Una tos interrumpe mis dulces sueños. Creo que es una tos. Parece una tos, pero ni mi cerebro ni mi
cuerpo están preparados para recibir el nuevo día, de modo que hago caso omiso del sonido y me
aprieto más todavía contra el cuerpo duro que tengo debajo.
Ahí está otra vez, y cada vez me cuesta más ignorarlo. De hecho, está empezando a cabrearme.
Abro un párpado y lo primero que veo es la serena belleza de Pedro. Mi irritación disminuye y levanto
la mano para sentir su barba en su tercer día sin afeitar.
Ahí está esa tos de nuevo. Me incorporo sin pensar para localizar la procedencia del ruido
exponiendo mi total desnudez frente a... Cathy.
—¡Ay, mierda! —Me dejo caer de nuevo sobre el pecho de mi hombre y el brusco movimiento lo
despierta—. ¡Pedro! —susurro como si ella no me oyera—. ¡Pedro, despierta!
Sonríe antes de abrir los ojos. Me coge del culo y me aprieta las nalgas al oír mi voz.
—Si abro los ojos voy a encontrarme con unos enormes ojos castaños suplicándome sexo,
¿verdad? —Su voz es grave y rasposa, y eso junto con esas palabras normalmente haría que se me
tensara el estómago por la anticipación sexual. Pero no esta mañana.
—No, vas a ver unos enormes ojos castaños perturbados —susurro—. Abre los ojos.
Lo hace. Revela el verde de sus iris con la frente arrugada y se asoma por encima de mi hombro
cuando ladeo la cabeza.
—Oh. —Abre los ojos como platos, consternado—. Buenos días, Cathy.
—Buenos días, tortolitos. Tenéis que compraros pijamas. —El tono divertido de la mujer hace
que sienta todavía más pudor—. O al menos dejaros la ropa interior puesta. Voy a la cocina a
prepararos el desayuno.
Oigo cómo se aleja apresuradamente dejándonos aquí desnudos y exhalo con desesperación
mientras dejo caer la cabeza sobre el pecho de Jesse, que se echa a reír. Claro, a él no le importa
porque yo estoy cubriendo sus vergüenzas.
—Buenos días, nena. —Mueve las piernas para estirarlas sobre el sofá y mi cuerpo se desliza
entre ellas—. Deja que te vea la cara.
—No. La tengo como un tomate. —Me pego todavía más a su cuello, como si la vergüenza fuese
a desaparecer si la oculto el tiempo suficiente.
—Vaya, qué tímida —dice. Está sonriendo, lo sé. Y aunque me gustaría limitarme a sospecharlo,
no me lo permite y me obliga a mirarlo para confirmarlo. Tiene una amplia sonrisa dibujada en el
rostro—. ¿Vamos arriba?
—Sí —gruño, sabiendo perfectamente que si Cathy ya está aquí es porque debe de ser tarde,
aunque eso no parece importarme mucho últimamente. Es como si inconscientemente estuviera
intentando que me despidieran para no darle a Jesse la satisfacción de dejar mi trabajo sólo porque él
me lo haya pedido.
Me siento con cautela y compruebo el paradero de Cathy. Me echo a reír sonoramente cuando él
se incorpora también y asoma la cabeza por el respaldo del sofá por si acaso aparece. Me mira, con las
cejas enarcadas y ligeramente desconcertado.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—¡Pareces una suricata! —Me río y me dejo caer de espaldas, exponiéndome por completo.
Entre incontrolables carcajadas, me coloco bien el sujetador como si eso fuera a marcar alguna
diferencia. No llevo bragas—. ¡Ahí meneando el cuello!
Resopla con una mezcla de diversión y resentimiento ante el ataque de histeria de su mujer y me
aparta con suavidad para liberar las piernas. Se pone de pie y me coge en brazos. Me coloca sobre su
hombro y yo sigo riéndome. Ahora, además, me deleito con la vista de su duro trasero mientras
camina hacia la escalera.
—En mi pueblo eso significa otra cosa totalmente distinta. —Me da una palmada en el culo—.
Deberías ser tú la que estuviera meneando el cuello.
—Sé lo que significa. Estaba siendo irónica. —Le acaricio la espalda—. Y me temo que de
menear el cuello, nada.
—De esperanzas se vive.
Sube los escalones de dos en dos pero apenas lo noto, porque no me sacudo sobre su hombro y él
no resopla ni jadea. No, asciende por la escalera retroiluminada de ónice como si fuera una especie de
extraño paracaidista en perfecta forma física.
—Al suelo. —Me deja de pie y abre el grifo de la ducha—. Adentro.
—Espero que cierres la puerta de tu despacho con llave —digo cuando me viene a la cabeza la
dulce e inocente cara de Cathy.
Se echa a reír.
—Es sólo para nosotros, nena. Tengo una llave y he escondido otra entre los montones de encaje
en tu cajón de la ropa interior. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —asiento. Lo cierto es que voy a llegar tardísimo, pero eso no me impide
acercarme y agarrar su erección matutina. No sé de dónde ha salido tan rápido, pero me alegro de
verla. Se estremece y yo sonrío y trazo círculos con el pulgar sobre ella lentamente, con la mirada fija
en su miembro palpitante.
—Paula... —me advierte débilmente. Da un paso atrás, pero en lugar de soltarlo recorro su verga
entera con la mano. Sisea y se cubre el rostro con las manos. Ya es mío. Se frota las mejillas en un
gesto que sugiere que es posible que recupere un poco el control—. Si no te tomo ahora, me va a doler
la polla todo el día.
—Tómame —digo recordando perfectamente las palabras. Doy un paso hacia adelante para
reducir el espacio que ha dejado entre nosotros y él baja las manos y me mira con aceptación.
—Eso pienso hacer —responde. Me levanta y me coloca sobre el mueble del lavabo—. Ya no
tienes escapatoria.
—Ni la quiero.
—Bien. —Se inclina y me besa dulcemente—. Me gusta tu vestido.
—No llevo ninguno, así que no podemos perderlo.
Sonríe en mi boca y, al abrir los ojos, me encuentro con unos brillantes pozos verdes plagados de
sincera felicidad.
—¿Rememorando? —pregunta.
—Sí. ¿Te importaría empotrarme contra la pared ya?
No puedo ir a trabajar con esta hinchazón entre las piernas. Tiene que aliviarme de esta presión
en aumento. Siempre lo he encontrado irresistible, pero esta incesante necesidad de tenerlo
constantemente se está apoderando de mi vida. Llego tarde al trabajo y me importa una mierda, y sé
que a él también.
Vuelvo a notar su erección, pero algo me interrumpe en plena táctica seductora.
La noche de la inauguración del Lusso fue alguien intentando abrir la puerta lo que nos hizo
volvernos sobresaltados. Esta vez son los gritos de consternación de Cathy. Mi espalda se tensa y
salgo al instante de mi estado de frenesí.
Pedro desaparece de delante de mí y me quedo sentada en el mueble del lavabo, preguntándome
qué narices pasa. Bajo de un salto y corro al vestidor, cojo la primera camisa que pillo y me acerco al
cajón a toda velocidad para agarrar unas bragas mientras cuelo los brazos por las mangas. Me abrocho
la camisa por el camino a toda prisa. Estoy en mitad de la escalera cuando veo la puerta de entrada.
Pedro, vestido únicamente con un bóxer blanco, aparta a Cathy del umbral, donde se encuentra tapando
a quien sea que esté al otro lado.
—Pensaba que sería Clive —jadea, probablemente agotada por el forcejeo.
—Cathy, ya me encargo yo. —La deja a un lado y le frota el brazo para tranquilizarla mientras
ella se alisa el mandil y se arregla el pelo.
—¿Quién coño se cree que es? —espeta ella en un tono desagradable. Jamás la había visto tan
contrariada.
—Cathy —Pedro la apacigua con suavidad—, por favor, ve y prepárale el desayuno a Paula —
susurra mientras sostiene la puerta cerrada sin esfuerzo, como si no quisiera que yo lo oyera.
Sin embargo, los insistentes golpes desde el otro lado son imposibles de ignorar. Quienquiera que
esté fuera es imposible de ignorar.
Veo cómo Cathy se aleja, resoplando y maldiciendo, y centro los ojos en Pedro al llegar al pie de
la escalera. Me ve, y la expresión de cautela que invade su rostro me alerta al instante.
—¿Qué pasa? —inquiero.
—Nada, nena —responde sonriendo, pero sé que miente. Es obvio que está muy nervioso—.
Cathy te está preparando el desayuno. Ve.
—No tengo hambre —respondo tajantemente con la vista fija en él.
—Paula, anoche no cenaste nada. Ve y desayuna. —Su tono se torna más y más impaciente a cada
segundo que pasa, y los golpes en la puerta continúan.
No puedo creer que, viéndolo tan agitado, crea de verdad que su orden de que desayune vaya a
apartarme del misterio que se esconde tras la puerta.
—Te he dicho que no tengo hambre —replico, roja de ira. Estoy furiosa.
Un golpe sacude de nuevo la puerta de entrada y Pedro lanza un gruñido de frustración. Su
mandíbula tiembla frenéticamente y levanta la vista al techo para armarse de paciencia. Me gustaría
pensar que es el gilipollas que golpea la puerta del ático persistentemente quien le está provocando
esta ira, pero sé que soy yo.
—Paula, ¿por qué cojones no haces nunca lo que te digo? —Agacha la cabeza y sé al instante que
lo dice en serio—. Ve-te-a-de-sa-yu-nar. —Pronuncia cada palabra lentamente, pero sé que eso
también lo dice en serio.
—No. —Corro sin que me importe lo más mínimo estar medio desnuda y agarro la manija de la
puerta—. Suéltala. —Tiro de él pero no sirve de nada—. ¡Pedro, abre la puta puerta!
—¡Esa puta bo...!
—¡Vete a la mierda! —espeto tirando de la puerta como una loca embarazada con las hormonas
disparadas.
—¡Paula! —Él la mantiene en su sitio mientras yo insisto en abrirla sin éxito. Sé que jamás lo
conseguiré, no obstante, no pienso ceder. De ninguna manera.
Pero entonces ambos nos quedamos parados cuando una voz interrumpe nuestro forcejeo, y no es
la de ninguno de nosotros. Si ya estaba algo nerviosa, ese sonido acaba de volverme totalmente
psicótica. Ya no va a hacer falta que abra la puerta porque, en cualquier momento, voy a empezar a
rodar por el apartamento como el mismísimo Demonio de Tasmania y voy a echarla abajo.
Lo miro con los dientes apretados. Él se hunde en el sitio.
—¿Qué cojones está haciendo ella aquí? —Aprovecho su momento de pérdida de concentración y
de debilidad para abrir la puerta y me encuentro frente a frente con Coral—. ¿Qué cojones haces aquí?
—silbo mirándola de arriba abajo con todo el desprecio del mundo. Hoy lleva el pelo recogido en una
minúscula y ridícula coleta negra. Qué mala idea. Sé que ésta va a ser la primera de muchas, lo intuyo.
Y puede que no sean sólo ideas.
Me ignora por completo y mira directamente a mi dios de torso desnudo. ¿Por qué cojones no se
ha puesto unos vaqueros y una camiseta?
—Necesito hablar contigo —le dice con determinación—. A solas —añade lanzándome una
mirada impertinente. De poco le va a servir su fuerza. Tendrá que pasar por encima de mi cadáver para
estar a solas con él.
—Tienes más posibilidades de tomarte un té con la reina —rujo. Mi ira aumenta a cada segundo,
y soy incapaz de controlarla—. ¿Qué es lo que quieres?
Pedro me apoya la mano en la espalda cubierta por la camisa a la altura de las lumbares. Es su
manera de ordenarme que me calme sin hablar. No funcionará. Cuanto más miro a esa zorra
desvergonzada más furiosa me estoy poniendo, si es que eso es posible. Me siento como una olla a
presión a punto de estallar.
—Te he hecho una pregunta.
—Paula. —La voz tranquilizadora de Pedro me enfurece aún más—. Cálmate, nena. —Desliza la
palma hacia adelante y me sostiene el vientre.
No me puedo creer que esté agobiado por mi presión sanguínea. Ésa debería ser la última de sus
preocupaciones. Lo que más debería inquietarle ahora es la posibilidad de que haya derramamiento de
sangre.—
Estoy calmada —replico, aunque es evidente que no lo estoy—. No te lo voy a repetir.
Retiro la mano de Pedro de mi estómago, pero él no se conforma. Me aparta para dejarme detrás
de él y extiende un brazo hacia un costado a modo de advertencia. No me disuade, pero entonces
empieza a hablar antes de que pueda apartar la extremidad de mi camino.
—Coral, ya te lo he dicho. No puede ser. —Su tono es algo airado, pero tras mi escenita no sé si
es por mí o por ella—. Lárgate y búscate a otro a quien acosar.
Aplaudo mentalmente sus palabras, aunque sé que no me va a gustar lo que está por venir al ver
que ella no se amilana. Debo de tener un aspecto ridículo con la camisa de Pedro, con las ondas
castañas enmarañadas, el maquillaje de ayer todo corrido y retenida por mi marido, que está
prácticamente desnudo.
Los ojos de Coral oscilan entre Pedro y yo varias veces hasta que los fija en mi dios de nuevo. No
me gusta esa mirada. Es descarada, y estoy segura de que sus siguientes palabras también lo serán. No
se irá a ninguna parte sin decir lo que ha venido a decir, y siento una curiosidad tremenda por saber
qué es.
—Como quieras. —Se encoge de hombros con indiferencia y le extiende a Pedro una hoja de
papel.—
¿Qué coño es esto? —ladra él con tono intolerante.
—Míralo tú mismo. —Agita el papel en el aire animando a Pedro a cogerlo.
No puedo evitarlo: estiro el cuello para intentar ver qué es, pero él me aparta de nuevo con el
brazo. Lo coge y veo cómo inclina la cabeza para leerlo. Después observo a Coral y en su rostro
distingo la sonrisa más artera que jamás haya visto. ¿Qué pretende? Vuelvo a mirar a mi marido, que
se ha quedado tieso como una tabla y con los músculos hinchados por la tensión.
Quiero saber qué es ese papel, y quiero saber qué es lo que ha provocado esa sonrisa de zorra en
la cara de Coral, pero al mismo tiempo no tengo ningunas ganas.
—¿Qué es? —La pregunta que no quiero formular escapa de mis labios, pero él no contesta.
Coral, sí.
—Es una ecografía de su bebé.
Sé que me tambaleo y sé que él se ha vuelto para sostenerme, pero todo se nubla a mi alrededor.
—Joder. —Su tono de preocupación no es más que un sonido amortiguado, y sé que es porque la
sangre está abandonando mi cabeza. Estoy mareada—. ¡Mierda! ¡Paula!
Mis pies dejan de tocar el suelo, pero no me caigo. No me he desmayado. Pedro me ha recogido y,
en un abrir y cerrar de ojos, me encuentro sentada en el sofá con la cabeza hundida entre las piernas.
—Respira, nena. Respira. —Me coloca la mano en la frente y me frota la espalda trazando
ansiosos círculos—. ¡¿A qué coño estás jugando?! —chilla hacia la puerta—. ¡Maldita loca de mierda!
¡Hace meses que no me acuesto contigo!
—Cuatro meses, y estoy de cuatro meses. —Se apresura a contestar, toda orgullosa—. Haz los
cálculos.
Sé que está poniendo cara de zorra satisfecha pero no quiero mirarla, porque si lo hago tendré
ganas de abalanzarme sobre ella. Necesito controlar la respiración porque la cabeza sigue dándome
vueltas y lo veo todo negro. Si me levanto, me caeré de bruces.
—¡Eso es imposible! —espeta ansioso pero demasiado inseguro—. ¡Joder!
Esto es el fin. Ese bebé nacerá antes que los míos y, sabiendo lo desesperado que está Pedro por
tener un hijo, aceptará el primero que caiga en sus manos. Me dejará. Me quedaré sola con dos bebés
berreando y sin nadie que me ayude. Seré madre soltera. ¿Quién me masajeará los pies cuando los
tenga hinchados? ¿Quién me hará el amor vestida de lencería de encaje cuando esté llena de estrías?
¿Quién me obligará a comer cuando no tenga hambre? ¿Quién me dará ácido fólico? ¿Quién chupará
mantequilla de cacahuete de mis pechos y me pintará las uñas de los pies cuando yo no llegue? Me
empieza a invadir el pánico, pero entonces mis ojos reparan en el pequeño papel que Pedro ha dejado
caer al suelo para atenderme.
Al ver esa ecografía no ha reaccionado como lo hizo cuando vio la de nuestros pequeños. No se
ha postrado de rodillas para agarrar a Coral de las piernas y abrazarla. Pero ¿qué coño me pasa? Me
siento como un saco de emociones contradictorias y exageradas. Ambos me observan, pero me tomo
mi tiempo. Primero veo escrito el nombre de Coral. Sin duda la ecografía es suya, pero no hay ninguna
fecha impresa. Tampoco aparece el tiempo estimado de gestación. Analizo la imagen más
detenidamente.
—Paula, ¿qué haces? —pregunta Pedro intentando que lo mire, pero lo ignoro.
—Eso, ¿qué haces? —silba Coral.
Señalo la ecografía.
