—¡Os presento al nuevo propietario de Rococo Union!
Tom y Victoria se quedan ligeramente extasiados, pero Sally se queda tan pasmada como yo.
Ambas nos sentimos tremendamente incómodas ante la idea, pero aunque sé perfectamente por qué lo
estoy yo, no tengo ni idea de qué le pasa a ella.
—Por supuesto, en cierto modo ya lo conocéis —continúa Patrick—. El señor Van Der Haus y yo
hemos estado hablando durante las últimas semanas, y por fin hemos llegado a un acuerdo tras
negociar las condiciones.
—Y yo me muero por ponerme manos a la obra. —Mikael sonríe con sus ojos azules fijos en mí,
haciendo caso omiso del resto del personal—. Creo que nos irá muy bien juntos.
Sólo tres personas presentes en la sala asienten. Yo no estoy de acuerdo, y parece que Sal
tampoco. No digo nada porque tengo un nudo en la garganta. Veo cómo se acerca a la mesa y le
estrecha la mano a Patrick antes de presentarse formalmente ante mis colegas. Cuando le toca el turno
a Sal, apenas la mira, y ella se pone como un tomate y mira al suelo.
¡Ha estado saliendo con Mikael!
Me quedo boquiabierta al ver lo nerviosa que está. Por eso sabe que estoy casada. Por eso sabe
que estoy preñada y que espero mellizos. ¡Por eso lo sabe todo!
De repente, Angel, de Massive Attack, resuena por toda la sala y todo el mundo me mira y me
sorprende petrificada en la silla como una estatua, sosteniendo el teléfono con dejadez.
—¿Quieres responder a esa llamada? —pregunta Mikael con una sonrisa que no le devuelvo.
Entonces, la puerta de la oficina se abre y entra John, jadeando y analizando la escena que acaba
de interrumpir. Ahora ya no hay duda de que mi carrera en Rococo Union ha terminado.
El grandullón se acerca, sin importarle lo más mínimo que todo el mundo lo esté mirando con
unos ojos como platos, me coge el teléfono de la mano y contesta inmediatamente.
—Está bien.
Mi cerebro pasmado reacciona y entonces empieza a asimilar lo que está ocurriendo mientras yo
veo cómo John avanza por la sala de conferencias. Todo el mundo lo observa pero nadie le dice nada.
Debe de haber visto a Mikael entrar en el despacho y ha llamado a Pedro. Casi siento ganas de gritarle
al grandullón, sin embargo Mikael acaba de darnos la puntilla a mí y a mi empleo en Rococo Union; él
y este hombre inmenso con pinta de mafioso que acaba de irrumpir en la oficina.
Mikael no necesita una empresa de diseño interior. Eso es ridículo y roza lo obsesivo..., de un
modo similar al de mi marido.
John me mira y asiente. Yo asiento a mi vez porque me he quedado sin palabras. Me devuelve el
teléfono y lo miro espantada. No puedo mantener lo que sé que va a ser una discusión acalorada con
Pedro en estos momentos. Me hundo más en la silla, pero John me lanza una mirada que me indica que
no voy a librarme de ésta. Pedro quiere hablar conmigo, y sé que no me servirá de nada negarme.
Cojo el teléfono nerviosa y me levanto para abandonar la sala.
—¿Pedro?
—¡¿Qué COJONES hace ése ahí?! —Está furioso. Probablemente se esté arrancando mechones
de pelo a tirones.
—Ha comprado la empresa —respondo con voz tranquila con la esperanza de contagiarle la
calma. No obstante, es esperar demasiado. Está hiperventilando.
—Coge el bolso y sal de ahí con John de inmediato. ¿Me oyes?
—Sí —confirmo rápidamente sabiendo que no tengo elección.
—Hazlo mientras estás al teléfono.
—De acuerdo.
Me dejo el teléfono pegado a la oreja y vuelvo a la sala, atrayendo las miradas de seis pares de
ojos. La tensión es palpable. Recojo mi bolso y miro a John, que asiente de nuevo.
—¿Paula? —El tono familiar y preocupado de Patrick desvía mi mirada hacia mi jefe, o ex jefe.
—Lo siento, Patrick. No puedo seguir trabajando para Rococo Union.
—¿Por qué demonios no ibas a hacerlo? Van a suceder cosas fantásticas. Mikael me ha asegurado
que va a ascenderte a directora de reparto de beneficios. Era parte del trato, flor. —Se ha puesto de pie
y se acerca a mí con la frente arrugada—. Es una oportunidad magnífica para ti.
Sonrío y miro a Mikael, que parece haberse quedado sin habla también.
—Lo siento, debería haber dicho que no puedo trabajar para Mikael. —Ahora todas las miradas
se centran en el danés—. Mikael lleva un tiempo acosándome. No acepta un no por respuesta. —Me
cuelgo el bolso en el hombro—. Sal, te ha estado utilizando para sacarte información sobre mí. Lo
siento.
Está escondiendo la cara, pero sé que está llorando. Me siento fatal por ella.
—¿Tan desesperado estás que eres capaz de destrozarle la vida a alguien tan dulce como Sally?
—le pregunto a Mikael—. ¿Tan desesperado estás por vengarte de un hombre que eres capaz de
comprar la empresa para la que trabaja su mujer?
—Vengarme de ese mujeriego es sólo un extra. Te he querido desde el primer día. —Esa frase
prácticamente confirma las sospechas de Pedro—. Él no te merece.
—Merece tenerme y me tiene. Siempre me tendrá. Hemos superado problemas más gordos que
tú, Mikael. Nada de lo que me digas hará que me arrepienta de haber tomado la decisión de estar con
él. —Me tiembla todo el cuerpo, pero mi voz es firme—. No tengo nada más que decirte. —Doy
media vuelta para marcharme, pero me detengo brevemente en la puerta—. Lo siento, Patrick.
John me sigue con su mano gigantesca apoyada con firmeza sobre mi espalda, como si estuviera
evaluando mi condición física. Me siento triste pero extrañamente resuelta.
—Paula.
El leve acento danés que solía encontrar bastante sexy ahora me pone la carne de gallina. John
intenta empujarme hacia adelante, pero un estúpido sentido de la curiosidad hace que forcejee con el
grandullón y me vuelva hacia Mikael.
—Se tiró a otras mujeres mientras estaba contigo, Paula. No te merece.
—¡Sí me merece! —le grito a la cara, y él retrocede pasmado.
John me agarra del brazo pero me lo quito de encima.
—Paula, muchacha...
—¡No! ¡Nadie tiene derecho a juzgarlo mas que yo! ¡Es mío! —Lo he perdonado y, si me
dejaran, probablemente podría olvidarlo también—. Te ciega el resentimiento —digo, más calmada.
—Se trata de ti.
El danés le dirige una mirada cautelosa a mi guardaespaldas. Me echo a reír y sacudo la cabeza.
—No, no es verdad. Estoy casada y embara...
—Y sigo queriendo estar contigo.
Cierro la boca al instante y John le lanza un gruñido de advertencia:
—La chica no está disponible. —Intenta hacer que avance, pero estoy fija en el sitio.
—¿Me drogaste tú? —pregunto, pero la expresión de horror que invade su rostro al instante me
dice todo cuanto necesitaba saber.
—Paula, yo jamás te haría daño. He comprado esta empresa por ti.
Sacudo la cabeza y suelto una carcajada de incredulidad.
—La necesidad de venganza te consume. Ni siquiera me conoces. No hemos compartido nada de
intimidad, ni tenemos conexión, ni hemos tenido ningún momento especial. Pero ¿qué coño te pasa?
—Sé reconocer algo bueno cuando lo veo, y estoy preparado para luchar por ello.
—Pues estarás luchando en vano —digo tranquilamente—. E incluso si llegaras a conseguir
separarnos, que no lo harás, jamás me tendrías después.
Su piel se arruga en su frente cuando enarca las cejas.
—¿Por qué?
