Podría acostumbrarme a esto sin problemas. A dormir hasta tarde todas las mañanas y desperezarme
tranquilamente, a sentir la brisa sobre mi cuerpo desnudo y a pasearme por el porche para observar a
mi dios en la distancia, corriendo por la curva bahía. Podría prepararle el desayuno, a pesar de que
detesto profundamente cocinar, y podría sentarme desnuda a la mesa mientras él lo devora con
constantes gemidos de aprobación antes de hundir el dedo en el tarro de mantequilla de cacahuete que
estoy segura de que ha traído él, porque es de la marca Sun-Pat. Podría abrir la boca cuando me lo
ordenara para dejar que me alimente, y podría estirar el brazo para acariciarle el torso desnudo y
bronceado simplemente porque me apetece hacerlo. Podría mojar la silla cuando me guiña el ojo, me
coloca sobre su regazo, me devora la boca y continúa desayunando con una mano mientras me
sostiene con la otra, ofreciéndome de vez en cuando bocaditos de salmón con el tenedor. Podría
ponerme el biquini en la privacidad del Paraíso sin recibir miradas de espanto ni exigencias de que me
pusiese algo que me tapara más, y nadar tranquilamente en la piscina fresca y gigante de la villa.
Podría dejar que me sacara cogiéndome de la mano y que me secara; que me envolviera en la toalla y
me llevara hasta la ducha para enjabonarme y mimarme de todas las maneras posibles. Mimarme... y
algo más. Sí, sin duda podría acostumbrarme a esto perfectamente.
Es nuestro último día en el Paraíso, y me siento un poco triste, a pesar de mi tremendo estado de
felicidad. Es nuestro último día de poder disfrutar en soledad el uno del otro, sin distracciones y sin
los problemas que nos esperan en Londres a nuestro regreso.
Estoy sentada en la cama, con bolas de papel higiénico entre los dedos de los pies y un frasco de
pintaúñas rosa intenso en la mano. Ya es mediodía. Nos hemos pasado toda la mañana llevando a cabo
nuestra normalidad, y ahora me estoy preparando para pasar la tarde en el puerto y una cena al
anochecer. No quiero volver a casa. Quiero quedarme en el Paraíso eternamente, solos Pedro y yo.
—Creía que habíamos quedado en que ya no ibas a pintarte más las uñas ni a beber whisky.
Levanto la vista y veo a Pedro realizando la mundana tarea de frotarse su masa de pelo rubio
ceniza con una toalla húmeda, pero no tiene nada de mundano cuando es él quien lo hace. Nada de lo
que hace este hombre es corriente ni ordinario. Me reclino sobre mi almohada y disfruto de la
deliciosa escena. Está desnudo, y yo babeando.
—Tengo que pintarme las uñas de los pies. —Agito el bote y desenrosco el tapón—. No tardaré,
las manos ya las tengo hechas —digo, y le muestro las uñas de los dedos ya secas pintadas de rosa.
Se pasea hacia mí, desnudo, bronceado y con paso decidido, y gatea por la cama hasta que está de
rodillas delante de mis pies.
—Déjame a mí. —Se coloca la toalla sobre los muslos, me coge el pie y lo apoya sobre la tela de
algodón blanco.
—¿Quieres pintarme las uñas? —pregunto divertida ante la idea de que mi masculino marido
quiera realizar una tarea tan propia de chicas. Me dirige una mirada de indiferencia para mostrar
claramente que no le importa mimar a su esposa hasta ese extremo.
Me quita el pintaúñas de las manos y me recoloca el pie delante de él para desempeñar la labor
que se ha autoasignado.
—Será mejor que vaya practicando —me informa, muy serio—. Pronto no llegarás.
Por acto reflejo, mi pierna sale despedida y lo golpeo en todo el estómago, pero no consigo el
efecto deseado. Él sonríe y vuelve a colocarme bien el pie.
—No quiero volver a casa —digo.
—Yo tampoco, nena. —No parece sorprenderlo oírmelo decir, como si me hubiera leído la
mente, o porque claramente está pensando lo mismo que yo. Desliza el pincel por el centro de mi dedo
gordo y después por los lados.
—¿Cuándo podremos volver aquí? —pregunto, y observo cómo arruga la frente concentrado. Eso
me hace sonreír, y olvido momentáneamente mis deprimentes pensamientos.
—Podemos volver siempre que quieras. Sólo tienes que decirlo y te meteré en ese avión. —Me
limpia con el dedo la base de la uña y se aparta para observar su trabajo. No está mal, teniendo en
cuenta lo grandes que son sus manos y lo minúsculo que es el pincel. Me mira— . ¿Lo has pasado
bien? —pregunta sonriendo. Sabe perfectamente que sí, sobre todo porque acabo de decirle que no
quiero irme.
—Es el paraíso —respondo, y apoyo la cabeza hacia atrás—. Continúa —digo señalando con la
cabeza mi pie en su regazo.
Me mira con el ceño fruncido de broma.
—Sí, mi ama.
—Buen chico. —Suspiro vagamente y me relajo sobre la almohada—. ¿Qué pasará cuando
lleguemos a casa?
Continúa pintándome las uñas sin darle a mi pregunta la importancia que merece. Hay que hacer
algo, y a ser posible tiene que hacerlo la policía, no Steve. Aunque agradezco que Pedro me haya
sacado del país unos días, sé que en parte lo ha hecho para mantener su propia cordura. No puede
esconderme en el Paraíso eternamente, aunque sé que él no cree que su ambiciosa intención sea
irracional en absoluto, y si sigue comportándose de esta manera tan alegre y relajada, yo tampoco lo
creeré. Estamos en el Paraíso, tengo que acordarme de eso. Es porque me tiene sólo para él, sin
interrupciones ni problemas. Ésa es la única razón por la que me encuentro tan feliz en el séptimo
cielo de Pedro. Regresar a Londres me sacará inmediatamente de este estado, estoy segura.
—Lo que va a pasar es que vas a volver al trabajo y vas a cumplir de una vez tu promesa de poner
a Patrick al tanto sobre Mikael. —Me mira esperando mi asentimiento, pero me hago la sueca.
—¿Crees que fue Mikael quien te robó el coche?
—No tengo ni puta idea, Paula. —Me coloca el pie sobre la cama y me coge el otro—. Estoy en
ello, así que no quiero que tu preciosa cabecita se preocupe por eso.
—¿Qué significa que estás en ello? —No puedo evitar la pregunta. Quiero saberlo porque algo
me dice que, como todo lo que hace Pedro, no será de la manera convencional.
Tal y como esperaba, me lanza una mirada de advertencia y sé que, si insisto, es posible que salga
del séptimo cielo de Pedro antes de volver a Londres.
Aguanto su mirada de reproche durante unos instantes, sin apartarla ni cambiar mi gesto
expectante, pero sé que no va a proporcionarme una respuesta satisfactoria. Ya he aceptado ese hecho,
y también he decidido mentalmente que no voy a buscarla.
—Fin de la historia —se limita a contestar, y sé que es así.
Por lo tanto, me relajo y dejo que termine la complicada tarea de pintarme las uñas de los pies
mientras agradezco en silencio sus atenciones y el hecho de que esté agachado e incómodo para
realizar su trabajo con precisión, aunque a pesar de la postura en su estómago no se forma ni un solo
michelín.
—Ya está —anuncia, y cierra el bote de pintaúñas—. Hasta yo estoy sorprendido de mi obra
maestra —dice sin bromear.
Levanto el pie y me inclino para observarlo esperando ver medio pie de color rosa, pero no. Al
parecer, también se le da de maravilla pintar uñas, igual que todo lo demás, menos cocinar.
—No está mal —digo como si tal cosa, fingiendo quitarme un poco de pintura del dedo que ni
siquiera está ahí.
—¿Cómo que no está mal? Lo he hecho mejor que tú, señorita. —Se pone en pie—. Tienes
mucha suerte de tenerme.
Resoplo.
—¿Y tú no tienes suerte? —pregunto con incredulidad. Menudo capullo arrogante.
—Yo tengo aún más suerte. —Me guiña el ojo y dejo de sentirme ofendida al instante con un
suspiro.
—Vamos, señorita. Salgamos a explorar. —Se lo ve con mucho más ánimo de salir hoy que ayer,
lo que demuestra que definitivamente disfrutó amándome de otra manera.
Nos detenemos al salir de una rotonda ante un control de seguridad para acceder al puerto. Pedro
baja la ventanilla, muestra una tarjeta de plástico a la pantalla y las puertas se abren inmediatamente,
dejándonos pasar.
—¿Dónde estamos? —pregunto inclinándome hacia adelante en mi asiento para mirar la
carretera.
—Esto es el puerto, nena. —Avanza a paso de tortuga y gira hacia una zona peatonal. La gente
empieza a apartarse, sin prestar la menor atención al DBS, cosa que me resulta bastante extraña, pero
pronto veo las decenas de cochazos que hay aparcados más adelante. Y no hablo sólo de Mercedes o
BMW, sino de Bentley, Ferrari e incluso otro Aston Martin. Son todo automóviles de millonarios.
