Apenas reacciono cuando llegamos al Lusso. He dormido la mayor parte del viaje, y sigo agotada. Ni
siquiera intento salir del coche cuando Pedro apaga el motor y me desabrocha el cinturón. Me quedo
hundida en el asiento de piel hasta que me saca él. Casi consigo abrir los ojos cuando estamos en el
ascensor para refrescarle a mi mente adormilada la belleza de mi marido. Mete la llave en la
cerradura, abre la puerta, la cierra de nuevo y me lleva en brazos a la planta superior. Sigo con los ojos
cerrados, pero reconozco la superficie blanda de la cama de la suite principal cuando me deposita
sobre ella.
—Voy a preparar el baño y a subir las maletas. ¿Estarás bien?
—Mmm. —Me pongo de lado. Ni siquiera me apetece darme un baño con Pedro, y eso sí que es
raro. Oigo cómo se ríe ligeramente y cómo el agua empieza a correr en la bañera, y entonces me coge
de nuevo—. ¿No ibas a ir a por las maletas? —farfullo.
—Ya las he cogido, Paula. Has vuelto a quedarte dormida.
Me deja sobre mis pies cansados y me desnuda. Después se desnuda a sí mismo con una mano
mientras me sostiene firmemente con la otra, como si temiera que fuera a caerme al suelo. Y es
posible que lo hiciera. No tengo nada de energía.
Me levanta y me mete en la bañera consigo, sin ninguna ayuda por mi parte. Dejo que me coloque
de manera que quedo acunada en sus brazos sobre su regazo, con un lado de la cara acurrucado en su
hombro. El agua caliente no me espabila.
—Echaba de menos esto —dice mi autoproclamado hombre de baño—. Sé que estás cansada,
pero sólo quiero estar así unos minutos.
—Vale —accedo. Si después me seca y me mete en la cama, puede hacer lo que quiera conmigo.
—Y tengo que cubrir tus necesidades —añade. Mis ojos adormilados se abren al instante, y mi
cerebro lujurioso empieza a reactivarse. Seguro que puedo sacar energías de alguna parte para eso.
Intento moverme, pero me retiene en el sitio y se echa a reír—. Joder, Paula, estarías dispuesta y todo.
—Siempre.
—Me halagas, pero me gusta que mi mujer esté consciente cuando me la follo.
—No digas la palabra «follar» —gruño—. O harás que te desee todavía más.
—Pero ¿eso es posible? —pregunta, muy serio.
—Probablemente no. —No me molesto en resoplar ante su arrogancia. Tiene razón—. Deja que
te mire —protesto, y forcejeo para librarme de las manos que me aprisionan. Levanto mi cuerpo
agotado, me coloco a horcajadas sobre su regazo y me acerco a su cara para sentir su barba de casi dos
días—. No te afeites mañana.
—¿No?
—No. Me gusta cuando la llevas de dos días. —Me inclino y froto mi mejilla contra la suya—. Y
quiero que te pongas el traje gris con la camisa negra.
—¿Con corbata o sin ella?
—Con corbata. La gris, con el nudo suelto. —Le doy besitos hasta llegar a sus labios y deslizo la
lengua entre ellos suavemente.
Él me devuelve el beso tierna y dulcemente.
—Si tú puedes decidir lo que me voy a poner, es justo que yo decida lo que vas a ponerte tú.
—Tú siempre lo haces.
—No, porque no me dejas. —Me agarra de la nuca y me acerca más a él.
—¿Qué quieres que me ponga? —pregunto prácticamente gimiendo contra sus labios.
—El vestido negro.
—¿El que me llega hasta las rodillas y tiene las mangas tres cuartos?
—Sí, ése. Me gusta cualquier vestido que tú lleves, pero ése me encanta. —Me muerde el labio y
se aparta, tirando de él entre los dientes—. No —susurra.
Va a rechazarme de nuevo. Lo sé por la determinación que se refleja en su rostro devastador.
Probablemente hace bien en negarse, aunque eso no aplaca el deseo que invade mi insaciable ser.
Siempre tengo ansias de él, pero últimamente es algo constante.
—Dijiste que eras incapaz de decirme que no. —Le rozo juguetonamente la entrepierna con la
mía. No tengo vergüenza.
—Puedo decirte que no cuando apenas puedes mantener los ojos abiertos, señorita. La respuesta
es no, y punto. —Me agarra las caderas con sus enormes manos y me lanza una mirada de advertencia.
Yo me sacudo un poco y me doy la vuelta para dejar que me pase la esponja por la espalda—. El
embarazo te ha disparado las hormonas.
—Sólo si sigues rechazándome. Me estás acomplejando, y eso que todavía no estoy gorda.
—Paula —me corta—. El embarazo también te está volviendo tonta. Vale ya.
Suspiro para mis adentros, dejo caer la cabeza entre mis rodillas flexionadas y me coloco el pelo
a un lado para darle acceso pleno a mi espalda. Sus rítmicas caricias con la esponja provocan que se
me empiecen a cerrar los ojos de nuevo, y cedo ante mi fatiga dejando que Pedro se salga con la suya.
No obstante, el día que me rechace cuando no esté agotada ni mental ni físicamente tendrá que
enfrentarse a toda mi ira.
—Gracias por llevarme al Paraíso —murmuro.
Me besa en el hombro y pega la boca a mi oreja.
—Nena, tú me llevas al paraíso todos los días.
Estoy furiosa. Se ha despertado, ha salido a correr, se ha duchado y se ha vestido, y todo sin mí.
Sin embargo, me ha dejado la galleta de jengibre y el ácido fólico junto a la cama con un vaso de agua.
Estoy de pie frente al espejo de cuerpo entero, vestida con mi lencería y secándome el pelo cuando veo
que entra en el dormitorio. No seré demasiado dura. No se ha afeitado y lleva puesto el traje gris, la
camisa negra y la corbata, tal y como le pedí, aunque eso no hace que se me pase el enfado, a pesar de
que está para comérselo.
—¡Buenos días! —saluda alegremente.
Le lanzo una mirada asesina y tiro el secador al suelo. Me acerco al armario y busco algo que
ponerme. Sé qué debería descolgar, pero estoy en plena pataleta infantil, así que cojo cualquier otra
cosa, me la pongo y me subo la cremallera. Salgo del vestidor, me pongo los tacones de ante negro y
me voy directa al cuarto de baño. Advierto su corpachón a mi lado siguiendo cada uno de mis
movimientos. Echo un vistazo al pasar y veo que tiene las manos metidas en los bolsillos de los
pantalones y una expresión divertida en la cara. No le doy el gusto de dedicarle mi tiempo ni mis
palabras. Continúo hacia el espejo del baño y me maquillo a toda prisa.
Entra y se coloca detrás de mí. Su maravilloso aroma a agua fresca inunda mis fosas nasales.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunta todavía con expresión divertida.
Me detengo mientras me aplico la máscara de pestañas y me aparto del espejo.
—Me estoy maquillando —contesto, sabiendo perfectamente que no se refería a eso.
—Reformularé la pregunta. ¿Qué crees que llevas?
—Un vestido.
Sus cejas se elevan tanto que alcanzan el nacimiento del pelo.
—No empecemos mal el día, señorita. —Sostiene mi vestido negro de tubo—. Ponte el otro
vestido.
Respiro hondo para guardar la calma, giro sobre mis talones y salgo del cuarto de baño sin decir
una palabra. Voy a ponérmelo, pero únicamente porque ya estoy bastante alterada. No sólo me han
sacado a la fuerza del paraíso, sino que, como imaginaba, también he bajado del séptimo cielo de
Pedro. Londres no le hace ningún bien a nuestra relación. Mejor dicho: Pedro en Londres no le hace
ningún bien a nuestra relación.