—Porque sin él me moriría. —Doy media vuelta y abandono mi lugar de trabajo sabiendo que
nunca volveré. Me siento un poco triste, pero ser consciente de lo que me espera a partir de ahora en
mi vida me pone una enorme sonrisa en la cara.
Una vez sentada en el Range Rover de John, y una vez que éste ha arrancado el motor, veo que
tengo el teléfono en la mano y recuerdo que él está al otro lado de la línea. No quiero oírlo. Quiero
verlo.
—¿Pedro?
No dice nada durante unos instantes, pero sé que está ahí. Su presencia atraviesa la línea
telefónica y me besa la piel.
—No te merezco —dice—. El danés tiene razón, pero soy demasiado egoísta como para cederte a
alguien que sí lo haga. Jamás nos separaremos, y nunca estarás sin mí, así que vivirás eternamente,
nena.
Las lágrimas inundan mis ojos y pienso en la suerte que tengo de que sea tan egoísta.
—Hecho —susurro.
—Te veré en el baño.
—Hecho —repito, porque sé que soy incapaz de decir más de una palabra sin echarme a llorar.
Cuelga y yo me sumo en mis pensamientos mientras veo Londres pasar por la ventanilla. Siento
un alivio tremendo. Por una vez, hay un silencio absoluto en el coche de John. No hay tarareos ni
golpeteos en el volante. Viajamos cómodamente callados de vuelta al Lusso.
—Ya hemos llegado, muchacha. —Aparca, sale del coche y espera a que me desabroche el
cinturón y me reúna con él en la parte delantera del vehículo.
—No hace falta que me acompañes adentro —digo, pero él me lleva la contraria con la mirada—.
Pedro te ha pedido que peines el ático, ¿verdad?
—Es sólo un pequeño control, eso es todo, muchacha. —Me coge del codo y me dirige al
vestíbulo del edificio. Podría protestar, pero no me molesto en hacerlo. Está siendo excesivamente
cauto, aunque si así se sienten más tranquilos él y mi neurótico marido, por mí estupendo.
Me sorprendo al ver a Charlie aquí, pero no lleva puesto el uniforme.
—Hola, Charlie —lo saludo mientras paso por delante, pero John no me da ni un momento para
conversar con él ni para advertirle siquiera de que se las verá con la ira de Pedro muy pronto. Sin
embargo, sí me da tiempo a comprobar lo elegante que está con el traje que lleva puesto y,
definitivamente, veo la cara de pánico que pone al descubrir al gigante que me escolta. John tiene ese
efecto en la mayoría de la gente, como me sucedía a mí.
El grandullón introduce el código, se aparta para dejarme pasar primero y entra en el ascensor.
Vuelve a introducir el código.
—¿Sabes el código? —pregunto esperando que no sepa lo que significa. Él me sonríe, y no sé si
es porque lo sabe o porque no.
—El muy cabrón ha sido bastante sensato esta vez, pero podría haber sido un poco más creativo.
Carraspeo un poco pensando en lo creativo que pedro puede llegar a ser cuando llega a cero.
Maravillosamente creativo, de hecho. Creativo hasta hacerte perder la razón. Necesito ese baño, pero
en cuanto se abren las puertas del ascensor, recuerdo apenada que aún es temprano y que es muy
probable que Cathy siga en el apartamento.
Entramos, me dirijo inmediatamente a la cocina y dejo mi bolso en la isleta. No veo a la
asistenta, así que voy al piso de arriba para buscarla, dispuesta a darle el resto del día libre.
—Paula, muchacha. —John corre detrás de mí—. Deja que eche un vistazo primero.
—John, en serio... —Me detengo y lo dejo pasar—. ¿Vas a estar haciendo de mi niñera hasta que
llegue Pedro a casa? —Espero que no. Quiero darme un baño antes de bañarme con él.
—No. Es para quedarnos más tranquilos —dice con su voz atronadora—. Deja ya de quejarte.
