—¡Hola, Paula! —El alegre tono de Charlie logra cambiar rápidamente mi ceño fruncido por una
abierta sonrisa.
—¡Señora Alfonso! —brama Pedro, que todavía habla con John mientras pasamos junto al
mostrador del conserje.
No le hago caso.
—¡Buenos días, Charlie! ¿Qué tal?
—Muy bien, gracias. Hoy hace un día estupendo. —Señala hacia el exterior con la cabeza y al
volverme veo que luce un sol espléndido—. Que tenga usted un buen día, Paula.
—Gracias.
Salgo al bochornoso exterior toda distraída y al instante me doy cuenta de que mi regalo de
boda ha regresado por arte de magia del Lusso, aunque pronto me olvido de mi flamante Range
Rover blanco al ver un Aston Martin.
—Sí, gracias, grandullón. —Pedro cuelga, se dirige al maletero del coche extraño y guarda en él
las maletas.
—¿Qué es esto? —pregunto señalando el DBS.
Cierra el maletero y se da unos golpecitos en la barbilla con aire pensativo.
—Creo que podría ser un coche.
—El sarcasmo no te pega, Dios. ¿De dónde ha salido?
—De un garaje, para sustituir al mío hasta que lo encuentren. —Me coge del brazo y me insta a
meterme en el vehículo.
—¿Todavía no han encontrado tu coche?
—No —responde tajantemente sin darme pie a insistir en el tema, aunque eso no logra
detenerme.
—¿Qué tiene que hacer Steve? —pregunto, y veo que por unos instantes actúa con menos
determinación.
—Nada —miente. Arqueo una ceja con recelo para que sepa que lo sé—. Va a encargarse de
algunas cosas por mí —añade, y me suelta mientras estira el brazo para abrocharme el cinturón.
Le golpeo las manos cuando empieza a ajustarme la cinta inferior sobre el vientre.
—¿Quieres parar ya? —Se las aparto y le cierro la puerta en toda la cara.
Él se queda cavilando al otro lado de la ventanilla, mirándome mal. Empiezo a desear que me
lleve de verdad a casa de mi madre. No sé si puedo soportar esto, y ni siquiera voy a intentar
convencerme de que puede parar. Parece que dos bebés implican doble sobreprotección.
Sobreprotección de Pedro. Y sé perfectamente de qué va a encargarse Steve, y también sé que si
Pedro no le pegó una paliza es porque accedió a ocuparse del tema de las drogas que me echaron, y
ahora también del accidente. Me apoyo en el reposacabezas y me vuelvo un poco para ver cómo se
acomoda y ajusta el asiento del conductor, alejándolo todo lo posible del volante para que quepan
sus largas piernas.
—¿Por qué no vamos en mi coche? —pregunto señalando con la cabeza mi brillante bola de
nieve. Él se queda parado y me mira con el rabillo del ojo.
—No puedes conducir mucho.
Sonrío para mis adentros.
—No, pero podrías conducirlo tú.
Debería insistirle y obligarlo a conducir el maldito tanque. Seguro que también es a prueba de
balas.—
Sí, podría, pero ahora tengo éste —responde sin más, y arranca el motor y acelera para oír su
rugido con una amplia sonrisa de satisfacción—. Escucha eso. —Suspira, pisa el embrague y el
coche se pone en marcha.
A regañadientes, admiro el rugido gutural del DBS y observo a Pedro admirando su magnífico
perfil.—
Bueno, ¿adónde vas a llevarme? —pregunto mientras saco mi móvil del bolso.
—Ya te lo he dicho, a casa de tu madre.
Pongo los ojos en blanco de manera teatral. Sé que preferiría meter la cabeza en agua hirviendo
antes de ir a ver a mi madre por su propia voluntad.
—Vale —suspiro, y me dispongo a llamar a Kate.
—Dame tu móvil. —Acerca la mano para cogerlo—. Nada de teléfonos.
—Tengo que llamar a Kate.
Me lo quita y lo apaga.
—Ya he llamado a todos los que tienen que saber que nos vamos, Kate incluida. Relájate,
señorita.
No intento reclamarlo. No lo quiero.
—Paula, nena, despierta.
Abro los ojos, me estiro y mis manos chocan contra algo. Levanto la vista, confusa, y veo el
techo del coche. Después mis ojos adormilados miran a un lado y se encuentran de frente con mi
maravilloso controlador, que me sonríe alegremente.
—¿Dónde estamos? —pregunto frotándome los ojos.
—En Cornualles —se apresura a responder.
Mi cerebro registra al instante que necesito orinar.
—Ya vale —lo reprendo. Estoy algo quejica también—. Tengo que hacer pis.
Me vuelvo en mi asiento, cojo la manija para abrir la puerta y veo el entorno que nos rodea.
Reconozco ese muro bajo que bordea el pequeño cementerio, y la pequeña cabaña en la que puedes
entrar para tomar el sendero que lleva a la playa, y la mezcla de arena y hojas que se acumula en el
pequeño canal. Me resulta familiar. Demasiado familiar.
Me vuelvo hacia él.
—¿No era coña? —Miro otra vez, pero los trajes de buzo tendidos en el jardín que hay al otro
lado de la carretera confirman mis temores—. ¿Vas a dejarme en casa de mi madre? —digo
reflejando lo herida que estoy.
Tal vez él tampoco se vea capaz de soportar su ridícula sobreprotección y haya llegado a la
conclusión de que, si deja que mis padres cuiden de mí durante este embarazo, probablemente se
evite el infarto que va a sufrir a este paso. Y puede que esto también salve nuestro matrimonio,
porque si seguimos así nos esperan unos cuantos meses de exceso de control por su parte y de exceso
de resistencia por la mía, al menos hasta que esté demasiado gorda como para contraatacar. Me
pondré como una ballena. Gigante. Enorme. Gorda y preñada y en absoluto sexy. Creo que voy a
llorar. Desliza la mano por mi cuello y me agarra de la nuca para que me vuelva hacia él.
—No me amenaces con Cornualles. —Sonríe con malicia y me echo a llorar como una
embarazada estúpida con las hormonas alteradas. A través de mis lágrimas irracionales, veo que su
sonrisa se desvanece y es reemplazada por una mirada de preocupación—. Nena, es una broma.
Tendrían que matarme para apartarme de ti. Ya lo sabes. —Tira de mí, me coloca sobre su regazo y
yo hundo la cara en su cuello sollozando como una tonta. Sé que me estoy comportando de una
manera totalmente irracional. Él jamás me dejaría. ¿Qué coño me pasa?—. Paula, mírame.
Me sorbo los mocos y levanto a regañadientes la cabeza para dejar que vea mi cara cubierta de
lágrimas.
—Voy a ponerme gordísima. ¡Enorme! ¡Son mellizos, Pedro!
Mi engreimiento del hospital ha desaparecido. Toda mi idea de torturarlo con bebés gritones y
con mis cambios de humor acaba de esfumarse. Mi cuerpo va a estirarse por todas partes. Tengo
veintiséis años. No quiero tener pellejos colgando ni tampoco estrías. Jamás volveré a lucir lencería
de encaje.
—Ya no... —No quiero ni pensarlo, y me cuesta un mundo decirlo.
—¿Te desearé? —dice terminando la frase por mí. Sabe cómo me siento.
Asiento ligeramente y me siento culpable por ser tan egoísta, pero cuando pienso en cómo me
mira cada vez que me tiene en sus brazos, o cada vez que me mira, simplemente... no sé qué haría si
jamás volviera a mirarme así. Lo necesito. Es una parte importantísima de nuestra relación.
—Sí. —He de ser sincera. Es uno de mis temores, junto con todos los demás que acompañan
este embarazo.
Sonríe un poco, me coloca la mano en la mejilla y me la acaricia trazando suaves círculos con
el pulgar.
—Nena, eso no va a pasar.
—¿Y cómo lo sabes? No sabes cómo te sentirás cuando tenga los tobillos hinchados y camine
como si me hubieran metido una sandía a presión.
Se echa a reír con ganas.
—¿Así va a ser?
—Seguramente.
—Deja que te diga una cosa, señorita. Cada día que pasa te deseo más, y creo que llevas a mis
hijos ahí dentro desde hace unas cuantas semanas —dice, y me acaricia la barriga suavemente con la
otra mano.
—Todavía no estoy gorda —mascullo.
—No vas a engordar, Paula. Estás embarazada. Y además, pensar que tienes algo que forma parte
de ti y de mí ahí dentro, calentito y a salvo, hace que me sienta tremendamente feliz y... —empuja
lentamente las caderas hacia arriba. Está empalmado— hace que te desee aún más si cabe. Así que
cállate y bésame, esposa.
Le lanzo una mirada cínica y él me mira con expectación mientras sube la cadera de nuevo. Me
excito al instante y prácticamente me abalanzo sobre él, y en este mismo momento decido que no
pienso dejar que eso suceda. Voy a hacer esos ejercicios pélvicos hasta que me ponga morada del
esfuerzo. Y pienso ir a correr, y llevaré encaje cuando esté de parto.
—Mmm, ésta es mi chica —murmura cuando me aparto un segundo para que respire—. Joder,
Paula, me encantaría arrancarte esas bragas de encaje y follarte como un loco aquí mismo, pero no
quiero montar un espectáculo.
—Me da igual —replico, y lo ataco de nuevo. Hundo la lengua en su boca y lo agarro del pelo
con fuerza. Acaba de decir que quiere follarme, y me da igual dónde estemos.
—Paula. —Forcejea conmigo entre risas—. Para o no me hago responsable de mis actos.
—Tranquilo, no te haré responsable —digo. Tiro de su camiseta y me aferro a su erección.
—Joder, mujer —gruñe.
Casi lo tengo, pero entonces oigo unos fuertes golpes en la ventanilla a mi lado. Me aparto al
instante lanzando un grito ahogado de sorpresa e intento dominar mi casi indómita lujuria. Nos
miramos el uno al otro durante unos segundos, ambos jadeando, y después giramos la cabeza al
unísono en dirección al cristal.
Es un policía, y no parece muy contento. Pedro me aparta de su regazo y me coloca rápidamente
en mi asiento, donde empiezo a alisarme el pelo y me pongo de todas las tonalidades de rojo que
existen. Él esboza su sonrisa de pícaro mientras observa cómo me arreglo.
—Así aprenderás. —Baja la ventanilla y dirige la atención hacia el poli—. Disculpe, agente.
Está embarazada. Las hormonas, ya sabe... No me quita las manos de encima —dice conteniendo la
risa, mientras que yo resoplo indignada y le doy un golpe en el muslo. Pedro se echa a reír, me coge
la mano y me la aprieta—. ¿Lo ve?
El policía carraspea y se pone colorado.
—Sí..., bueno..., eh..., están en un lugar público —dice señalando a nuestro alrededor—.
Prosigan su camino.
—Hemos venido de visita.
Pedro vuelve a subir la ventanilla para bloquear cualquier posible balbuceo y tartamudeo
incómodo adicional del abrumado policía y vuelve su rostro socarrón hacia mí. Está de buen humor.
Es un sinvergüenza, como siempre, pero adorable, encantador y pícaro.
—¿Preparada?
—Creía que íbamos a viajar en avión.
Me encanta Newquay, y estoy deseando ver a mis padres, pero lo que necesito en estos
momentos es disfrutar de Pedro para mí sola.
—Y lo haremos, después de contarle a mi encantadora suegra que va a ser abuela. —Baja del
coche dejándome horrorizada. De repente se me han quitado las ganas de ver a mi madre. Le va a dar
algo. La puerta de mi lado se abre—. Vamos.
Cierro los ojos e intento reunir algo de paciencia.
—¿Por qué me haces esto? —pregunto.
—Tienen que saberlo. —Me coge de la mano y tira de mí.
—No, lo que pasa es que te mueres por anunciarle a mi madre de sólo cuarenta y siete años que
va a ser abuela.
—Para nada —responde a la defensiva, pero lo he pillado. Le encanta buscarle las cosquillas.
Cogiéndome de la mano, me guía por la entrada hasta la puerta del adosado de mis padres junto al
mar.
—¿Cómo sabías dónde era? —digo. Acabo de pensarlo. Nunca había venido. ¿O sí?
—Llamé y les pregunté la dirección, y creo que ése es el coche de tu padre —dice señalando el
Mercedes—. ¿No?
—Sí —gruño.
Por lo visto, nos están esperando.
Cuando llegamos a la puerta principal, Pedro levanta mi mano, me la besa con dulzura y me
guiña un ojo. Yo sonrío al pícaro irritante. De pronto, saca un par de esposas y nos las pone en las
muñecas.
—¿Qué haces? —inquiero. Intento apartarme pero es demasiado tarde: sabe manejarlas
perfectamente—. Pedro!
La puerta delantera se abre y tras ella aparece mi madre, encantadora con un par de vaqueros
piratas y un jersey de color crema.
—¡Ya ha llegado mi chica!
—¡Hola, mamá! —exclama Pedro levantando nuestras manos esposadas y saludando con la
mano con una sonrisa. Sabía que iba a hacerlo, y aunque mi pobre madre acaba de quedarse
petrificada, no puedo evitar sonreír. Está en modo travieso y juguetón, y me encanta.
Mi madre se acerca nerviosa, inspecciona el terreno detrás de nosotros para comprobar que
nadie lo ha visto y agarra a Pedro del brazo y lo empuja hasta el recibidor.
—Quítale esas esposas a mi hija, delincuente.
Él se echa a reír y me las quita al instante. Mi madre recupera rápidamente la sonrisa.
—¿Contenta? —pregunta Pedro.
—Sí. —Le da un golpecito en el hombro y se acerca para estrecharme contra su pecho—.
Cuánto me alegro de verte, cariño. He preparado la habitación de invitados.
—¿Vamos a quedarnos? —pregunto aceptando su abrazo.
—Volamos por la mañana —me informa Pedro—. He pensado que sería mejor que viniéramos a
hacerles una visita antes de que tu madre piense que te impido verla.
Ella me suelta y abraza a mi marido.
—Gracias por traerla de visita —dice, y lo abraza aún más fuerte.
Sonrío al ver cómo acepta su abrazo y pone los ojos en blanco. Todo esto no le gusta. Sé que
preferiría tenerme en exclusiva todos los días de la semana, pero está haciendo un esfuerzo, y eso
hace que lo quiera aún más si cabe.
—Aprovéchate porque voy a secuestrarla por la mañana.
—Sí, sí, ya lo sé —dice mi madre, soltándolo—. ¡Miguel! ¡Ya están aquí! Voy a hacer té.
La seguimos hasta la cocina y echo un vistazo a la casa. Todo está limpio y ordenado, como
siempre en casa de mis padres. No me crié en este lugar, pero mi madre se ha propuesto crear aquí
una réplica de la casa de mi infancia. Incluso hizo que derribaran una pared para unir la cocina y el
salón y crear una sala familiar enorme.
Mi padre está sentado a la mesa de la cocina, leyendo un periódico.
—¡Hola, papá! —digo inclinándome por encima de su hombro, y le doy un beso en la mejilla.
Él se pone tenso como siempre que se enfrenta a un momento de afecto.
—Paula, ¿cómo estás? —Cierra el periódico y le ofrece la mano a Pedro, que ya se ha
acomodado en la silla que hay junto a él—. ¿Aún te tiene alerta?
—Por supuesto. —Pedro me mira de soslayo y yo resoplo.
Voy al cuarto de baño y luego me siento a la mesa junto a mi padre y mi marido y observo en
silencio cómo charlan tranquilamente mientras mi madre prepara té e interviene en la conversación
de vez en cuando. Es una escena maravillosa, y si alguien me hubiera dicho que esto iba a suceder
cuando me enrollé por primera vez con mi señor de La Mansión del Sexo, me habría reído en su cara.
Jamás lo habría imaginado. Me siento muy feliz.
—He pensado que podríamos ir a cenar a The Windmill —dice mamá mientras deja el té en la
mesa—. Iremos dando un paseo. Parece que hará buena noche.
Mi padre gruñe su asentimiento, probablemente ansioso por tomarse unas cuantas pintas.
—Buena idea —dice.
—Perfecto —conviene Pedro. Me pone la mano sobre la rodilla y me da un pequeño apretón. Sí,
es perfecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario