo ha sido en vano. Había oído
rumores, pero no me lo creía hasta que lo he visto con mis propios ojos.
Parece que nos hemos quedado sin nuestro Pedro —bromea la voz número
uno.
Sigo de pie en el escusado, deseando que se marchen para poder
escapar, pero entonces oigo que empiezan a sacar los pintalabios para
retocarse el maquillaje.
—Es una lástima, ha sido el mejor polvo que he tenido nunca y jamás
volveré a catarlo —dice la voz número tres, es decir, Natasha.
Monto en cólera. Sí se ha acostado con ella. Miro al techo intentando
calmarme desesperadamente, pero es imposible, sobre todo con esas tres
putas ahí fuera ensalzando las habilidades sexuales de mi dios.
—Lo mismo digo —añade la voz número uno, y me quedo
boquiabierta, esperando a que la voz número dos acabe de rematarme.
—Bueno, pues no sé vosotras, pero yo creo que es demasiado bueno
como para dejar de intentarlo.
No puedo seguir escuchando esta mierda. Tiro de la cadena y las tres
se quedan en silencio. Compruebo que el vestido no se me haya
enganchado en el corpiño, abro la puerta y salgo como si tal cosa. Sonrío
con cortesía a las tres mujeres, todas con alguna especie de maquillaje
suspendido delante de sus rostros. Me miran totalmente desconcertadas
mientras me acerco al espejo del otro extremo del aseo. Me lavo las manos
tranquilamente, me las seco y me aplico brillo de labios, todo en absoluto
silencio y bajo las miradas recelosas de las tres zorras. Paso por delante de
ellas y salgo del baño sin decir ni una palabra y con la dignidad intacta.
El corazón me late a mil por hora y me tiemblan un poco las piernas,
pero consigo llegar al vestíbulo. Ha sido horrible y, aunque sé que Pedro ha
tenido sus aventuras, lo cierto es que no me había planteado el alcance de
éstas. Oír a esas mujeres hablar así sobre él me fastidia. Ha estado con
muchísimas mujeres. Creo que yo también necesito un cigarrillo.
Sé que estoy gruñendo en voz alta cuando veo a Sarah salir por la
puerta de lo que suele ser el restaurante. Lleva toda la noche esperando este
momento y, después de lo que acabo de soportar, me siento menos
tolerante hacia ella que de costumbre. En cuestión de minutos (o, mejor
dicho, segundos), me veo frente a la cuarta mujer con la que Pedro se ha
acostado. Estoy angustiada y no tengo humor para aguantar las ponzoñosas
palabras de Sarah, y además tampoco quiero pelearme con ella con este
vestido tan caro.
—Sarah, has hecho un trabajo excelente esta noche —digo con
cortesía. Empiezo yo con los cumplidos para dejar clara mi intención de
que nuestro encuentro sea civilizado, aunque tengo que hacer uso de toda
mi fuerza de voluntad.
Ella cruza uno de los brazos por debajo de su pecho ya levantado de
por sí, realzándolo todavía más mientras sostiene su gin-tonic de endrinas
delante de la boca. Su postura y su lenguaje corporal indican superioridad,
y me preparo para la inevitable advertencia.
—¿Has cogido tu regalo de la mesa? —pregunta con una sonrisa.
Me deja descolocada. Ha cambiado el tono. Pensaba que ya habíamos
superado la falsa cortesía, especialmente cuando Pedro no está presente.
—Lo cierto es que no —respondo con recelo. Después de ver la cara
que ha puesto Kate, no lo quería.
Ella amplía la sonrisa.
—Vaya, qué lástima. Había algo ahí que podría haberte resultado muy
útil.
—¿El qué? —digo sin poder ocultar mi curiosidad. ¿A qué juega?
—Un vibrador. Vi que el tuyo estaba hecho pedazos en el suelo de la
habitación de Pedro.
—¿Disculpa? —espeto con una risotada de incredulidad.
Ella sonríe con malicia y yo empiezo a temer lo que está a punto de
decir. —Sí, cuando lo rescaté el miércoles por la mañana, después de que lo
dejaras esposado a su cama —dice sacudiendo la cabeza—. Eso no fue muy
inteligente por tu parte.
Se me cae el alma a los pies y veo cómo se deleita observando mi
reacción ante la información que acaba de proporcionarme. ¿Llamó a
Sarah? Estando desnudo, esposado a la cama y con un vibrador al lado
decidió llamar a Sarah para que fuera a liberarlo?
«¿Qué?»
Pensaba que había sido John. ¿Por qué di eso por hecho? Ni siquiera
puedo pensar en aquello. Ahora mismo sólo puedo mirar a la desagradable
criatura que tengo delante, gozando con suficiencia de mi desgracia. Lo
voy a matar, pero antes pienso borrarle a ella esa sonrisa asquerosa de esa
cara hinchada de bótox que tiene.
—¿Has oído hablar de la cinta adhesiva para la ropa interior, Sarah?
—pregunto con frialdad. Ella se mira los pechos y yo empiezo a avanzar
hacia ella. Pienso aplastarla.
—¿Disculpa? —dice riendo.
—Cinta adhesiva para las tetas. Sirve para que no se te vean los
pechos o... —Sacudo la cabeza—. Aunque, claro, precisamente ésa es tu
intención, ofender la vista de todo el mundo con tu pecho exagerado. —Me
detengo delante de ella—. Menos es más, Sarah, ¿has oído ese dicho
alguna vez? Te vendría bien recordarlo, sobre todo a tu edad.
—¿Paula?

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