sábado, 3 de mayo de 2014

Capitulo 218 ♥

Después de dar vueltas y más vueltas por el aparcamiento, en busca de un hueco, entro en la
oficina media hora tarde. Todavía estoy algo sudorosa, sin aliento, y mi frustración salta a la vista,
sobre todo cuando lanzo mi bolso por encima de la mesa y se lleva por delante el bote de los lápices.
El estrépito llama la atención de todos mis compañeros, que se asoman desde la cocina para ver a qué
viene tanto follón.
—¿Ya te encuentras mejor? —pregunta Tom. Su cara aniñada de gay cotilla examina mi cuerpo
sudoroso.
—¡Sí! —bramo tirando el bolso al suelo y dejándome caer en mi silla.
Respiro hondo un par de veces para calmarme y hago girar la silla en dirección a la cocina, donde
encuentro tres pares de cejas enarcadas.
—¿Qué?
—Estás horrible —dice Victoria—. Deberías haberte quedado en casa.
—¿Te traigo un café del Starbucks? —me ofrece la dulce Sally.
Suavizo el gesto de mala leche al ver las caras que me ponen. Han pasado de curiosos a
preocupados. Se me había olvidado que, teóricamente, ayer estuve enferma.
—Gracias, Sal, sería un detalle.
Se acerca a su mesa y coge algo de dinero de la caja para gastos menores.
—¿Alguien más quiere algo?
Tom y Victoria le gritan sus pedidos, y Sal apenas se queda el tiempo justo para tomar nota,
seguramente para escapar de mi humor de perros. Enciendo el ordenador y abro el correo electrónico.
Tom y Victoria están de pie al otro lado de mi mesa en un abrir y cerrar de ojos.
—Tienes muy mal color —apunta Tom haciendo girar un bolígrafo en el aire. Lleva una camisa
azul turquesa y una corbata amarilla, y me duele la vista de verlo.
—Estás muy pálida, Paula. ¿Seguro que estás bien? —Victoria parece estar mucho más preocupada
que Tom, que sólo parece sentir una curiosidad compulsiva.
Reviso mis mensajes, borro toda la publicidad y los correos basura.
—Estoy bien. ¿Dónde está Patrick? —Ahora que me he calmado un poco caigo en la cuenta de
que mi jefe no ha venido a investigar el ruido.
—Reuniones personales —entonan al unísono.
Los miro con el ceño fruncido.
—¿No tuvo ayer una de ésas?
—Vendrá mañana —me dice Tom—. ¿Crees que por fin se va a divorciar de Irene?
Me echo a reír.
—¡No!
Puede que Irene saque a Patrick de sus casillas, pero él la quiere con toda el alma.
—Anda, no se me había ocurrido. —Victoria abre los ojos azules a más no poder—. ¿Visteis lo
que se puso para tu boda?
—¡Sí! —aúlla Tom—. ¡Qué crimen!
Victoria se echa a reír y vuelve a su mesa, y yo miro a Tom. El pobre alucina en colores. Mi
amigo gay no está en posición de juzgar el vestuario de nadie.
—¿Qué? —pregunta mirándose el estridente torso—. ¿A que es fabuloso?
—Flipante. —Me río y vuelvo a mi pantalla de ordenador.
Tom se aleja en dirección a su mesa haciendo el pavo.
La puerta de la oficina se abre entonces y entra una mujer con una cesta en el brazo.
—¿Paula Alfonso? —Mira a Tom, que señala con el dedo en dirección a mi despacho.
—Hola —saludo cuando llega a mi escritorio y deposita la cesta sobre él—. ¿En qué puedo
ayudarla?
No me suena de nada.
Saca una servilleta de cuadros de la cesta.
—Su desayuno —sonríe al tiempo que me entrega una bolsa de papel y una taza de café—. Mi
café no le parecía lo bastante bueno, así que me ha hecho recoger uno en Starbucks. Un capuchino
doble, sin chocolate y sin azúcar —dice, aunque no parece en absoluto impresionada—. Que lo
disfrute.
Da media vuelta y se va.
Suspiro y dejo a un lado la bolsa de papel. No tengo hambre, pero me muero por un café. Doy un
sorbo y hago una mueca. Está muy amargo.
—Puaj.
—¿Todo bien? —pregunta Tom con el ceño fruncido desde el otro lado de la oficina.
—Sí. —Me levanto, voy a la cocina, le quito la tapa a la taza de café y le añado azúcar. Lo
remuevo y lo pruebo. Gimo de dulce satisfacción.
—¡Café para Paula! —Sal entra en la cocina con un café de Starbucks en la mano—. ¡Uy!
Pone cara de no entender nada cuando me ve sorbiendo el líquido dulce y caliente.
Suspiro de felicidad.
—A domicilio. Cortesía de mi marido.
Se derrite.
—¡Qué dulce!
—Para nada. Pero ya le he echado azúcar.
Dejo a Sally perpleja, vuelvo a mi mesa, busco en mi bolso y el móvil suena al recibir un mensaje
de texto.
"¿Estás desayunando?"
Bebo otro sorbo de café y le respondo.
"Ñam, ñam..."
No le doy las gracias porque en realidad no siento ninguna gratitud. Tengo náuseas, pero el café
dulce es una delicia. Ni siquiera he dejado el móvil en la mesa cuando recibo otro mensaje.
Me alegro de que nuestro matrimonio se base en la sinceridad.
Levanto la vista instintivamente y lo veo delante de mí con un ramo de calas en la mano y una
expresión de enojo en la cara. No puedo evitar respirar de alivio al sentarme. Se acerca, saluda con una
inclinación de la cabeza a Tom y a Victoria, sienta su cuerpo alto y musculoso en una de las sillas que
hay al otro lado de mi mesa y deja las flores delante de mí.
—Come —me ordena señalando la bolsa de papel marrón que he dejado a un lado.
—No tengo hambre, Pedro —protesto, pero no tengo energía suficiente para contraatacar o
ponerme borde.
Se inclina hacia adelante y me mira, preocupado.
—Nena, estás blanca como el papel.
—Me encuentro mal —confieso. Las náuseas matutinas por fin aparecen a su hora. No tiene
sentido que finja encontrarme bien cuando me encuentro fatal, y se me nota.
Se levanta y se queda de pie detrás de mi silla. Me toca la frente con la mano y me susurra al
oído:
—Estás caliente.
—Lo sé —suspiro acercándole la mejilla a los labios. Cierro los ojos sin que mi cerebro lo
ordene. ¿Cómo es posible que esté tan cansada?—. Espero que te sientas culpable.
Es todo culpa suya, y siento lástima de mí misma.
Me suelta y gira la silla para verme la cara. Se pone en cuclillas delante de mí y me coge las
manos.—
Deja que te lleve a casa —pide. Su rostro suplicante me dice que sabe que me voy a negar.
—Paso.
—A veces eres imposible. —Me acaricia la mejilla—. El embarazo te está volviendo aún más
desobediente.
Me obligo a sonreír.
—Me gusta ponerte en tu sitio.
—Lo que te gusta es volverme loco.
—Sí, eso también.
Suspira y me besa en la boca.
—Come algo, por favor. —Es un ruego, no una orden—. Te encontrarás mejor.
—Vale.
Estoy dispuesta a probar porque, aunque la sola idea de comer me da arcadas, no puedo
encontrarme peor.
Mi obediencia lo sorprende.
—Buena chica.
Hace girar de nuevo la silla y me coloca frente a mi mesa. Me da la bolsa de papel marrón y,
cuando la abro, el olor a beicon me provoca una arcada.
—No sé si podré.
Cierro la bolsa de golpe pero me la quita de las manos, saca el bagel y lo deja encima de una
servilleta. Le doy un pellizco con cuidado y me lo llevo a la boca. Siento el irrefrenable deseo de
correr al servicio y meterme los dedos en la garganta. Luego trago. No vomito.
—¿Puedo comerme sólo el pan?
Me sonríe.
—Sí. ¿Ves lo feliz que me haces cuando me obedeces?
Lo ignoro y me meto el pan en la boca. Se me hace más fácil a medida que mastico, no se me
revuelve tanto el estómago. Se queda de pie, mirándome, hasta que me he comido casi todo el
desayuno. Me dejo el beicon y algunas migas de pan.
—¿Contento? —pregunto. Yo lo estoy. Me encuentro mejor.
—Te ha vuelto el color a las mejillas. Sí, estoy contento.
Recoge los restos del desayuno, los tira a la papelera y se agacha hasta que estamos nariz con
nariz.—
Gracias —sonríe, y le devuelvo la sonrisa—. Mi misión aquí ha terminado —dice, y me da un
beso en los labios—. Ahora voy a dejar que mi mujer trabaje en paz.
Me río, burlona.
—Eres incapaz.
Se aparta y me sonríe con picardía.
—Es posible que me pase a verla una o dos veces luego.
Doy un respingo.
—¡Ni se te ocurra!
—No puedo prometerte algo que no voy a cumplir. ¿Está Patrick?
La pregunta me recuerda que todavía no he hablado con mi jefe sobre Mikael.
—No. Estará reunido todo el día.
Se pone derecho y comprueba si me estoy retorciendo el pelo. No lo hago porque es verdad que
Patrick está reunido.
—Me has hecho llegar tarde —dice mirando su Rolex.
—Lo haces muy bien tú solito —replico. Luego lo echo de mi despacho con un gesto, cojo mis
flores y las pongo en agua.
Levanta las manos y echa a andar hacia atrás.
—¿Te encuentras mejor?
—Mucho mejor. Gracias. —Ahora le estoy muy agradecida.
Me bendice con su sonrisa, la que está reservada sólo para mí, me guiña un ojo, me lanza un beso
y se va dejándome con una expresión de felicidad en los labios. Sal y Victoria le sonríen con
adoración y Tom babea al ver la espalda de mi señor.
Todavía los impresiona.
Consigo llegar al final de mi jornada laboral sin vomitar el desayuno. Me encuentro mucho
mejor.Pedro me ha mandado cinco mensajes de texto, y en los cinco me preguntaba si me encontraba
bien. Le he respondido lo mismo a todos: mejor.
En el último mensaje, sin embargo, me ha preguntado otra cosa:
"Aún estoy en La Mansión. ¿Vienes? Comeremos filete."
Eso último me convence.
"Voy para allá. Bss."
Recojo mis cosas, me despido de mis compañeros y en la puerta me encuentro con una mujer que
lleva un ramo de flores.
—¿Paula Chaves? —pregunta.
No es la florista de siempre, y me ha llamado por mi nombre de soltera. Pedro nunca lo haría y,
además, hoy ya me ha enviado flores.
—Soy yo —digo, recelosa.
Las flores no son calas y no están precisamente recién cortadas. De hecho, están muertas. Me las
entrega y me planta la carpeta en las narices. ¿Quiere que firme por unas flores muertas? Me las apaño
para hacerle un garabato pese a que tengo los brazos ocupados con el ramo.
—Gracias —dice tan tranquila antes de dar media vuelta.
Miro las flores, algo perpleja.
—¡Están muertas! —le grito mientras se va.
—Lo sé —contesta sin inmutarse.
—¿Te parece bien entregar flores muertas?
Se vuelve y se ríe.
—Me han hecho encargos más raros.
Parpadeo. «¿Como qué?» Sigue andando sin darme más explicaciones, así que busco la tarjeta y
la saco como puedo del diminuto sobre.

"DICE QUE TE NECESITA. NO ES VERDAD.
CREES QUE LO CONOCES. NO ES VERDAD.
ALÉJATE DE ÉL."

Se me para el corazón y de repente me viene un nombre a la cabeza.

Coral.


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