—¿Lo tenéis todo? —Mi madre aún lleva puesto el camisón mientras se pasea de un lado para otro
frente a la puerta de entrada.
—Sí —suspiro por enésima vez, exasperada.
—Vaya, ha sido corto, pero me alegro de que hayáis venido a vernos. —Me da unas palmaditas
en las mejillas y me besa. No debería estar agradeciéndomelo a mí. De no ser por Pedro, quién sabe
cuánto tiempo habría retrasado este viaje—. Cuídate mucho.
Pongo los ojos en blanco pero la abrazo.
—Yo también me alegro de haber venido.
—¿Estás insinuando que no sé cuidar de mi mujer? —pregunta Pedro, muy serio, mientras cierra
el maletero del coche.
—No. Sólo le he dicho que se cuide —responde mi madre, y le lanza una mirada asesina a Pedro
—. Jamás insinuaría que no sepas cuidar de mi hija. —Lo está provocando. Es como si las mujeres
de la familia Chaves tuviésemos la necesidad de pinchar a Pedro Alfonso.
Se acerca y deja a mi padre echando un vistazo al DBS de sustitución.
—No necesita cuidarse porque ya la cuido yo —replica al tiempo que me aparta de los brazos
de mi madre reclamando a su esposa—. Es mía. —Sonríe y me besa por si no había quedado lo
bastante claro.
—Eres un peligro —resopla mi madre esforzándose por no sonreír—. ¡Miguel! No te hagas
ilusiones.
Todos nos volvemos y vemos a mi padre pasando la mano por el reluciente capó del Aston
Martin. Si estuviera más cerca, seguro que lo oiría suspirar.
—Sólo lo estoy admirando —dice para sí—. ¿El tuyo no era de piel negra?
Miro a Pedro y le envío un mensaje telepático para que piense en algo rápido que explique por
qué el interior es ahora de color crema.
—El mío está en el taller. Es un coche de sustitución —se apresura a contestar con total
normalidad. Miente mucho mejor que yo, y lo detesto.
Mi padre se echa a reír.
—En mi taller no nos dan coches de sustitución como éste.
Pedro sonríe y me guía hasta el asiento del acompañante. Me empuja ligeramente hacia abajo,
me abrocha el cinturón y me lo ajusta sobre el vientre. Le aparto las manos y me gruñe.
—No estoy incapacitada —mascullo.
—No, ya lo sé —dice mirándome con el ceño fruncido—. ¡Eres muy capaz de sacarme de
quicio!—
Te sacas de quicio tú solito —replico, lo empujo y cierro la puerta. Bajo la ventanilla—.
¡Adiós! —Les lanzo un beso a mis padres y veo cómo Pedro le estrecha la mano a mi padre, besa a
mi madre en la mejilla y se acerca a la parte delantera del coche atravesándome con la mirada.
Sube y arranca el motor.
—Este fin de semana será mucho más agradable si haces lo que se te dice —gruñe mientras el
DBS empieza a alejarse de la casa de mis padres.
Me despido de nuevo de ellos con la mano y me vuelvo en mi asiento para mirarlo.
—Sé ponerme el cinturón.
—Pero quiero hacerlo yo —masculla hoscamente—. Es mi obligación.
—¿Ponerme el cinturón? —Me echo a reír.
—El sarcasmo no te pega, señorita —repone, y empieza a pulsar unos botones en el volante—.
Tengo la obligación de cuidar de ti. ¿Hoy no tienes náuseas?
—No —suspiro—. Parece que la galleta que me has metido a presión en la boca en cuanto he
abierto los ojos ha funcionado —le digo, y doy un brinco cuando los altavoces del coche se conectan
de repente y el mismísimo Justin Timberlake se une a nosotros. Me vuelvo hacia él con una mezcla
de sorpresa y diversión. Sabe que lo estoy mirando, pero se hace el sueco—. Les encargaste que
metieran este CD, ¿verdad? —Hago todo lo posible por no reírme.
Pedro frunce el ceño mirando la carretera.
—No digas tonterías.
