jueves, 1 de mayo de 2014

Capitulo 211 ♥

—Te quiero.
El susurro ronco me hace sonreír. Me vuelvo e intento cogerlo a ciegas.
—Mmm —asiento atrayendo su cuerpo hacia el mío.
—Paula, son las siete y media.
—Lo sé —farfullo contra su cuello—. Quiero sexo soñoliento —exijo poniéndole la mano en el
muslo hasta que encuentro lo que estaba buscando. Lo agarro con fuerza.
—Me encantaría, nena, pero cuando te hayas despertado de verdad te va a dar un ataque y me
vas a dejar a medias. —Coge mi mano, se la lleva a la cara y me besa los dedos con ternura—. Es
lunes, son las siete y media de la mañana, y no quiero que me eches la culpa si llegas tarde.
Abro los ojos como platos y veo su cara suspendida sobre la mía. Se ha duchado, lo que
significa que ha ido a correr, lo que significa que es tarde. Me levanto de un salto y se aparta para
que no le dé un coscorrón.
—¿Qué hora es?
Me sonríe con amor.
—Las siete y media.
—¡Pedro! —grito, y de inmediato salgo corriendo al cuarto de baño—. ¿Por qué no me has
despertado antes de ir a correr?
Abro el grifo de la ducha y corro al lavabo. Pongo pasta de dientes en el cepillo.
—No quería despertarte.
Se apoya en el marco de la puerta y observa cómo me cepillo los dientes a mil por hora. Se está
riendo, le hace gracia que esté tan apurada.
—Nunca... ha... importado —le espeto con la boca llena de pasta de dientes.
Se ríe a gusto.
—¿Perdona?
Niego con la cabeza, pongo los ojos en blanco y me miro al espejo. Acabo de cepillarme los
dientes y me enjuago la boca.
—He dicho que nunca antes te ha importado. ¿Por qué no me has sacado de la cama y me has
obligado a correr veintidós kilómetros? —Por mi tono, se nota que la cosa me escama.
Se encoge de hombros, se acerca a mi lado y coge su cepillo de dientes.
—Lo haré si eso es lo que quieres.
—No, sólo sentía curiosidad. —No voy a insistir.
Me meto en la ducha, me lavo el pelo y me afeito las piernas a toda velocidad antes de salir y
correr al vestidor. Me quedo mirando las perchas llenas de ropa y más ropa. Casi todas las prendas
todavía llevan la etiqueta colgando. Es imposible elegir, hay demasiados vestidos, así que cojo mi
vestido rojo recto.
Para cuando me he secado el pelo, maquillado y bajado la escalera, Pedro se ha puesto un traje
azul marino y está cogiendo las llaves del coche.
—Yo te llevo —dice.
—¿Dónde está Cathy? —Lo miro de cabo a rabo. Ese hombretón es mi marido. ¿De verdad
necesito trabajar?
Frunce el ceño.
—No lo sé. No es propio de ella llegar tarde. —Me coge de la mano y tira de mí para que
salgamos del ático—. ¿Lo llevas todo?
—Sí.
Llegamos al vestíbulo del Lusso y, al acercarnos al mostrador del conserje, veo a Cathy
charlando con Clive. Sonrío y miro a Pedro, que me ignora, aunque sabe que lo estoy observando, y
seguro que también sabe lo que estoy pensando.
—Ya entiendo —gruñe él sin dejar de andar.
—Parecen estar muy a gusto.
Cathy se toca el pelo y Clive no para de hablar y de gesticular. Parece estar embelesado con la
asistenta de Pedro.
Entonces, ella nos ve.
—¡Ay! ¡Estaba a punto de subir!
—No pasa nada.
Pedro no parece contento y no se detiene. A mí me encantaría quedarme a cotillear. Les sonrío al
pasar y ambos se ponen como dos tomates.
—No queda mantequilla de cacahuete —refunfuña Pedro en tono de reproche.
—Hay una caja entera en la despensa. ¿Crees que dejaría que mi chico se quedara sin ella? —
Cathy parece dolida por el comentario crítico de mi marido. Me hace gracia, sobre todo cuando
Pedro empieza a gruñir en voz baja.
—No seas tan cascarrabias. Sólo están hablando —lo regaño en cuanto salimos del edificio y
Pedro se pone las Wayfarer.
—No está bien. —Se estremece y suelta mi mano.
Empiezo a buscar mis gafas de sol en el bolso.
—Claro, es posible que lo invite a subir mientras no estamos en casa. He notado que las
sábanas del cuarto de invitados están un poco revueltas.
—¡Paula! —me grita con el gesto torcido y mirando al cielo—. ¡Calla!
Me echo a reír.
—Los mayores también tienen derecho a divertirse.
—Claro. —El gesto torcido desaparece al instante. Ahora sonríe.
—¿De qué te ríes?
Se quita las gafas de sol, me abraza y se agacha un poco para que quedemos a la misma altura.
Me da un beso de esquimal.
—Te he comprado un regalo.
—¿Qué es? —Le doy un pico.
—Date la vuelta.
Doy un paso atrás y observo la alegría con la que señala con la cabeza por encima de mi
hombro. Me vuelvo, despacio, e intento adivinar qué es lo que tengo que buscar en el aparcamiento
pero no hay nada distinto. Su brazo aparece por encima de mi hombro con un juego de llaves
tintineando en la mano, delante de mis narices. Luego veo un enorme y reluciente Range Rover Sport
blanco nuevecito. Un tanque, más bien.
«¡Ay, no!»
No tengo palabras. ¿Cómo es que no lo he visto? Ahora me deslumbra. Me tenso cuando vuelve
a hacer tintinear el llavero, como si no se hubiera dado cuenta de que he visto mi regalo.
«Deja las llavecitas. Ya lo he visto ¡Y lo detesto!»
—Justo ahí —me indica sacudiendo las llaves otra vez.
—¿Esa nave espacial? —pregunto sin interés.
No voy a conducir esa cosa por muchos polvos de entrar en razón y muchas cuentas atrás que me
eche.
—¿No te gusta? —parece dolido. Mierda, ¿qué le digo?
—Me gusta mi Mini.
Se pone delante de mí y observa mi cara de susto.
—Éste es mucho más seguro.
No puedo evitar poner cara de escepticismo.
—Pedro, ése es un coche de hombres. ¡Es la clase de coche que conduciría John! ¡Es un puto
tanque!
¡Paula! ¡Cuidado con esa puta boca! —Me mira mal—. Lo he comprado blanco, que es un
color de mujer. Ven, que te lo enseño.
Me pone las manos sobre los hombros y me empuja hacia la enorme bola de nieve. Cuanto más
me acerco, menos me gusta. Es demasiado chillón. Amo mi Mini.
—Mira. —Abre la puerta, y trago saliva.
Es aún peor.
Es todo... blanco. El volante es de cuero blanco. La palanca de cambios es de cuero blanco. Los
asientos son de cuero blanco. Hasta las alfombrillas son blancas.
Miro a mi marido, que vive en la luna, y niego con la cabeza, pero no puedo ser una
desagradecida. Está tan contento con su compra. Creía que ese hombre tenía buen gusto.
—No sé qué decir. —Es la verdad—. Podrías haberme comprado un reloj, o un collar, o algo
así... No tenías que... —Ojalá me hubiera comprado un reloj, un collar o algo así.
—Arriba —dice, y me sube en esa... cosa.
Trago saliva. «¡Por Dios, no!» Bordado en el reposacabezas del asiento delantero, puede
leerse: «Señora Alfonso.»
Se ha pasado tres pueblos.
—¡No voy a conducir esta bola de nieve! —protesto antes de que mi cerebro censure mi
declaración insultante.
—¡Claro que lo harás!
«Gracias por librarme del sentimiento de culpa.» Clavo los tacones en el suelo, no voy a ceder.
—¡Ni de coña! ¡Es demasiado grande para mí, Pedro!
—Pero es seguro —insiste. Luego me coge y me coloca en el asiento del conductor—. Mira. —
Pulsa un botón, se abre un compartimento y aparece una pantalla de ordenador—. Tiene todo lo que
necesitas. He grabado tus canciones favoritas.
Sonríe, aprieta otro botón y Massive Attack empieza a sonar en un millón de altavoces.
—Para que te acuerdes de mí.
—Me acuerdo de ti cada vez que me llamas y suena esa canción —salto—. Quiero tu coche. Tú
puedes quedarte con éste. —Señalo el amasijo brillante de metal.
—¿Yo? —replica con cara de preocupación—. Pero es un poco... —examina mi regalo con la
vista—... de chica.
—Lo es, y sé a qué está jugando, señor Alfonso. —Le clavo el índice varias veces en el pecho—.
Sólo quieres que conduzca este armatoste porque es enorme y hay menos posibilidades de que resulte
herida en caso de accidente. No vas a convencerme por más que intentes adornarlo.
Miro el interior e imagino sillitas de bebé y asientos infantiles. Y un cochecito en el maletero.
«¡Ah, no!» Doy media vuelta y echo a andar hacia mi pequeño y adorable Mini, en el que un
cochecito de bebé no cabe ni de coña.
Me sorprende haber podido llegar hasta mi coche sin que Pedro me monte una de sus escenas.
Me siento, echo un vistazo por el retrovisor y lo veo apoyado en el DBS con los brazos cruzados. No
hago caso de la cara de pena que pone y arranco mi Mini, doy marcha atrás y me dirijo a la salida.
—Ese hombre es imposible —murmuro buscando el botón del pequeño dispositivo que abre la
puerta. No está.
—¡¿Qué?! —grito sin poder creérmelo—. ¡La madre que lo parió!
Freno en seco, salgo del coche y veo que la cara de pena se ha transformado en una
deslumbrante sonrisa.
—¿Ibas a alguna parte?
—¡Que te den! —grito desde la otra punta del aparcamiento.
Cojo el bolso y dejo el coche exactamente donde está, con la puerta abierta. Taconeo, furiosa,
hacia la puerta para peatones, pero esta vez Pedro monta una de las suyas. Me coge en brazos y me
lleva a mi reluciente regalo de bodas.
—¡Cuidado con esa boca! —Me deposita en el asiento del conductor, me pone el cinturón de
seguridad y me arranca las llaves del Mini de la mano—. ¿Por qué tienes que desobedecerme por
sistema?
Comienza a pasar todas mis llaves al llavero de mi nuevo coche.
—¡Porque eres un cabrón imposible! —bufo incómoda en el asiento—. ¿No puedes llevarme al
trabajo?
—Llego tarde a una reunión porque mi desobediente esposa no hace lo que le digo. —Me coge
por la nuca y me obliga a acercarle la cara—. Cualquiera pensaría que andas detrás de un polvo de
represalia.
—¡Pues no!
Sonríe y me besa apasionadamente. Es un beso largo, uno de esos que acaban con mi testarudez.
—Mmm. Sabes a gloria, nena. ¿A qué hora sales de trabajar?
Me suelta y, como siempre, me ha dejado sin aliento.
—A las seis.
—Ven directa a La Mansión y trae tus diseños y las cosas del proyecto para que podamos
acabar las nuevas habitaciones.
Pulsa otro botón, baja la ventanilla del conductor, cierra la puerta y mete la cabeza por la
ventanilla. Está muy satisfecho consigo mismo.
—Te quiero.
—Lo sé —farfullo metiendo la llave en el contacto.
—¿Has hablado ya con Patrick? —pregunta haciendo que se me olvide el berrinche y me
acuerde de que no he cumplido con mis obligaciones.
—¡Mueve mi coche! —contesto sin saber qué decirle.
—Me lo tomaré como un no. Tienes que hablar hoy mismo con él. —Eso ha sido una orden.
—Mueve mi coche —repito de mala manera.
—Tus deseos son órdenes, señorita —dice, y me dedica una mirada de advertencia, pero la
ignoro.—
¿Dónde voy a aparcar este armatoste?
Se echa a reír y se aleja para cambiar mi coche de sitio. Luego monta en su DBS y sale
derrapando del aparcamiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario