lunes, 12 de mayo de 2014

Capitulo 234 ♥

Sé que estoy sonriendo en sueños. Ni siquiera necesito abrir los ojos para saber dónde estoy. La fresca
brisa del mar que entra por las ventanas abiertas y ese olor a salitre mezclado con la intensa fragancia
de las flores es todo cuanto necesito para recordar dónde me encuentro. Sin embargo, ninguno de los
dos aromas supera la esencia que más me gusta en esta vida, que está impregnada en cada una de las
fibras de las sábanas de algodón sobre las que ha dormido. Pero él no está en la cama.
Abro los ojos y lo primero que veo es una galleta de jengibre, comprimidos de ácido fólico y un
vaso de agua. Sonrío, cojo las pastillas, las ingiero con la ayuda del agua y empiezo a comerme la
galleta. Me acerco al borde de la cama y no me molesto siquiera en ponerme ropa interior. Estamos
solos en una playa desierta, y no he olvidado su demanda de que baje a desayunar así todas las
mañanas. Además, ahora puedo hacerlo sin el temor de que Cathy pueda llegar en cualquier momento.
De modo que me paseo desnuda por gran parte de la villa en busca de mi señor, pero al cabo de un rato
veo que no está por ninguna parte. La cortina de gasa que cubre las puertas del salón que dan al porche
ondea con la suave brisa. Me abro paso a través de la tela en movimiento hasta que me encuentro
sobre el suelo de madera e inspiro profundamente el aire fresco. Es perfecto. Sé que es temprano
porque el sol está muy bajo, pero el calor es intenso, debilitado únicamente por la brisa que azota mi
pelo y me lo echa sobre la cara. Me lo recojo como puedo en una especie de moño suelto y, cuando por
fin tengo los ojos despejados, lo veo a lo lejos. Está corriendo. Y sólo lleva puestos los shorts, sin
camiseta ni zapatillas de deporte. Me apoyo en la barandilla de madera y observo alegremente cómo
se acerca cada vez más. Su musculosa constitución resplandece bajo el sol de la mañana. Parece un
espejismo.
—Buenos días —canturreo cuando se encuentra a unos pocos metros de distancia, sudando y
jadeando. Esto no es normal en él. Es como un robot cuando corre, nunca muestra signos de fatiga.
Coge la toalla que ha dejado colgada en la barandilla y empieza a frotarse con ella sonriendo.
—Y tan buenos. —Sus ojos descienden por mi desnudez. Lo único que me tapa ligeramente son
los barrotes que tengo delante—. ¿Cómo te encuentras?
Me paro a pensarlo rápidamente, evalúo mi organismo y llego a la conclusión de que estoy
perfectamente. No tengo nada de angustia.
—Bien.
—Estupendo. —Se acerca al porche y me mira—. Bésame.
Me inclino y le doy un pico en los labios. El pulcro sudor que cubre su cuerpo realza su aroma
característico.
—Estás empapado.
—Es que hace muchísimo calor. —Se aparta—. ¿Desayunamos? —dice como si fuera una
pregunta, pero no lo es. Si digo que no, sin duda me cogerá, me colocará sobre sus hombros, me
llevará adentro y me obligará a comer.
—Te prepararé el desayuno.
Echo a andar por el porche en dirección a nuestro dormitorio.
—¡¿Adónde vas?! —grita a mis espaldas.
—A ponerme algo.
—¡Eh! —exclama. Me vuelvo y veo que está muy disgustado—. Mueve ese culo desnudo a la
cocina, señorita.
—¿Perdona? —Me echo a reír.
—Ya me has oído. —Me observa con expectación, como desafiándome a desobedecerlo.
Miro mi cuerpo desnudo y suspiro. No me pedirá este tipo de cosas cuando esté a punto de
reventar. Ya no tendrá ganas de mirarme. Pero, por ahora, yo me siento cómoda en cueros y, sin duda,
él también se siente cómodo, de modo que vuelvo sobre mis pasos y entro en la villa a través de las
puertas de la cocina. Al pasar por delante de Pedro recibo una palmada en el trasero.
Si nuestra normalidad consiste en preparar el desayuno y comérnoslo en pelotas, lo cierto es que
me encanta. Si consiste en tardar tres horas en arreglarnos porque ninguno de los dos puede despegar
las manos del otro, me encanta. Y si consiste en que me ponga un vestido de verano y que él me mire
como si me hubiera vuelto loca..., bueno, eso ya no me gusta tanto.
—Ponte otra cosa, señorita —dice mirando mi ropa mientras masculla y maldice entre dientes al
tiempo que inspecciona y descarta todos mis vestidos playeros—. Lo has hecho adrede.
—Hace calor —protesto, y me echo a reír vestida tan sólo con mi ropa interior de encaje al ver
cómo Pedro se vuelve loco.
—¡Coño, Paula! —exclama sosteniendo un mono sin tirantes muy corto.
—Dijiste que tenía unas piernas muy bonitas —me justifico.
—Sí, lo tienes todo muy bonito, pero eso no significa que quiera que todo el mundo lo sepa. —
Tira el mono a un lado y saca un vestido negro largo y vaporoso de tirantes finos.
