—Las damas primero. —Pedro sostiene la puerta abierta para que mi madre y yo entremos—. Miguel.
—Gracias, Pedro.
Mi padre toma la delantera y nos guía hasta una mesa que hay junto a la chimenea, en la que hay
dispuestas un montón de velas en vez de los típicos troncos y llamas que crepitan durante los meses
de invierno.
—¿Qué queréis beber? —pregunta Pedro mientras retira mi silla. Cuando estoy a punto de
sentarme, me detiene al ver que el asiento es de madera dura y que no tiene ningún almohadón. Me
deja de pie y pronto la cambia por una de respaldo alto con reposabrazos tapizada en terciopelo
verde oscuro que había cerca.
—Yo tomaré una copa de vino blanco. —Mi madre se sienta con esmero y saca sus gafas para
leer el menú.
—Yo una pinta de Carlsberg —dice mi padre.
—Y mi chica guapa ¿qué va a tomar? —pregunta pedro mientras me insta a sentarme sobre el
asiento blandito.
—Agua, por favor —digo sin pensar, y mi madre levanta la cabeza del menú inmediatamente.
—¿No bebes vino? —pregunta sorprendida mirándome por encima de las lentes.
Me revuelvo en mi asiento y noto que Pedro se mueve nervioso detrás de mí mientras me acerca
un poco más la silla a la mesa.
—No, tenemos que levantarnos pronto —contesto como si tal cosa, y cojo un menú. Acabo de
recordar bruscamente la razón por la que estamos aquí. Qué pesadilla.
—Ah. —Sigue sorprendida, pero lo deja estar y se pone a señalar los platos especiales del
menú. Siento el aliento caliente de Pedro en mi oreja. Por supuesto, me estremezco al instante. Aún me
dura el calentón desde nuestro encuentro frustrado en el Aston Martin.
—Te quiero. —Me besa en la mejilla y yo me acerco para sentir su cara, que pincha cubierta
por una barba incipiente.
—Lo sé.
Nos deja en la mesa para ir a pedir las bebidas y veo cómo mi madre le lee el menú entero a mi
padre y después empieza a recitar los platos del día que aparecen escritos en las numerosas pizarras
colgadas por el bar.
—¿Sabéis algo de Dan? —pregunto.
—Sí, nos ha llamado antes, cariño —me dice mi madre—. Dice que fuisteis a comer ayer. Qué
bien. Le he dicho que ibais a venir a vernos antes de iros de vacaciones, pero no sabía nada. Me
sorprende que Pedro no se lo dijera.
A mí no me sorprende, pero mi madre parece totalmente ajena a la evidente hostilidad que hay
entre mi hermano y mi marido.
—Lo decidimos en el último momento —digo quitándole importancia—. Pedro debió de olvidar
contárselo. —Me siento un poco culpable. No me costaba nada telefonear a Dan para decirle que iba
a estar fuera de Londres unos días.
Un camarero deja una bandeja en la mesa ahorrándome así más preguntas. Todo el mundo coge
su bebida y mis padres exclaman con entusiasmo al ver sus vasos llenos de alcohol. Miro mi vaso de
agua con el mismo poco entusiasmo que siento por él y suspiro al ver la copa de vino de mi madre.
—Bueno, ¿qué vais a querer? —pregunta ella—. Yo creo que voy a pedir la mariscada.
Me inclino sobre Pedro para compartir su menú y dejo caer la mano sobre su rodilla. Me la coge
y la besa distraídamente, sin apartar la vista de la carta.
—¿Qué te apetece, nena?
—No lo sé.
—Yo voy a pedir mejillones con mantequilla de ajo —anuncia mi padre señalando la pizarra
que muestra todos los sabrosos platos de marisco—. Están deliciosos. —Se relame y le da un trago a
la pinta.
No sé qué hacer. El marisco es obligatorio, sobre todo estando tan cerca del mar, pero ¿qué
pido? ¿La mariscada, llena de almejas, mejillones, cangrejo y langostinos; o los mejillones cubiertos
de mantequilla de ajo con pan calentito recién horneado? Las tripas me rugen y me exigen que las
llene.
—No me decido.
—Dime qué te apetece y yo te ayudo. —Me mira y espera a que lo ilumine con mi dilema.
—Mejillones o mariscada —digo.
Los ojos se le salen de las órbitas.
—¡Ni una cosa ni la otra! —exclama llamando la atención de mis padres, que se detienen a
medio trago.