—Lo hiciste. En el apartado de peticiones del formulario que completaste escribiste: «Por
favor, metan el disco de Justin en el reproductor.» —Hago una pausa—. ¿Dibujaste un corazón y
unos cuantos besos también? —Apenas puedo contener ya la sonrisa burlona.
Se vuelve lentamente con cara de pocos amigos.
—¿Te crees muy graciosa?
—Sí. —Alargo la mano, subo el volumen y empiezo a reírme en mi asiento mientras canto y me
burlo de mi dios fanático de JT—. ¡Oye! —grito cuando me aprieta con los dedos el hueso de la
cadera y baja la música de nuevo—. Lo estaba disfrutando.
—Pues claro. Es un tío con mucho talento —afirma Pedro, muy serio.
—Tú eres un tío con mucho talento.
—Lo sé —dice encogiéndose de hombros—. Tenemos mucho en común. Es un gran tipo.
—¿Lo conoces en persona?
—No. No para de suplicármelo, pero estoy demasiado ocupado. —Vuelve a contener una
sonrisa.
Me echo a reír y él se coloca las Wayfarer, no sin antes guiñarme un ojo y dedicarme un
pequeño meneo rítmico de hombros.
El Pedro relajado de nuevo. Joder, amo a este hombre.
Mi marido conduce alrededor del aeropuerto, sorteando coches y girando en la dirección
equivocada. Es como si no tuviera ni idea de hacia adónde tiene que ir.
Veo por la ventanilla cómo dejamos atrás el cartel que indica el aparcamiento y frunzo el ceño,
extrañada. Entonces miro el reloj. Son las once y media, y se supone que nuestro avión sale dentro de
treinta minutos. Ni siquiera hemos facturado, pasado por el control de seguridad ni nada.
—¡Mierda! —espeto, y cojo mi bolso del suelo.
—¡Paula, esa boca! ¿Qué pasa? —Toma una curva con demasiada brusquedad y levanto
rápidamente la mano para apoyarme en la puerta.
—¿Quieres tener cuidado? —lo reprendo, irritada. ¿Es buen momento para decirle que conduce
como un loco?
—Paula, en ningún otro lugar estarás más segura que en un coche conmigo. ¿Qué pasa? —No me
mira, así que no ve mi cara de incredulidad, pero pronto recuerdo por qué estaba cagándome en todo.
—Mi pasaporte —digo rebuscando en el bolso totalmente en vano porque sé que no está aquí.
Yo no lo he metido, y mi búsqueda se ralentiza cuando caigo en la cuenta de dónde lo he dejado. Se
va a poner hecho una furia—. Me he dejado el pasaporte en la caja de los trastos —le digo, y me
maldigo a mí misma por no haberla ordenado todavía.
Alarga la mano y abre la guantera.
—No, no te lo has dejado, pero has olvidado cambiar tu nombre, señorita Chaves. —Lo deja
sobre mi regazo y me lanza una mirada de reproche.
—Entonces ¿voy a viajar como si estuviera soltera? —pregunto mientras lo abro y leo mi
apellido.
—Cállate, Paula. —Frena derrapando y salta afuera del coche. Se apresura hacia mi puerta y la
abre. Podría haberlo hecho yo misma, pero estoy demasiado ocupada mirando a través del parabrisas
con la boca entreabierta—. Vamos.
Un hombre que viste traje y botas se acerca acompañado de otro que lleva un uniforme de
piloto. Pedro me quita el pasaporte de las manos y les estrecha la mano a ambos. Intercambian firmas
y papeles y después sacan nuestro equipaje del maletero.
—¿Vas a pasarte el día aquí sentada, señorita? —Me ofrece la mano, yo la acepto
automáticamente y dejo que tire de mí para salir del vehículo.
—¿Qué es eso? —pregunto señalando con la cabeza un avión que parece de juguete que tenemos
a sólo unos metros de distancia.
—Es un avión —dice con socarronería.
