Llego tarde pero, por primera vez, mi trabajo ocupa el último lugar entre mis prioridades. Es una suerte, porque estoy mirando con cara de pava el teclado numérico del ascensor porque no sé el código. Puedo volver a casa y preguntárselo a Cathy, pero decido usar la escalera de incendios. Necesito ventilar parte de la
furia que siento antes de ver a nadie. Podría arrancarle a alguien la cabeza y quiero reservarme la
mala leche para cuando vea a Matias.
—Buenos días, señora Alfonso. —La voz amable de Charlie es lo primero que oigo al salir de la
escalera, jadeando por el esfuerzo y no por el enfado.
—Charlie —resoplo poniéndome los tacones.
Me mira de cabo a rabo. A saber qué pinta llevo. Ni siquiera he usado un espejo. Me he puesto
cuatro horquillas en el pelo a ciegas.
—¿Se encuentra bien? —pregunta.
—Sí.
—Enhorabuena —dice.
Lo miro, espantada. Pedro no le contaría la buena nueva al joven conserje. Le cae de pena.
—Por su boda —añade Charlie—. No me había enterado.
Frunzo el ceño. ¿Se lo habrá dicho Pedro? Es probable. Estaría marcando su territorio, sus
pertenencias.
—Gracias.
Sigo andando y me pongo las gafas antes de salir a la luz del sol. Espero que oculten los ojos
hinchados y mi cara de pena. John está aquí. Se encoge de hombros y niego con la cabeza.
—No voy a irme contigo, John.
Aprieto el llavero y camino hacia mi Mini.
—Vamos, muchacha. No tientes tu suerte. —Su voz es un gruñido grave, pese a que me lo está
rogando.
—Lo siento, John, pero hoy conduzco yo —insisto en el tono más tajante de que soy capaz.
Me cuesta. Sólo quiero llorar. Está muy cabreado conmigo pero aun así ha enviado a John para
que me lleve al trabajo. Como de costumbre, no puede evitarlo. Me paro y me vuelvo para mirar al
gigante bonachón. Está delante del capó de su Range Rover, con sus enormes brazos extendidos,
suplicantes.
—¿Pedro está bien? —pregunto.
—No, se ha vuelto loco del todo, muchacha. ¿Qué ha pasado?
—Nada —digo en voz baja. Doy gracias de que John no sepa por qué Pedro ha perdido la
chaveta. Probablemente se avergüenza demasiado de mí como para contárselo a nadie. Está en su
derecho.
—¿Nada? —Se echa a reír y a continuación se pone muy serio—. ¿No tiene nada que ver con
ese hijo de puta danés?
—No. —Niego con la cabeza y pienso que Mikael podría ser otro motivo para que Pedro pierda
el control.
—¿Estás bien? —Lleva las gafas de sol puestas pero sé que me está mirando el vientre. Piensa
que le ha pasado algo al bebé.
Asiento y deslizo la mano por mi vestido azul claro hasta el ombligo.
—Estoy bien, John.
—Puala, muchacha, deja que te lleve al trabajo para que al menos pueda volver a La Mansión y
decirle que has llegado sana y salva —dice señalando su mole de metal negro.
Me cuesta decirle que no a John. Piensa en Pedro y sé que también se preocupa por mí. En otras
circunstancias, le diría que sí, pero tengo un ex con el que tratar y no puedo esperar para arrancarle
la piel a tiras.
—Lo siento, John.
Me subo en mi coche y llamo a Charlie para que me abra las puertas. Ni código ni dispositivo de
apertura. Cualquiera pensaría que intenta mantenerme presa. Dejo a John, no muy contento, en el
aparcamiento del Lusso y me voy al despacho.
La mirada que les lanzo a mis compañeros de trabajo en cuanto pongo el pie en la oficina hace
que agachen la cabeza y vuelvan a sus quehaceres cautelosamente. Hoy no estoy para chácharas ni
para fingir que la vida es un cuento de hadas. Tengo que centrarme en acabar la jornada laboral
cuanto antes. No puedo arriesgarme a interactuar con nadie. Podría explotar y eso sería malgastar mi
ira.
Me dejan trabajar en paz. Mi única distracción es mi imaginación, que vuela de qué estará
haciendo Pedro a qué le voy a hacer yo a Matias. Sobrevivo sin problemas hasta que Patrick se sienta
en el borde de mi mesa nueva. Lo veo antes de oírlo, cosa que no había pasado nunca. Ya no hay
crujido de advertencia, lo que me entristece un poco. Le había cogido cariño al sonido de mi jefe
aposentándose sobre mi mesa, aunque me hiciera contener el aliento y desear que estuviera hecha de
madera reforzada.
—Flor, cuéntame cosas. Hace días que no hablamos. Es culpa mía, lo sé.
No necesito esto. Tengo mil cosas en la cabeza, el trabajo no es una de ellas, y temo que me
pregunte por Mikael. Estoy en el tiempo de descuento, soy consciente, pero ahora no es el momento.
—No hay mucho que contar, la verdad —digo, y sigo con el correo electrónico en el que llevo
trabajando una hora. Únicamente he escrito dos líneas, y sólo es una solicitud de muestras a un
proveedor.
—Entonces ¿todo bien?
—Sí —asiento. Mis respuestas son cortas y secas, pero intento no ser borde.
—¿Te encuentras bien, flor? —Salta a la vista que Patrick está preocupado, pero lo que debería
decirme es que me anime y que conteste en condiciones.
Dejo de teclear y miro al oso de peluche que tengo por jefe.
—Perdona. Sí, estoy bien, pero tengo que terminar un montón de cosas hoy. —Me aplaudo
mentalmente a mí misma por haber terminado con profesionalidad mi pequeño discurso. Se me oía
bien y con ganas de seguir trabajando, cosa a la que Patrick nunca se opondría.
—¡Excelente! —se ríe—. Te dejo, pues. Estaré en mi despacho.
Se levanta de mi mesa y, por primera vez en años, no cruje. Aun así, hago una mueca.
—Paula, perdona que te moleste. —La voz temerosa de Sally hace que casi me sienta culpable.
—¿Qué pasa, Sal? —Miro a nuestra chica del montón transformada en sirena de oficina y me
obligo a sonreír hasta que veo la falda escocesa. Ha vuelto, y yo estaba tan ocupada lanzando
miradas de advertencia cuando he llegado esta mañana que ni siquiera me había dado cuenta.
Tampoco me había dado cuenta de que no hay ni rastro de las uñas pintadas ni de las camisetas
escotadas. Por la cara que tiene, parece que le han dado la peor noticia posible: la han dejado.
—Patrick me ha pedido que actualice todas las facturas pendientes de pago. Aquí tienes la lista
—dice pasándome un listado impreso de mis clientes—. Las que están subrayadas vencen dentro de
una semana, y Patrick quiere que se lo recuerdes a tus clientes para que recibamos los pagos a
tiempo.
Frunzo el ceño y reviso la hoja de cálculo.
—Pero no han vencido aún. No puedo recordarles algo que no han olvidado —replico. Ya paso
bastante apuro persiguiendo a los que no pagan a tiempo.
Se encoge de hombros.
—Yo sólo soy el mensajero.
—Nunca nos había pedido algo así antes.
—¡Yo sólo soy el mensajero! —salta, y retrocedo en mi silla.
Luego se echa a llorar y sé que debería correr a consolarla, pero me quedo sentada viendo cómo
solloza en mi mesa. Se sorbe los mocos, hipa, solloza y llama la atención de todo el mundo, incluido
Patrick, que ha salido de su despacho para ver a qué venía tanto alboroto. Se retira a toda velocidad
cuando ve a Sal hecha un mar de lágrimas. Tom y Victoria tamborilean con sus bolígrafos y ninguno
de los dos acude a sacarme del apuro. Y estoy en un apuro. No sé qué hacer con ella, pero como
nadie parece dispuesto a hacer nada, sólo quedo yo. Guardo la hoja de cálculo en mi bandeja, me
levanto, cojo a Sal y me la llevo al servicio. Le lleno las manos de papel higiénico y aguardo en
silencio a que se le pase.
Tras cinco minutos eternos, por fin abre la boca.
—Odio a los hombres —es todo cuanto dice.
Me hace sonreír. Creo que todas las mujeres del planeta han dicho lo mismo alguna vez.
—¿Las cosas no van bien con...?
—¡No pronuncies su nombre! —salta—. No quiero volver a oírlo en mi vida.
Genial, porque no me acuerdo.
—¿Quieres hablar de ello?
—No —espeta limpiándose la cara con un pañuelo de papel. No se mancha de maquillaje.
Vuelve a ser la Sal aburrida—. ¡Ni de coña! —añade con una mirada de odio.
Qué alivio. Mi cerebro no está en condiciones. Podría escucharla, pero poco más.
—Bien —asiento al tiempo que le paso la mano por el brazo para darle a entender que la
comprendo, cuando en realidad lo que siento es alivio.
—Hoy está, mañana no está. Un día llama, al otro se le olvida. ¿Qué significa? —dice, y me
mira expectante, como si yo tuviera la respuesta.
—¿Quieres decir que está jugando contigo? —Estoy participando en la conversación.
—Sí, sólo me llama cuando le apetece. Me paso la vida esperando que me telefonee y cuando
quiere verme es estupendo, pero todo cuanto quiere hacer es hablar de mí, de mis amigos, de mi
trabajo... —Se sorbe los mocos—. ¿Cuándo querrá acostarse conmigo?
Me atraganto de la risa.
—¿Te preocupa que no haya intentado llevarte al huerto? —Eso es poco frecuente. Debería
estar encantada.
—¡Sí! —contesta desplomándose contra la pared—. ¡Ya no sé de qué hablar!
—Es bonito que quiera conocerte, Sal. Hay demasiados hombres que sólo piensan en una cosa.
¿Está frustrada sexualmente? ¿O es que es un cero a la izquierda en la cama? ¿Se ha acostado
con alguien alguna vez? No me lo imagino y, a juzgar por lo mucho que se ha ruborizado, yo diría que
no. ¿Sal es virgen? ¡La leche! ¿Qué edad tiene?
De repente tengo muchas ganas de seguir hablando, pero Victoria asoma la cabeza y pone fin a
mi futuro interrogatorio.
—Paula, tu móvil no para de sonar —anuncia. No puede evitar mirarse al espejo antes de irse.
—Sal, tengo que atender el teléfono. —Podría ser Pedro, y se estará mordiendo los muñones—.
¿Seguro que estás mejor?
Asiente, hipa, se suena la nariz y me mira con ojos llorosos.
—¿Tú también estás mejor?
—Sí —respondo. Frunzo el ceño y no digo nada por haber faltado al trabajo estos días. No
estoy preparada para darles la noticia.
—No lo parece. ¿Qué te pasa?
Busco en mi cerebro una excusa plausible para las frecuentes visitas al baño y los cambios de
humor.—
Gripe intestinal —digo. Es lo mejor que se me ocurre.
—¿Y la vida de casada? ¿Bien? ¿Habrá luna de miel?
Guardo silencio unos instantes y me pregunto cómo es que hemos acabado hablando de mí.
—Todo bien —miento—. Tal vez vayamos de vacaciones pronto, Pedro está ocupado. —Otra
trola, pero Sal es una de las pocas personas de mi vida que no se han dado cuenta de mi mala
costumbre, así que estoy segura de que no me ha pillado.
La dejo antes de que me haga más preguntas y me apresuro a volver a mi mesa. Espero encontrar
muchas llamadas perdidas de Pedro. Qué decepción: son de Ruth Quinn. No he hablado con ella
desde que me fui de nuestra reunión y no sé si me apetece llamarla. Pero entonces el móvil vuelve a
sonar. No necesito llamarla. Va a seguir insistiendo hasta que se lo coja, y no puedo evitarla toda la
vida.
—Hola, Ruth. —La saludo en un tono normal.
—Paula, ¿cómo estás? —Ella también suena normal.
—Bien, gracias.
—Esperaba tu llamada. ¿Te habías olvidado de mí? —Se ríe.
La verdad es que sí. Su enamoramiento lésbico les ha cedido el puesto a cosas más importantes.
—Para nada, Ruth. Iba a llamarte más tarde —miento como una bellaca.
—Yo te he llamado primero. ¿Podemos reunirnos mañana?
Me hundo en mi silla. Mi mente elabora mil excusas para decirle que no, pero sé que tengo que
coger el toro por los cuernos. Puedo ser profesional.
—Claro, ¿a la una, más o menos?
—Perfecto. Te estaré esperando. ¡Adiós!
Dejo la cabeza colgando. Genial... Me estará esperando. Mañana me pondré pantalones y no
pienso arreglarme en absoluto.
Tom se baja las gafas de moderno hasta la punta de la nariz.
—¿Dejada? —pregunta.
No necesito que elabore su pregunta de una palabra.
—Es complicado —digo para quitármelo de encima, y empiezo a hacer anotaciones en unos
dibujos, pero entonces algo llama mi atención fuera del despacho.
Mi hermano.
Está en la acera, intentando divisar el interior de la oficina, y nos tiramos un buen rato
mirándonos. Abre la puerta y entra.
—Hola —sonríe.
Lo saludo con un gesto de la mano.
—Hola —susurro.
Estamos otra vez a malas.
—¿Comemos juntos? —pregunta, esperanzado.
Sonrío, cojo mi bolso y me reúno con él. Se me ha pasado un poco el cabreo pero ya lo avivaré
luego. Ahora mismo quiero arreglar las cosas con Dan antes de que se vuelva a Australia. Ha sido un
capullo integral, pero no puedo guardarle rencor. Es mi hermano.
—Tom, regresaré dentro de una hora.
—Mmm —contesta. Me vuelvo y veo que le está poniendo ojos golosos a Dan—. Adiós,
hermano de Paula —canturrea despidiéndolo con la mano al tiempo que le dedica una caída de ojos.
Me muerdo el labio y niego con la cabeza, especialmente cuando Dan pone cara de susto y
empieza a andar hacia atrás.
—Sí, eso... —Se aclara la garganta y se pone derecho para parecer más masculino—. Ya nos
vemos —añade. Ha bajado la voz una octava.
Me echo a reír.
—Vamos. —Empujo a Dan para que salga—. Tienes un admirador.
—Genial —bromea él—. No es que sea homófobo, ya sabes... Cada cual tiene sus gustos.
—Pues yo creo que a Tom le gustas tú.
—¡Paula! —Me mira horrorizado pero luego sonríe—. Es evidente que tiene buen gusto.
—No quiero bajarte de tu nube, pero se porta así con casi todos los hombres. No eres nada
especial.
Empezamos a andar por Bruton Street, en dirección a Starbucks.
—Gracias —sonríe, y me da un codazo.
Se lo devuelvo y le sonrío a mi vez. Tengo la impresión de que todo irá bien.
Dan deja los cafés y su sándwich en la mesa y de inmediato me echo tres sobres de azúcar en mi
capuchino. Se me olvida que es algo que no suelo hacer hasta que levanto la vista y veo que Dan me
observa removerlo con el ceño fruncido.
—¿Desde cuándo tomas azúcar con el café?
Dejo de remover en busca de una excusa plausible. No hemos hablado, pero estamos a gusto. Si
le digo que estoy embarazada todo volverá a ser raro. Voy a ser una cerda y a esperar a que esté de
vuelta en Australia. Luego convenceré a mi madre para que se lo cuente ella.
—Estoy hecha polvo. Necesito un subidón de azúcar —digo. Es lo mejor que se me ocurre.
—Pareces cansada. —Se sienta y me estudia detenidamente.
—Es que lo estoy. —Es la verdad. No necesito retorcerme el pelo.
—¿Por qué?
—Mucho estrés en el trabajo. —Es una media verdad, y tengo que esforzarme para mantener las
manos sobre la mesa—. ¿Y tú estás bien?
—Kate me mandó a paseo, pero imagino que ya estás al tanto. —Desenvuelve su sándwich y le
da un mordisco.
Lo estoy, pero no se lo voy a confirmar.
—No deberías haberte metido en berenjenales, y mucho menos el día de mi boda.
—Sí, se me fue la pinza. Lo siento. —Me coge la mano—. Nunca antes nos habíamos peleado.
—Lo sé. Fue horrible.
—Fue culpa mía.
—Es verdad —sonrío.
Él mete el dedo en la espuma de mi café y me mancha la nariz.
—¡Oye!
—Enhorabuena —sonríe.
—¿Cómo? —salto.
—No te felicité el día de tu boda. Estaba muy ocupado haciendo el capullo.
—Gracias. —Qué alivio.
Me relajo en la silla pero al instante estoy tensa otra vez. Matias lo sabe y ha hecho un trabajo
fantástico manteniendo a mis padres al tanto de mi vida amorosa. Debe de estar más contento que
unas castañuelas. El cabreo se ha convertido en pánico. Llego a la conclusión de que no les ha ido a
mis padres con el cuento porque Dan no lo sabe, y si lo supiera no estaría aquí conmigo, comiéndose
un sándwich de atún la mar de tranquilo. Es un problemón. Tengo que hablar con Matias antes de que
llame a mis padres. O también podría llamarlos y contárselo yo misma. Eso sería lo correcto, pero
preferiría ir a verlos con Pedro. Quiero hacer esto bien, lo cual es ridículo, después de cómo se
enteraron de mi relación con él y de la sorpresa que se llevaron con la boda exprés. Quiero que esto
sea especial.
—¿Estás bien? —El tono de preocupación de mi hermano me libra del ataque de nervios.
—Sí; ¿cuándo vuelves a Australia?
—Cuando regrese a casa de Harvey me meteré en internet a buscar billete. —Se limpia la boca
con la servilleta y me pide disculpas como Dios manda.
Me paso media hora escuchando, asintiendo y negando, aunque tengo la cabeza en otra parte. No
sé qué hacer. ¿Cómo es que Matias no los ha llamado aún?
—Te van a despedir.
—¿Eh? —Miro la hora en mi Rolex. Son las dos y cuarto. Llego tarde pero no tengo prisa por
volver a la oficina. Lo único urgente es resolver mi pequeño problema con Matias de una vez por todas
—. Sí, será mejor que me vaya.
—Bonito reloj —añade señalando mi muñeca con la cabeza.
—Regalo de boda —explico. Me pongo de pie y me aliso el vestido—. ¿En qué dirección vas?
—De vuelta a casa de Harvey.
—Vale. ¿Me llamarás? Quiero decir que no te irás sin despedirte, ¿verdad?
Se le enternece la mirada y me da un superabrazo de hermano.
—No iría a ninguna parte sin despedirme de mi hermana pequeña. —Me besa en la coronilla—.
No nos enfademos nunca más, ¿vale?
—Hecho. Pero mantén al canario encerrado en la jaula. E intenta ser cordial con mi marido si
alguna vez volvéis a coincidir.
—Te lo prometo —me asegura. Me sorprende que no saque el hecho de que Pedro también fue
muy descortés, porque lo fue—. Cuídate mucho.
—Tú también.
Me despido de Dan pero, en vez de volver a la oficina, llamo diciendo que estoy indispuesta y
me dirijo al coche. Me estoy metiendo en terreno pantanoso pero esto no puede esperar. Matias no
estará en casa. Estará en la oficina. Por mí, bien: yo sólo quiero echarle la bronca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario