Me despierto y oigo el zumbido. Me incorporo y de inmediato aparecen las náuseas, así que vuelvo a
tumbarme con un gemido. Me doy cuenta de mi error cuando se me revuelve el estómago. No tengo
tiempo para evaluar lo mal que me encuentro. Voy a vomitar.
Salto de la cama y corro al cuarto de baño. Casi no consigo llegar a nuestro encantador lavabo
para decorar la taza con la cena de anoche.
—No —lloriqueo cortando un trozo de papel higiénico.
Ahora nada está bien. Mi cuerpo rechaza mis felices pensamientos. Me quedo abrazada al váter
una eternidad, con la cabeza apoyada en los brazos, luchando contra los sudores fríos y gimoteando
en el gigantesco cuarto de baño.
—Mierda —refunfuño—. ¿Por qué me haces esto? —le pregunto a mi vientre—. Eres tan
imposible como tu padre.
Suspiro, me levanto, vuelvo a la habitación y me pongo lo primero que pillo: la camisa que
Pedro llevaba ayer. No intento arreglarme porque quiero que me vea sufrir. Bajo la escalera y lo
encuentro saliendo del gimnasio, espectacular en pantalón corto y con una toalla sobre sus magníficos
hombros. El pelo es un amasijo de mechones húmedos sobre su frente resplandeciente. Me pone
mala.
—Ay, nena —susurra con cariño—. ¿Te encuentras muy mal?
—Fatal. —Intento poner morritos, pero mi cuerpo exhausto no me deja. Estoy de pie delante de
él, con los brazos caídos y sin vida. Me compadezco de mí misma.
Me coge en volandas y me lleva a la cocina.
—Iba a preguntarte por qué no estás desnuda.
—Ni te molestes —gruño—. Te vomitaré encima.
Se ríe, me sienta en la encimera y me aparta el pelo de la cara macilenta.
—Estás preciosa.
—No mientas, Alfonso. Estoy horrible.
—Paula... —me regaña con dulzura.
No pido perdón, más que nada porque apenas tengo fuerzas para hablar.
—Debes comer.
Tengo arcadas sólo de pensar en echarle comida a mi estómago. Niego con la cabeza,
suplicante. Sé que es una batalla perdida. No me dejará en paz hasta que haya desayunado.
Oigo la puerta principal y a Cathy, que canturrea alegremente. Sólo llevo puesta la camisa de
Pedro, pero ni siquiera puedo preocuparme por eso. Me quedo donde estoy, tranquila, sin moverme y
con unas náuseas espantosas.
—¡Buenos días! —nos saluda dejando su enorme bolsa de tela en la encimera—. Ay, cielo,
¿qué te pasa?
Pedro contesta por mí, cosa que está muy bien porque yo he perdido el habla.
—Paula está algo indispuesta.
Doy un respingo. Se ha quedado muy corto. Pego la frente contra su pecho. Es como si estuviera
muerta.—
¿Las temidas náuseas matutinas? Se te pasará —anuncia Cathy como si no pareciera que estoy
lista para entregar mi alma a Dios. Por lo visto, ella también está enterada.
—¿De verdad? —balbuceo pegada a Pedro—. ¿Cuándo?
Me acaricia la espalda y me besa el pelo pero no dice nada. Es buena señal, él también quiere
oír la respuesta.
—Depende. Chico, chica, mamá, papá —dice la mujer poniendo la tetera al fuego—. Algunas
mujeres dejan atrás las náuseas a las pocas semanas. Otras lo pasan fatal durante todo el embarazo.
—Ay, Dios —aúllo—. No me digas eso.
—Chitón. —Pedro me hace callar y me masajea la espalda con más fuerza. Ni siquiera estoy
haciéndome la blanda. Esto es mucho peor de lo que parece.
—¡Jengibre! —exclama entonces Cathy.
La extraña palabra que no tiene relación con nada me hace levantar la cabeza del torso de mi
marido.
—¿Qué?
—¡Jengibre! —repite rebuscando en su bolsa.
Miro a Pedro, que parece igual de perdido.
—Necesitas jengibre, querida —explica sacando un paquete de galletas de jengibre—. He
venido preparada. —Aparta a Pedro, abre el paquete y me ofrece una galleta—. Tómate una todas las
mañanas nada más levantarte. ¡Hace milagros! Verás, come.
Con Pedro vigilante y Cathy haciendo de madre no tiene sentido rechazar la galleta. La agarro y
le doy un pequeño mordisco.
—Te asentará el estómago. —Me dedica una cálida sonrisa y me coge la mejilla—. Estoy muy
emocionada.
No comparto su entusiasmo, no cuando me encuentro así de mal. Sonrío débilmente y dejo que
Pedro me siente en el taburete.
—El nuevo me ha dado esto —dice entonces ella al tiempo que le entrega a Pedro el correo—.
Es un joven muy guapo, ¿verdad?
Eso me hace reír, y más cuando Pedro da un respingo de disgusto y le arrebata los sobres de
entre los dedos arrugados.
—Sí, es muy majo —confirmo. De repente soy capaz de articular una frase entera—. Pero yo
creo que vas a echar de menos a Clive, ¿no, Cathy?
—¡Para nada! —Saca los bagels y nos los enseña. Pedro y yo asentimos—. Voy a salir con él
esta noche.
Le doy un codazo a mi hombre mientras mordisqueo los bordes de mi galleta, pero él me ignora.
En vez de darle gusto a mi mente curiosa, se dedica a abrir el correo.
—¡Seguro que lo pasáis bien! —digo. Esto me interesa.
—Seguro que sí —afirma ella metiendo los bagels en la tostadora. Saca los huevos de la
nevera.
Estoy charlando con Cathy la mar de contenta, desayunando, escuchando adónde la va a llevar
Clive y contándoselo todo sobre mis náuseas matutinas. De repente me doy cuenta de que Pedro lleva
mucho rato callado. De hecho, ni siquiera se ha movido. Tampoco ha tocado su bagel. Le acerco el
plato.
—Cómete el desayuno.
No se mueve, y parece que no me ha visto.
—¿Pedro? —inquiero. Es como si estuviera en trance—. Pedro, ¿estás bien?
Le da la vuelta a un sobre y lo mira. Yo también.
"Pedro Alfonso
Confidencial"
—¿Qué es eso? —pregunto.
Me mira. Tiene los ojos opacos y recelosos. No me gusta.
—Sube al dormitorio —me ordena.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—No me obligues a repetírtelo, Paula.
Me callo intentando adivinar qué le pasa, pero lo único que saco en claro es que está mosca
conmigo. Aun así, sé que tengo que subir al dormitorio antes de que me lo diga dos veces. Es uno de
esos momentos en los que sé que no debo discutir. Está empezando a temblar y, aunque no tengo ni
idea de por qué, estoy segura de que no es apto para los oídos de Cathy. Me bajo del taburete y me
retiro. Salgo de la cocina y subo la escalera que lleva al dormitorio principal. Me pregunto qué le
pasa. No me da mucho tiempo para pensarlo, porque entra a grandes zancadas en la habitación con el
sobre y la carta en la mano.
Le hierve la sangre; lo noto por cómo le tiemblan las manos y en lo turbio de sus ojos. Me deja
clavada en el sitio con una mirada asesina.
—¿Qué coño es esto?
Miro el papel que sostiene en la mano pero no tengo ni idea de lo que es.
—¿Qué es? —pregunto, aprensiva.
Arroja el papel al espacio que hay entre nosotros.
—¿Ibas a matar a nuestro bebé? —inquiere despacio.
La tierra se abre bajo mis pies y siento que me precipito al vacío. No puedo mirarlo. Tengo los
ojos llenos de lágrimas y no sé adónde mirar. Mi cerebro no responde, pero aunque me diera alguna
pista y pusiera las palabras adecuadas en mi boca, le estaría mintiendo y él lo sabría.