—¿Por qué? —Me vuelvo y lo miro con el ceño fruncido, pero al instante me doy cuenta. Ha
leído algo al respecto en ese maldito libro—. ¡Venga ya, Pedro!
Niega con la cabeza.
—De eso, nada, señorita. Ni hablar. El pescado contiene mercurio, que puede afectar al sistema
nervioso del feto. Ni se te ocurra desobedecerme en esto.
—¿Vas a dejarme comer algo? —digo totalmente enfurruñada. Me encanta el marisco.
—Sí. Pollo, ternera. Tienen muchas proteínas, y eso es bueno para nuestros pequeños.
Protesto con frustración y cojo mi vaso de agua. Voy a volverme loca. Para cuando lleguen estas
criaturas estaré tomando Prozac.
Estoy tan ocupada con mi pataleta que tardo unos momentos en fijarme en la cara de asombro de
mis padres al otro lado de la mesa.
«¡Ay, mierda!»
—Hazlo con estilo, Paula —murmura Pedro dejando el menú sobre la mesa. Lo miro con
incredulidad. ¿Yo?
—¿Estás embarazada? —espeta mi madre cuando por fin asimila el exceso de información.
—¿Paula? —insiste mi padre al ver que sigo mirando a Pedro, que permanece con la vista fija en
el menú que acaba de soltar.
Respiro hondo y trago saliva. No hay escapatoria. Sé que Pedro jamás habría permitido que nos
fuésemos de Newquay sin decírselo.
—Sorpresa —susurro en un débil intento de restarle importancia.
—¡Pero si lleváis casados cinco minutos! —exclama mi madre—. ¡Cinco minutos!
Miro cómo mi padre le apoya una mano en el brazo para calmarla, pero eso no va a detenerla.
Sé que va a ponerse histérica y, si lo hace, Pedro se pondrá hecho una furia. No me lo imagino
aguantando un sermón de mi madre. Pero tiene razón. Sólo llevamos casados unas semanas. No son
cinco minutos, pero sigue siendo poco tiempo. No me atrevo a decirle de cuánto estoy. No tardaría en
calcular lo pronto que me quedé preñada después de conocer a este hombre. Ya le costó asimilar el
hecho de que me casase con él tan de prisa, a pesar de las artimañas de Pedro por ganárselos y por
conseguir la aprobación de mi padre.
Permanezco en silencio, Pedro y Miguel también, pero mi madre no. Nada de eso: acaba de
empezar. Lo sé por cómo coge la copa de vino y por cómo respira hondo para tomar aire.
Y entonces empiezo a preocuparme porque abre unos ojos como platos y dirige la vista hacia mi
hombre.
—Os casasteis de penalti, ¿verdad? ¡Te casaste con ella porque tenías que hacerlo!
—¡Gracias! —Me echo a reír pensando en lo ofensivo que me resulta que diga algo así. No
piensa con claridad, y está empezando a decir un montón de idioteces. A pesar del poco tiempo que
ha pasado con nosotros, sabe perfectamente lo que sentimos el uno por el otro.
—Alejandra —dice Pedro, muy serio. Le tiembla la mandíbula. Me temo lo peor—. Sabes que
eso no es verdad. —Parece muy calmado, pero detecto la irritación en su tono, y no lo culpo. Se
siente insultado, y yo también.
Mi madre resopla un poco, pero mi padre interviene antes de que pueda responderle.
—¿Cuando os casasteis aún no lo sabíais?
—No —me apresuro a contestar, y agarro mi vaso con las dos manos para evitar que mi reflejo
natural me delate. Los dos lo sabíamos perfectamente, aunque yo lo negara.
—Vaya —suspira mi padre.
—No me lo creo —protesta Alejandra—. Una novia embarazada sólo indica una cosa.
—Pues no se lo digas a nadie —le espeto.
Estoy muy cabreada con mi madre y por la reacción que ha tenido. No la culpo. Es una sorpresa,
más grande de lo que se imagina, pero ¿cómo se atreve a decir que nos casamos apresuradamente
porque estaba embarazada? Y si yo estoy furiosa, me imagino cómo debe de sentirse Pedro. Está
temblando, totalmente tenso, y cuando me coge la mano izquierda y empieza a darle vueltas a mi
anillo de boda sé que está a punto de avasallar a mi madre.
Se inclina hacia adelante y cierro los ojos.
—Alejandra, no soy un puto crío de dieciocho años al que lo obligan a hacer lo correcto después
de haber echado un quiqui con una chica. —No le está rugiendo a mi madre, pero cuando abro los
ojos para evaluar a qué nivel de ferocidad nos estamos enfrentando, veo que se esfuerza por no
arrugar el labio—. Tengo treinta y ocho años. Ava es mi mujer, y no voy a permitir que se agobie ni
que se entristezca, así que puedes aceptarlo y darnos tu bendición o seguir así, en cuyo caso me
llevaré a mi chica a casa ahora mismo.
Sigue haciendo girar mi anillo y, aunque acaba de poner a mi melodramática madre en su sitio
con bastante brusquedad, tengo ganas de besarlo. Y de darle un bofetón también. ¿No quiere que me
agobie? Tiene gracia viniendo de él.
—Bueno, vamos a calmarnos todos un poco, ¿de acuerdo? —dice el mediador de mi padre, tan
tranquilo como siempre.
Además de incomodarle el afecto, tampoco le gustan los enfrentamientos. Le lanza a mi madre
una mirada de advertencia, algo raro en él, pues sólo lo hace con su mujer cuando lo considera
absolutamente necesario. Y definitivamente esta situación lo requiere, porque si mi madre no se
controla, Pedro se abalanzará sobre ella. Hasta el momento ha sido increíblemente tolerante, aunque
lo cierto es que ella también lo ha sido con mi hombre imposible.
—Paula. —Mi padre me sonríe desde el otro lado de la mesa, todavía con la mano en el brazo de
su mujer para indicarle de manera sutil que cierre la boca—. ¿Cómo te sientes al respecto?
—Bien —respondo rápidamente, y Pedro me aprieta la mano. Tengo que encontrar otra palabra
—. De maravilla. No podría estar más feliz —digo devolviéndole la sonrisa.
—Bueno, pues ya está. Están casados y tienen estabilidad económica. —Se echa a reír. Es
bastante gracioso decir que Pedro tiene estabilidad económica—. Además, son adultos, Alejandra.
Hazte a la idea: vas a ser abuela.
Me siento bastante avergonzada. Después de lo que acaba de suceder, cualquiera diría que
somos un par de adolescentes. Le sonrío a Pedro como disculpándome y él sacude la cabeza,
exasperado.
—¡No pienso ser una «abuela»! —espeta mi madre—. Tengo cuarenta y siete años. —Se atusa
el pelo—. Pero no me importaría ser una «abu» —musita mientras considera la opción.
—Puedes ser lo que te dé la gana, Alejandra. —Pedro vuelve a coger el menú haciendo un
esfuerzo evidente por dejar la cosa ahí. Sé que se muere por decirle cuatro cosas más.
—¡Deberías vigilar tu lenguaje, Pedro Alfonso! —replica ella. Se inclina por encima de la mesa y
baja la parte superior de su menú, pero él no se disculpa—. ¡Un momento! —chilla de pronto.
—¿Qué pasa? —pregunta mi padre.
La mirada de mi madre oscila entre Pedro y yo una y otra vez hasta que la fija en él, que la mira
con las cejas enarcadas, esperando a que nos diga qué pasa.
—Habéis dicho «pequeños», en plural. Habéis dicho «nuestros pequeños».
—Son mellizos. —Pedro sonríe alegremente, y toda la irritación y el resentimiento desaparecen
en un segundo. Me frota el vientre con suavidad—. Son dos bebés. Dos nietos.
—¡Por todos los santos! —Mi padre se echa a reír—. Eso es algo muy especial. ¡Enhorabuena!
Su pecho se hincha de orgullo y me hace sonreír.
—¿Mellizos? —interviene mi madre—. ¡Ay, Paula, querida! Vas a acabar agotada. ¿Cómo vas
a...?
—No, no se agotará —la corta Pedro bruscamente antes de que haga que tenga ganas de
abalanzarse sobre ella de nuevo—. Me tiene a mí.
Mi madre vuelve a sentarse y cierra la boca, y yo me derrito con un leve suspiro. Sí, lo tengo a
él.
—Y nos tienes a nosotros, querida —añade mi madre con cariño—. Lo siento mucho. Es que no
me lo esperaba. —Se inclina y me ofrece la mano. La acepto—. Siempre estaremos ahí.
