Para cuando llegamos al Lusso, aún no ha dicho una sola palabra. Baja del coche, me abre la puerta y
atravesamos el vestíbulo. Charlie nos observa con cautela. Pedro me mete en el ascensor y lo miro, pero
mantiene la vista al frente. Nuestras miradas ni siquiera se cruzan en las puertas de espejo del
ascensor. Cuando abre la puerta del ático, Cathy sale de la cocina con una sonrisa radiante que se le
cae a los pies en cuanto ve el panorama.
—¿Va todo bien? —Nos mira a los dos, luego a Pedro, esperando respuesta.
Él me da el bolso y con la cabeza señala la escalera. Le suplico con la mirada que diga algo, pero
no atiende a mis ruegos. Señala otra vez la escalera.
—¿Pedro? —dice Cathy, preocupada.
—Todo bien. Paula está algo indispuesta. —Me empuja con suavidad para que suba.
—¿No vienes? —pregunto.
—Dame un minuto. Corre —añade enfatizando sus palabras con otro pequeño empujón, y lo dejo
con Cathy.
Paso junto a la asistenta, que me acaricia el hombro con ternura y me sonríe.
—Me alegro de que estés en casa, Paula.
Le devuelvo la sonrisa, una sonrisilla. No sé lo que va a pasar, y me preocupa lo abatido que está
mi hombre.
—Gracias.
Subo la escalera, entro en el dormitorio principal y me siento en el borde de la cama. No sé qué
hacer. Me quito los zapatos y me acomodo en la cama. Los ojos se me llenan otra vez de lágrimas. Me
hago un ovillo y me abrazo las rodillas mientras espero a Pedro. Sé que ahora vamos a hablar del tema,
los dos sabemos lo que hay. Pero para poder conversar acerca de ello tenemos que hablar los dos, y no
parece que Pedro tenga pensado abrir la boca. No puedo hacerlo sola, y no tengo ni idea de qué pasa
por esa cabeza loca. El ambiente enrarecido tampoco ayuda a disipar mis dudas. Necesito que me diga
que todo va a salir bien, no este silencio, ni tiempo para que se me ocurran cosas raras.
Me pongo alerta en cuanto entra en el dormitorio. Ni siquiera me mira. Se va derecho al cuarto de
baño. Abre el grifo y lo oigo moverse como cuando prepara nuestro baño. Está recogiendo las cosas
que nos van a hacer falta y colocándolas al borde de la bañera. ¿Vamos a bañarnos?
Me paso mil años sentada en la cama, oyendo correr el agua y las actividades silenciosas de
Pedro. Entra en el dormitorio y se me acerca en silencio. Me coge de la mano y tira para que me
levante de la cama. Me desnuda, me quita el anillo y el Rolex (aún no le he dado las gracias), me coge
en brazos y me lleva al baño.
Me deposita en la bañera con cuidado.
—¿Está buena el agua? —pregunta con ternura arrodillándose al otro lado.
—Sí —respondo mirando cómo se quita la chaqueta del traje y los gemelos.
Se remanga la camisa. Coge la esponja y la moja en el agua de la bañera. Le pone un poco de gel
y me coloca de espaldas a él. Me enjabona la espalda con pasadas firmes y delicadas.
Estoy algo confusa.
—¿No vas a bañarte conmigo? —pregunto en voz baja.
Lo quiero detrás de mí para poder sentirlo, reconfortarme con su cuerpo. Lo necesito.
—Déjame cuidar de ti —dice con un tono de voz bajo e inseguro. No me gusta.
Me vuelvo y encuentro una expresión estoica en sus ojos verdes. Me parte el corazón. Esta vez la
he liado parda.
—Te necesito mucho más cerca. —Le pongo la mano húmeda en el pecho—. Por favor.
Se me queda mirando unos instantes, como si estuviera decidiendo si debe hacerlo o no. Al final
suspira, deja la esponja, se pone de pie y se quita la ropa muy despacio.
Se mete en la bañera detrás de mí y me envuelve por completo. Me siento mucho mejor acunada
de este modo, pero no le veo la cara. Me vuelvo y me siento en su regazo. Hago que suba las rodillas
para poder reclinarme en ellas y verlo bien. Le cojo la mano y entrelazo los dedos con los suyos, y
ambos observamos en silencio el movimiento de nuestros dedos y el brillo de los anillos, que reflejan
el agua. Ya no es un silencio incómodo.
—¿Por qué me has mentido, Paula? —susurra sin apartar la vista de nuestros dedos.
Dejo de moverlos durante un segundo de duda. Es una pregunta que me esperaba y que necesita
respuesta.
—Tenía miedo. Sigo teniéndolo.
Es la verdad, toda la verdad, y necesita oírla. Tiene que saber que toda esta situación me tiene
aterrorizada.
—De mí —afirma—. Tienes miedo de mí.
No dice nada más, y no hace falta que lo diga. Sé lo que quiere decir, y él, también.
—Me da miedo cómo te vas a portar.
—¿Que me vuelva aún más loco? —confirma mirando nuestros dedos entrelazados.
—Ni siquiera era seguro que estuviera en estado y ya me tratabas como a un objeto valioso.
Respira hondo y se lleva nuestras manos al pecho, al corazón, pero sigue sin mirarme.
—También crees que querré al niño más que a ti.
Sus palabras me dejan petrificada. Son las que he intentado apartar de mi mente cada vez que
aparecían en mi cabeza. Es verdad, me preocupa que quiera más al niño que a mí. Es muy egoísta, lo
sé, pero me da un miedo mortal. Es una idea que siempre ha estado ahí, y ahora admito que es así. No
hace mucho que disfruto de su amor, y tengo la suerte de que me ame. ¿Quién no querría que lo
amasen con tanta fuerza, tan apasionadamente? No estoy lista para compartirlo con nada ni con nadie,
ni siquiera con una parte de nosotros.
—¿Lo harás?
No estoy segura. Lo único que sé es que está desesperado por tener un bebé, aunque todavía no
tengo ni idea de por qué.
Levanta la vista muy despacio y en sus ojos hay una tristeza que no había visto nunca. Tal vez
esté decepcionado. No estoy segura.
—¿Lo notas? —Me pone la palma de la mano en su pecho y la sujeta con fuerza—. Está hecho
para amarte, Paula. Durante demasiado tiempo ha sido una pieza inútil, no deseada. Ahora trabaja hora
extras. Se llena de felicidad cuando te miro. Se parte de dolor cuando discutimos y late desbocado
cuando te hago el amor. Puede que mi forma de querer sea abrumadora, pero no cambiará nunca. Te
querré con la misma intensidad hasta que me muera, nena. Tengamos niños o no.
Me ha dejado más tonta que nunca. No podría quererlo más.
—No quiero vivir nunca sin tu forma de querer abrumadora.
Me acaricia la nuca y me acerca a su frente.
—No tendrás que hacerlo. Nunca dejaré de quererte con todas mis fuerzas y te querré cada día
más, porque cada día que pasamos juntos es un día más de recuerdos. Son recuerdos que atesoraré, no
pesadillas que quiera olvidar. Mi mente se está llenando de bellas imágenes nuestras que están
ocupando el lugar de una historia que aún me persigue. Están borrando mi pasado, Paula. Las necesito.
Te necesito.
—Soy tuya —digo con un hilo de voz mientras apoyo las manos en sus hombros.
—No vuelvas a dejarme nunca —replica, y me besa con ternura—. Duele demasiado.
Me siento en su regazo y lo acerco más a mí. Lo abrazo con todas mis fuerzas y le acerco la boca
al oído.
—Estoy locamente enamorada de ti —susurro—. También es un amor abrumador. Eso no
cambiará nunca. Jamás. —Le beso la oreja—. Y punto.
Se vuelve y su boca atrapa mis labios.
—Estupendo. Mi corazón está contento.
Sonrío tímidamente mientras enfatiza su felicidad con un beso y nos sumerge en la bañera hasta
que estoy tumbada sobre su pecho. Nos besamos durante mucho, mucho tiempo. Es un beso dulce y
tierno pero es lo que ambos necesitamos en este momento: puro amor, sin excusas, a lo grande. Es
fuerte. Nos deja tontos a los dos.
Se aparta y me coge la cara con las manos.
—Quiero bañarte.
—Pero estoy a gusto así.
Sólo quiero quedarme aquí tumbada en su pecho hasta que se enfríe el agua y tengamos que salir
de la enorme bañera.
—Podemos estar a gusto en la cama, donde podrás quedarte dormida en mis brazos, que es donde
tienes que estar.
Frunzo el ceño.
—Pero si no es ni media tar... —Dejo de hablar—. ¡No he vuelto a la oficina!
Me levanto e intento salir de la bañera para llamar a Patrick, pero él me sujeta con fuerza y
vuelve a acurrucarme en su pecho.
—Ya me he ocupado de eso. No le des más vueltas, señorita.
—¿Cuándo?
—Cuando te he traído a casa. —Me da la vuelta en su regazo y saca la esponja del agua.
—¿Qué le has dicho?
—Que estabas enferma.
—Acabará por despedirme.
Suspiro y me inclino hacia adelante. Dejo caer la cabeza entre las rodillas y Pedro me enjabona
con la esponja, a su ritmo. El silencio es cómodo y mi mente está en paz. Cierro los ojos y absorbo el
amor que fluye hacia mi interior desde su contacto, que se transmite a mi piel a través de la esponja.
Es así de poderoso. Atraviesa cualquier obstáculo que se interponga entre nosotros, a través de
cualquier persona, ya sea alguien como Coral, como Sarah... O como Mikael. Nada ni nadie podrá
separarnos... Excepto nosotros.
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