—¡Contéstame! —ruge.
Doy un brinco, sobresaltada, pero sigo sin poder mirarlo. Estoy muy avergonzada, y después de
pasar estos días con Pedro, de verlo tan feliz, de ver cómo me cuida y lo atento que es, la culpa me
corroe. No puede ser peor. Pensé en poner fin a mi embarazo. Pensé en librar a mi cuerpo de este
bebé. Su bebé. Nuestro bebé. No tengo excusa.
—¡Paula, por el amor de Dios!
Antes de que pueda pensar en algo que decir, me coge por los antebrazos y se agacha para que
nuestras caras queden a la misma altura. Aun así, me niego a mirar sus ojos verdes. No puedo
enfrentarme a lo que sé que voy a encontrarme. Desprecio... Asco... Desconfianza.
—¡Maldita sea, mírame!
Niego débilmente con la cabeza, como la cobarde patética que soy. Se merece una explicación
pero no sé por dónde empezar. Mi cerebro ha echado el cierre, como si me estuviera protegiendo de
lo inevitable: Pedro va a perder el control. Ya está al límite.
Me coge bruscamente de la barbilla y la levanta para obligarme a mirarlo. Tengo los ojos llenos
de lágrimas pero veo con claridad meridiana su expresión de dolor.
—Lo siento —sollozo. Es lo único que se me ocurre. Es lo único que debería decir. Siento
mucho haber pensado hacer una cosa tan horrible.
Se derrumba delante de mí y me siento aún más culpable.
—Me has roto el corazón, Paula.
Me suelta y se mete en el vestidor. Me deja hecha un trozo de carne patético y tembloroso. Las
náuseas matutinas han desaparecido, pero la vergüenza no me deja ni respirar. De repente me doy
asco, así que me hago una idea de lo que Pedro opina de mí.
Reaparece con un puñado de ropa pero no la mete en una maleta ni va al baño a coger nada más,
sino que sale de la habitación vestido únicamente con los pantalones de deporte.
Tengo tal nudo en la garganta que ni siquiera puedo gritarle que se quede. Estoy paralizada. Lo
único que funciona son mis ojos, que sueltan un chorro imparable de lágrimas. La puerta principal se
cierra entonces de un portazo. Me quedo llorando en silencio, hecha un ovillo en el suelo.
—¿Paula, cielo? —La voz suave y cálida de Cathy apenas es audible entre mis sollozos—. Dios
mío, Paula, ¿qué ha pasado?
Es evidente que esto no son náuseas matutinas y que ha oído los gritos de Pedro.
Me aprieta contra su cuerpo mullido e instintivamente me abrazo a ella.
—No llores, cariño, no llores... —Me acuna con cuidado, intentando que me calme y
susurrándome palabras de consuelo al oído—. Ay, Paula. Vamos, cariño. Dime qué ha pasado.
Intento hablar pero sólo consigo llorar con más fuerza. La necesidad que siento de compartir mi
culpa, mis remordimientos, no sirve más que para que me dé cuenta de lo egoísta que he sido.
—Ya, ya... Voy a prepararte una taza de té —me conforta Cathy.
Levanta su cuerpo rechoncho del suelo del dormitorio y me coge del brazo para intentar que me
mueva. Lo consigo, a duras penas, y me acuna bajo su brazo y me lleva a la cocina.
Saca un pañuelo del bolsillo del delantal, me lo ofrece y se dispone a preparar el té. La observo
en silencio, salvo cuando se me escapa un hipido mientras trato de controlar mi cuerpo tembloroso y
mi respiración errática. Lo estoy intentando con todas mis fuerzas, pero no puedo dejar de pensar en
todas las veces que lo he visto enloquecer de ira, sólo que esta vez parecía trastornado de verdad.
Esta vez lo he vuelto loco de verdad.