Hago todo lo posible por demostrarle la gran inconveniencia que me está causando, pero le da
igual. Permanece de pie pacientemente y observa cómo me quito el vestido que llevo y lo sustituyo
por el que él quería. Dirijo la mano a la espalda, agarro la cremallera y me la subo, pero sólo hasta la
mitad, porque el pequeño trozo de metal se me escurre de entre los dedos. Lo recupero rápidamente
pero vuelve a pasar. Cierro los ojos. Detesto tener que pedirle ayuda a ese capullo engreído.
—¿Te importaría subírmela?
—Claro que no —canturrea, y al instante está pegado a mi espalda, con la boca en mi oreja—. Es
un gran placer —murmura, lo que provoca que una tremenda oleada de chispas traicioneras recorra mi
cuerpo.
Me recoge el pelo, hace que me vuelva y tira de la cremallera hacia arriba.
—Oh.
—¿Qué pasa? ¿Está rota? —Me entran ganas de reírme. No porque se haya roto el vestido,
porque me encanta, sino porque sé que no va a mandarme al trabajo con la espalda al descubierto.
—Eh... —Vuelve a intentarlo—. No, nena. Creo que es que ya no te cabe.
Dejo escapar un grito ahogado totalmente horrorizada y me vuelvo para mirarme la espalda en el
espejo. Hay varios centímetros de piel sin cubrir, y la tela no es elástica. Me hundo por dentro y por
fuera. Ya han empezado. Todos los efectos del embarazo van a acelerarse porque llevo dos cacahuetes,
no sólo uno. Me niego a llorar, aunque no será por falta de ganas. Tengo que asimilar esto. Tengo que
sentir tanto entusiasmo como siente Pedro. Aunque para él es fácil, va a seguir teniendo el mismo
aspecto divino de siempre cuando todo esto termine, mientras que mi cuerpo probablemente acabará
devastado. Me vuelvo para mirarlo y me encuentro con una expresión aprensiva y el morro torcido.
Cree que voy a desmoronarme.
—¿Puedo ponerme el otro vestido, entonces? —me limito a preguntar.
Se relaja visiblemente e incluso me lo alcanza él mismo. Me ayuda a quitarme el ahora
descartado y me ayuda a ponerme el recién autorizado.
—Preciosa —dice—. Tengo que irme. Cathy está abajo y te ha preparado el desayuno. Cómetelo,
por favor.
—Lo haré.
No puede ocultar la sorpresa ante mi estado de sumisión.
—Gracias.
—No tienes que darme las gracias porque coma —mascullo. Cojo mi bolso y salgo del
dormitorio.
—Siento que tengo que darte las gracias por todo lo que haces sin protestar.
Me sigue por la escalera.
—Si todavía me follaras para hacerme entrar en razón, protestaría. —Llego al piso de abajo.
—¿Estás enfadada porque no he cubierto tus necesidades esta mañana? —pregunta con tono
divertido.
—Sí.
—Me lo imaginaba.
Me coge de la mano y me da una vuelta hasta que mi cuerpo colisiona con fuerza contra su pecho.
Después me devora la boca como si fuera el fin del mundo. Me toma con determinación y con
vehemencia, y no lo detengo. Esto no va a compensar el sexo que no hemos tenido esta mañana, pero
podría saciar mi sed hasta más tarde.
—Que tengas un buen día, nena.
Me hace girar de nuevo, me propina una palmada en el culo y me guía hasta la entrada de la
cocina.—
Asegúrate de que mi esposa desayune, Cathy.
—Lo haré, muchacho —dice ella al tiempo que agita un batidor de varillas por encima de la
cabeza, pero no se vuelve.
—Te veo luego. Y no olvides hablar con Patrick.
Se marcha sin esperar que le confirme que voy a hacerlo. Sé que ya no puedo postergarlo más.