Sonrío, pero al instante me doy cuenta de que en realidad no estarán ahí. Viven a kilómetros de
Londres, y puesto que no contamos con la familia de Pedro, no podré llamar a los abuelos para
acercarme y poder relajarme aunque sea por una hora. No podré ir a casa de mi madre a tomar un té
mientras charlamos para que pueda ver a sus nietos. Pedro me aprieta la mano y me saca de mis
tristes e inesperados pensamientos. Lo miro y él me mira directamente a los ojos.
—Me tienes a mí —reafirma como si me estuviera leyendo la mente. Probablemente lo haya
hecho. Asiento y trato de convencerme de que él es todo cuanto necesito, pero con dos bebés a los que
cuidar y con Pedro en La Mansión, me veo bastante sola. La interacción con adultos será limitada
porque, admitámoslo, salir por ahí con dos criaturas va a ser complicado, así que dependeré
prácticamente de las visitas que me hagan.
—¿Ya lo tienen?
Levanto la vista y veo a una camarera armada con una libreta y un bolígrafo lista para anotar
nuestros pedidos. Sonríe alegremente, y le sonríe alegremente a pedro.
—Yo tomaré el filete, por favor —digo colocándole la mano sobre la rodilla a mi marido como
por instinto para marcarlo.
La camarera no hace ademán de escribir nada ni tampoco me pregunta cómo lo quiero, sino que
sigue ahí plantada, haciéndole ojitos a mi dios y recorriendo con la mirada su magnífico cuerpo con
todo el descaro del mundo.
—Yo tomaré el filete —repito, esta vez sin el «por favor»—. Al punto.
—¿Disculpe? —Finalmente la chica aparta los ojos de Pedro, que se esfuerza por contener la
risa mientras finge estar leyendo el menú.
—El filete. Al punto. ¿Quieres que lo anote yo? —pregunto de mala leche. Pedro se ríe por lo
bajo.
—Ah, claro. —Empieza a escribirlo—. ¿Y ustedes? —pregunta entonces mirando a mis padres.
—Mejillones para mí —gruñe mi padre.
—Y la mariscada para mí —canturrea mi madre—. Y otra copa de vino —añade levantando la
suya vacía.
La camarera lo apunta todo y se vuelve hacia Pedro de nuevo. Sonríe otra vez.
—¿Y para usted, caballero?
—¿Qué me recomiendas? —dice él mientras le sonríe con esa sonrisa reservada sólo para las
mujeres, lo que la obliga a retroceder unos cuantos metros.
Pongo los ojos en blanco y veo cómo se toquetea la coleta y se pone como un tomate.
—El cordero está muy bueno.
—Tomará lo mismo que yo —intervengo. Recojo todos los menús y se los entrego con una
dulce sonrisa falsa—. Al punto.
—¿Sí? —Mira a Pedro esperando su confirmación.
—Lo que diga mi esposa. —Se inclina y me rodea los hombros con el brazo, pero con la mirada
fija en la camarera—. Siempre hago lo que me manda, así que por lo visto hoy comeré filete.
Resoplo, mi madre y mi padre se echan a reír, y la camarera se derrite sobre su libreta,
probablemente deseando tener también un dios que la obedezca. Esto es increíble. Se aparta y se
guarda el bolígrafo y la libreta en el bolsillo del delantal.
—Eres imposible —digo, y mis padres ríen y miran con aprecio a Pedro mientras me
mordisquea el cuello—. ¿Desde cuándo haces lo que yo te mando?
—Paula, eso ha estado muy feo —me reprende mi madre—. Pedro puede comer lo que quiera.
—Tranquila, Alejandra —dice él, y continúa chupeteándome el cuello un poco más—. Paula sabe
lo que me gusta.
—Te gusta ser imposible —bromeo, y me rasco suavemente la cara contra su barba incipiente.
—Me gusta cuando te pones posesiva —me susurra al oído—. Ojalá pudiera tumbarte sobre la
mesa y follarte como un animal.
No me avergüenza ni me sonroja que haya dicho esas palabras tan directas sin importarle lo más
mínimo quiénes nos acompañan. Sé que sólo las he oído yo. Me vuelvo hacia él y pego la boca a su
oreja.—
Deja de decir la palabra «follar» a menos que vayas a follarme.
—Vigila esa boca.
—No.
Se echa a reír y me da un mordisco en el cuello.
—Ya te vale.
—¡Brindemos! —El tono alegre de mi padre interrumpe nuestro momento privado—. ¡Por los
mellizos!
—¡Por los mellizos! —canturrea mi madre, y todos hacemos chocar nuestros vasos conscientes
de que voy a ponerme tremendamente gorda.
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