jueves, 15 de mayo de 2014

Capitulo 242 ♥

—Quiero enseñarte algo —dice Pedro mientras me saca del coche en el aparcamiento del Lusso.
»¿Quieres que te lleve en brazos? —No sé por qué me pregunta eso, porque antes de que mi
cerebro registre la pregunta, ya estoy en ellos.
—¿Qué quieres enseñarme? —digo, y apoyo la cabeza en su hombro.
Son las primeras palabras que pronuncio desde que he visto partir a Dan en el despacho de Pedro,
y no porque él no me haya hablado. Ni siquiera he podido reunir fuerzas para gruñirle una advertencia
a Sarah cuando hemos pasado por delante de ella en el vestíbulo de La Mansión. Se ha limitado a
sonreír con nerviosismo y se ha abstenido de ponerle las manos encima a Pedro, apartándose casi con
cautela, como si esperara que fuera a golpearla. Su sorpresa al ver que ignoraba su presencia ha sido
evidente. Me he apartado y he dejado que Pedro hablara de sus cosas de negocios con ella. Y sé que eso
es lo que era y lo único que será: negocios.
—Ahora verás.
Entramos en el vestíbulo del Lusso y sonrío al oír la voz alegre de Clive. No es tan guapo como
nuestro nuevo conserje, pero siempre preferiré la cara curtida por la edad de Clive al precioso rostro
fresco de Charlie.
—¡Enhorabuena! —exclama. No me sorprende. Si no ha sido Pedro quien lo ha puesto al
corriente, habrá sido Cathy—. ¡Qué gran noticia! —Su voz se aproxima mientras mi marido me
transporta por el suelo de mármol hacia el ascensor—. Yo lo llamo, señor Alfonso. —Se pone delante de
Pedro e introduce el código del ascensor del ático.
—Gracias, Clive —responde Pedro, feliz de que alguien le recuerde a sus cacahuetes. No ha
intentado forzar ninguna conversación durante el trayecto de vuelta a la ciudad, y me ha dejado
reflexionar sobre mi reciente descubrimiento: el descubrimiento de que mi hermano es un idiota y de
que mi marido ha perdido doscientas mil libras por ello.
—De nada, señor Alfonso, de nada. Cuídate,Paula —me dice con severidad, y yo sonrío con cariño
mientras su cara gruñona desaparece tras las puertas.
—Has dejado que Clive me llame Paula—señalo de manera distraída.
Me mira con una ceja enarcada y admonitoria.
—¿Y?
—Nada. —Consigo reunir fuerzas para curvar los labios y esbozar una sonrisa. La posesividad de
mi esposo me hace gracia y me proporciona las energías necesarias.
—Haré como que no te he oído. —Se esfuerza por no sonreír mientras salimos del ascensor.
Entramos en el ático y cierra la puerta de una patada.
—Pronto no podrás llevarme en brazos —gruño aferrándome a él con más fuerza. Lo echaré
muchísimo de menos, pero sé que no podrá cargarme con tanta facilidad, como si fuese una extensión
de su cuerpo, cuando esté a punto de explotar y haya doblado mi tamaño.
—No te preocupes, señorita. —Me besa en la frente y se vuelve para pegar la espalda a la puerta
del despacho—. He doblado el peso que levanto para prepararme.
Lanzo un grito ahogado de indignación y le doy un tirón de pelo.
—¡Oye! —protesto.
Me deja en el suelo, aunque sigo agarrándolo del cabello.
—Eres una bruta. —Se ríe y agacha la cabeza para que no le tire tanto—. ¿Piensas soltarme?
—Discúlpate.
—Lo siento. —Sigue riéndose—. Lo siento. Suéltame.
Es gracioso. Podría detenerme cuando quisiera, pero deja que tenga el poder, al menos por ahora.
Lo suelto y me quito los zapatos.
—Me duelen los pies —me quejo, moviendo los dedos—. ¿Qué hacemos en tu despacho?
—Quería enseñarte algo.
—¿Es una foto de Fede? —pregunto, esperanzada y probablemente demasiado ilusionada. Quiero
ver qué aspecto tenía el hermano mellizo de Pedro.
—Pues no. —Su arruga característica aparece en su frente.
—Entonces ¿qué? —pregunto totalmente intrigada. De repente parece incómodo y nervioso como
un chiquillo—. ¿Qué te pasa?
—Date la vuelta —me ordena suavemente metiéndose las manos en los bolsillos.
No estoy segura de querer hacerlo. Lo miro esperando alguna explicación pero sigue sin decir
nada, con la arruga fija en su sitio. Está preocupado, lo que hace que yo también me preocupe y que
tenga mucha, mucha curiosidad. Me vuelvo lentamente. Quiero cerrar los ojos, pero estoy demasiado
intrigada como para hacerlo, y entonces veo la pared y se me corta la respiración. Un grito ahogado
escapa de mi boca abierta y sé que he dado un paso atrás porque choco contra el pecho de Pedro. O
puede que él haya dado un paso hacia adelante para evitar que me cayera de culo, no estoy segura. Ni
siquiera soy capaz de asimilarlo. Mis ojos se mueven de un lado al otro de la inmensa pared.
Está completamente cubierta de... mí.
Cada milímetro cuadrado es mío. No son fotografías enmarcadas, ni impresas en lienzo. Es papel
pintado, aunque apenas lo parece. Todas las láminas están perfectamente unidas, de manera que parece
una gigantesca obra de arte, un homenaje a mí, y la pieza más grande, la pieza central, soy yo en la
cruz de nuestra habitación de La Mansión. Estoy desnuda, con la mirada baja y los labios separados.
Mi pelo es una masa de rizos brillantes y enmarca mi rostro lujurioso, y la sensualidad que emana de
mi cuerpo sigue siendo tangible en la imagen congelada. Puedo sentirla.
Empiezo a desviar la mirada lentamente, absorbiéndolo todo. Esto es demasiado, y lanzo otro
grito ahogado al ver una imagen dinámica de espaldas bajando a toda prisa los escalones de La
Mansión. Puede que no parezca nada importante, pero puedo ver perfectamente una cala que se
expande desde un lado de mi cuerpo a la fuga. Entonces reparo en mi vestido. Es el azul marino de
tubo, el que llevaba puesto la primera vez que me reuní con el señor Pedro Alfonso.
—Ésa es la primera que hice —murmura—. Después se convirtió en una especie de obsesión.
Habla con voz baja e insegura. Me vuelvo, todavía con la boca abierta. No puedo articular
palabra. El nudo que tengo en la garganta me lo impide. Se está mordiendo el labio y me observa
detenidamente. Trago saliva y me vuelvo de nuevo hacia la pared.
La pared de Paula.
Estoy por todas partes. Estoy en la noche de la inauguración del Lusso; en el banco de los muelles
tras nuestro encuentro; en la ducha, en la cocina, en la terraza... Estoy en los probadores de Harrods,
sentada en mi taburete en el bar de La Mansión. Vestida con cuero de motorista, y alejándome de él
cabreada con un jersey de punto enorme. Sonrío al ver tantas fotos de mi espalda tomadas mientras
huía de él, probablemente después de haber recibido una cuenta atrás o con una pataleta. Estoy
desnuda en infinidad de ellas, o vestida sólo con ropa interior de encaje. Aparezco también esposada a
la cama, y nadando en la piscina de La Mansión. Estoy riéndome con Kate; apartándome el pelo de la
cara; comiendo en el Baroque; bailando con mis amigos; golpeteándome el diente con el dedo.
También estoy tirada en el asiento del acompañante del DBS, claramente borracha. Estoy corriendo
hacia el Támesis y tumbada en el suelo del Green Park. Estoy empujando un carrito de la compra en el
súper, poniéndome ropa cómoda al llegar a casa y cepillándome los dientes. Estoy dormida en el jet
privado, y de pie en el porche del Paraíso. Estoy rebuscando en los puestos del mercado, caminando
sobre la arena de la playa y haciendo el desayuno en la villa. Volvimos de España ayer. ¿Cómo lo ha
hecho? Estoy dormida en su cama y dormida en sus brazos..., hay muchas de ésas. Absolutamente
todas mis expresiones faciales y todos mis hábitos aparecen en esas fotografías. Es mi vida en
imágenes desde que lo conocí. Y nunca me había dado cuenta. Está realmente obsesionado conmigo, y
de haber sabido esto al principio, como cuando me acosaba persistentemente, creo que habría echado a
correr aún más lejos. Pero ahora ya no. Ahora sólo me recuerda después de un día agotador el amor
que mi hombre siente por mí.
De pronto me doy cuenta de que mis pies me han llevado hasta el borde de la pared. Estoy
recorriendo lentamente toda su longitud, y cada vez que muevo los ojos veo una imagen que no había
visto antes.
—Toma. —La voz grave de Pedro me hace apartar los ojos de la pared de Paula y centrarlos en un
rotulador permanente que me está ofreciendo. Al verlo, sonrío—. Quiero que la firmes.
Cojo el rotulador y lo miro, sin saber muy bien si lo dice en serio o no. ¿Quiere que raye su pared
de Paula?
—¿Que la firme con mi nombre? —pregunto, un poco confundida.
—Sí, como quieras —dice abarcando las imágenes en general con un gesto de la mano.
Vuelvo a mirar la pared y me río ligeramente, sorprendida todavía de lo que tengo delante.
Avanzo, quito la tapa y busco un espacio libre donde poder estampar mi firma, pero entonces veo la
primera foto que me hizo y me acerco a ella armada con el rotulador. Sonrío para mis adentros y
empiezo a escribir bajo la imagen en la que estoy huyendo de La Mansión.

ESTE DÍA TE CONOCÍ.
ÉSTE FUE EL PRINCIPIO DEL RESTO DE MI VIDA.
A PARTIR DE ESTE MOMENTO ME CONVERTÍ EN «TU PAULA».

Después me acerco a la imagen en la que estoy sentada en el muelle la noche de la inauguración
del Lusso.

ESTE DÍA ME DI CUENTA DE LO COLADA QUE ESTABA.
Y DESEABA LLEGAR MUCHO MÁS LEJOS CONTIGO.

Avanzo por la pared hasta la foto en la que aparezco borracha en el coche de Pedro y sonrío
mientras escribo:

ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SABES BAILAR. Y TAMBIÉN ME ADMITÍ A MÍ MISMA QUE ESTABA ENAMORADA DE
TI, Y CREO QUE ES POSIBLE QUE TE LO CONFESARA.

He cogido carrerilla. Pronto encuentro la foto en la que llevo puesto el jersey enorme después de
que él me obligara a ponérmelo.

ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES MIRARME.

Y después escribo debajo de una en la que estoy saliendo desnuda de la habitación después de
habérmelo encontrado inconsciente en el Lusso, y después de que me mostrara su manera de hablar.

ESTE DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES TOCARME Y DISFRUTARME.
PERO MI PARTE FAVORITA DEL DÍA FUE CUANDO ME DIJISTE QUE ME QUERÍAS.

Mi rotulador se dirige a la imagen en la que estoy esposada.

ESTE DÍA ME ENSEÑASTE EL POLVO DE REPRESALIA.

Busco por la pared y veo una foto en la que estoy delante de él atravesando el vestíbulo del Ritz.

ESTE DÍA DESCUBRÍ CUÁNTOS AÑOS TIENES... Y QUE NO TE GUSTA QUE TE ESPOSE.

No puedo parar. Todas y cada una de las imágenes me traen a la mente un pensamiento, y acabo
expresando en todas ellas mis recuerdos en palabras. Él no me detiene, así que continúo, como si
estuviera contando en un diario los últimos meses de mi vida. No necesito las imágenes, todos y cada
uno de esos momentos están grabados en mi cerebro, los buenos y los malos, pero éstos son todos
buenos. Y hay una infinidad de ellos. A veces es demasiado fácil olvidarse cuando las cosas menos
buenas se interponen. Nuestro breve tiempo juntos ha estado bombardeado con cosas malas, pero
todas estas cosas buenas superan esos momentos difíciles. Él acaba de recordármelo.
Me duele la mano para cuando llego a la última foto (la última por ahora). Estoy segura de que se
me ocurrirán más subtítulos que añadir. Es una en la que estoy de pie en el porche del Paraíso. Acerco
el rotulador a la pared.

HOY HE DECIDIDO QUE TIENES RAZÓN. TODO SALDRÁ BIEN.
Y SÍ, TENGO UN PEQUEÑO BOMBO... Y TE AMO POR HABÉRMELO HECHO.
TE AMARÉ SIEMPRE.
Y PUNTO.

Vuelvo a poner la tapa, respiro hondo y por fin me vuelvo hacia mi señor. Me estrello contra su
pecho y percibo su esencia fresca. Levanto la vista y lo veo con la expresión muy seria y los ojos
verdes apagados.
—Ya he terminado —susurro en voz baja, pero él no me mira. Está estudiando todos mis
mensajes, y sus ojos recorren la pared y se detienen cada dos por tres para leer lo que he escrito.
Coge el rotulador y avanza hacia la imagen en la que estoy huyendo de La Mansión hasta que casi
se queda pegado a la pared. No veo lo que está escribiendo, y me asomo por un lado de su cuerpo para
intentar verlo, pero está demasiado cerca. Por fin se aparta y lo veo, escrito encima de la foto.

ESTE DÍA MI CORAZÓN EMPEZÓ A LATIR DE NUEVO.
ESTE DÍA TE CONVERTISTE EN «MI PAULA».

Aprieto los labios con fuerza y veo cómo avanza hacia la imagen en la que estoy sentada en el
largo césped de los jardines de La Mansión con mi vestido de novia de encaje de color marfil de los
pies a la cabeza y con el sol brillando a través de los árboles que tengo detrás. Estoy mirando hacia
otra parte, probablemente al fotógrafo. Una vez más, Pedro se pega a la pared, y después se aparta y
mordisquea el extremo del rotulador. Ha dibujado un halo perfecto por encima de mi cabeza y ha
escrito:

MI CHICA PRECIOSA. MI SEDUCTORA DESAFIANTE. MI SEÑORITA.
MI ÁNGEL.
MI PAULA.

Sonrío y doy un paso hacia adelante. Le quito el rotulador de la boca y lo obligo a salir de su
ensueño. Coloco la tapa y lo dejo caer al suelo. Después trepo por su enorme cuerpo hasta que lo
envuelvo con el mío.
Me coge del culo y clava los ojos en mí.
—Paula, hoy ha sido el día más largo de mi vida.
—¿Más largo que el último día más largo?
—Cada vez se me hace más largo. Me he acostumbrado demasiado a tenerte conmigo a todas
horas. Creo que me debes un poco de tiempo especial. —Esas palabras hacen que le deslice la
chaqueta del traje por los brazos y mis labios comienzan a devorarlo con ansia—. Despacio —me
advierte con suavidad, y estira los brazos para facilitar que le quite la prenda—. ¿A qué viene tanta
prisa?
Obligo a mis labios a relajarse, pero es más fácil decirlo que hacerlo después de no tenerlo
durante dos días enteros.
—Ha pasado demasiado tiempo —farfullo tirando de su corbata y probablemente estrangulándolo
en el proceso. No me aparto de su boca para confirmarlo.
—Eh. —Tira de mis extremidades intentando desengancharme de él. No se lo pongo fácil, aunque
no tarda mucho en ponerme con los pies en el suelo de nuevo, jadeando y sin contacto físico.
Se aparta, se quita la corbata por la cabeza y los Grenson y los calcetines con los pies. Su mirada
es ardiente, como si quisiera quemar con ella mi vestido.
—Quítate el vestido —ordena mientras se desabrocha los botones de la camisa y después los de
los puños sin interrumpir el contacto visual. Esto no ayuda a sofocar mis ansias en absoluto, pero es su
manera de hacerse con el poder, su manera de obligarme a controlarme, una expectativa bastante
absurda teniendo en cuenta que se está desnudando delante de mí.
Tardo tres segundos en bajarme la cremallera y en quitarme el vestido por la cabeza. Me quedo
en lencería de encaje y lanzo una mirada rápida a mi vientre para ver si ha crecido durante el día.
Inspiro hondo y me preparo mentalmente, apartando la mirada ligeramente de mi magnífico marido,
que está a tan sólo unos metros de distancia. Sin duda tiene razón, y tengo el vestido negro de tubo
para demostrarlo. A partir de ahora todo irá de mal en peor. Levanto la mano y la deslizo por mi
barriga. Mis anillos relucen mientras trazo lentos círculos alrededor de mi ombligo. Nuestro vínculo
está creciendo, y lo hace a gran velocidad. Una parte de mí y una parte de Pedro. Dos partes, de hecho,
crecen en mi interior, y de repente, al pensarlo, me invade una sensación de ternura que jamás había
sentido, una ternura que se acentúa cuando él pone la mano sobre la mía y se inclina y me levanta la
cara para acceder a mi boca.

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