—Estoy intentando ver si estás de cuatro o de cinco semanas —digo con la vista fija en la imagen
—. Supongo que son sólo cuatro.
—Estoy de cuatro meses, no semanas.
—No, no lo estás. —Miro a Pedro, que está conteniendo la respiración—. ¿Cuándo te acostaste
con ella por última vez?
—Hace cuatro o cinco meses. —Sacude la cabeza y la arruga de preocupación aparece en su
frente—. Paula, mis recuerdos de entonces son algo confusos. No existía antes de conocerte a ti. —
Apoya las manos sobre la parte superior de mis muslos y me da un apretón—. Y siempre usaba
condón, ya te lo dije.
—Lo sé —digo, pero hay otra posibilidad y detesto tener que preguntarlo, sobre todo delante de
esa intrusa. Cierro los ojos con fuerza—. ¿Fue ella una de las...? —Me detengo para reformular la
frase—. ¿Te...?
Me interrumpe para evitarme el mal trago.
—No. —Dice la palabra con suavidad mientras me agarra de la nuca—. Mírame —me ordena en
el mismo tono, y lo hago. Lo miro a los ojos y él sacude la cabeza muy levemente—. No —repite.
Asiento, exhalo en silencio y le sonrío para demostrarle que lo creo. No necesito una confesión
porque no tiene nada que confesar. Nuestro silencioso intercambio de comprensión casi me hace
olvidar la presencia de Coral.
—¿Vas a seguir con él sabiendo que va a tener un hijo con otra mujer? —pregunta con tono
burlón—. ¿Dónde está tu orgullo?
—Voy a aplastarla —le digo en voz baja pidiéndole permiso en esta ocasión.
Él sonríe y me besa en la mejilla.
—Adelante, nena. Pero, por favor, aplástala verbalmente. —Señala mi vientre con la vista y
después le lanza a la perra descarada una mirada de compasión sin decir nada. Va a dejar que me
encargue de ella.
—¿Qué estáis cuchicheando, si puede saberse? —inquiere Coral. Su engreimiento empieza a
desintegrarse a marchas forzadas. No tiene ni idea de cómo interpretar nuestra reacción.
Me pongo de pie junto a Pedro y lo miro.
—Dame la foto.
Mi pregunta lo obliga a apartar la mirada acusatoria de Coral y a centrarla en mí. Lo he pillado
por sorpresa.
—¿Qué foto?
Pongo los ojos en blanco.
—La que llevas a todas partes. No soy idiota. ¿Dónde está?
—En el bolsillo de mi chaqueta —admite, algo avergonzado.
Ve a por ella.
—No, no pienso dejarte a solas con ésta. —Esta vez ni siquiera le dedica una mirada.
—¿Ésta? —espeta Coral con tono de incredulidad—. ¿Así es como le vas a hablar a la madre de
tu hijo?
Pedro se vuelve entonces con violencia.
—¡Tú no eres la madre de mi hijo, maldita loca de mierda! —Su ira aumenta de nuevo. Tengo
que acabar con esto de una vez por todas.
Los dejo a solas y me dirijo al despacho de Pedro. Su chaqueta está en el mismo sitio donde la
dejó tirada anoche. Rebusco rápidamente en los bolsillos y encuentro un fajo de billetes perfectamente
ordenados y doblados y su teléfono móvil. Por fin doy con la imagen en el bolsillo interior. Está un
poco deteriorada, probablemente de pasarla de un bolsillo a otro. Salgo de la estancia armada con la
prueba número dos y veo que la distancia entre ellos ha disminuido. Mi hombre sigue en el mismo
sitio, pero Coral está avanzando hacia él.
—Teníamos algo especial, Pedro —dice disponiéndose a tocarlo, pero él le aparta el brazo.
—¿Especial? —se echa a reír—. Follamos unas cuantas veces. Te usé y te deseché. ¿Qué tiene
eso de especial?
—Viniste a por más. Eso tiene que significar algo —dice con tono esperanzado. Está loca de
verdad—. Hiciste que te necesitara.
Esas palabras me crispan los nervios. Quiero interrumpirlos, pero también quiero oír qué
responde Pedro.
—No, tú te empeñaste en necesitarme. Apenas hablaba contigo cuando follábamos. No eras más
que un trozo de carne y estabas siempre dispuesta. —Se acerca a ella y se inclina hacia adelante, lo
que la obliga a retroceder ligeramente. El tono de Pedro está cargado de veneno con toda la intención.
La está aplastando él mismo perfectamente—. Eres igual que las demás, pero estás aún más
desesperada si cabe. Te echan un buen polvo y ya crees que tu vida depende de ello.
Casi me echo a reír. Lo cierto es que mi vida depende de ello, y más ahora que tengo las
hormonas disparadas por el embarazo.
Él la observa de arriba abajo, y veo la mirada presuntuosa del hombre que estuvo tratando a las
mujeres como objetos durante tanto tiempo, del hombre que bebía, follaba y después se deshacía de
ellas.
—¿Qué coño te hace pensar que vaya a dejar a mi mujer por ti?
—Voy a tener un hijo tuyo. —Su engreimiento ha desaparecido por completo. Sabe que está
perdiendo la batalla.
—Estás mintiendo —replica, pero en su tono se nota que no está del todo seguro.
—Está mintiendo —intervengo, incómoda al ver a Pedro acercándose tanto a ella aunque sólo sea
para gruñirle a la cara. Y tampoco me gusta verlo tan preocupado por algo por lo que no debería
estarlo.
—No estoy mintiendo. Ahí tienes la prueba —dice ella señalando la imagen que tengo en la
mano.—
Exacto, aquí la tengo. —Le doy la vuelta y se la planto delante de la cara—. Esto es una
ecografía de seis semanas.
Ella frunce el ceño.
—No, es una ecografía de cuatro meses.
—Este bebé no es el tuyo, Coral.
—¿Y de quién es, entonces? —pregunta lentamente. Está empezando a captar por dónde voy.
—Mío. —Miro con cariño el trozo de papel desgastado—. Y de Pedro.
—¿Qué?
—Bueno, he dicho «bebé». Lo que quería decir en realidad es «bebés». Verás, estamos esperando
mellizos, y sé que estás intentando colárnosla porque esto sí es una ecografía de seis semanas de
verdad. Y aquí hay dos cacahuetes, más pequeños que el de la tuya, ya lo sé, pero no hay tanta
diferencia. Sé que mientes, no sé, puede que sea... instinto maternal. —Me encojo de hombros—.
¿Querías algo más?
Se queda ligeramente boquiabierta y, aunque sigo furiosa para mis adentros, estoy orgullosísima
de mí misma por haber mantenido la compostura. Pedro tiene razón: no puedo abalanzarme sobre ella
y empezar a rodar por el suelo, por más que me gustaría arrancarle todos los pelos de la cabeza.
—A menos que puedas explicar ese pequeño detalle y confirmar las fechas, creo que ya hemos
terminado. —La miro expectante, pero ella no dice nada. Le tiro la ecografía—. Y ahora lárgate y vete
a buscar al verdadero padre de tu criatura. —No aparto los ojos de esa mujer, y no lo haré hasta que la
puerta esté cerrada con ella al otro lado—. ¿Te vas ya o voy a tener que arrastrarte? —pregunto dando
un paso hacia adelante.
Ella se agacha, recoge la imagen y se dirige a la puerta. Su mirada se desvía nerviosa de Pedro a
su histérica esposa embarazada, y en cuanto su cuerpo atraviesa el umbral le cierro la puerta en las
narices y me vuelvo para mirar a mi marido ex gigoló. Se muerde con nerviosismo el labio inferior, y
quizá no debería, pero estoy furiosa con él. Paso por su lado y subo la escalera. El grifo de la ducha
sigue abierto cuando llego al baño de la habitación. Me desnudo, me lavo los dientes y me meto bajo
el agua sin ninguna prisa por acabar pronto. Llevo despierta menos de media hora y ya me siento
como si fuera el final del día.
Tengo los ojos cerrados mientras me aclaro el pelo, pero lo siento detrás de mí. No me está
tocando, pero sé que se encuentra ahí. Y está preocupado. Siento su ansiedad contra mi espalda
mojada. El hecho de que se mostrara intranquilo ante la posibilidad de ser el padre del hijo de Coral
no hace sino que aumente mi preocupación. ¿Tengo que añadir posibles preñadas a mi lista de cosas
que podrían traernos problemas? Tan sólo hace dos días que regresamos del Paraíso y ya estoy
mentalmente agotada. Una vida de paz y tranquilidad. Eso es lo que quiero y lo que necesito, y cada
vez que pienso que estamos cerca de alcanzarlo, aparece algo que lo jode.
No hay comentarios:
Publicar un comentario