Cathy deja la tetera en la isleta y sirve dos tazas. Pone un par de azucarillos en la mía, aunque
no me lo ha preguntado y yo tampoco se los he pedido.
—Necesitas energía —dice removiendo la taza de té que a continuación me coloca entre las
manos—. Bebe, querida. No hay nada que no cure una taza de té.
Coge la suya, sopla, y una oleada de vapor se desintegra delante de mí. Me quedo mirándola
hasta que ya no está. Entonces me quedo mirando a la nada.
—Cuéntame por qué mi chico está de tan mal humor y tú en este estado.
—Pensé en abortar. —Miro al frente, no quiero ver la cara de horror que sin duda tendrá en
estos momentos la buena, dulce e inocente asistenta.
Su silencio y la taza de té que veo suspendida delante de sus labios me confirman mis
sospechas. Se ha quedado de piedra y, después de oírlo en voz alta, yo también. Estoy aún más
avergonzada que antes.
—Ah —se limita a decir. ¿Qué otra cosa puede añadir?
Sé lo que debería decir yo. Debería explicarme y darle mis razones, pero no sólo siento que he
decepcionado a Pedro y que le he fastidiado su felicidad, sino que me parece que debo protegerlo. No
quiero que Cathy lo juzgue por cómo se las apañó para dejarme embarazada, que es de traca. Es la
única razón por la que consideré el aborto. Eso y el hecho de que pensaba que no estaba preparada.
Sin embargo, estos últimos días me han demostrado lo contrario. Pedro ha desenterrado un profundo
sentimiento de esperanza, de felicidad y de amor hacia este bebé que crece dentro de mí, parte de él
y parte de mí que se ha combinado para crear una vida. Nuestro bebé. Ahora, la idea de deshacerme
de él me parece una aberración. Me doy asco.
Miro a Cathy.
—Nunca lo habría hecho. No tardé en darme cuenta de que me estaba comportando como una
estúpida. Sólo que no me lo esperaba. No sé cómo se ha enterado.
Ahora que estoy más tranquila, me pregunto cómo lo ha descubierto.
El papel. El sobre.
—Paula, es evidente que se ha escandalizado. Dale tiempo. Sigues embarazada, y eso es lo que
importa.
Sonrío, pero sus palabras no hacen que me sienta mejor. No sabe lo que pasó la última vez que
se marchó con viento fresco.
—Gracias por el té, Cathy —digo bajando del taburete—. Voy a vestirme para ir a trabajar.
Frunce el ceño y mira mi taza.
—Si no lo has tocado.
—Ah.
Cojo el té y le doy varios tragos al líquido caliente. Me quemo el velo del paladar en el
proceso, pero hay un papel en el suelo del dormitorio principal que me está llamando a gritos para
que lo lea. Le doy a Cathy un beso rápido en la mejilla. Ella me frota el brazo con mucho cariño
antes de que me escape de la cocina.
Subo la escalera corriendo y cojo el papel. Lleva un montón de folletos grapados en la esquina.
La carta es una cita para hacerme una ecografía. Los folletos dan información sobre el aborto. Lo
asimilo todo muy de prisa. Miro la cabecera de la carta: lleva mi nombre y mi dirección. No, no es
mi dirección. Es la de Matias.
Trago saliva, arrugo el papel y lo tiro contra la pared gritando de frustración. Cómo puedo ser
tan tonta. No he dado mi nueva dirección en la consulta del médico. No le he dado a nadie mi nueva
dirección. Matias recibe toda mi correspondencia y el maldito hijo de perra la ha abierto. Seguro que
esta carta le alegró el día. ¿Qué problema tiene? Es una sabandija. Me desbordan las emociones.
Estoy triste, estoy dolida, estoy roja de la rabia.
Para no pagarlo con la puerta, con la pared o con lo primero que pille, me meto en la ducha.
Sigo temblando de ira cuando cruzo el vestíbulo del ático media hora después.
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