—¡Paula, tienes muy buen aspecto esta mañana! —canturrea Cathy desde la cocina—. ¡Estás
radiante y fresca!
—Gracias. —Sonrío ante su amabilidad, pero me pregunto si sólo estará intentando hacer que me
sienta mejor—. ¿Me puedes poner el sándwich para llevar? Voy a llegar tarde.
—Claro. —Empieza a envolverlo en film transparente—. ¿Lo habéis pasado bien?
Mi sonrisa se intensifica mientras me acerco para recoger mi desayuno.
—Ha sido maravilloso —respondo, porque es verdad, a pesar del horrible final.
—Me alegro mucho. Los dos necesitabais un descanso. Y dime, ¿funcionan las galletas?
—Sí.
—Sabía que lo harían. ¡Y mellizos! —Me mete el sándwich en el bolso y me da unas palmaditas
en las mejillas—. ¿Eres consciente de la suerte que tienes?
—Sí —respondo con total sinceridad—. Tengo que irme ya.
—Claro, claro, vete, querida. Yo voy a poner la lavadora.
Dejo a Cathy separando la ropa blanca de la de color y me meto en el ascensor después de haber
pulsado el nuevo código. A los pocos segundos me encuentro en el vestíbulo del Lusso, donde Charlie
está organizando el correo.
—Buenos días —lo saludo mientras paso corriendo por delante del mostrador.
—¡Señora Alfonso! ¡Ha vuelto! —Se acerca a mí mientras me dirijo al luminoso exterior—. ¿Qué
tal lo han pasado?
—Charlie, no hace falta que me llames señora Alfonso. Llámame simplemente Paula. Lo hemos
pasado genial, gracias. —Me coloco las gafas de sol y saco las llaves del bolso—. ¿Y tú qué tal? ¿Te
gusta tu nuevo trabajo?
—Me gusta más ahora que ha vuelto usted.
Me detengo de golpe.
—¿Disculpa?
Se pone como un tomate y empieza a juguetear con los sobres que tiene en la mano.
—Eso ha estado fuera de lugar. Disculpe. Es sólo que..., bueno, ¿sabía que es usted la única mujer
en todo el edificio?
—¿En serio?
—Sí. Y todos estos ricos hombres de negocios nunca dicen nada. Sólo me gruñen o me dan
órdenes por teléfono. Usted es la única que se para a hablar. Y se lo agradezco, eso es todo.
—Ah, está bien. —Sonrío al ver lo incómodo que está—. ¿Te refieres a ricos hombres de
negocios como mi marido?
Se pone aún más colorado.
—Vale, no sé cómo salir de ésta. —Suelta una risa nerviosa—. Simplemente es agradable ver una
cara alegre por aquí.
—Gracias. —Sonrío y sus ojos azules como el acero resplandecen—. Tengo que irme.
—Claro. Hasta luego. —Se aparta y da media vuelta para regresar tras su mostrador.
Tengo que mover el culo. Es mi primer día tras las vacaciones y voy a llegar tarde. Y hoy
necesito tener a Patrick de buen humor.
Ni siquiera me detengo cuando salgo del Lusso y me encuentro a John esperándome. Él tampoco
se encoge de hombros a modo de disculpa como suele hacer. La verdad es que me lo imaginaba.
—¿Qué tal, John? —Me alegro de volver a verlo. He echado de menos al amistoso grandullón.
—Bien, muchacha —gruñe, y me sigue hasta el asiento del acompañante. Me meto en el coche y
me pongo el cinturón mientras veo cómo John se sienta a mi lado con el ceño fruncido.
—¿No vas a montar ningún escándalo hoy? —pregunta intentando contener la risa.
—Creo que estaría firmando mi propia sentencia de muerte si lo hiciera —respondo secamente.
El grandullón se echa a reír, agitando su enorme cuerpo en el asiento, y arranca el motor del
Range Rover.
—Me alegro. Tenía instrucciones estrictas de tratarte con sumo cuidado si te resistías. —Me mira
a través de las negras lentes de sus enormes gafas—. No quería tener que recurrir a eso, muchacha.
Le sonrío.
—¿Así que ahora te han nombrado mi guardaespaldas? —Sé que si Pedro tuviera que confiarme a
alguien que no fuera él, ése sería John. Estoy de broma, claro, pero no creo que a John le haga ninguna
gracia tener que llevarme al trabajo todos los días.
—Si así está contento el muy cabrón, haré lo que haga falta.
Salimos del aparcamiento.
—¿Estáis bien tú y los pequeños? —pregunta con la vista fija en la carretera.
—Sí, pero ahora Pedro se estresa por partida triple —gruño.
—El muy chalado. —Se echa a reír mostrando su diente de oro—. ¿Tú cómo te encuentras?
—¿Te refieres al embarazo o al accidente? —digo mirándolo para evaluar su reacción. Quiero
saber si ha habido alguna novedad estos días que hemos estado fuera.
—A las dos cosas, muchacha —se limita a responder.
—Bien, por las dos partes, gracias. ¿Se sabe algo del coche de Pedro? —Voy directa al grano. Me
siento lo bastante cómoda con John como para preguntarle lo que quiero saber.
—Nada de lo que tengas que preocuparte —responde fríamente. Puede que yo me sienta lo
bastante cómoda como para tener la libertad de preguntarle, pero tengo que recordar que John también
se siente cómodo como para tener la libertad de no contestarme. No voy a sacarle nada—. ¿Qué tal el
Paraíso? —pregunta cambiando de tema radicalmente.
—Pues un paraíso —respondo—. Hasta que nos topamos con los padres de Pedro. —No estoy
segura de si debería divulgar esto, pero ahora ya está dicho, y a juzgar por la expresión que se acaba de
dibujar en el rostro del gigante impertérrito, la noticia lo ha sorprendido. Asiento para confirmar que
me ha oído bien, y su frente brillante empieza a arrugarse por encima de sus gafas de sol—. La boda
de Luciana tuvo que posponerse porque al padre de Pedro le dio un ataque al corazón —prosigo. John
debe de estar al tanto de lo de la boda, de que le enviaron una invitación y de que los padres de mi
marido viven cerca del Paraíso. Lleva toda la vida a su lado, según Pedro.
—¿A Henry le ha dado un infarto? —pregunta, sorprendido—. ¿Y qué pasó?
—¿Cómo que qué pasó?
—Sí, ¿hablaron? ¿Cómo estaba Pedro? —John se muestra realmente curioso, lo cual está
despertando mi propia curiosidad.
Se lo suelto todo.
—Pedro básicamente anunció en el restaurante donde estábamos cenando, delante de todo el
mundo, que estamos casados y que esperamos mellizos. —Hago una pausa para aguardar a que John
consiga controlar sus carcajadas—. Una mujer no paraba de mirarme, y cuando le pregunté a Pedro si
la conocía, se puso rarísimo y me sacó en brazos de allí. Esa mujer era su madre y vino hasta el
aparcamiento y empezó a decir cosas sobre los mellizos, ya sabes, porque Pedro tenía un hermano. —
John asiente pensativamente con la cabeza. ¿Qué estará sacando en conclusión de todo esto?
—¿Y eso fue todo?
—Sí. Me lo llevé lejos de ella. Estaba muy afectado.
—Y después, ¿no bebió?
—No —suspiro—. Pero tengo la impresión de que lo habría hecho si yo no hubiera estado allí. —
Sigo viendo su rostro, el rostro que solía dar paso a las borracheras y los latigazos—. ¿Tú los conoces?
—No mucho. No suelo hacer preguntas.
Asiento para mis adentros. Sé que John lleva toda la vida a su lado, y que era el mejor amigo de
Carmichael, así que tiene que saber más de lo que admite.
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