Me sobresalto ante su repentina brusquedad, pero no discuto con el gigante. Dejo que abra y
cierre las puertas mientras aguardo con paciencia, apoyada contra la barandilla de cristal con los
brazos cruzados sobre el pecho. No debería quejarme en absoluto después de la visita sorpresa que
hemos recibido esta mañana.
—Todo despejado.
—Qué alivio —sonrío apartándome del cristal.
John se detiene de pronto, con las cejas levantadas a medio camino entre la parte superior de sus
gafas de sol y la parte superior de su cabeza.
—No seas insolente conmigo, muchacha. —Está muy gruñón, como aquella vez que pensé que él
y yo habíamos llegado a un acuerdo—. Llamaré a los de seguridad y arreglaré lo del código.
Baja a toda prisa por la escalera.
—¿No está Cathy? —pregunto a su espalda.
—No —confirma, y se dirige al sistema telefónico del ático, pero su móvil empieza a sonar antes
de que llegue al fijo—. ¿Diga? —gruñe desviándose hacia la cocina—. Ya estamos aquí. Cathy ya se
ha marchado, pero me quedaré hasta que llegues. —Su voz se va apagando conforme aumenta la
distancia entre nosotros, y sé que está hablando con Pedro—. Una puerta azul que necesita una capa de
pintura —dice John susurrando a propósito, aunque todavía lo oigo perfectamente. Ésa es la
desventaja de tener una voz tan grave y atronadora. Puede que dé miedo, pero es incapaz de susurrar
—. En Lansdowne Crescent. No estoy seguro. Sólo eché un vistazo, pero si no es ella es que tiene una
doble.
Avanzo inconscientemente hacia John. He oído eso perfectamente, así que en realidad no necesito
acercarme más para asegurarme de que mis oídos no me engañan. No obstante, su intento de evitar
que lo oiga, sumado a la mención de la dirección de Ruth Quinn y al hecho de que es evidente que
John la ha reconocido de algo, me obliga a querer verle la cara para evaluar su expresión. Sé que no va
a ser alegre, y menos si está hablando con Pedro, lo que significa que él también conoce a Ruth. La
sangre se me va enfriando a cada paso que doy hacia los graves susurros del grandullón.
—¿No hay nadie allí? —John se pasea de un lado a otro de la cocina—. Ruth Quinn. Ya te lo he
dicho. Sé que mis ojos ya no son lo que eran, pero pondría la mano en el fuego. Tienes que llamar a la
policía, no ir en su busca, cabrón desquiciado.
Se me hielan la sangre y el cuerpo al ver que John se vuelve lentamente y advierte mi presencia.
Por muy negro que sea, sé perfectamente que acaba de quedarse lívido.
—¿Quién es ella? —le pregunto.
Su enorme pecho se expande y levanta la mano para quitarse las gafas. Ojalá se las hubiera
dejado puestas, porque la extraña visión de sus ojos confirma mis temores. Está preocupado, y eso no
le pega al grandullón.
—Pedro, tienes que venir aquí ahora mismo. Deja que la policía se encargue.
John separa el teléfono de la oreja y oigo cómo mi marido chilla, enfadado. No entiendo lo que
dice, pero sus gritos de frustración valen más que mil palabras. Mencionarle la intervención de la
policía tampoco ha sido buena idea.
—¿Quién es ella? —repito con los dientes apretados mientras mi respiración empieza a
acelerarse. Estoy ansiosa y asustada, aunque aún no sé por qué.
John suspira derrotado pero sigue sin contestarme. En lugar de hacerlo decide darme la espalda.
—Es demasiado tarde. Está aquí delante. Será mejor que vengas a casa.
Pedro grita de nuevo y me parece oír también unos golpes, como los de un puño llamando a una
puerta, una puerta azul desportillada. Empiezo a perder la paciencia. Mi falta de conocimientos sobre
algo de lo que, intuyo, debería estar al tanto está haciendo que se me vuelva a calentar la sangre.
Entonces John me pasa el teléfono y yo me apresuro a quitárselo de las manos.
—¿Quién es ella? —pregunto con voz clara y calmada, pero como no obtenga una respuesta no
tardaré en montar en cólera. Y sé de antemano que la tensión se me va a poner por las nubes.
Él respira agitadamente al otro lado de la línea y oigo sus pisadas fuertes y decididas contra el
suelo.—
No estoy seguro.
—¿Qué quieres decir? —empiezo a gritar. No me ha contestado, no de una manera satisfactoria.
Sé que sabe quién es Ruth Quinn.
—Voy para casa. Hablamos allí.
—¡No! ¡Respóndeme!
—Paula, no quería decirte nada hasta estar seguro de que es ella —dice, y el chirriante derrape de
las ruedas hace que me encoja. Es posible que así fuera, pero la incapacidad para susurrar de John le
ha fastidiado el plan—. Te lo explicaré cuando pueda asegurarme de que estás sentada.
—Esto no me va a gustar, ¿verdad? —No sé ni para qué pregunto. Quiere que esté sentada, y eso
es mala señal. De hecho, todo son malas señales. Incluso la expresión de preocupación del grandullón.
—Nena, por favor, necesito verte.
—No has respondido a mi pregunta —le recuerdo mientras me siento en uno de los taburetes—.
¿Qué otra cosa puedes tener que decirme, Pedro?
—No tardaré.
—¿Voy a querer huir?
—No tardaré —repite, y cuelga, dejándome con el teléfono de John pegado a la mejilla y el
estómago revuelto. Tengo ganas de salir corriendo ya. La incertidumbre, combinada con un miedo
increíble, me insta a huir, pero no de él, porque la sola idea de separarme de Pedro me parte en mil
pedazos. Sin embargo, en el fondo de mi ser algo me dice que debería protegerme de lo que está a
punto de causar un gran impacto en mi vida. En nuestra vida.
El teléfono del ático empieza a sonar y me hace dar un brinco. John sale de la cocina con sus
fuertes pisadas y con las gafas puestas de nuevo. No voy a malgastar saliva intentando extraerle
información, aunque sé que él tiene la que necesito.
Vuelve a la cocina con una expresión demasiado tensa para ser un hombre tan amenazador. Ahora
sí que estoy preocupada de verdad.
—Tengo que ir abajo. Cierra la puerta con llave cuando salga, y no contestes a menos que te
llame para decirte que soy yo. ¿Dónde tienes el móvil?
—¿Qué está pasando? —Me pongo de pie y empiezo a temblar.
—¿Dónde tienes el móvil? —insiste, y recupera el suyo de mi mano temblorosa.
—En el bolso. John, háblame.
Me coge el bolso, vierte su contenido sobre la encimera y en seguida encuentra mi teléfono. Lo
coloca sobre la isla, me levanta del suelo y me sienta en el taburete.
-Paula, éste no es momento de discutir. El conserje sospecha de alguien y tengo que bajar a
comprobar de quién se trata. Probablemente no sea nada.
No lo creo. Nada me indica que debería hacerlo: ni el tono de su voz, ni su lenguaje corporal.
Todo sugiere que debería estar aterrada, y estoy empezando a estarlo.
—De acuerdo —digo a regañadientes.
Asiente, me da un afectuoso apretón en el brazo y saca su enorme corpachón de la cocina. Oigo
que la puerta se cierra y me quedo quieta, temblando y dándole vueltas a la cabeza frenéticamente. No
consigo tranquilizarme. Sólo quiero que llegue pedro. Me da igual lo que tenga que decirme, no me
importa. Agarro el teléfono con fuerza y subo corriendo la escalera hacia el dormitorio para coger la
llave del despacho de Pedro del cajón de la ropa interior. Después vuelvo abajo y me apresuro a abrir la
puerta. Sé que me sentiré mejor cuando me siente en la enorme silla del despacho, como si en cierto
modo él me estuviera envolviendo con sus brazos.
Atravieso la puerta a toda velocidad, enloquecida y sin aliento, y me encuentro con una mujer de
pie en el centro de la habitación, mirando mi pared.
Es Ruth Quinn.
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