Me arrastra hacia el jet, y no me emociono más cuando nos acercamos porque su tamaño no
aumenta, y no me inspira en absoluto confianza ver que Pedro tiene que agacharse para entrar en el
maldito trasto sin golpearse en toda la cabeza. Me detengo al ver la ridícula cantidad de pequeños
escalones que tengo que subir para embarcar, y él se vuelve para ver por qué no subo cuando los
brazos que nos unen se tensan.
—¿Qué pasa, Paula?
—No pienso subirme a este cacharro. —De repente me invade un pánico irracional. Nunca he
tenido miedo a volar, pero este avioncito hace que sienta ansiedad. Incluso me falta el aire.
Pedro sonríe, pero frunce el ceño al mismo tiempo.
—Claro que lo harás. —Tira de mi brazo suavemente para animarme a hacerlo, pero no avanzo.
De hecho, empiezo a retroceder—. Paula, no me habías dicho que tenías miedo a volar. —Se vuelve
por completo y me mira de frente, de nuevo fuera del jet.
—No lo tengo. Me gustan los aviones grandes. ¿Por qué no vamos en un avión grande? —Miro
hacia atrás y veo un montón de aviones grandes—. ¿Por qué no podemos ir en uno de ésos?
—Porque probablemente ésos no vuelan a donde vamos nosotros —dice suavemente. Mi brazo
empieza a descender cuando él se acerca, y entonces me coge la mejilla con la palma de la mano.
»Es totalmente seguro —me garantiza, y tira de mi cara para que deje de mirar todos esos
grandes aviones en los que preferiría embarcar. Me da igual si no se dirigen a nuestro destino. Iré a
donde me lleven.
—No parece seguro —replico mirando el aparato, y entonces veo a una mujer con una postura
perfecta, un pelo perfecto, un maquillaje perfecto y una sonrisa perfecta—. Parece demasiado
pequeño.
—Paula. —Su voz suave y reconfortante me obliga a desviar la mirada de nuevo hacia él. Me
está sonriendo—. Estás conmigo, con tu controlador sobreprotector, irracional y posesivo. —Me
besa con cariño—. ¿De verdad crees que te dejaría subir si corrieras algún peligro?
Sacudo la cabeza consciente de que me estoy comportando como una niña, pero el pánico me ha
cogido por sorpresa. Debería sorprenderme el hecho de que posea un jet privado, pero no es así. Lo
que me sorprende es el hecho de tener que volar en su jet privado.
—Estoy algo nerviosa —admito al ser consciente de la presencia de todo el personal, incluido
el capitán, detrás de mí.
—Responde a mi pregunta —insiste.
—No, sé que no.
—Bien. —Se coloca detrás de mí, me agarra de los hombros y me empuja suavemente para que
suba los escalones—. Te va a encantar, créeme.
—¡Buenos días! —La mujer perfecta, que sigue de pie en su sitio, nos saluda y señala con el
brazo el lugar hacia el que tenemos que ir, aunque no es necesario. Sólo hay dos caminos que tomar,
y no pienso acercarme a la cabina de mando.
Cuando el interior del avión aparece ante nosotros, veo unos pocos asientos enormes, todos de
piel, reclinables, divididos en dos filas, una a cada lado. Llegamos hasta ellos y Pedro me obliga a
volverme y a sentarme sobre un asiento mullido. Me mantengo calladita y resisto el impulso de salir
corriendo mientras me abrocha el cinturón y se sienta enfrente de mí. Al instante me coloca los pies
sobre su regazo.
—¿Desea champán, señor? —La mujer perfecta ha vuelto, y veo cómo le sonríe a mi dios, pero
estoy demasiado ocupada intentando superar mi patética ansiedad.
—Sólo agua —responde Pedro tajantemente y sin sonreír, sin mirarla y sin pedirlo «por favor».
La mujer se retira apresuradamente y él me quita las bailarinas de los pies, las deja caer al suelo sin
cuidado, se acomoda y me recoloca los pies de modo que estén en un buen ángulo para que pueda
masajeármelos—. ¿Estás bien? —pregunta.
—No mucho. —No tengo ni idea de qué me pasa—. Había vuelos regulares disponibles, ¿no?
—pregunto con recelo mientras echo un vistazo por la ventanilla, más pequeña de lo normal.
—No lo sé, no lo miré. Nosotros no viajamos en vuelos comerciales, Paula.
—Habla por ti. Yo sí lo hago. —Muevo los dedos de los pies—. Tengo los pies hinchados.
Sus pulgares obran maravillas trazando firmes círculos en los arcos de mis pies.
—Cierra los ojos y ponte cómoda, nena —me ordena con ternura, y lo obedezco. Cierro los
ojos lentamente, y la última imagen que veo es la de mi dios masajeándome con cariño los pies,
intentando liberarme de mi repentino ataque de ansiedad.
Desconecto y me sumo en un estado semiconsciente de dicha, un estado que no me cuesta nada
alcanzar cuando él me está tocando, aunque sea sólo los pies. Como siempre, él está intentando
eliminar todas mis preocupaciones, ya sean justificadas o totalmente triviales e innecesarias, como
este repentino miedo a volar. Mi estado subliminal apenas es consciente de que, ya sean
preocupaciones triviales o justificadas, es siempre Pedro quien las provoca.
Y entonces empiezo a pensar en todo lo relacionado con él y sonrío para mis adentros. Pienso
en el encaje, en las calas, en la mantequilla de cacahuete y en cómo me regaña cuando digo tacos.
Suspiro. Pienso en las distintas clases de polvos, en lo irascible, juguetón y considerado que es.
Puede que ahora esté sonriendo físicamente. Pienso en las esposas, en la mordaza, en el crucifijo, en
la máquina de remo y en el pastelito de Paula. Mi corazón se acelera. Pienso en ese rubio ceniza y en
esos ojos verdes, brillantes y adictivos, en su perfección apolínea y en la barba de dos días. Pienso
en la manera que tiene de subirse el cuello de los polos, en sus distintas sonrisas, para otras mujeres
y para mí, y ahora también para mi vientre. Pienso en lo feroz, protector y dominante que es, en la
manera que tiene de caminar y de atraparme, y en sus distintas formas de amarme, con una adoración
total y absoluta. Y pienso en la manera en que le devuelvo ese amor.
Me revuelvo en mi asiento y, en mi subconsciente, oigo su risa suave y grave. Después siento el
calor húmedo de su lengua en mis dedos de los pies. Sonrío mientras mi guapo marido me saca de mi
ensoñación. Abro un ojo y me encuentro con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—¿Estabas soñando? —pregunta mordisqueándome el dedo meñique del pie.
—Contigo —suspiro—. Avísame cuando vayamos a despegar para que meta la cabeza entre las
piernas.
—Yo meteré la cabeza entre tus piernas. —Me chupa el dedo y me estremezco.
—Tú avísame.
—Mira por la ventana, nena.
Frunzo el ceño y me asomo esperando ver pistas y aviones, pero sólo veo nubes.
—¡Anda!
Por un segundo me entra el pánico, pero entonces me doy cuenta de que no registro ningún
movimiento. Apenas se oye ningún ruido tampoco. Todo está tranquilo. Miro al otro lado y veo
nuestros vasos de agua colocados sobre una mesa reluciente. Entonces me asomo por el pasillo y veo
a la mujer perfecta ocupándose de sus cosas al otro extremo del jet.
—¿Por qué no me has avisado? —pregunto acomodándome de nuevo en mi asiento.
Me besa el dedo.
—¿Y perderme los sonidos y las caras que estabas poniendo? —Me suelta el pie—. Ven aquí.
—No vacilo ni por un segundo. Me desabrocho el cinturón y prácticamente me abalanzo sobre su
regazo, hundo la cabeza bajo su barbilla y le rodeo el cuello con los brazos—. Vuelve a dormirte y
sueña conmigo, señorita.
No hace falta que me lo diga dos veces. Con el madrugón y el viaje al aeropuerto, estoy
agotada, y no quiero estar hecha polvo cuando lleguemos a donde sea que vayamos. Todavía no le he
preguntado, pero me da igual. Será un sitio cálido y soleado donde estaremos solos Pedro y yo.
Me despierto y veo que sigo pegada a su cuerpo. Lo oigo hablar en voz baja pero no entiendo lo
que dice. Adormilada, me separo un poco y veo a la mujer perfecta a nuestro lado.
—Bienvenida a Málaga, señora Alfonso —dice, y me ofrece una enorme sonrisa profesional y
falsa.
—Gracias. —Le devuelvo la sonrisa. La mía es más pequeña pero mucho más sincera.
¿Málaga? ¿Málaga, en España? ¿La Málaga que está cerca de Marbella?
—Mi preciosa se ha despertado. —Me besa en la mejilla—. ¿Has disfrutado del vuelo?
Lo miro a través de mis ojos adormilados y veo que me sonríe con el cabello rubio totalmente
revuelto.
—¿Te tiro del pelo mientras duermo? —grazno mientras levanto la mano para arreglárselo un
poco.
—Haces muchas cosas mientras duermes. Me pasaría la vida observándote.
Intento moverme pero no lo consigo.
—Necesito estirarme —protesto retorciéndome.
Oigo un clic y quedo libre al instante.
—Tenía que abrocharte el cinturón. —Me ayuda a levantarme y me mira mientras alzo los
brazos y casi llego al techo del avión. Qué bien. Necesitaba hacerlo.
—¿No se supone que tengo que estar en mi propio asiento con el cinturón puesto para aterrizar?
—pregunto—. ¿Con el respaldo recto, la mesa recogida y todas mis pertenencias metidas debajo del
asiento delantero?
Enarca una ceja con sarcasmo.
—Sí. He estado a punto de pegarle a esa señorita tan agradable. —Se pone de pie y tira de mi
blusa, que se me ha subido hasta el ombligo mientras me estiro. La sujeta en su sitio hasta que he
terminado—. ¿Ya has acabado?
—Sí —bostezo y suelta el dobladillo. Sé que esto es probablemente un ejemplo de lo que me
espera los próximos tres días, pero más le vale relajarse pronto, porque he traído los biquinis y
pienso ponérmelos.
Cuando salimos a la luz del día, sonrío al sentir el calor que acaricia mi rostro y que calienta
todo mi cuerpo. Más todavía. El calor interior que ya invade mi cuerpo irá en aumento durante los
próximos días. Cuando llegamos a la pista nos recibe inmediatamente un hombre español muy
elegante que le entrega a Pedro unas llaves. Entonces veo un DBS.
—¿En serio? —espeto—. ¿No podemos coger un taxi?
Él resopla y firma los papeles que le ponen delante.
—Yo no voy en transporte público, Paula.
—Pues deberías. Te ahorrarías una fortuna.
Devuelve los papeles y hace como que va a meterme en el asiento equivocado del coche para
tomarme un poco el pelo. Una vez que me ha abrochado el cinturón y que yo me he espabilado, me
acomodo en el familiar asiento de piel, quizá algo más cálido, y oigo cómo cargan el equipaje en el
maletero.
Pedro sube al coche y se pone las gafas de sol.
—¿Estás preparada para el atracón de los próximos tres días?
—No, llévame a casa. —Sonrío y me inclino hacia él para darle un beso en los labios.
—De eso, nada, señorita. Eres toda mía, y pienso aprovecharlo al máximo. —Me devuelve el
beso, me agarra de la nuca y me acerca más a él.
—Siempre soy tuya.
—Exacto. Ve acostumbrándote. —Me suelta, arranca el motor y nos alejamos del jet privado.
—Ya estoy acostumbrada —respondo mientras apoyo el codo en la puerta y me recuesto para
ver pasar el entorno desconocido. Es todo bastante aburrido, con hormigón por todas partes desde
que salimos del aeropuerto y nos alejamos del bullicio del centro de Málaga, pero cuando llegamos a
la carretera junto a la costa, las vistas del Mediterráneo fundiéndose con el cielo cautivan mi
atención durante el resto del trayecto. En el equipo de música suena Mansun, Wide Open Space, y el
olor a calor mezclado con el polvo de la carretera desgastada eclipsan el olor a agua fresca que
emana de mi hombre, y me molesta su intrusión en mi nariz. Aparte de eso, todo es maravilloso.
Avanzamos en un cómodo silencio, con la compañía de la música de fondo. Pedro apoya la mano
sobre mi rodilla y yo se la estrecho. Miro un momento su perfil y sonrío antes de cerrar los ojos y
relajarme más aún sobre el asiento para pensar en el tiempo tranquilo y sin interrupciones que
tenemos por delante.
No estoy dormida, pero abro los ojos al notar un montón de baches, y el coche empieza a dar
trompicones. Miro la carretera que tenemos delante y lo primero que me llama la atención es su
terrible estado de conservación. Hay escombros por toda la superficie repleta de grietas, y Pedro
empieza a conducir el preciado coche con sumo cuidado. Jamás lo había visto conducir con tanta
cautela, pero es bastante evidente que si lo hiciese algo más de prisa acabaríamos volcando.
—¿Dónde estamos? —pregunto mientras miro a nuestro alrededor en busca de algo interesante.
No hay nada. Sólo terrenos abandonados, esta carretera destrozada y polvorienta y unas cuantas
casas. No, sería más apropiado decir: «No puedo creer que haya gente viviendo ahí.»
—Esto es el paraíso, nena —dice él, completamente en serio.
Casi me echo a reír, pero la preocupación me lo impide. Yo he visto el paraíso, principalmente
en fotos, y esto dista mucho de la idea que tengo de él. Estoy a punto de pedirle que dé media vuelta,
pero entonces diviso unas puertas gigantes de madera con dos enormes muros blanquecinos altos y
largos a ambos lados. Y entonces lo veo.
Hay un cartel en la pared junto a la puerta en el que se lee «Paraíso». No puede ser. ¿Paraíso?
Esto no tiene nada de paraíso. ¿No había otro sitio con un nombre más cutre en el que quedarse?
¿Paraíso? Esos muros no han visto una capa de pintura desde hace por lo menos veinte años, y
empiezo a sentir náuseas del traqueteo del vehículo. ¿Me ha traído a este cuchitril? ¿Me tiene para él
solo durante tres días y me trae aquí? Preferiría dormir en el coche. Mi mente serena ya no lo está
tanto, no ahora que estoy rodeada por estas vistas tan inquietantes. Sí, es un lugar tranquilo, pero los
alrededores desiertos me ponen los pelos de punta.
—Pedro... —No sé qué decir. No parece en absoluto preocupado, lo que me hace pensar que ya
ha estado aquí antes. Y, si es así, ¿por qué iba a volver? No me da ninguna explicación.
Aprieta un interruptor y sonríe cariñosamente mientras las puertas de madera empiezan a abrirse
con un chirrido. Sin duda debe de haber estado aquí antes. Decido mantener la boca cerrada a pesar
de lo que me indica mi sentido común. No pienso quedarme aquí. Ni hablar.
Estoy toda enfurruñada mientras cruzamos las puertas y nos vemos inmediatamente engullidos
por la sombra de la bóveda vegetal más verde que he visto en mi vida, que se extiende por todo el
camino. Las flores blancas se acumulan aquí y allá entre el follaje, y una potente fragancia inunda el
coche a pesar de que todas las ventanas están cerradas.
—¿Qué es este olor? —digo inhalando profundamente y exhalando con un suspiro.
—Pues esto no es nada. Por la noche es muy intenso. —Él también inspira hondo y se deleita
con el aroma mientras exhala. Estoy muy intrigada. Parece estar rememorando algo.
El aroma es divino, aunque sigue preocupándome nuestra ubicación, pero entonces el sol
aparece hacia el final del camino y los intermitentes rayos de luz que penetran a través del parabrisas
me obligan a entornar los ojos, a pesar de que llevo puestas las gafas de sol. Es como si alguien
hubiera encendido de repente una luz y me hubiera transportado al instante al...
Paraíso.
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