»Sólo para mis ojos —afirma—. Sólo para mis ojos.
—Pero ¿qué coño te pasa? —Le quito el vestido de las manos—. El día del aniversario de La
Mansión no te importó que me pusiera aquel traje, ni tampoco te molesta que lleve los shorts
vaqueros.
—Claro que me importó. Hice una excepción, pero vi cómo te miraban los hombres. —¿Me está
tomando el pelo?
—¡Y yo veo cómo te miran a ti las mujeres!
—Exacto; ¿te imaginas cómo me mirarían si fuese por ahí medio desnudo? —Señala el vestido
con la cabeza—. Puedes ponerte éste.
—Muchas veces vas sin camiseta —señalo—, y yo no me abalanzo sobre ti para ocultar tu
cuerpo. ¡Relájate!
—¡No! —grita.
Ambos nos miramos con el ceño fruncido, pero sin duda el suyo gana.
—Estás siendo poco razonable —espeto—. Pienso ponerme lo que me dé la gana. —Le tiro el
vestido negro a la cara y cojo el playero fucsia anudado al cuello, me lo meto por los pies y me lo subo
por el cuerpo.
Él observa cómo me pongo la prenda rápidamente.
—¿Por qué me haces esto? —pregunta con desazón.
—Porque es absurdo que creas que puedes decidir qué puedo y qué no puedo ponerme, por eso.
—Me ato el vestido por detrás del cuello y me lo aliso, haciendo caso omiso de los gruñidos que
profiere mi señor irracional. No pienso tragar con esta faceta de nuestra normalidad—. Además, no es
para tanto.
—Joder, eres demasiado bonita —masculla echando humo.
Sonrío y deslizo los pies en las chanclas.
—Y soy tuya, Pedro.
—Lo eres —responde tranquilamente—. Eres mía.
Respiro hondo y me acerco a su pecho.
—Nadie me apartará de tu lado, nunca.
No sé cuántas veces tengo que decírselo. Me encanta que tema perderme, pero también sé que su
problema son las hordas de mujeres desnudas que lo han rodeado durante la mayor parte de su vida.
No quiere que los hombres me miren como miran a esas mujeres, como él las miraba antes de
conocerme a mí.
—Lo sé —suspira—. Pero ¿es preciso que te pongas el vestido más minúsculo de todo el planeta?
Lo beso en la mejilla.
—Estás exagerando.
—Yo creo que no —gruñe, y aprieta su mejilla recién afeitada contra mis labios—. ¿Y si
llegamos a un acuerdo?
—¿Qué tipo de acuerdo? —pregunto. Entonces veo que se agacha y coge un cárdigan—. De eso,
nada, Alfonso. Me desmayaré del calor.
Lo deja caer exagerando la furia de un modo ridículo y teatral y se levanta.
—Vale, pero no me hago responsable si algún capullo te hace ojitos.
Lo observo perpleja. Está delante de mí, con un aspecto delicioso vestido con sus shorts largos y
su polo de Ralph Lauren con el cuello levantado, al estilo de Pedro.
—Yo tengo que lidiar con los ojitos que te ponen a ti a diario.
Sonríe con malicia.
—Sí, y en seguida las aplastas a todas.
Me echo a reír y me dispongo a salir de la habitación.
—Mi ritual de aplastamiento es algo más suave que el tuyo.
Las cosas en el Paraíso van cada vez mejor. Aunque la idea de dejar que Pedro me mantuviera
encerrada en la villa me resultaba muy tentadora, quería explorar con él, pasear cogidos de la mano,
comer por ahí y estar juntos de otra manera. No es algo que hayamos hecho a menudo desde que nos
encontramos el uno al otro y, aunque me ha costado convencerlo, sé que él también ha disfrutado
estando conmigo de otra forma hoy. Se ha pasado todo el día rodeándome los hombros con el brazo
para pegarme a él, y durante la comida en el bar ha hecho que me sentara cerca para que pudiésemos
mantener el contacto físico.
Anochece mientras regresamos a la villa por la tronada carretera. La familiar fragancia inunda
mis fosas nasales cuando atravesamos las puertas de madera y avanzamos por el camino adoquinado
bajo la bóveda verde y blanca.
—¿Has pasado un buen día? —pregunta mientras apaga el motor y me mira, casi esperanzado.
—Sí, gracias. ¿Y tú?
—Sí, ha sido uno de los mejores días de mi vida, nena. Pero ahora me toca a mí elegir lo que
vamos a hacer esta noche. —Me desabrocha el cinturón y se inclina sobre mí para abrirme la puerta—.
Sal.
Obedezco su orden y me levanto del suave asiento de piel.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Vamos a jugar a un juego. —Ahora está en mi lado del coche, mirándome con una ceja
enarcada y cara de pillo.
—¿Qué clase de juego? —Mi curiosidad resulta evidente.
—Ya lo verás. —Me coge de la mano y me dirige hasta la villa—. Espérame en el salón, donde la
alfombra —me ordena. Me planta un beso y me deja desconcertada junto a la puerta de entrada.
¿Adónde va? Observo con el ceño fruncido cómo desaparece en dirección al dormitorio y, sin
poco más que hacer aparte de obedecer sus instrucciones, dejo el bolso, me dirijo a la alfombra en
cuestión y me siento sobre la pieza suave, gruesa y tupida. Mi mente curiosa no deja de dar vueltas,
pero no dura mucho. Pronto reaparece barajando un juego de cartas.
—¿Vamos a jugar a las cartas? —pregunto intentando no parecer decepcionada.
—Sí. —Su respuesta breve y concisa indica que, efectivamente, vamos a jugar a las cartas, por
más que yo proteste. ¿Cartas?
—¿No preferirías devorarme? —Pongo en práctica mi táctica de seductora con poca confianza.
Sé cuándo voy a ganar, y sé que ésta no es una de esas veces.
Me mira con recelo mientras baja el trasero hasta la alfombra. Se apoya contra el sofá y estira las
piernas delante de él.
—Vamos a jugar al strip póquer.
Empiezo a agitarme en mi sitio.
—Yo no sé jugar al póquer. —Perderé, pero ¿eso es algo malo?—. No sería un juego justo si yo
no sé jugar. —Decido que sí que es algo malo. Está en modo engreído, y quiero borrarle esa sonrisa de
gallito de la cara. Acaba de aflorar mi lado competitivo.
—Muy bien —dice lentamente mientras sigue barajando mientras habla—. ¿Y qué te parece el
blackjack? —Debe de haberse dado cuenta de que me he quedado igual, porque sonríe un poco—. El
veintiuno. ¿Pedir, pasar, rendirte?
Sigo igual de perdida.
—No, lo siento, no sé de qué estás hablando. —Estiro las piernas, me inclino hacia atrás y me
apoyo sobre las manos—. ¿Jugamos al burro?
Pedro suelta una carcajada al tiempo que echa la cabeza hacia atrás. Me encanta su risa.
—¿Al burro?
—Sí, soy muy rápida.
-Paula, dejemos el burro para cuando lleguen los niños. —Sigue riéndose y nos reparte dos cartas
a cada uno—. Vale, yo soy la banca, y tú tienes que mirar tus cartas.
Me encojo de hombros y las recojo. Tengo un diez y un seis.
—Vale.
—¿Qué tienes?
—¡No te lo voy a decir!
Pone los ojos en blanco.
—Es una partida de prueba. Dime qué tienes.
Me pego las cartas al pecho.
—Un diez y un seis —digo con recelo.
—¿Dieciséis entonces?
—¿Hay que sumarlas?
Va a arrepentirse de esto. Puede que ya lo esté haciendo.
—Sí, hay que sumarlas.
—Vale, entonces tengo dieciséis. —Le enseño mis cartas.
Él asiente al verlas.
—Gana el que se acerque más a veintiuno cuando todos los jugadores hayan hecho sus
movimientos.
—¿Qué movimientos? —Contengo la risa cuando veo que echa la cabeza hacia atrás y mira al
techo exasperado.
—Los que estoy a punto de explicarte, Paula.
—Ah, vale. Explica, explica.
Vuelve a bajar la cabeza y exhala un suspiro de agotamiento. Sí, sin duda se está arrepintiendo de
esto. Seguro que está deseando haber optado por devorarme.
—Bien. Tienes dieciséis y necesitas acercarte a veintiuno todo lo posible sin pasarte. Sin pasarte
quiere decir sin superar los veintiuno, ¿vale?
—Vale.
—Bien. Con un total de dieciséis, deberías pedir, lo que significa que pides otra carta. ¿Vale?
—Vale.
Me entrega otra carta y yo la cojo a hurtadillas, como si él no supiera ya lo que tengo en la mano.
—¿Qué te ha salido? —pregunta.
—Un rey. —No soy una experta en juegos de naipes, pero sé que eso significa que me he pasado.
Tiro las cartas al suelo—. ¡Yo no quería pedir!
—No puedes plantarte con dieciséis, Paula.
—¡Pero así no me habría pasado!
—No, pero es probable que yo tenga más que dieciséis, así que es mejor que te arriesgues.
Les da la vuelta a sus cartas y tiene una jota y una reina.
—Veinte —confirmo rápidamente.
—Exacto. Y me planto, así que gano yo. —Recoge las cartas y empieza a barajarlas de nuevo—.
¿Lo pillas?
—Sí, voy a patearte el culo, Alfonso. —Me froto las manos y me pongo cómoda.
Él sonríe ante mi competitividad. Probablemente sienta lástima de mí. Al fin y al cabo, a Pedro
Alfonso se le da todo de maravilla.
—Tenemos que decidir lo que vamos a jugarnos, nena.
—Pero ¿no estamos jugando al veintiuno?
Inclina la cabeza hacia atrás de nuevo y se echa a reír a carcajadas. Yo intento mantenerme seria,
pero me encanta cuando se ríe de esa manera.
—Sí, me refería a qué vamos a apostarnos. —Fija sus ojos verdes en mí—. Joder, te quiero
muchísimo.
—Lo sé. ¿Qué vamos a apostarnos? —Cada vez me gusta más este juego.
—¿Cuántas prendas de ropa llevas puestas? —Me repasa con la mirada como si estuviera
evaluándolo mentalmente.
Jugar a las cartas no parece tan mala idea después de todo.
—Tres. El vestido, las bragas y el sujetador. Ah, y los zapatos, así que cinco —digo señalando las
chanclas.
—Quítate las chanclas —me ordena—. Yo sólo llevo dos. —Se tira del polo y de los shorts.
—¿Y los calzoncillos?
—Suponían un obstáculo demasiado grande —explica como si tal cosa, y nos reparte dos cartas a
cada uno. Sé perfectamente cómo va a acabar esto. Nada de obstáculos—. El primero que se quede
desnudo pierde —dice sonriéndome—. Y el que gane tiene el mando.
Jadeo de incredulidad al ver su expresión divertida.
—¿Qué ha sido de eso de «donde sea y cuando sea»?
—Estoy siendo razonable. —Se encoge de hombros y señala mis cartas con la cabeza—. No
tientes la suerte o retiraré mi ofrecimiento de posible poder.
Recojo los naipes con cuidado y los miro pegándolos a mi cara. Está tan seguro de sí mismo que
me permite la ventaja de llevar una prenda más que él.
—No tiene nada de razonable jugarse quién tiene el mando en nuestra relación —replico. A
continuación miro mis cartas y veo dos sietes—. Dame una.
Me pasa una carta más y sigue sonriendo.
—Todo forma parte de nuestra normalidad, señorita. Aquí tienes.
—Gracias —respondo con educación. Recojo la carta del suelo y la coloco junto a las demás. Es
un ocho. Resoplo dramáticamente y tiro las cartas entre nosotros—. Me he pasado —gruño.
Él sonríe y me muestra sus cartas. Tiene una jota y un nueve.
—Creo que yo me planto —dice—. Has perdido.
Sacudo la cabeza y veo cómo coloca las cartas en el suelo y empieza a reptar hacia mí, sin apartar
la mirada de la mía. El corazón se me acelera al ver cómo se aproxima su figura, y cuando lo tengo
justo delante, acerca las manos a mi cuello.
—Pierdes el vestido —susurra, y desata el nudo—. Ponte de pie.
Me obligo a levantarme cuando lo único que quiero hacer es tumbarme boca arriba y dejar que
me tome ahora mismo. Por mí puede quedarse con el poder. No lo quiero. Nunca. Observo con los ojos
cargados de lujuria cómo coge el bajo de mi vestido, se pone de pie, me lo quita por la cabeza y lo tira
sobre el sofá.
Se acerca a mi oreja y me muerde el lóbulo.
—Llevas encaje —murmura, y el calor de su aliento me pone el vello de punta. Me tenso, a pesar
de mis esfuerzos por no hacerlo. Y entonces me deja aquí de pie, ardiente de deseo, y vuelve a sentarse
—. Siéntate.
Cierro los ojos y recobro la compostura. He de ser fuerte porque esto es realmente un juego para
él. Me siento con mi lencería de encaje y, como buena seductora que soy, me abro de piernas, me
recuesto y me apoyo en las manos. Si quiere jugar, jugaremos.
—Reparte, señor.
La astuta sonrisa que se dibuja en su atractivo rostro indica que sabe lo que pretendo. Su
seductora está haciendo honor a su reputación. Reparte las cartas. Miro con precaución y declaro mi
intención de plantarme. Él asiente pensativamente y les da la vuelta a sus propias cartas. Tiene un
nueve y una reina.
—Yo también me planto. —Me mira, sonrío, muestro mis dos reyes con gesto de superioridad y
me pongo a cuatro patas para acercarme a él.
Me monto sobre sus muslos y lo agarro del dobladillo del polo.
—Pierdes la camiseta —susurro tirando de la prenda. Levanta los brazos sin protestar y tiro el
polo detrás de él. Suspiro y me inclino para besarle el pecho—. Mmm, qué duro. —Me agarro a su
entrepierna con toda mi mala intención. Él deja escapar un grito ahogado, pero entonces me aparto y
vuelvo a mi sitio en la alfombra—. Reparte.
Es bastante evidente que le está costando no tumbarme sobre la alfombra. Lo sé por cómo se ha
ajustado de manera discreta la zona de la ingle y porque no para de morderse el labio. Está intentando
concentrarse, y me encanta. Las vistas mejoran para mí también ahora que he ganado esta mano. Una
más y tanto él como el poder serán míos.
Reparte de nuevo. Recojo las cartas y calculo rápidamente que suman catorce.
—Una más, por favor —le pido. Un dos. Dieciséis en total. Mierda. Ahora no sé qué hacer—.
¡Me planto! Digo... ¡otra! —Pedro se dispone a pasarme otra carta con una sonrisa—. ¡No! No, me
planto. —Rechazo la carta y empieza a reírse.
—¿Indecisa? —pregunta, y estira su torso definido para destacar su pecho.
Aparto la vista para no perder la concentración. No voy a dejar que me distraiga, pero, joder, me
resulta casi imposible resistirme y no quedarme mirándolo con la boca abierta.
—No. Me planto —afirmo con petulancia.