Esta gente está acostumbrada a coches que cuestan una pasta absurda. Las filas de vehículos pronto
dejan de ser el centro de mi atención cuando diviso las hileras e hileras de botes. No, no son botes: son
yates.—
¡Joder! —susurro mientras Pedro estaciona en una plaza de aparcamiento vacía y apaga el
motor.—
¡Paula, por favor, esa boca! —exhala, indignado. Luego baja del coche y se acerca a mi lado.
Estoy pegada al asiento, fascinada por la brillante blancura de las numerosas moles que flotan en el
puerto deportivo—. Sal.
Salgo con la mente ausente y con la ayuda de la mano de Pedro mientras sigo con la mirada fija en
las embarcaciones. No sé qué decir. Pero entonces se me ocurre algo.
—Por favor, no me digas que uno de ésos es tuyo. —Lo miro con los ojos abiertos de par en par.
No sé de qué me sorprendo. Mi hombre está podrido de pasta, pero ¿un yate?
Sonríe y se pone las gafas de sol.
—No, lo vendí hace muchos años.
—Pero ¿tenías uno?
—Sí, pero no tenía ni puta idea de navegar con ese trasto. —Me coge de la mano y me aleja del
coche en dirección a un camino apartado de los vehículos en movimiento.
—¿Y para qué te lo compraste? —pregunto, mirándolo.
Él simplemente se encoge de hombros y señala el mar.
—Por ahí está Marruecos.
Sigo la dirección que me indica pero sólo veo agua. Está intentando distraerme para que deje de
hacer preguntas.
—Qué bonito —digo con tono sarcástico para que sepa que sé lo que pretende. Estoy sacando mis
propias conclusiones sobre el Paraíso y estos grandes yates pero, como ya me he recordado antes a mí
misma, el pasado de Pedro es exactamente así.
—El sarcasmo no te pega, señorita. —Me cobija bajo su brazo y empieza a mordisquearme la
oreja—. ¿Qué te apetece hacer?
—Vamos a perdernos.
—¿A perdernos?
—Sí, a dejarnos llevar. —Lo miro y veo su expresión divertida—. A ver adónde nos llevan los
pies.
Me sonríe, casi fascinado.
—De acuerdo. Esto va a ser como lo de Camden.
—Exacto. Como lo de Camden, pero sin los sex-shops —concluyo.
Se echa a reír.
—Bueno, hay muchos sex-shops por las calles secundarias. ¿Quieres ir?
—No, gracias —gruño recordando el bailecito en la barra que nos dedicó aquella loca dominatrix
vestida de cuero. Lanzo un grito ahogado para mis adentros. Era como Sarah. Joder, era igual que ella,
pero sin el látigo, que había sido sustituido por una barra. Puede que Sarah también tenga una, quién
sabe, pero lo que me acaba de venir a la cabeza eclipsa las similitudes entre ambas mujeres.
»No te gustaría eso, ¿verdad? —No hace falta que me explique. Sabe a qué me refiero.
Me agarra de la barbilla y tira de mi cara en su dirección.
—Ya te lo he dicho. Sólo hay una cosa en este mundo que me ponga, y me encanta verla de
encaje.—
Bien —respondo, porque no sé qué otra cosa decir. Es probable que él también haya
relacionado a aquella mujer con Sarah, y aunque Sarah confirmó más o menos la aversión de Pedro
hacia su culo cubierto de cuero, necesito que él me lo diga.
Me besa la frente e inspira hondo oliendo mi cabello.
—Venga, señora Alfonso. Vamos a perdernos.
Para cuando regresamos al puerto deportivo estoy absolutamente harta de deambular, y sé que
Pedro me ha malcriado muchísimo, insistiendo en comprarme todo lo que cogía o miraba con la
intención de reducir mi tiempo de exploración. Eso no me habría importado tanto de no ser por la
clase de tiendas que estábamos visitando. Esto no es Camden. Sí, había algunos puestos de baratijas,
pero nos hemos movido principalmente por las numerosas tiendas de grandes diseñadores, de modo
que me siento mil veces más pija que cuando fuimos a Harrods. Los tranquilos espacios minimalistas
apenas tenían unas cuantas prendas clave, lo que no daba pie a rebuscar mucho. Me he atrevido a tocar
un bolso marrón precioso sólo para sentir la suavidad de su piel, y Pedro, por supuesto, ha interpretado
mi pequeño movimiento como un indicativo de que me gustaba y me lo ha regalado al instante. No he
intentado detenerlo. Me encanta mi bolso nuevo, de modo que le he mostrado mi gratitud, a la que ha
respondido comprándome cualquier cosa que he mirado durante toda la tarde, y con cada artículo que
adquiría me observaba esperando que le diera las gracias.
Ahora va cargado con mil bolsas, y el pobrecillo parece agobiado.
—Voy a dejarlas en el coche. Espérame aquí. —Me deja a un lado de la zona peatonal
aplicándome un protector labial, se acerca al DBS para librarse de las bolsas y vuelve rápidamente y
me levanta por los aires.
Lanzo un gritito de deleite suspendida en sus brazos.
—Joder, te he echado de menos. —Su boca se desliza con facilidad sobre mis labios recién
hidratados mientras me toma delante de todo el mundo. Como siempre, me olvido de dónde estamos y
de quiénes nos rodean y dejo que haga lo que quiera conmigo—. Mmm, sabes bien. —Se aparta y pega
y despega sus propios labios, que ahora brillan ligeramente cubiertos con mi protector.
—Si quieres llevar pintalabios hazlo como es debido. —Levanto el brazo para ponérselo y no
intenta detenerme. Incluso frunce la boca para facilitarme la tarea—. Mejor —concluyo con una
sonrisa—. Estás incluso más guapo así.
—Seguro que sí —asiente sin problemas mientras pega los labios para extenderse bien la crema
—. Vamos, tengo que alimentar a mi esposa y a los cacahuetes.
Vuelve a dejarme en posición vertical y me coloca en su sitio los tirantes de mi vestidito de
verano amarillo que se habían deslizado por mis brazos.
—Hay que ajustar esto.
Le aparto las manos con los hombros y echo a andar mientras me subo los tirantes yo misma e
ignoro los gruñidos de protesta que oigo detrás de mí.
—¿Adónde vas a llevarme a comer? —pregunto por encima del hombro mientras continúo
andando. Pero no avanzo mucho. Me agarra de la muñeca y empiezo a tirar de un peso muerto.
—No te alejes de mí —dice prácticamente gruñendo, y hace que me vuelva para quedarme frente
a él. Tiene el ceño fruncido, mientras que yo sonrío—. Y ya puedes ir borrando esa sonrisa de tu
rostro. —Empieza a ajustarme los tirantes mascullando alguna gilipollez acerca de que soy una esposa
insufrible que lo saca de sus casillas—. Mejor. ¿Y toda la ropa que te compré?
—En casa —respondo tajantemente.
Nada de aquello me valía para ir de vacaciones a un sitio soleado. No me dio tiempo de salir a
comprar ropa para ir de vacaciones, así que me he apañado con lo que tengo desde hace años. Es de
cuando tenía veinte, y no para de quejarse de que las prendas lo reflejan.
Inspira hondo para armarse de paciencia.
—¿Por qué te empeñas en ser tan imposible?
—Porque soy consciente de que te saca de tus casillas. —Estoy rozando sus límites, lo sé, pero no
pienso ceder en esto. Jamás.
—Disfrutas volviéndome loco.
—Te vuelves loco tú solito. —Me echo a reír—. No necesitas ayuda para eso, Pedro. Ya te lo he
dicho: no vas a decirme qué puedo llevar y qué no.
Sus ojos verdes me miran cargados de irritación, pero no consigue amedrentarme. Soy muy
valiente.
—No, tú me vuelves loco —repite, porque no sabe qué otra cosa decir.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunto con suficiencia—. ¿Divorciarte de mí?
—¡Esa puta boca!
—¡Pero si no he dicho ningún taco! —digo riéndome.
—¡Sí que lo has hecho! Has dicho la peor palabra que existe. Te prohíbo que la digas.
Suelto una carcajada.
—¿Que me lo prohíbes?
Cruza los brazos sobre su pecho como un acto de autoridad, como si yo fuese una niña.
—Sí, te lo prohíbo.
—Divorcio —susurro.
—Tienes una actitud muy infantil —farfulla enfurruñado como un niño.
—¿En serio? —Me encojo de hombros—. Dame de comer.
Lanza una carcajada burlona y sacude la cabeza.
—Debería dejar que te murieses de hambre y recompensarte con comida cuando hicieras lo que
se te dice. —Me coge de los hombros, hace que gire sobre mis talones y me guía hacia un restaurante
en primera línea de playa—. Voy a darte de comer aquí.
Nos enseñan una mesa para dos en la terraza y nos acomoda un español muy risueño con el pelo
negro y liso y un bigote a juego.
—¿Qué quieren beber? —pregunta con un marcado acento.
—Agua, gracias. —Pedro me sienta y me acerca a la mesa. Después toma asiento enfrente de mí y
me pasa un menú—. Las tapas son fantásticas.
—Elige tú —digo devolviéndole el menú por encima de la mesa—. Seguro que eliges bien. —
Enarco las cejas con descaro y me quita la carta de las manos con aire pensativo, pero no me mira mal
ni con reproche.
—Gracias —dice lentamente.
—De nada —respondo sirviendo el agua después de que el camarero haya dejado una jarra helada
con cubitos sobre la mesa. Está húmeda por fuera, y me ha entrado una sed horrible al ver las gotas de
agua descendiendo por el recipiente de cristal. Me bebo el vaso entero de un trago y me sirvo otro.
—¿Tienes sed? —Me mira pasmado mientras apuro rápidamente el segundo vaso y asiento por
detrás de éste—. Ten cuidado —me advierte. Lo miro extrañada, pero soy incapaz de dejar de tragar el
líquido helado—. Podrías ahogar a los pequeños.
Me atraganto un poco con la risa y dejo el vaso en la mesa para coger mi servilleta.
—¿Quieres dejar eso ya?
—¿El qué? Sólo estoy mostrando preocupación de padre. —Parece herido, pero sé que finge.
—Crees que no soy capaz de cuidar de nuestros hijos, ¿verdad?
—En absoluto —contesta con cariño pero sin ninguna convicción. De verdad no me cree capaz.
Me quedo pasmada, y es probable que mi cara lo refleje, aunque se niega a mirarme a los ojos y no
puede verlo.
—¿Qué coño crees que voy a hacer? —inquiero. Me arrepiento de haber expresado la pregunta en
el mismo momento en que sale de mi boca, y más todavía cuando de repente levanta la vista y me
lanza una mirada de escepticismo—. Ni una palabra —le advierto con la voz rota, y unas lágrimas de
remordimiento inundan mis ojos. Me esfuerzo todo lo posible en reabsorberlas, mortificándome
mentalmente por haber tenido alguna vez esos pensamientos tan insensibles. Bastante culpable me
siento ya como para que venga él a alimentar ese sentimiento.
Miro hacia todas partes menos a pedro, porque si lo hago recordaré ese oscuro capítulo que
necesito olvidar. No lo culpo por poner en duda mis capacidades. Incluso yo dudo de mí misma, pero
lo tengo a él, como no cesa de recordarme.
Al instante está sentado a mi lado, estrechándome contra sí, acariciándome la espalda y
hundiendo la boca en mi pelo.
—Lo siento. No te angusties, por favor.
—Estoy bien —digo para tranquilizarlo. Es bastante evidente que bien no estoy, pero no puedo
perder las riendas de mis emociones en medio de un restaurante a la vista de todo el mundo. Ya me
está mirando una mujer que se ha sentado unas mesas más allá. No tengo ganas de aguantar a la gente
entrometida, así que le lanzo una mirada y me aparto del pecho de Pedro—. Te he dicho que estoy bien
—espeto bruscamente, y cojo el vaso de agua para hacer algo que no sea llorar.
—Paula —dice en voz baja, pero no puedo mirarlo. No puedo mirar a los ojos del hombre que amo
sabiendo que en ellos sólo veré desprecio hacia mi persona. ¿Dejará alguna vez que me olvide de eso?
Jamás lo habría hecho, pero la idea estaba ahí, y él lo sabe—. Mírame —me pide en un tono más firme
y autoritario esta vez, pero lo desobedezco al ver que esa maldita mujer sigue mirándonos.
La miro directamente, indicándole con la mirada que se meta en sus putos asuntos, y pronto
vuelve a centrarse en su cena.
—Tres.
Pongo los ojos en blanco, pero no porque haya iniciado la cuenta atrás. No, es porque sé que no
va a follarme ni a torturarme cuando llegue a cero.
—Dos.
Es como si me colgara delante una zanahoria que sé que nunca voy a morder. Sé que suena
ridículo, pero la necesidad de Pedro y de que me someta follándome de todas las maneras posibles ya
forma parte de mí, y el embarazo no hace sino aumentar ese deseo.
—Uno.
Exhalo de tedio y empiezo a juguetear con mi tenedor, negándome a ceder y, probablemente,
haciéndole perder los estribos.
—Cero, nena.
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