—¿Con qué necesitamos ayuda? —Mi voz es un murmullo ronco cargado de deseo.
Mis constantes vitales se vuelven locas cuando se me acerca lentamente.
—Lo quieres salvaje —dice en voz baja—, y no me siento cómodo sabiendo que llevas a mi bebé
en el vientre.
Se quita los Grenson y los calcetines, luego desliza la chaqueta por los hombros y la deja sobre la
cama.—
Le he dado muchas vueltas y he inventado el polvo de compromiso.
Se me corta la respiración y, por alguna razón que no comprendo, retrocedo. No sé por qué.
Confío en él, pero me sorprenden sus intenciones.
—No lo entiendo.
Tira del nudo de la corbata y se desabrocha los botones de la camisa.
—Ya lo entenderás.
La deja entreabierta para que mis ojos sólo puedan ver parte de su pecho. Cruza la habitación,
abre un armario y trastea con algo. Luego la música más espiritual y provocadora inunda la habitación
poco a poco.
Me pongo tensa.
—¿Qué es eso? —pregunto mientras se acerca a mí y me acaricia con su aliento.
—Sexual, del Afterlife Mix de Amber —dice con ternura—. Muy apropiado, ¿no te parece?
No podría estar más de acuerdo, pero mi boca se niega a hablar para decírselo.
—No tiene que ser siempre sexo duro, Paula. Mando yo, sin importar de qué modo prefiera hacerte
mía. —Me empuja suavemente hasta que estoy delante de la cruz—. Además, lo que te gusta no es el
sexo duro, es que te haga mía sin titubeos —dice con voz grave y segura, como debe ser. Tiene toda la
razón. Es el poder que tiene sobre mí, no sólo el poder de su cuerpo.
—¿No vas a volver a echarme un polvo de entrar en razón? —pregunto con un hilo de voz.
Sus labios esconden una sonrisa.
—¿Vas a volver a llevarme la contraria?
—Es probable —susurro.
—Entonces no me cabe duda, mi querida seductora, de que lo haré. —Me pone un dedo bajo la
barbilla y me levanta la cabeza—. Si quiero follarte a lo bestia y hacerte gritar, lo haré. Si quiero
hacerte el amor y hacerte ronronear, Paula, lo haré.
Me besa con dulzura, se me cierran los párpados y mi respiración se vuelve irregular.
—Si quiero atarte a esa cruz, lo haré. —Lleva una mano a mi espalda y hace descender la
cremallera del vestido. Me lo baja y se agacha para que pueda terminar de quitármelo. En su ascenso,
me besa todo el cuerpo. Toma mi mano y besa mi anillo de boda—. Eres mía, así que haré contigo lo
que me plazca.
Sigo con los ojos cerrados y la cabeza gacha. Mi respiración es leve y superficial, y mis oídos
están saturados de las notas lentas y sensuales de la música. La piel me arde. Que me haga lo que
quiera. Que me tome como quiera.
Me quita el sujetador, me levanta el brazo y, con la mano, toco el grillete de oro. Se cierra sobre
mi muñeca y me besa otra vez antes de guiar mi otra mano al otro grillete.
Estoy atada, expuesta en la cruz, a su merced. Pero estoy cien por cien a salvo y cien por cien
cómoda.
—Nena, mírame —susurra acariciándome la mejilla.
Levanto los pesados párpados y sus estanques verdes de puro amor me dejan tonta.
—Dime que nunca antes habías hecho esto.
Es el único pensamiento que me distrae. Cuando estuve en el salón comunitario no vi nada que
sugiriera este nivel de intensidad y de intimidad entre dos personas, pero no me quedé mucho rato y,
aunque lo que presencié fue intenso, no había nada de amor en aquello. Entre nosotros, sí.
Desliza la mano por mi nuca y tira para que nuestras caras estén lo más cerca que pueden estar
sin tocarse.
—Nunca.
Su boca cubre la mía con ternura y cierro los ojos. Me abro a sus labios, con gusto pero sin prisa.
Me siento tranquila y relajada mientras su lengua acaricia mi boca, se retuerce, me lame y se retira
para volver a entrar y continuar seduciéndome poco a poco. No me molesta no poder abrazarlo. Me
sujeta el cuello con firmeza, me besa como si fuera de cristal y yo no puedo tocarlo. Su boca me da
todo lo que necesito. No siento deseos de un contacto más fiero. Esto es simplemente perfecto.
Traslada la boca a mi oreja. Pasa la lengua por el borde de mi lóbulo y le acerco la mejilla en
busca de una caricia más profunda. La sombra de su barba es una vieja conocida. No paro de
estremecerme. La sensual rutina de sus labios me provoca un hormigueo constante en cada centímetro
de mi piel. Luego abandona mi oreja y se aparta.
—Abre los ojos, nena.
Tengo que echar mano de toda mi decisión para obedecer y ver cómo se quita la camisa. Su piel
ligeramente bronceada y su cuerpo tonificado son un placer para mi vista, que vaga por el amplio
territorio de su pecho, por sus pectorales, por su abdomen y su cicatriz. Es una visión que me hace
desear no tener las manos atadas. Sin embargo, pronto olvido mis ganas de tocarlo porque se quita el
cinturón, se desabrocha el botón del pantalón y la bragueta y se baja los pantalones por los muslos
robustos.
Está de pie delante de mí, desnudo y fenomenal. Ya no me siento tan tranquila. Estoy luchando
contra el impulso de intentar quitarme los grilletes y gritarle que quiero tocarlo. Se da cuenta de que
voy perdiendo el control porque en un nanosegundo se ha pegado a mi cuerpo, mirándome a los ojos.
—Deja que la música te envuelva, Paula. Contrólalo.
Lo intento, pero con sus músculos en contacto con mi cuerpo maniatado me es muy difícil.
—No puedo —confieso sin ningún pudor. No siento vergüenza. Me estoy consumiendo.
Cierro los ojos otra vez para sacar fuerzas de flaqueza y obedecerlo. De repente tengo las manos
tibias y me doy cuenta de que ha envuelto mis puños con sus manos. Abro los puños en silencio para
que vea que colaboro, y me suelta antes de deslizar los dedos por el interior de mis brazos. Se me pone
la carne de gallina a su paso, hasta que llega a mi pecho y me coge las tetas con ambas manos. Cierro
los ojos pero sé que su boca se acerca. Siento su aliento en mi pecho derecho. Su táctica es precisa.
Chupa, lame, me besa el pezón y vuelta a empezar. Chupa, lame y besa. Echo la cabeza atrás, suspiro
en silencio y dejo la cabeza muerta. Un cosquilleo bulle entre mis piernas y late a un ritmo constante.
Sus dientes se cierran sobre mi pezón y levanto la cabeza con un grito. No me suelta, a pesar de
que es evidente que me duele. Me mira a través de sus largas y espesas pestañas y me dice que
aguante. No voy a rendirme. No voy a pedirle que pare. Bloqueo el dolor y lo miro, decidida. Sonríe
con mi pezón entre los dientes. Sé que he hecho bien en bloquearlo. Me suelta, la sangre vuelve a fluir
y luego chupa mi pezón para devolverle la vida. Dejo escapar un profundo gemido.
—Mi hermosa mujer está aprendiendo a controlarlo —masculla bajándome las bragas y dándome
un golpecito en cada tobillo para quitármelas. Se abre camino a besos entre mis pechos y mi garganta.
Vuelve a mis labios, me coge con delicadeza el coño y, lentamente, me penetra con dos dedos. Estoy
jadeando al instante—. Chsss —susurra—. Disfrútalo, Paula. Siente cada pizca de placer que te regalo.
Saca los dedos y vuelve a metérmelos. Empuja hacia arriba, hasta el fondo. Puede ser tierno y
comedido, pero mis músculos se aferran con fuerza a él. De pronto, ya no están, pero antes de que
pueda protestar por la retirada siento la punta empapada de su polla en el clítoris. A él también le
cuesta coger aire, aunque estoy demasiado ebria de sus ardientes caricias como para decirle que lo
controle. Me encantaría decirle que lo controle. Restriega la punta, dura y resbaladiza por mi sexo,
levanta la cabeza y respira en mi boca. Nos miramos fijamente, con total adoración, y acerca los
labios despacio y me besa. Es un beso pasional, cargado de deseo y de devoción.
Esta vez gemimos los dos, los dos nos quedamos sin aliento y a los dos nos tiemblan las rodillas.
—¿Aguantan bien tus brazos? —masculla en mi boca.
—Sí.
—¿Estás lista para que te posea, Paula? Dime que estás lista.
—Estoy lista —digo, en una nube.
Se encorva y se queda suspendido a las puertas de mi sexo; luego suelta mis labios.
—Abre los ojos para que te vea, nena.
Obedezco; su magnetismo los atrae allá donde deben estar. Observo cómo se desliza hacia mi
interior sin prisa.
—Dios —exhalo manteniendo el contacto visual, no quiero romper nuestra increíble intimidad.
—Jesús —resopla, niega con la cabeza y un velo de sudor se materializa en su frente cuando me
pasa los brazos por debajo del culo y lo levanta a la altura de sus estrechas caderas.
Coge impulso y arremete hacia adelante con un gemido ronco. Acerca la boca y me muerde la
garganta. Ladeo la cabeza y cierro los ojos mientras me lame el cuello sin prisa. Termina con un
tierno beso en mi oreja.
—Yo marco el ritmo —masculla—. Y tú me sigues.
Sus palabras me hacen tragar saliva y volverme hacia su boca. Capturo sus labios y lo adoro
mientras me bendice con los avances constantes, consistentes y controlados de sus caderas.
Mete y saca. Mete y saca. Mete y saca.
Cuando estamos así no existe nada ni nadie más. Nos hallamos rodeados por esta música
tranquila, los dos estamos en paz, pero los dos nos hemos quedado pegajosos, resbalando por la piel
del otro y enajenados de placer.
Me la saca y me la vuelve a meter. Me está llenando entera, y no sólo con cada una de sus
estocadas perfectas. Mi corazón también está lleno. Está repleto de un amor fiero, fuerte e inmortal.
Me penetra una vez más pero su respiración es muy superficial.
—Vas a correrte —digo. Mis palabras son una dulce bocanada de aire.
—Aún no.
Cierra los ojos con fuerza y la arruga de la frente va de una sien a otra pero mantiene el ritmo
constante. Su autocontrol es increíble. En cambio, yo estoy llegando rápidamente a donde necesito
llegar. Sólo de verle la cara una espiral de placer desciende hacia mi vientre y me preocupa acabar
antes que él.
Jadeo y poso los labios en los suyos. Esta vez soy yo la que lo provoca, y él acepta de buena gana.
Su lengua entra en mi boca y traza grandes círculos entrelazada con la mía. Sus dedos se clavan en mi
culo y me levanta un poco más alto para poder penetrarme con más profundidad. Me la clava hasta el
fondo y grita en mi boca cuando suelto sus labios y me refugio en el hueco de su cuello. Reprimo un
grito en cuanto empiezan los espasmos febriles. Me penetra intensamente, se retira despacio y fluye
de vuelta sin perder el control.
—Jesús, María y José —gruñe en voz baja retirándose y embistiéndome de nuevo con una última
estocada demoledora.
—¡Pedro! —Le clavo los dientes en el hombro mientras cabalgo las violentas pulsaciones que se
disparan a todos los rincones de mi cuerpo. Arquea la espalda, grita, me aprieta las nalgas al correrse,
y entonces recibo su tibia esencia, que me desborda, me calienta y me completa. Estoy mareada y no
puedo moverme pero, por extraño que parezca, me siento más fuerte que nunca.
Tiene la cara enterrada en mi cuello y yo tengo la mía en el suyo. A pesar de lo tranquila que ha
resultado la sesión amatoria, el final no ha sido un tranquilo paseo hacia el orgasmo, ni una explosión
acelerada y frenética. Hemos encontrado el punto intermedio, una mezcla del Pedro gentil y del señor
del sexo dominante que tanto me gusta.
—Ha sido perfecto —le susurro al oído.
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