viernes, 9 de mayo de 2014

Capitulo 231 ♥

Disfruto de mi filete, aunque no puedo dejar de mirar con anhelo al otro lado de la mesa, donde
mis padres engullen con avidez su delicioso marisco. Más tarde, Pedro paga la cuenta y regresamos a
casa dando un paseo. Mi madre va explicándole a Pedro todos los rincones mientras caminamos. Al
llegar, mi padre se sienta junto a la ventana en su sitio de siempre, armado con el mando a distancia,
mientras que mi madre pone agua a hervir.
—¿Queréis un té antes de acostaros? —pregunta.
Pedro me mira desde el otro lado de la cocina y me pilla bostezando.
—No, voy a llevarme a Paula a la cama. Vamos, señorita. —Se acerca, me apoya las manos
sobre los hombros y me dirige fuera de la cocina. No ofrezco resistencia—. Dale las buenas noches a
tu madre.
—Buenas noches, mamá.
—Sí, acostaos ya. Tenéis que madrugar mucho —dice mientras enciende el hervidor.
—Dale las buenas noches a tu padre —me ordena Pedro mientras pasamos por el salón.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches a los dos. —Mi padre ni siquiera aparta la vista del televisor.
Pedro me empuja por la escalera y me guía por el pasillo hasta que llegamos a la habitación de
invitados, donde empieza a desnudarme.
—Ha estado bien —digo mientras me quita el vestido por la cabeza.
—Sí, pero tu madre sigue siendo una pesadilla —responde él secamente—. Dame la muñeca.
Le ofrezco la mano y observo cómo me quita el Rolex y lo deja sobre la mesilla de noche.
—Has vuelto a hacerla callar —digo sonriendo.
Acerca las manos a mi cuello y empieza a deshacerme el nudo del pañuelo de encaje.
—Ya aprenderá. —Me quita el pañuelo y el diamante queda expuesto. Sonríe y me lo coloca
recto—. ¿Tienes ganas de pasar unos días de contacto constante?
—Me muero de ganas —respondo sin vacilar, y empiezo a desabrocharle los botones de la
camisa. Es la verdad. Ha sido una noche estupenda, pero no me encontraré en el séptimo cielo de
Pedro hasta que estemos solos. Le deslizo la prenda por los hombros y suspiro—. Eres demasiado
perfecto. —Me inclino para besarle el pecho y me quedo un rato con los labios pegados a su piel.
—Lo sé —coincide sin broma ni sarcasmo. Lo sabe, el muy arrogante. Dejo caer su camisa y
empiezo a desabrocharle la cremallera de los vaqueros. Después deslizo las manos por su espalda y
desciendo hasta la solidez de su trasero.
—Me encanta esto —digo clavándole las uñas.
—Lo sé —vuelve a coincidir, y me saca una sonrisa.
Cuando llego hasta sus muslos, deslizo la mano hacia adelante y lo agarro sin fuerza. Está duro,
tal y como esperaba.
—Y ya sabes lo mucho que me gusta esto.
Inspira con los dientes apretados y aparta la ingle, pero yo sigo agarrándolo.
—Paula, nena, no pienso tomarte bajo el techo de tu madre.
—¿Por qué? —digo haciendo pucheros—. Estaré calladita —continúo entrando en modo
seductora.
Me mira poco convencido, y hace bien. No puedo garantizar eso.
—No creo que seas capaz.
Me pongo de rodillas para desatarle los cordones de los zapatos y él levanta un pie y luego el
otro para que se los quite junto con los calcetines. Agarro la cintura de sus pantalones y se los bajo
por las piernas lentamente.
—Te sorprenderías de lo que soy capaz de hacer. Arriba. —Le doy un golpecito en el tobillo.
—Quieres decir que me sorprendería de lo que soy capaz de hacer que hagas. —Levanta el pie
para que le quite los vaqueros y el bóxer—. Pero yo nunca me sorprendo. Sé qué efecto tengo en ti.
Suena engreído, pero sus palabras son totalmente ciertas, aunque no se lo digo, claro. No hace
ninguna falta. En lugar de alimentar su tremendo ego, me inclino y le beso el empeine. Después
muevo los labios hacia su tobillo y empiezo a trazar círculos con la lengua y a besarle la pierna en
dirección ascendente. Me tomo mi tiempo. Apoyo las palmas abiertas en la parte anterior de sus
muslos para sentir su calor mientras mi boca recorre cada centímetro de su piel desnuda, pero pronto
llego hasta su cuello, a pesar de mi determinación de alargar la cosa lo máximo posible.
Inspiro su aroma y me pongo de puntillas para alcanzar su barbilla, que está más elevada que de
costumbre porque está mirando al techo. No llego.
—¿Qué pasa?
—Estoy intentando controlarme —dice con voz grave.
—No quiero que lo hagas.
—No digas eso, Paula —me advierte.
—No quiero que lo hagas —repito con voz grave y gutural mientras le muerdo el cuello.
Actúa de prisa. Me enrosca el brazo alrededor de la cintura y me empotra contra la pared más
cercana con un gruñido. Estoy extasiada. Intento hacerme la dura, pero mis labios se separan y
empiezo a exhalar jadeos de sorpresa.
—Estás haciendo algo de ruido —señala tranquilamente mientras me sujeta por un lado de la
cara y pega la boca a mi oreja.
Cierro los labios, aprieto los ojos con fuerza y apoyo la cabeza contra la pared. Tengo que
centrarme, porque me lo va a poner difícil, aunque sé que no me va a dar con fuerza.
—Escúchame bien. —Me desabrocha el sujetador mientras sigue sujetándome de la mejilla y
habla con la boca pegada a mi oreja—. Parece que a tus padres les caigo bien. No lo fastidies.
Joder, mi seguridad flaquea por momentos. Maldita sea, ¿por qué no reservó un hotel? Me
muerdo el labio con fuerza decidida a no hacer ruido mientras me despega el sujetador de encaje del
cuerpo y lo tira al suelo. Después se inclina y toma mi pezón en la boca, sorbiendo la pequeña
protuberancia suavemente hasta que está totalmente erecta. Golpeo la cabeza contra la pared, con el
rostro contraído, intentando contener un gemido de placer.
No lo consigo.
—Jodeeeerrrr —gruño golpeando contra la pared de nuevo.
—En fin —dice pegando los labios a mi boca rápidamente—. No puedes controlarlo, ¿verdad?
Sacudo la cabeza sin ningún pudor, dándole la razón.
—No.
—Y eso confirma lo que ambos sabemos, ¿verdad? —Menea las caderas desnudas hacia arriba,
obligándome a ponerme de puntillas para intentar evitar el roce que hará que pierda por completo el
control.
—Sí —jadeo agarrándome a sus hombros descubiertos.
—¿Y qué es, Paula? —Me muerde el labio y lo mantiene entre sus dientes ligeramente mientras
espera a que le dé la respuesta que ambos conocemos.
—Tú tienes el poder —confirmo.
Sus ojos brillan con aprobación y me inclino para acariciarlo, pero él se aparta de mí negando
con la cabeza suavemente.
—Acabamos de aclarar quién tiene el poder. —Me aparta la mano—. Y debo salvaguardar mi
actual posición favorable con tus padres, así que vas a estarte calladita. —Me mira esperando
claramente que le confirme que lo entiendo. Y lo entiendo perfectamente, pero no puedo garantizar
que no vaya a hacer ruido—. ¿Puedes estar calladita, Paula?
—Sí —miento.
Me ha tendido una emboscada con su autoridad, y no voy a decir que no si al hacerlo va a
meterme en la cama para que nos limitemos a acurrucarnos. Este embarazo está haciendo que tenga
las hormonas disparadas. Estoy más desesperada que nunca, si es que eso es posible.
Parpadea vagamente y una sonrisa casi imperceptible empieza a formarse en su rostro. Levanta
la mano y retira la mía de mi pelo.
—Me parece que tenemos un problema —susurra—. No te muevas. —Se aparta y me entran
ganas de gritarle, pero después coge algo y camina hacia mí de nuevo, ocultando lo que ha cogido
detrás de la espalda.
Estoy nerviosa, retorciéndome, y siento una tremenda curiosidad por saber qué está
escondiendo, aunque no deja que sufra por mucho tiempo. Saca las manos y veo que sostiene mi
pañuelo de encaje. Se envuelve los puños con él y tira con fuerza. Aprieto los dientes, y los muslos.
De hecho, todos mis músculos se han tensado considerablemente al pensar en el uso que va a darle al
complemento. Sé que no va a vendarme los ojos.
—Creo que a éste vamos a llamarlo un polvo en silencio. —Me acerca el pañuelo a la boca y lo
hunde entre mis labios—. Mantén la lengua relajada —me ordena con suavidad mientras me rodea la
cabeza con la prenda y la ata con firmeza, aunque no demasiado tensa—. Cuando sientas la necesidad
de gritar, muerde el pañuelo, ¿entendido?
Asiento, y mi mirada lo sigue mientras se agacha y me quita las bragas. Da igual que no pueda
hablar, porque se me ha quedado la mente en blanco. No se me ocurre nada que decir, sólo puedo
pensar en lo que está por venir. Y puede que una pequeña parte de mí se pregunte si ha amordazado a
alguien antes. Seguramente sí. Las probabilidades son elevadas. La idea no me hace gracia, pero mi
estado de sumisión evita que siga con ese hilo de pensamiento (eso, y la lengua caliente que asciende
por la parte interior de mi pierna). No quiero gritar, pero muerdo el pañuelo de todos modos, cierro
los ojos y siento cómo mi corazón late a un ritmo constante en mi pecho. Estoy sorprendentemente
relajada.
Pedro respira de manera agitada en mi oído mientras entrelaza los dedos con los míos, me
levanta las manos y me las pega contra la pared que tengo detrás mientras me besa la piel sensible de
la parte interior del brazo dolorosamente despacio. Se está tomando su tiempo. Empiezo a temer que
sólo vaya a gritar de impaciencia.
—Creo que vamos a hacer esto tumbados —dice. Su tono de voz seguro me hace rogar por el
control mientras baja nuestras manos, con los dedos aún cruzados, y empieza a caminar hacia atrás
animándome a seguirlo, aunque no es necesario: seguiría a este hombre allá adonde fuera, ya sea a la
cama o al fin del mundo.
Se inclina, me coge en brazos y se arrodilla sobre la pequeña cama doble para colocarme
encima de ella con suavidad. Me besa la punta de la nariz, me aparta el pelo de la cara y me pone
ligeramente de lado, con una pierna levantada y flexionada para poder sentarse a horcajadas sobre la
que sigue extendida encima de la cama. Se inclina hacia adelante apoyándose en una mano y
sujetándome la pierna en alto con la otra, controlando lo que hace y acercándose hasta quedarse a
unos milímetros de mi abertura. Si pudiera gritaría, pero me limito a agarrarme a la cabecera de la
cama. Arqueo la espalda, pero él no se mueve. Es una tortura.
—Paula —dice besándome el pie—. No hay nada mejor que esto. —Se hunde lentamente en mí,
inclina la cabeza hacia atrás y me siento obligada a mirar.
Supero la tremenda necesidad de cerrar los ojos de pura dicha para poder verle la cara. Tensa
la mandíbula, me agarra el tobillo con más fuerza, apoya la mano libre en mi cintura y en su torso se
marcan las líneas de todos sus músculos definidos. Quiero tocarlo, pero estoy inmovilizada por el
placer. Es verdad: nada puede, ni podrá jamás superar esto. Es angustiosamente delicioso, y estoy
por completo paralizada, por completo cautivada y enamorada de él hasta las trancas.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta mientras se retira lentamente.
Estaba tan concentrada en el movimiento de sus músculos que no me he dado cuenta de que ha
bajado la cabeza y me está observando. Me amordaza, me inflige todo este placer y ahora espera lo
imposible. ¿Quiere que conteste? No hace falta, sabe la respuesta perfectamente, pero asiento de
todos modos. No sonríe ni muestra aprobación alguna a mi respuesta. Se limita a seguir hundiéndose
en mí poco a poco, como si me estuviera recompensando por mi respuesta silenciosa.
—A mí también me gusta lo que veo. —Me regala un golpe preciso de sus caderas. Tal vez no
pueda gritar de placer, pero puedo gemir, y lo hago.
Se retira lentamente y a continuación vuelve a hundirse de golpe. Está empezando a alcanzar un
ritmo estable. Permanece controlado, exacto y totalmente poderoso, pero sin la fuerza que sé que es
capaz de alcanzar. Está dispuesto a demostrarme que no es necesario hacerlo con rudeza, con la
rudeza que creo necesitar y que no sé si necesitaría de no estar embarazada. Me está concediendo un
capricho. Me está consintiendo. Y puedo sobrevivir con esto durante los próximos meses.
Gimo de nuevo mientras él empuja, y cuando siento que sus dientes se hunden en mi tobillo,
echo la cabeza atrás y unos calurosos calambres recorren todo mi cuerpo, erizando mi piel y
concentrándose intensamente entre mis piernas.
—Está perdiendo el control —jadea, y se eleva un poco más sobre sus rodillas, arrastrando la
parte inferior de mi cuerpo consigo.
Empiezo a sacudir la cabeza, a agarrarme con más fuerza a la cabecera y a retorcer mi cuerpo
para tratar de incorporarme, pero mi intento es en vano. Jamás lograré vencerlo. Me sujeta con
firmeza de la cadera y me mantiene donde quiere que esté.
—No te resistas, Paula. —Arremete con fuerza pero con cuidado. Aunque está muy lejos de
alcanzar la potencia de la que es capaz, sigue siendo delicioso. No la necesito. La ansío. Hay una
gran diferencia, pero ha alimentado mi deseo insaciable y ahora la espero.
Vuelve a hundirse en mí hasta el fondo. Intento incorporarme de nuevo pero no sirve de nada.
Jamás lo lograré, sólo conseguiré agotarme, y quiero reservar mis energías para la explosión que se
está acercando. Muerdo el pañuelo y dejo escapar un grito ahogado.
—¿Hago que te sientas cómoda, nena? —pregunta con evidente engreimiento mientras se retira a
un ritmo constante.
No lo miro. Cierro los ojos y centro la atención en los fuertes latidos de mi sexo. Me exige que
lo controle. Me está dominando, y aunque lo hace de una forma lenta y casi sin esfuerzo, está muy
dentro de mí y es muy placentero, así que voy a estallar.
—Lo estás haciendo bien,Paula. —Se hunde, menea la cadera y vuelve a salir—. Mi seductora
se está volviendo más fuerte. —Entra de nuevo, mueve la cadera, vuelve a salir.
Gimo y me agarro con fuerza a la cabecera. El flujo de su cuerpo en el mío es
inconcebiblemente delicioso. Qué gusto. ¡Joder! Intento gritar su nombre pero sólo consigo emitir un
aullido sofocado e inaudible.
—¡Paula! —susurra sonoramente—. ¡Cierra la boca!
A esa dura orden le sigue un movimiento menos controlado de sus caderas que me obliga a
gritar de nuevo, pero el sonido es igualmente indescifrable. Empiezo a alcanzar la cúspide del
placer. Acerca la boca a mi pierna, me clava los dientes en ella y comienza a acariciarme el clítoris
con el pulgar. Ya está. Trago saliva. Mi cuerpo forma un rígido arco y los espasmos se apoderan de
todos mis músculos. Muerdo con fuerza el pañuelo de encaje. Si pudiera hablar, no pararía de decir
palabrotas de placer, así que por suerte para él no puedo hacerlo. Estoy temblando y gimiendo. Pedro
sigue hundiéndose en mí, aún erecto, mientras continúa mordiéndome el tobillo. Estoy liberando el
placer, pero parece no detenerse nunca.
Me siento tremendamente agradecida cuando finalmente me suelta la pierna y puedo tumbarme
boca arriba. Estoy agotada, aunque mis músculos siguen contrayéndose sin parar alrededor de Pedro
mientras él continúa clavado en mi interior y se acomoda entre mis muslos.
—¿Te ha gustado? —pregunta con las cejas enarcadas con confianza mientras me mira. Yo
asiento y cierro los ojos a pesar de lo desesperada que estoy por mantenerlos fijos en su maravilloso
rostro húmedo. También quiero tocar su pelo y tirar de él, pero tengo los brazos soldados a la
cabecera—. Ni te imaginas la satisfacción que siento al ver cómo te deshaces bajo mi tacto —
susurra.
Abro los ojos brevemente y veo cómo eleva su torso, apoyado sobre sus musculosos brazos. No
intenta rozarme, parece contentarse con planear sobre mí.
Al cabo de unos instantes sigue en la misma postura, pero todavía dando sacudidas dentro de
mí. Me obligo a abrir bien los ojos. Me está mirando, esperando a que lo haga.
—Ha vuelto.
Sí, apenas, y sigue contrayéndose alrededor de su polla palpitante. Intento decir algo. Mi mente
extenuada había olvidado que estoy amordazada, pero en cuanto me doy cuenta de mi limitación,
convenzo a mis brazos para moverse y permitirme atrapar su cara entre las palmas de mis manos.
Lleva barba de dos días. Me encanta.
Gira la cabeza y me besa la palma antes de apoyarse sobre sus hombros y meter los dedos bajo
el pañuelo para bajármelo por la barbilla hasta dejarlo alrededor de mi cuello. Ya puedo hablar y,
curiosamente, ahora ya no quiero decir nada. Sostengo el rostro de Pedro y absorbo la felicidad que
emana de sus preciosos ojos verdes y no necesito hacer nada más.
—Quiero besarte —declara, pero aunque su proclamación me resulta muy dulce, está a años luz
de su típico «bésame», lo que probablemente explique mi ceño fruncido. Los ojos de Pedro brillan
con diversión.
—¿Ah, sí?
—Ajá. —Me pasa el pulgar por el labio inferior y observa atentamente—. Sí, mucho.
—Puedes besarme. —Estar amordazada ha hecho que se me seque la garganta y mi voz es
áspera y grave.
Su dedo alcanza la comisura de mi boca y empieza a recorrer mi labio de nuevo hacia el otro
extremo.
—No te estoy pidiendo permiso. —Cierra los ojos y los vuelve a abrir, fijándolos directamente
en mí—. Sólo pensaba en voz alta.
—¿Y si dejas de pensar y actúas? —Elevo las caderas para mostrarle que me gustaría que me
hiciera algo más que besarme. Sus movimientos van a hacer que vuelva a calentarme. Sigo
palpitando y apretando su erección dentro de mí.
—¿Me está dando usted órdenes, señora Alfonso?
—¿Me está rechazando, señor Alfonso?
—No, pero...
—Ya sé quién tiene el poder —lo interrumpo, y él me sonríe con picardía mientras se agacha,
pega los labios a los míos y toma lo que estoy tan dispuesta a darle.
—Jamás había probado nada tan delicioso. —Menea las caderas y sacude mis restos de placer.
—¿Ni siquiera un pastelito de Paula? —le pregunto pegada a su boca húmeda y exuberante.
—Ni siquiera —confirma dándome besos por la cara hasta llegar a mi oreja—. Ni siquiera la
mantequilla de cacahuete —murmura, baja el brazo y me rodea la rodilla con él. Tira de mi pierna
flexionada hacia arriba y hunde el puño en el colchón de manera que mi pierna envuelva todo su
brazo—. No hay nada tan puro... —me chupa el lóbulo—, tierno... —me lo mordisquea—, y
desnudo... —dice, y tira de mi carne con los dientes. Me estremezco mientras me besa la mejilla y
hunde la lengua en mi boca— como mi Paula —termina con un susurro—. Mi pura, tierna y desnuda
Paula. Y voy a tenerla tres días enteros... toda... para... mí.
Sonrío pegada a sus labios, hundo los dedos en su pelo y no puedo evitar darle un tironcito
juguetón mientras él gruñe y me bendice con esas exquisitas y maravillosamente diestras caderas. Me
penetra profundamente, con firmes embestidas, y luego se retira con suavidad. Yo suspiro y él gruñe,
pero no tengo intención de volver a correrme. Podría hacerlo, pero no quiero. Quiero concentrarme
en él, de modo que recibo sus movimientos con los míos, asegurándome de ofrecerle un contacto y un
placer óptimos.
Cuando noto que sus músculos se tensan alrededor de mi cuerpo, sé que está a punto, de modo
que lo beso con más intensidad, le tiro del pelo con algo más de fuerza y gimo. Está cerca y, cuando
se retira lanzando un grito ahogado, sé que quiere verme los ojos. Mis manos se desplazan
directamente a su cuello. El pulso de la vena de su cuello va en consonancia con su respiración
agitada. Nuestras miradas se encuentran, la suya cargada de deseo y la mía llena de entrega.
—Se me va a salir el corazón —murmura embistiéndome una última vez hasta el fondo y
permaneciendo ahí mientras inhala con dificultad y empieza a temblar—. Joder, qué gusto.
Yo no me corro, pero eso no evita que jadee ligeramente y que tenga que esforzarme por
controlar mi propia respiración. Le rodeo la cintura con los muslos y elevo los brazos a sus hombros
para tirar de él hacia mí.
Lo beso intensamente e invado su boca con ansia mientras su cuerpo tiembla y se sacude.
—¿Te ha gustado? —le pregunto pegada a su boca.
Él continúa besándome y me muerde la lengua ligeramente.
—Joder, no hagas preguntas estúpidas —me advierte, muy serio.
Después se aparta, se tumba boca arriba y levanta el brazo instándome a ocupar mi sitio
preferido. Mis dedos se posan sobre su cicatriz y empiezan a recorrerla de un lado a otro mientras él
me estrecha entre sus brazos con fuerza y aspira mi cabello.
—¿Estás bien?
—Joder, no hagas preguntas estúpidas —digo sonriendo pegada a su pecho.
—Paula, un día te meteré una pastilla de jabón en la boca.
Es capaz.
—¿A qué hora salimos?
—Sobre las siete. El vuelo sale a mediodía desde Heathrow.
—¿Desde Heathrow? ¿Tenemos que ir de nuevo hasta Londres? —exclamo. ¿Está de coña?
—Sí. Fue el único vuelo que encontré con tan poco tiempo.
Me hundo en su pecho, pero ese tono era inapelable y, además, ¿qué conseguiría quejándome?
Nada, y no sólo por la falta de tiempo y de disponibilidad.
—Podrías haber reservado algo desde Bristol, al menos —replico.
No he podido resistirme.
—Cállate. Hablemos de nuestros planes para el fin de semana.
—¿Has hecho planes? —pregunto.
—Sí, e incluyen un montón de encaje y mucha más piel desnuda. —Me besa la cabeza y pronto
olvido mi enfado.
Mi hombre y yo solos y un montón de piel desnuda tras haber retirado una pila de encaje...
lentamente. Sonrío, me acurruco más contra él y mi mente adormilada empieza a apagarse pensando
en mil cosas relacionadas con Pedro

GRACIAS POR LEER! ♥


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