—Muy bien. —Intenta desesperadamente no sonreír mientras mira sus cartas—. Hum. Dieciséis
—dice—. ¿Qué hago?
Me encojo de hombros.
—Tú verás. —No repito las palabras que me ha dicho él en la mano de prueba. Me muero por
hacerlo, pero no lo hago. Aunque me gustaría ver cómo sale don Bueno en Todo de ésta.
—Bueno, una más —dice, y le da la vuelta a una carta.
No sé cómo, pero consigo mantenerme seria cuando muestra un seis.
—Bueno... —susurro. Aparto la vista de mis cartas y la centro en su torso, su cuello y su precioso
rostro—. Te has arriesgado. —Le tiro mis cartas, que siguen sumando un total de dieciséis—. Y yo no.
Pierdes los shorts.
Examina mis cartas con una leve curva en los labios y sacude la cabeza.
—Tú ganas, nena.
—Yo tengo el mando. —Empiezo a gatear hacia él, pues no quiero perder ni un segundo más sin
tocarlo. Ha sido el juego de cartas más largo de toda mi vida—. ¿Cómo te sientes al respecto? —Le
desabrocho la cremallera de los pantalones.
No intenta detenerme. Apoya la espalda en el sofá y levanta el culo para facilitarme la tarea de
deslizarle la prenda por los muslos. Cuando su erección queda al descubierto, tengo que esforzarme
por contenerme.
—Yo te hago a ti la misma pregunta —dice con voz grave, gutural y cien por cien sexual.
—Me siento poderosa.
Lanzo los shorts por encima de su cabeza, le quito la baraja de las manos y la dejo a un lado. Él
estira la mano y me pasa el pulgar por el labio inferior, arrastrándolo. Abre la boca ligeramente y me
mira.
—¿Qué plan tiene mi pequeña seductora?
Debería apartarle la mano, pero no lo hago.
—Va a renunciar al poder —susurro. Apoyo las manos en sus muslos y me incorporo hasta que
nuestras narices se tocan—. ¿Qué tiene que decir mi dios al respecto?
Compone esa gloriosa sonrisa que tanto adoro.
—Tu dios dice que su seductora ha aprendido muy bien. —Sus enormes manos me agarran de la
cintura y yo apoyo las mías sobre sus hombros—. Tu dios dice que su seductora no se arrepentirá de
haberle cedido el poder. —Pega los labios a los míos y su lengua penetra lentamente en mi boca—.
Tanto el dios como la seductora saben cómo funciona nuestra relación. —Me coloca la mano en el
pubis por encima del encaje y apoya la frente en la mía—. Y funciona perfectamente.
Me pongo rígida, pero hago descender el cuerpo sobre su palma buscando algo de fricción.
—Eres perfecto.
Pego los labios a los suyos, le hundo las manos en el pelo y tiro de él. No puedo evitarlo.
—Lo sé —murmura alrededor de mis labios sedientos. Desliza las manos por mi cintura hasta mi
trasero—. Pero creía que habías renunciado al poder.
No podría parar ni aunque mi vida dependiera de ello, y ruego para mis adentros a todos los
santos que no pretenda imponer su autoridad porque estoy desesperada, ansiosa y necesitada.
—Por favor, no me detengas —digo sin ningún pudor, hundiendo todavía la lengua en su boca.
Él gruñe, me aprieta contra sí y no muestra intención alguna de parar esto. Está dejando que haga
lo que quiera con él.
—Sabes que no puedo negarte nada.
—Sí que puedes —discrepo entre firmes y profundos lametones, aunque sé que sería mejor que
no lo hiciera ahora mismo. Suele decir que no cuando estoy cansada o pretende castigarme.
—Ahora no.
Está de pie, envuelto con mi cuerpo, y ni siquiera sé cómo ha pasado. Estoy demasiado extasiada.
Cuando siento el fresco aire de la noche sobre mi espalda desnuda, me pego aún más a él y lo beso con
más intensidad. En mi cerebro no hay cabida para pensar adónde vamos. Me da igual.
El susurrante sonido de las olas que lamen la costa en la noche es lo primero que oigo. Después
percibo la esencia salada del Mediterráneo. El aire es algo frío, pero el calor de su cuerpo pegado al
mío mitiga cualquier posible molestia. Estoy ardiendo, y creo que ni la Antártida conseguiría
enfriarme. Recorre con cuidado las traviesas de madera mientras me acerca al borde del mar, pero no
me mete en el agua. Se arrodilla y me coloca sobre la arena blanda y húmeda procurando no despegar
nuestras bocas en ningún momento. Mis manos recorren toda su musculosa constitución. Mis piernas
luchan bajo su cuerpo por liberarse y aferrarse a él, y pronto me quedo sin aliento. De repente, una
suave ola nos alcanza y mi cuerpo tendido está rodeado de agua fresca y salada, lo que hace que me
cueste más aún respirar. La impresión me obliga a lanzar un grito ahogado y hundo las uñas en sus
bíceps. Mi espalda se arquea para intentar huir del frío, y mis senos cubiertos de encaje se pegan a la
piel desnuda de su pecho. Mi ardor se enfría al instante.
—Chsss —me tranquiliza—. Tranquila.
Sus palabras suaves me relajan al momento. No sé cómo ni por qué. Sigo teniendo frío, pero
siempre consigue sosegarme. Empieza a besarme hasta llegar a mi cuello. Me muerde y me chupa y
sus besos se dirigen hacia mi rostro de nuevo.
—Te amo —susurra—. Joder, te amo muchísimo.
Me estalla el corazón.
—Lo sé —digo rozando mis labios con los suyos—. Sé que me amas. Hazme el amor.
Es lo que necesitamos ahora. Nada de sexo ni de sexo duro. Sólo amor.
—No pensaba hacer otra cosa. —Tira de mis bragas de encaje y me las baja por las piernas—. A
éste lo llamaremos «polvo adormilados al anochecer».
Dejo resbalar las manos por sus brazos hasta que mis palmas alcanzan sus mejillas. Le veo
perfectamente la cara, a pesar de la oscuridad que nos rodea. Puede que este polvo adormilados al
anochecer se convierta en mi favorito.
—Hecho —murmuro, y separo las piernas para ayudarlo a quitarme la ropa interior.
Lleva el brazo a mi zona lumbar y me levanta un poco para poder acceder a la parte de atrás de
mi sujetador. Me lo quita con una mano y lo desliza por mis brazos. Se queda suspendido entre mis
dos muñecas, que se niegan a apartarse de su rostro. Quiero seguir con los labios pegados a los suyos,
continuar dejando que su lengua acaricie la mía enviándome así al séptimo cielo de Pedro.
Mis pezones se endurecen todavía más a causa del frío, pero sobre todo cargados de deseo. Y
entonces, aparta la cara de mis manos con un gemido y se echa hacia atrás. Me estudia durante unos
instantes, se hunde en mí de una manera meticulosa, concienzuda y perfecta, y se detiene cuando está
a medio camino.
No sabría interpretar su rostro, pero esos ojos verdes narran una historia totalmente diferente.
Penetran hasta lo más profundo de mi ser y están cargados de admiración y devoción.
—¿Hasta el fondo? —pregunta en un tono tan bajo que casi no puedo oírlo con el leve susurro de
las olas.
Asiento y levanto las caderas con silenciosa impaciencia. Mi plan de seducción funciona. Inspira
profunda e irregularmente y se apresura a levantarme cuando nos baña otra ola. Grito al sentir de
nuevo el frío pero, sobre todo, al sentir su penetración completa. Me sostiene contra sí mientras el
agua se filtra, con mi mejilla pegada a su garganta, y después me deposita de nuevo sobre la arena.
Apoyo las manos en sus hombros como de costumbre y él coloca los antebrazos a ambos lados de mi
cabeza. Y nos quedamos mirándonos. Esta sensación de por sí es más que placentera. Me está
inundando por completo, y siento cómo su miembro palpita en mi interior. Contraigo los músculos a
su alrededor, aunque ninguno de nosotros tiene prisa. Hace frío, estamos mojados, pero absolutamente
felices. No existe nada más.
—¿Quieres que me mueva? —Hace descender su boca hasta la mía—. Dime qué es lo que
quieres, nena.
—A ti. Sea como sea.
—Pues será con un amor incontrolable hacia ti. ¿Te parece bien?
Me parece perfecto. En lugar de responderle lo beso, pero él se aparta con los ojos cargados de
deseo y espera una respuesta verbal.
—Me parece perfecto —digo con un suspiro silencioso sintiendo que probablemente acabo de
autorizar que se vuelva dominante. No obstante, es verdad, me parece perfecto.
—Me alegro. —Menea las caderas hacia arriba dejándome sin aliento y tensando los músculos
del cuello—. Siento tanto placer estando contigo que no sé cómo he podido sobrevivir sin esto.
Existía, Paula. Pero no vivía. —Se retira poco a poco y vuelve a hundirse en mí sin prisa. Pega los
labios a mi boca y atrapa mi pequeño grito, mezcla de placer y de frío, cuando otra ola vuelve a
sorprenderme—. Ahora estoy vivo. Y es sólo por ti.
—Lo entiendo —digo pegada a su boca anticipándome a su siguiente pregunta—. Entiendo lo que
quieres decir.
—Bien. Necesito que lo hagas. —Sale y vuelve a entrar, y ambos suspiramos y tensamos nuestros
cuerpos—. Me encanta nuestra normalidad.
Sonrío y me retuerzo debajo de él con otra de sus embestidas. Nuestra normalidad. A mí también
me encanta. Nuestra normalidad consiste en que Pedro me ame de una manera tan violenta que me
vuelva loca. Que yo le devuelva ese amor. Y que lo acepte en todos sus estados dominantes. Lo tengo
asumido.
Ni siquiera siento ya el frío del mar cuando me moja. El deseo corre por mis venas calentando mi
piel. Me aferro a cada embestida con todos los músculos de mi cuerpo, igualando su pasión con la
mía, besándolo, sintiéndolo, tirándole del pelo y gimiendo. Mueve las caderas hacia adelante y hacia
atrás con tanta precisión y a un ritmo tan regular que cada penetración me acerca más y más al clímax.
La suavidad de su lengua, que explora cada rincón de mi boca, y la aterciopelada dureza de su polla
deslizándose en mi interior me han sumido en un absoluto éxtasis, como lo hacen siempre.
Le muestro mi desazón cuando interrumpe nuestro contacto bucal, pero hace caso omiso. Se
aparta para observarme mientras mantiene el ritmo.
—Necesito verte —jadea—. Necesito ver cómo arden tus ojos cuando te corras para mí.
—Pedro... —Estoy jadeando. No tendrá que esperar mucho. Me está rozando en el punto correcto,
demostrando una vez más su maestría sexual conmigo. Sé que me reprenderá si cierro los ojos, de
modo que resisto la tentación de inclinar la cabeza hacia atrás y de cerrarlos con fuerza. Es difícil no
hacerlo con lo que me está haciendo.
Eleva la parte superior de su cuerpo y se apoya sobre los puños.
—Está cerca —observa en voz baja—. Contrólalo, Paula. No me obligues a parar.
Acelera el ritmo sin apartar los ojos de los míos.
—No pares, por favor.
Deslizo las manos hasta su trasero y me aferro a él con fuerza apretándolo contra mí.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
Empieza a menearse en círculos hundido en mí, poniéndomelo así más difícil. Contengo un grito
y me empeño con todas mis fuerzas en retrasar lo inevitable hasta que él esté preparado. Para ello
necesito inspirar hondo y de manera controlada, de modo que trago saliva e inicio una secuencia de
ejercicios para regular mi respiración. Sabe lo que me está costando. Y sé que lo sabe por la leve
sonrisa que se dibuja en sus labios mientras me mira y porque está intensificando sus arremetidas. Sus
bíceps empiezan a hincharse también, lo que significa que está moviendo los puños en la arena para
controlar mejor sus movimientos y seguir atormentándome con su tortuosa manera de hacerme el
amor. Y, joder, lo está consiguiendo. Cada estocada es más y más placentera.
Estoy tumbada debajo de él, absorbiendo sus atenciones, mordiéndome el labio y muriéndome de
ganas de dejarme llevar. A través de mi salvaje sensualidad, busco alguna señal de que a él también le
falte poco, y empiezo a desesperarme al no ver ninguna, pero entonces sus ojos verdes desaparecen
tras sus párpados por un breve instante y sus caderas dan una sacudida. Está cerca. Temiendo que
pueda detenerse para recuperarse, enrosco las piernas alrededor de su cintura y uso todos mis
músculos para hundirlo en mí. Es su perdición. Empieza a sisear, da otra sacudida y yo grito de deleite
y lo agarro de los antebrazos con fuerza.
—¡JODER! —Echa la cabeza atrás y su ritmo empieza a acelerarse con penetraciones más
intensas. Aprovecho el momento en que ha apartado la mirada de mí para cerrar los ojos. También
contengo la respiración—. ¡Abre los ojos! —La oscuridad dura poco. Abro los párpados de nuevo y
me encuentro con su rostro húmedo cargado de frustración por no poder controlarlo—. Joder, señorita
—jadea—. ¿Quieres correrte?
—¡Sí!
—Ya lo sé. —Empieza a percutirme, gritando explícitamente una y otra vez, y entonces me ladra
—: Córrete.
Mi cuerpo libera la tensión y empieza a sacudirse con violentos espasmos y a palpitar con los
persistentes e incesantes estallidos de placer. Estoy ardiendo. Su semen me inunda y él se detiene,
gimiendo y gruñendo.
Su respiración es agitada, al igual que la mía. Sigue apoyado sobre los brazos y está sudando
abundantemente mientras yo muevo la cabeza de un lado a otro, casi desorientada por la intensidad de
mi orgasmo.
—Has hecho que pierda el control, Paula —resopla enfurruñado—. Maldita sea, me vuelves
completamente loco.
Dejo caer los brazos por encima de mi cabeza sobre la arena mojada y noto al instante que hay
otro charco de agua. Mi cuerpo no lo nota. Sigo caliente.
—No les harás daño —insisto, jadeando.
Sacude la cabeza como si él también estuviera desorientado. Abandona mi cuerpo, se deja caer
sobre los antebrazos y toma mi pezón entre sus labios. Apenas siento el calor de su boca sobre mi piel.
—Me encanta que hagas eso —suspiro, y cierro por fin los ojos durante un tiempo
razonablemente largo mientras se alimenta de mis pechos—. Sigue haciéndolo.
—Sabes tan bien... —murmura, y ataca el área donde sé que tengo la marca y chupa con fuerza.
Dejo que haga lo que quiera mientras me concentro en estabilizar mi respiración y el ritmo de
mis latidos, pero sigo ardiendo.
—Llévame al agua —jadeo—. Necesito refrescarme.
Él sacude la cabeza, me suelta la teta y me mira.
—De eso, nada, señorita —responde, y vuelve a centrarse en mi pecho sin dar más explicaciones.
—¿Por qué? —insisto.
Me besa los dos pezones y acerca la cara a la mía. Sus ojos brillan con expresión traviesa.
—Podrían congelarse los bebés.
No me río, pero sonrío.
—¡No es verdad!
Me aparta el pelo de la cara y sus manos reptan por mis brazos hasta que sus dedos se entrelazan
con los míos por encima de mi cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
Elevo la cabeza para besarlo. Qué loco está. Es encantador.
—Aunque eso fuera verdad, que no lo es, ahora mismo mi temperatura corporal se sale de lo
habitual, así que probablemente tus bebés se estén cociendo mientras hablamos.
Lanza un grito ahogado en una dramática exhibición de pánico, se levanta y tira de mí para
ponerme en pie.
—Joder, señorita. Tenemos que refrescarte. —Me carga sobre sus hombros y me da una palmada
en el culo.
—¡Ah! —grito riéndome, encantada con su actitud juguetona—. Entra despacio para que me
acostumbre a la temperatura.
—De eso, nada —se apresura a contestar haciéndome temer lo peor—. No tenemos tiempo para
andarnos con tonterías. Corremos el riesgo de tener un par de bebés demasiado hechos.
Me agarra de las caderas obligándome a lanzar un grito y a retorcerme, pero me sujeta con
fuerza. Me sostiene en el aire, con sus enormes palmas en mis caderas. Le apoyo las manos en los
hombros y miro hacia abajo. Está intentando permanecer serio. Yo sonrío tanto que me duelen las
mejillas.
—Hola, preciosa mía.
—Hola.
Empiezo a prepararme. Sé lo que va a pasar, o espero saberlo.
Pierde la batalla y me pone los pelos de punta con su sonrisa, flexiona los brazos y desciende para
darme un fuerte beso en los labios.
—Adiós, preciosa mía.
Sus poderosos brazos se tensan al instante y me lanza al agua oscura. Suelto un grito al tiempo
que agito los brazos y las piernas a lo loco, muerta de risa. Caigo al agua aún chillando, pero por poco
tiempo, ya que me sumerjo en ella. Los sonidos amortiguados de frenética actividad en el mar que me
rodea no se deben sólo a mis movimientos, de modo que pataleo con urgencia y subo a la superficie.
Emerjo, tomo aire y giro en redondo, buscándolo. No está por ningún lado y, aparte de mis irregulares
inhalaciones, sólo hay silencio. Me quedo lo más quieta que puedo, agitando las piernas lo justo para
mantenerme a flote. Maldita sea, ¿dónde se ha metido? Unas silenciosas ondas de agua se forman
desde mi posición, y no estoy segura de si soy yo quien las causa o si es algo procedente de las
profundidades, algo alto, musculoso y maravilloso; algo que es capaz de contener la respiración
durante un tiempo tremendamente largo. No sé por qué, pero yo también aguanto la respiración,
planeando en silencio mi próximo movimiento. ¿Me quedo quieta y en silencio o nado a toda prisa
hasta la orilla?
Nadar, quedarme, nadar, quedarme.
Libero el aire almacenado en mis pulmones.
—Mierda, mierda, mierda.
Estoy dividida, mi corazón galopa mientras me enfrento a mi indecisión, pero entonces oigo
cómo el agua salpica detrás de mí y, sin esperar instrucciones, mis piernas entran en acción. Nado
como si mi vida dependiera de ello, como si un tiburón me estuviera persiguiendo. Y también chillo
como una niña.
—¡Mierda! —grito, atravesando el aire nocturno con mi boca sucia cuando me agarra del tobillo
y me hunde en el agua.
Me transformo en un amasijo salvaje de brazos y piernas. Probablemente lo esté golpeando, pero
no puedo controlarlo. Además, le está bien empleado. La sorpresa inicial acaba de transformarse en
una ligera ira, y me encuentro forcejeando con las manos que me atrapan. La sal me escuece en los
ojos cada vez que intento abrirlos, y mis pulmones están a punto de estallar... y ahora de repente tengo
su cabeza entre las piernas.
Emerjo a la superficie e inmediatamente libero el aire de mis pulmones con un grito de furia.
—¡Pedro! —Estoy sentada sobre sus hombros mientras nos dirige a la orilla cogiéndome de los
gemelos.
—¿Qué pasa, nena? —Él ni siquiera jadea.
—¿De qué vas? —Empiezo a golpearle la cabeza unas cuantas veces hasta que finalmente lo
agarro de la barbilla y le levanto la cara—. Déjame verte —le ordeno con agresividad.
Se echa a reír.
—Hola.
—Eres un peligro.
Se desplaza por el agua sin el menor esfuerzo, como si fuera alguna especie de criatura de otro
mundo.
—Me amas —dice seguro de sí mismo.
Me agacho pero no llego hasta él.
—Quiero darte un beso —lloriqueo.
—Lo sé. —Con una serie de movimientos firmes y bien coordinados, me baja de sus hombros y
me coge en brazos en cuestión de milésimas de segundo—. Y ahora ya puedes.
Mi sonrisa parece haberse quedado fija en mi cara, y el brillo de sus ojos no muestra señales de
disiparse. Estamos tan felices. Me encanta este Pedro relajado, lujurioso y travieso. El séptimo cielo de
Pedro es maravilloso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario