miércoles, 14 de mayo de 2014

Capitulo 240 ♥

—¿Dan? —pregunto con tiento mirando la espalda de mi hermano. Está sentado frente a Pedro, a su
mesa, y se vuelve al oír su nombre—. ¿Qué haces aquí?
Las consecuencias astronómicas que podría acarrear su visita me sacuden con fuerza.
—Hola, guapa. —Se levanta todo sonriente y se acerca a mí para darme un abrazo—.
Enhorabuena.
—Podrías dejar que se lo contara yo a alguien —gruño dirigiéndole a Pedro una mirada de
reproche por encima del hombro de mi hermano.
Él se encoge de hombros, me pone morritos, me lanza un silencioso «te quiero» y se tira de la
chaqueta y de la camisa como para recordarme que lleva puesto lo que yo le había pedido, así que
debería ser buena con él.
—¿Qué haces aquí? —repito, e inclino la cabeza en dirección a Pedro, pero él se encoge de
hombros otra vez y no dice nada. Qué novedad.
—He venido a hacer las paces. —Dan me suelta y se pasa la mano por su melena oscura—. No
quería volver a casa sin haber solucionado antes esto.
—¡Vaya! —Miro a Pedro, pero, joder, vuelve a encogerse de hombros—. Entonces ¿ya sois
amigos?
—Algo así. Pero bueno, tengo que irme ya. He quedado con Harvey al otro lado de la ciudad. —
Se vuelve hacia Pedro—. Gracias.
—De nada. —Mi marido asiente y no se molesta en ser educado y levantarse para despedir a Dan.
Eso y las despreocupadas encogidas de hombros hacen que desconfíe.
—¿Cuándo regresas a casa? —pregunto cuando se vuelve hacia mí otra vez.
—No lo sé. Depende de los vuelos. Ya te llamaré, ¿vale? —Me da un beso en la mejilla y se
dirige a la puerta, donde se topa con el grandullón.
John me mira sacudiendo la cabeza y acompaña a mi hermano hasta la salida. ¿Para qué habrá
venido? Dirijo mis sospechas hacia Pedro, y sé que intuye lo que estoy pensando, porque se niega a
mirarme a los ojos.
—¿De qué iba todo esto?
—¿El qué?
Me acerco al sofá y suelto el bolso antes de ocupar el asiento que acaba de dejar libre mi
hermano.
—Mírame —ordeno. La palabra funciona y levanta la vista, pero no porque quiera obedecerme,
sino porque siempre se sorprende al escucharla de mi boca. Me da igual. Puede mirarme todo lo
sorprendido que quiera—. ¿Qué hacía Dan aquí?
Se pone de pie y coge el teléfono de encima de su mesa.
—Ha venido a disculparse.
Me río en su cara. Dan jamás se disculparía, no con Pedro. Lo conozco desde que nací y sé que es
demasiado orgulloso como para hacerlo, y más ante un hombre como él. Dan se siente inferior, como
la mayoría de los hombres. Sin embargo, el hecho de que sea mi hermano no hace desaparecer la
batalla de testosterona que hay entre ellos.
—No te creo.
—Eso me entristece, nena. —Compone un gesto solemne, lo que no hace sino acrecentar mis
sospechas—. Bueno, cuéntame. ¿Qué ha dicho Patrick?
Mi expresión de recelo se transforma en culpabilidad, y son mis ojos los que evitan los suyos
ahora.—
No se lo has dicho, ¿verdad? —pregunta con tintes de ira en su tono de voz—. ¿Paula?
—No ha venido a la oficina —me apresuro a contestar—. Pero vendrá mañana, así que hablaré
con él entonces.
—Demasiado tarde, señorita. Has tenido tu oportunidad. Muchas oportunidades.
—Eso no es justo —protesto—. Le he dicho a Mikael que no voy a seguir trabajando con él, así
que no puedes decir que no he intentado solucionar esto. —Sé inmediatamente que he cometido un
grave error cuando veo que sus hombros se tensan y que se le salen los ojos verdes de las órbitas.
—¿Que has hecho qué?
—No creo que él me drogara, Pedro. Quiere estar conmigo, ¿por qué iba a hacerme daño? —Será
mejor que me calle. Mis palabras acaban de dejarlo boquiabierto.
—¿Para qué coño hablas con él? —Golpea la mesa con el puño como un gorila de espalda
plateada a punto de atacar. Me hundo en la silla.
—Mikael sabe que has... —empiezo a golpetearme un incisivo con la uña— entretenido a otras
mujeres mientras estábamos juntos. —Aguanto la respiración, consciente de que estoy alimentando su
ira.
—Quedamos en que no volveríamos a hablar de eso —dice con los dientes apretados y la
mandíbula tan tensa que está a punto de partirse.
—Es difícil no hacerlo cuando todo el mundo insiste en recordármelo. —Me inclino hacia
adelante con un repentino impulso de valentía. No pienso dejar que haga que me sienta como una
pesada por esto—. ¿Cómo lo sabe? —Doy con la respuesta antes de que pueda negar que lo sabe. Ver
que se muerde el labio y algunas cosas más, sobre todo la comprensión mental, me llevan rápidamente
a una conclusión—. La ex mujer de Mikael. Era una de ellas, ¿verdad? —pregunto. Cierra los ojos. Me
pongo de pie y me inclino sobre la mesa con la misma expresión amenazadora que él. No hace falta
que me responda—. Dijiste meses. Dijiste que hacía meses que no habías estado con ella, que no
entendías por qué no paraba de rondarte de repente. Te has acostado con ella más de una vez, ¿verdad?
—No quería que te enfadaras. —Sigue con su actitud hostil. Es un evidente mecanismo de
defensa.
—Y dime. ¿Las llamabas y hacías que hiciesen cola en tu puerta?
—No, cuando se enteran de que he bebido acuden como las moscas a la mierda.
—Te odio.
—No, no me odias.
—Sí, te odio.
—No me partas el corazón, Paula. ¿Qué importa quién fuera?
—No, lo que importa es que me mentiste.
—Te estaba protegiendo.
—Lo más gracioso de todo es que cada vez que lo haces acabas haciéndome daño.
—Lo sé.
—¿Y has aprendido la lección?
—Todos los putos días. —Me agarra de la mandíbula con violencia pero con cuidado—. Lo
siento.—
Bien. —Asiento con firmeza sobre su mano y de repente me doy cuenta de que nuestros rostros
se están tocando y que ambos estamos inclinados sobre la mesa, mirándonos con una mezcla de furia y
de absoluto deseo—. ¿Cómo hemos llegado a esto? —digo en voz alta cuando sólo pretendía pensarlo.
—Porque, preciosa mía, estamos hechos para estar juntos. Contacto constante. Bésame.
—Ya he aceptado que seas un capullo, así que no hace falta que intentes doblegarme a través de
tu tacto. —Aunque lo haré.
—Te he echado de menos, nena.
Me subo a su mesa y me acerco de rodillas centímetro a centímetro hasta que lo envuelvo con el
cuerpo y con los labios. Yo también lo he echado de menos, como una loca. Ha sido mi primer día
después de volver del Paraíso y me encuentro totalmente desubicada. Llevo toda la jornada con
síndrome de abstinencia por Pedro, y ahora me preparo para soltar mi siguiente bomba.
—Ojalá fueses puro y virginal —musito, recorriendo con los labios cada milímetro de su rostro.
De todas las cosas que deseo, ésta es la que más: que no hubiera habido nadie antes que yo, o
mientras estaba conmigo.
Lo he perdonado, de verdad que sí, pero me cuesta olvidar.
—Lo soy. —Se deja caer en su silla de piel y tira de mí hasta que cedo y dejo que me siente sobre
su regazo—. La parte más importante de mi ser está sin tocar. —Me coge la mano y hace girar mis
anillos durante unos momentos de reflexión. Después me abre la palma y la coloca sobre su pecho—.
O al menos lo estaba hasta que has entrado en la oficina. Ahora no para de dar brincos y está a punto
de estallar de absoluto amor por ti.
Sonrío.
—Me gusta sentir cómo late. —Le abro la chaqueta y apoyo la oreja en su camisa. —Y me gusta
oírlo también. —Es una de las sensaciones más reconfortantes del mundo.
Me envuelve con sus brazos y me acerca más a su cuerpo.
—¿Cómo ha ido el día?
—Fatal. Quiero ir al Paraíso.
Se ríe y me besa la parte superior de la cabeza.
—Yo estoy en el paraíso siempre que estoy contigo. No necesito una villa.
—Allí estabas más relajado. —Las cosas, como son. Sé que estar de vuelta en Londres hará que
mi neurótico controlador vuelva poco a poco a aflorar.
—Ahora estoy relajado.
—Sí, porque estoy sentada en tu regazo y me estás cubriendo con el cuerpo —respondo con
sarcasmo, y me gano un pequeño pellizco en el hueco sobre la cadera. Me río y me vuelvo sobre sus
piernas de cara al escritorio—. ¿Qué tal tu día?
Desliza las manos alrededor de mi vientre, apoya la barbilla en mi hombro e inhala
profundamente en mi cabello. Refunfuña y hace un gesto de desdén con la mano.
—Largo. ¿Cómo están mis cacahuetes?
—Bien. —De repente me fijo en su cuaderno de notas—. ¿Qué hace el nombre de mi hermano
escrito ahí? —Estiro la mano para cogerlo, pero soy demasiado lenta. Al instante desaparece de mi
vista y lo mete en el primer cajón de su mesa. Retiro la mano sobresaltada por su súbito movimiento
—. ¿Daniel Chaves? —Arrugo la frente convencida de que he visto números escritos en ese
papel, y no era un número de teléfono—. ¿Para qué has anotado el número de cuenta de Dan?
—No lo he hecho —dice desviando rápidamente mi pregunta, muy tenso. Maldita sea, no ha
aprendido nada en absoluto.
Me aparto de su regazo y me siento a su lado, castigándolo con una mirada a la altura de su
fulminante «no tientes la suerte».
—Tienes tres segundos, Alfonso.
Sus labios forman una línea recta de fastidio.
—La cuenta atrás es mi arma —protesta puerilmente.
—Tres. —Incluso he levantado los dedos para darle más énfasis. Soy tan mala como él—. Dos.
—Recojo un dedo, pero no llego hasta cero porque de repente tengo un momento de clara lucidez—.
¡Vas a darle dinero!
—No. —Sacude la cabeza de la manera menos persuasiva posible y cambia los pies de posición
mientras permanece sentado. Está empezando a mentir tan mal como yo, afortunadamente.
—Tú también mientes fatal, Alfonso. —Doy media vuelta y echo a correr, principalmente para
alcanzar a mi hermano antes de que se marche, pero también para escapar de Pedro antes de que él me
alcance a mí.
—¡Paula!
Hago caso omiso de su amenazador grito y, como de costumbre, empiezo a correr a toda
velocidad cuando llego al salón de verano. Sé que me sigue, y no sólo porque puedo oír sus fuertes
pasos, que resuenan detrás de mí. Paso las cocinas, el bar y el restaurante y derrapo cuando me
encuentro a Dan de pie junto a la inmensa mesa redonda del vestíbulo. No está haciendo nada ni
hablando con nadie. John también está aquí, y sé por qué. Es la misma razón por la que John me
acompañaba a todas partes al principio. Observo con aprensión cómo Dan mira a su alrededor y John
intenta acompañarlo a la salida, pero él no se mueve, ni siquiera ante el grandullón.
El pecho de Pedro me golpea la espalda. Me coge y me hace girar en sus brazos. Está enfadado.
—¡Joder, mujer! ¡Vas a provocarles daños cerebrales a los niños! ¡Nada de correr!
Si no estuviera tan preocupada por la ubicación y el comportamiento de mi hermano, me reiría en
la cara del idiota que me sostiene con fuerza en sus brazos.
—¡Suéltame! —Forcejeo para liberarme y, al volverme, veo que Dan nos observa con el ceño
fruncido. John está exasperado.
Mi hermano echa un vistazo alrededor del vestíbulo de nuevo y posa su mirada inquisitiva en
Pedro.
Si esto es un hotel, ¿dónde está la recepción?
—¿Qué? —dice Pedro con tono impaciente, casi a la defensiva, y yo deseo que no lo esté. Es un
callejón sin salida, y rezo a todos los santos para que se le ocurra alguna explicación rápida.
—¿Dónde recogen tus invitados las llaves de sus habitaciones y los panfletos sobre las
atracciones locales? Siempre suele haber uno de esos mostradores para que la gente sepa qué sitios
puede visitar. —Mira a John—. ¿Y por qué me escolta este gorila a todas partes?
Me entra el pánico, Pedro se pone tenso y John gruñe. Mi hermano es bastante más espabilado que
yo. Ni siquiera me planteé todas esas cosas, menos lo de John. Pienso desesperadamente en alguna
excusa que darle, pero no se me ocurre nada. Me ha (o nos ha) pillado totalmente desprevenidos.
Entonces oigo una voz, y es la única voz en el mundo que desearía no estar oyendo en estos
momentos: la de Kate.
Me desmorono literalmente, y siento cómo Pedro me apoya la mano en las lumbares. ¿Por qué no
dice nada? Veo y oigo espantada cómo Kate y Sam bajan por la escalera, riendo, manoseándose y con
cara de estar totalmente excitados. Esto es un desastre. No puedo evitar propinarle a Pedro un codazo
en las costillas para exigirle de manera silenciosa que diga algo. Por favor, que diga algo, joder.
Kate y Sam ni siquiera se percatan del silencio que los espera al pie de la escalera mientras se
toquetean y se besuquean diciendo cosas inapropiadas, incluida en algún momento la palabra
«consolador». Quiero morirme, y nadie ha dicho nada todavía, excepto la cachonda de mi mejor amiga
y su alegre novio, aunque ellos no se han dado cuenta de nada... aún. No tardarán, y no parece que vaya
a ser Pedro quien hable. Sigue callado detrás de mí, probablemente igual de devastado. Estoy en el
limbo. Es lo más cerca que he estado de ver un accidente de tren a cámara lenta. Dan y La Mansión;
Dan y Kate; Dan y Sam; Dan y Pedro. Esto no puede acabar bien.
—¡Ay! —El alegre chillido de Kate resuena por todo el vestíbulo, seguido del gruñido sexual de
Sam. Entonces ambos llegan al pie de la escalera transformados en una masa de brazos entrelazados y
besos frenéticos, devorándose vivos. Deberían haberse quedado en la suite, porque es evidente que
todavía no han acabado—. ¡Sam! —ríe ella, y se deja caer sobre su brazo.
Entonces me ve, y su cara se ilumina más todavía, hasta que advierte la presencia de mi hermano.
Deja de reírse. De hecho, parece que está a punto de darle un ataque. Empieza a revolverse y aparta al
contrariado Sam. Se arregla su melena roja y revuelta con la mano y se coloca bien la ropa, pero no
dice nada. Sam también guarda silencio y repasa con la vista a los mudos espectadores.
Es Dan quien rompe el silencio.
—Conque un hotel, ¿eh? —Atraviesa a Kate y a Sam con la mirada a intervalos regulares varias
veces y después vuelve sus ojos inquisitivos hacia Pedro—. ¿Sueles dejar que tus amigos se comporten
de esta manera en tu establecimiento?
—Dan... —Doy un paso hacia adelante pero no llego muy lejos.Pedro se coloca delante de mí.
—Creo que deberías volver a mi despacho, Dan —dice con una voz y un lenguaje corporal
intimidantes.
—No, gracias. —Mi hermano casi se echa a reír, con la vista fija en Kate. Jamás la había visto
tan incómoda, y Sam debe de estar preguntándose qué coño está pasando—. ¿Te estás prostituyendo
en un burdel?
—¡Pero ¿qué coño...?! —grita Sam—. ¿Con quién cojones te crees que estás hablando?
Sam hace ademán de avanzar, pero Kate lo agarra del brazo y lo obliga a retroceder.
—Esto no es ningún burdel, y yo no soy una puta —dice con voz temblorosa e insegura mientras
retiene a Sam.
Quiero salir en su defensa, pero soy incapaz de articular palabra. Afortunadamente, Pedro me
evita las molestias. Se acerca a mi hermano, lo coge de la nuca y le susurra algo al oído. Es un acto
totalmente amenazador, y ni siquiera quiero saber qué le ha dicho, y menos al ver que Dan empieza a
seguir a Pedro hacia su despacho sin rechistar. Yo también los sigo, quiero oír esto, pero me detiene,
tal y como me había imaginado.
—Espérame en el bar, nena. —Intenta hacer que gire sobre mis talones, pero me siento algo
desafiante. No me gusta la idea de que Pedro se lleve a Dan a solas.
—Preferiría acompañaros —digo con fingida seguridad sin esperar demasiado. Conozco esa
mirada. Puede que me haya llamado «nena» para suavizar la orden, pero no soy idiota. No voy a entrar
en ese despacho.
No. De repente voy camino del bar sin andar. Me coloca sobre el taburete, llama a Mario y me
lanza esa mirada que dice «no tientes la suerte».
—Quédate aquí. —Me besa en la mejilla, como si eso fuese a calmarme. Lo apuñalo por la
espalda con la mirada mientras sale del bar dando pasos largos y uniformes.

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