viernes, 2 de mayo de 2014

Capitulo 215 ♥

Después de haberme cuidado un buen rato, me envuelve en una toalla y me sienta en el lavabo
doble.
—Quédate aquí —me ordena con cariño. Me da un beso casto en los labios y se marcha con el
ceño fruncido.
—¿Adónde vas?
—Tú espera.
Lo oigo rebuscar. No tarda en volver con una bolsa de papel en la mano y las cejas enarcadas.
—¿Qué es eso? —digo tapándome con la toalla.
Respira hondo, abre la bolsa y me la enseña. Lo miro con curiosidad y luego me inclino hacia
adelante para ver qué contiene. En cuanto comprendo lo que es doy un respingo.
—¿No me crees? —espeto. Me ofende, es obvio.
Pone los ojos en blanco, mete la mano en la bolsa y saca una prueba de embarazo.
—Claro que te creo.
—Entonces ¿por qué tienes una bolsa llena de...? —La cojo, la pongo boca abajo y la vacío en el
lavabo que tengo al lado. Empiezo a contar—. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¿Por qué
tienes ocho pruebas de embarazo?
Miro a mi marido, que está como una regadera, y señalo las ocho cajas.
Se encoge de hombros, avergonzado, y aparta una.
—Cada caja contiene dos.
—¿Hay dieciséis? —exclamo.
Abre una.
—A veces fallan. Las compré por si acaso.
Saca una de las pruebas, se la lleva a la boca, rompe el envoltorio de plástico con los dientes y me
la da.
—Tienes que hacer pis aquí, mira.
Tira de la capucha y señala la única parte del stick que no es de plástico.
—Ya me la hice en el médico, Pedro. Sé cómo funcionan. ¿Por qué no me crees?
El labio inferior desaparece entre sus dientes y empieza a recibir un sinfín de mordiscos.
—Te creo, pero tengo que verlo con mis propios ojos.
Estoy un poco ofendida, aunque no tengo derecho a estarlo. Le he hecho creer cosas y lo he vuelto
un poco más loco de lo que ya estaba. Quiere confirmación oficial, y no lo culpo.
—¿Desde cuándo las tienes?
Me hace un mohín y se encoge de hombros con cara de culpabilidad. Agacha la cabeza. No hace
falta que me lo diga. Alargo la mano y levanta la mirada. Le brillan los ojos.
—Dame.
Deja de morderse el labio y sonríe. Y qué sonrisa. Creo que incluso supera la que reserva sólo
para mí. Aparto de mi mente la punzada de celos que noto en el vientre. Soy una tonta.
Salto del lavabo.
—Necesito intimidad.
Me mira sin entender nada.
—Me quedo contigo.
—¡No voy a mear delante de ti! —replico negando con la cabeza—. De ninguna manera, Alfonso.
Se sienta en el suelo frente a mí, la toalla se entreabre y lo enseña... Todo.
—Deshazte de mí si puedes —dice, luchando por no sonreír como un capullo.
—Me voy a otro cuarto de baño —respondo altanera pasando junto a él.
Se agarra a mi tobillo y de repente estoy intentando arrastrar un peso muerto.
—¡Pedro!
Tiro de mi pierna pero es inútil. Está tumbado boca abajo y me coge del tobillo con las dos
manos.
Me mira con unos ojos adorables y me pone morritos.
—Hazlo por mí, nena. Por favor. —Me dedica una caída de ojos. Increíble.
Intento no echarme a reír, pero cuando me mira así es imposible.
—¿Al menos te darás la vuelta?
—No. —Salta y se quita la toalla. Su perfección física me noquea como un martillazo—. ¿Te
sientes mejor ahora?
Se lleva las manos a la cintura y bajo la vista a su maravilla de acero.
Suspiro de felicidad.
—No, sólo me sirve de distracción —murmuro sin dejar de deleitarme con su belleza, de arriba
abajo y de abajo arriba. Es espectacular de pies a cabeza. Me como con la vista cada centímetro de su
cuerpo perfecto, maravilloso, mareante. Llego a la cara. Tiene los ojos vidriosos y yo también—. No
juegas limpio con ese cuerpazo.
—Pues claro, es uno de mis mejores atributos.
Me quita la toalla.
—Este otro es el único que le hace sombra. —Le da un buen repaso visual a mi cuerpo desnudo
—. Perfecto.
—No dirás lo mismo cuando esté gorda e hinchada —gruño, y de repente me doy cuenta de que
voy a estar gorda e hinchada—. Y si dices que habrá más Paula para amar, me divorcio.
Le arrebato la toalla y me la enrollo alrededor del cuerpo.
—No digas nunca la palabra «divorcio» —me amenaza cogiéndome de la mano y llevándome al
váter—. Si te hace sentir mejor, yo también comeré por dos.
Se está partiendo de la risa.
—Prométeme que no me dejarás cuando ya no pueda chuparte la polla porque la barriga estará de
por medio.
Echa la cabeza atrás de una carcajada.
—Te lo prometo, nena. —Me da la vuelta y me coloca frente al inodoro—. Ahora vamos a hacer
pis.
Me levanto la toalla y me siento en el váter mientras él se acuclilla delante de mí.
—¿Quieres volver a meter la mano en el váter? —Sonrío al ver cómo le tiembla el labio cuando
recuerda cómo me senté en su brazo en el hospital—. Podría marcarte de forma oficial.
Hace lo que puede pero fracasa, se cae de culo y se echa a reír como un loco. Eso sí que me hace
sentir mejor. Mientras el histérico de mi marido se revuelca de risa por los suelos, sujeto el stick entre
los muslos y aflojo la vejiga.
—Paula, cariño, no sabes cuánto te quiero.
Se levanta del suelo y se arrodilla de nuevo con las palmas apoyadas en mis rodillas. Me besa en
la boca... mientras hago pis en un stick.
—Ahí tienes. —Le doy el test, lo coge y me pasa otro—. ¿Qué?
Frunzo el ceño al verlo.
—Te lo he dicho: a veces fallan. Vamos.
Miro al cielo, desesperada, pero cojo el puñetero stick y repito la operación. En cuanto he
terminado, me pasa un tercero.
—¡Venga ya!
—Uno más —dice quitándole la capucha.
—Hay que ver... —Lo cojo de mala gana y me lo meto entre las piernas—. ¡El último!
Vacío del todo la vejiga para que así sea físicamente imposible que pueda mear en más test de
embarazo.
—Toma.
Corto un trozo de papel higiénico y me limpio mientras él lleva las tres pruebas al lavabo y las
ordena en fila.
A pesar de mi pequeño enfado, no puedo evitar sonreír al verlo ahí de pie, desnudo y agachado,
con la cara pegada a los sticks.
—¿Estás cómodo? —pregunto cogiendo sitio a su lado y copiando su postura. Yo también me
pego al lavabo.
—Creo que éstos no funcionan. Deberíamos hacer más —dice. Hace ademán de moverse pero se
lo impido.
—Sólo han pasado treinta segundos —me río—. Ven, lávate las manos.
Sujeto sus manos bajo el grifo sin que aparte la vista de las pruebas. Ni se entera de lo que hago.
—Ha pasado más tiempo —se burla—. Mucho más.
—No. Deja de ser tan neurótico. —Vuelvo a colocarme a su lado, mirando fijamente los sticks.
Con el rabillo del ojo veo que me mira mal. Sonrío. Arquea una ceja a la defensiva.
—No soy un neurótico.
—Claro que no —me mofo.
—¿Te estás burlando de mí, señorita?
—Por supuesto que no, mi señor.
Se hace el silencio y nos quedamos quietos, preparándonos, esperando la confirmación de lo que
ya sé. Y entonces unas letras tenues aparecen en el primer test y contengo la respiración. No sé por
qué. Quizá sea porque estoy imitando a mi hombre imposible, que se ha quedado lívido. El tiempo se
detiene mientras las letras van tomando forma. Se me acelera el pulso y miro el siguiente stick, en el
que están apareciendo las mismas letras. El corazón se me va a salir del pecho. Giramos la cabeza a la
izquierda para ver cómo las mismas letras aparecen en la tercera y última prueba de embarazo. Ahora
me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración y suelto por la boca el aire que acumulaba en
los pulmones. Pedro está temblando a mi lado. Lo miro. La emoción me desborda. Él también se
vuelve para mirarme. Seguimos agachados delante del lavabo, con las manos en las rodillas,
impasibles.
—Hola, papá —digo con voz temblorosa mientras él estudia mi expresión.
—Que me aspen —susurra por respuesta—. No puedo respirar.
Se desploma en el suelo, mirando al techo. ¿A qué viene tanta sorpresa? Si es lo que él quería.
Enderezo la espalda y relajo los hombros. Estoy tensa como un palo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
No me esperaba que reaccionara así. Le tiemblan los labios y me mira con sus ojazos verdes. Se
pone en pie de un salto y me coge en brazos. Doy un grito de sorpresa.
—Pero ¿qué te pasa?

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