jueves, 15 de mayo de 2014

Capitulo 243 ♥

—Es increíble, ¿verdad? —pregunta, y vuelve a colocarme sobre su cuerpo cogiéndome de los
muslos sin ningún esfuerzo.
—Sí —asiento con sinceridad—. Igual que tú.
—Y que tú.
—Tú más —respondo—. Demuéstrame lo increíble que eres. Se me ha olvidado. —Provoco su
arrogancia con esas palabras y arqueo la espalda para elevarme más en su cuerpo, de manera que tiene
que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener nuestro beso. El leve gruñido que profiere atraviesa
nuestras bocas unidas y me calienta más todavía.
Sale de su despacho y cruza el inmenso espacio diáfano del ático. Me tumba sobre la enorme
rinconera y tira de mí de manera que la parte inferior de mi cuerpo queda levantada sobre el brazo del
sofá. Se quita los pantalones y los calzoncillos y su magnífica polla hace su aparición, dura, dispuesta
y al alcance de la mano, pero entonces se arrodilla y la aparta de mi vista.
No tengo tiempo de quejarme. Me quita las bragas, me separa las piernas y pega la boca a uno de
mis muslos rápidamente, besándolo con cuidado. Después me besa el otro, tentándome
juguetonamente. Asciende poco a poco y oscila entre uno y otro con suavidad, subiendo un poco más a
cada beso y separándome las piernas con las manos mientras se dirige a mi centro palpitante.
—Pedro. —Tomo aire. Necesito mover las piernas. Levanto una mano para agarrarme al cuero del
respaldo del sofá y lo cojo de la nuca con la otra.
—¿Ya te acuerdas de lo increíble que soy? —pregunta, muy serio, retirándose y acariciando con
su aliento mi piel desnuda.
—¡Sí! —Me tiemblan las manos mientras su fresca respiración recorre mi cuerpo y se cuela entre
mis muslos—. ¡Joder! —Intento cerrar las piernas al sentir el primer contacto de su lengua en mi
clítoris, pero sólo está jugando conmigo, dándome pistas de lo que está por llegar, y mis piernas no se
mueven de ninguna manera más que como él decide, que es más separadas, volviéndome más sensible,
más abierta y más extasiada.
—Esa boca, Paula. —Su lengua me penetra y me acaricia el sexo de una manera
indescriptiblemente deliciosa. Lanzo un grito y niego con la cabeza—. ¿Cómo es? ¿Increíble? —Es
engreído y está muy seguro de sí mismo, y lo cierto es que se ha ganado ese privilegio—. Dime cómo
es, nena.
Lo estoy agarrando con fuerza del pelo, y eso debería valerle como respuesta, eso y mis
murmullos inaudibles. Estoy viendo las estrellas, siento chispas en el vientre y mis pobres piernas son
incapaces de moverse. Y entonces siento sus dedos dentro de mí, dejo de agarrarme al sofá y a su pelo
y me llevo las manos a mi propia cabeza. Los músculos de mi estómago se tensan cuando elevo la
parte superior del cuerpo para intentar sofocar la tremenda oleada de placer que desciende desde mi
vientre hasta mi sexo. En mi frenesí, decido que quiero verlo, de modo que me incorporo, apoyada
sobre los hombros, y dejo descender la mirada por todo mi cuerpo. Tiene la mano apoyada en mi
estómago mientras me folla con los dedos lentamente.
—Dímelo —insiste mientras entra en mí con una precisión angustiante.
—Es como si estuvieras hecho a mi medida —digo en un tono tan uniforme y seguro como la
expresión de su rostro. Él también lo piensa.
Sonríe y se inclina para besarme con ternura mi piel sensible. Después se pone de pie, me agarra
por debajo de los muslos y eleva la parte inferior de mi cuerpo para colocarse bien. De repente me
encuentro levantando también mi parte superior, apoyada sobre las palmas de las manos para poder
ver cómo me penetra. Y es una escena maravillosa. Los dos nos centramos en su rígida polla mientras
la acerca a mí sin usar las manos, como si tuviera un dispositivo de localización que la lleva justo a
donde pertenece. Llega al umbral de mi cuerpo y la mantiene ahí unos instantes, limitándose a
acariciar mi húmedo vacío juguetonamente. Impaciente como siempre, enrosco las piernas alrededor
de sus lumbares y tiro de él hacia mí, pero no se mueve. No hasta que él lo diga. Y no lo dice. Sonríe
con una sonrisa maliciosa casi imperceptible y con la vista baja, tentándome todavía con irregulares y
tortuosas caricias con el resbaladizo glande sobre mi pequeño manojito de nervios hipersensibles. Me
está matando, y me muero por dejarme caer sobre el sofá, pero estoy demasiado cautivada por el cruel
placer que me inflige.
—¿Probamos con la penetración? —pregunta, aún sin mirarme. Voy a perder el sentido, pero la
parte desafiante que hay en mí, unida a su segura actitud, me obliga a querer igualar su aplomo.
—Si quieres. —Mis palabras calmadas y distantes hacen que sus verdes ojos se desvíen de su
punto de enfoque con un brillo de sorpresa.
—¿Si quiero? —Me penetra muy ligeramente, pero lo suficiente como para obligarme a reprimir
un gemido. Sé que me hará esperar más si me muestro impaciente y exigente, de modo que lo
controlo.
—¿Qué tal si quieres tú? —Se introduce un poco más. Sé que acabo de abrir los labios y sé que
mi pecho se agita a gran velocidad. Hago todo lo posible, pero todas las fibras de mi ser están
cediendo. Con un brazo me sostiene en el sitio y con la otra mano tira hacia abajo de mi sujetador por
delante. Me pellizca los pezones con fuerza y yo contengo un grito de placer mezclado con un dolor
intenso—. Mi chica preciosa está intentando hacerse la dura —dice agarrándome con más fuerza, listo
para clavármela hasta el fondo—. Es una pena que se le dé tan mal fingir indiferencia. —Pero en lugar
de hacerlo con brío, se desliza suavemente y echo la cabeza hacia atrás con un gemido—. Eso está
mejor. —Está totalmente sumergido en mí y la punta de su impresionante polla me roza el cuello del
útero—. Muestra un poco de agradecimiento, Ava. —Se retira y vuelve a entrar, esta vez con un
ímpetu sorprendente.
Me empiezan a temblar los brazos y sacudo la cabeza con desesperación.
—Otra vez —exijo. Ya ha jugado conmigo bastante—. ¡Otra vez!
—Eso depende.
—¿De qué? Dijiste que no siempre tenía por qué ser salvaje. —Me cuesta controlar la respiración
y trago aire repetidamente—. Y ahora me haces esto. ¿Por fin has llegado a la parte del libro que
confirma que esto no afectará a los bebés?
—Sí. —Empuja con absoluta precisión obligándome a flexionar los brazos, pero vuelve a
quedarse quieto—. Es un buen libro.
—Es un buen libro ahora —coincido. Ahora que ha leído la parte más beneficiosa, es un libro
estupendo.
—Siempre lo ha sido, pero dice que tienes que escuchar a tu cuerpo. —Sale de nuevo y vuelve a
empujar lanzando un gemido.
—Pues lo estoy escuchando, y dice que me des más fuerte —jadeo.
—Los bebés están protegidos. He leído eso. —Sisea, y exhala de manera controlada—. Y por lo
visto también puedo darte azotes. —Su palma impacta contra mi culo con fuerza y lanzo un grito.
—¡Ya me has dado azotes antes! —le recuerdo gritando mientras vuelve a penetrarme.
—Pero entonces no sabía que estuvieras embarazada —me recuerda a su vez con otro fuerte
asalto de su palma contra mi trasero—. ¿Te gusta?
—¡Sí! —Me obligo a levantar la cabeza y, cuando lo hago, me vuelvo loca al ver lo que tengo
ante mí. La lengua se me sale sola de la boca y recorre mi labio inferior de manera lenta e insinuante
—. Eres fantástico —exhalo mientras observo cómo se tensan cada uno de los músculos
perfectamente definidos de su abdomen y cómo sus bíceps sobresalen al sostener la parte inferior de
mi cuerpo contra él.
—Lo sé. —Me aprieta lenta y suavemente.
—¡Joder! —Mis brazos ceden por fin y me dejo caer boca arriba sobre el sofá.
—Sí —coincide conmigo—. Joder, sí.
—Pedro, me voy a correr. —Ya no me importa tanto mantener el control.
Sólo quiero dejarme llevar.
—Yo no. —Sale y vuelve a entrar hasta el fondo—. ¿Estás escuchando a tu cuerpo,Paula?
—¡Sí! ¡Y me dice que necesito correrme!
Me da una palmada.
—¡No te hagas la lista! —Sale por completo de mí y vuelve a deslizar la polla por mi centro,
provocando una fricción tremendamente satisfactoria de su carne contra la mía—. Pues a mí me está
diciendo que estoy haciendo un gran trabajo cubriendo tus necesidades. —Está temblando. Lo noto a
través de sus brazos y en mis piernas, pero sigue embistiéndome sin parar.
—Joder, necesito estar encima de ti.
Me suelta la parte inferior del cuerpo y me agarra de las manos para colocarme sobre su cuerpo
erguido de un tirón. Me tumba sobre la alfombra debajo de él en un abrir y cerrar de ojos. Empieza a
lamerme los pezones con la lengua y coloca la mano entre mis muslos para ayudarse a entrar de nuevo
en mí. Ahora que siento su piel noto lo sudado que está. Mis manos palpan cada centímetro de su
cuerpo.
—Bésame —le ruego, y no lo piensa.
Nuestras bocas se unen mientras se desliza dentro de mí y nuestros cuerpos quedan lo más
pegados posible. Sus movimientos son perfectos, y elevo las caderas para recibir cada una de sus
embestidas, atrapando las chispas de placer que me instigan todas sus arremetidas. Lo agarro del culo
y le clavo las uñas en las sólidas nalgas mientras él me devora la boca y nuestras lenguas danzan voraz
y salvajemente.
—Creo que... —dice contra mi mejilla mientras sigue penetrándome— deberías... —ahora lo
tengo en el cuello, y empieza a mordisquearme el lóbulo de la oreja— dejar tu trabajo.
Sacudo la cabeza y elevo las caderas con un largo gemido de felicidad.
—No.
—Pero quiero pasarme los días haciendo esto. Dame tu boca.
Giro la cabeza hacia él.
—Tendrás que esperar hasta que regrese a casa. —Le muerdo el labio y vuelvo a agarrarlo del
culo para obtener más fricción.
—No quiero. —Me devuelve el mordisco—. Donde quiera y cuando quiera.
—Menos cuando estoy en el trabajo. Más al fondo.
—Vaya, ¿desde cuándo das tú las órdenes? —No se hunde más, el muy cabrón.
—No voy a dejar mi trabajo.
—¿Y cómo vas a cuidar de mis hijos si estás trabajando? —Me formula esa arrogante pregunta
pegado a mi boca al tiempo que hace girar las caderas.
—Has dicho que quieres que me quede en casa para hacer esto, no para cuidar de tus hijos.
—No te hagas la lista. —Abandona mi boca y se inclina para morderme el pezón y besarme de
nuevo hasta mi rostro—. ¿Más adentro?
—Por favor.
—Vale. —Se hunde hasta el fondo. Mucho. Deliciosa e increíblemente hasta el fondo.
—Mmm.
Se detiene y se concentra en besarme hasta la asfixia.
—¿Ves? Te concedo todos tus deseos.
Sin duda lo hace, pero sé adónde quiere ir a parar, y esto es un polvo de hacerme entrar en razón
sin la parte de la fuerza bruta. Debo tener cuidado.
—Eres demasiado bueno conmigo —respondo—. ¡Ahhhhh! —Me encuentro al borde del
orgasmo pero es maravilloso estar así, haciéndonos el amor, sintiéndonos el uno al otro y tomándonos
nuestro tiempo.
Pedro absorbe mi gemido mientras sigue explorando mi boca como si nunca la hubiera poseído
antes. Nuestras sesiones sexuales, ya sean ardientes o románticas, intensas o relajadas, son siempre
como si fuera la primera vez.
—Deberías mostrar algo de gratitud. —Abandona mi boca y se cruza de brazos—. ¿No te parece?
—Observa nuestros cuerpos y se aparta. Yo también miro hacia abajo y veo todo su esplendor
emergiendo de mi interior—. Mira eso. —Suspira y se queda quieto al borde de mi abertura. Después
me mira—. Joder, es perfecto. —Vuelve a hundirse en mí con una larga exhalación de aliento cálido
que me acaricia la cara.
Empiezo a temblar y dejo caer los brazos.
—Vaya, está empezando a jadear —dice, y se apoya sobre los antebrazos—. Y está temblando de
pies a cabeza. —Sus caderas dan una sacudida irregular.
Él también jadea. Y también tiembla.
Contengo la respiración y mi cuerpo se tensa preparándose para alcanzar el clímax, de modo que
no puedo señalarlo.
—Creo que quiere correrse.
Empiezo a sacudir la cabeza, aunque quería asentir y gritar que sí. Me retuerzo bajo la firme y
perfecta belleza de su cuerpo. Nuestras pieles sudorosas se funden y resbalan. Meneo los brazos y las
manos sin ton ni son cuando éstos deciden por su cuenta que hay algo que les gustaría hacer. Mis
dedos se hunden en su rubia mata de pelo y se aferran a ella con fuerza.
—Sí, definitivamente quiere correrse. —Lo dice con indiferencia y seguro de sí mismo, pero su
propio cuerpo se agita con espasmos mientras intenta mantener su ritmo estable. No lo consigue. Los
movimientos de sus caderas se han vuelto impredecibles, lo que me indica que está a punto de
alcanzar el orgasmo y que pronto perderá el control—. ¡Joder!
Y esa palabra lo dice todo. Ya no hay vuelta atrás, de modo que aprovecho la oportunidad, tiro
con más fuerza de su pelo y me elevo para clavar los dientes en su hombro sudoroso en un intento de
reprimir mi grito y alentar el suyo. Funciona, tal y como me había imaginado.
—¡Joder, joder, joder! —Me penetra con más fuerza y a más velocidad con la cara hundida en mi
pelo, tal y como me había imaginado—. ¡Ahora, Paula!
Es mi fin. Despego los dientes de su carne y me uno a su frenética espiral de placer carnal. Le
enrosco los brazos alrededor del cuello y meneo las caderas para recibir las últimas embestidas de su
cuerpo contra el mío.
Se deja caer sobre mí con cuidado, pero me aprieta lentamente mientras me mordisquea el cuello
con la respiración agitada.
—Deja el trabajo, por favor —me ruega—. De ese modo, podremos quedarnos así siempre.
Mis cuerdas vocales no responden más que para farfullar alguna objeción mientras aumento la
presión de mis brazos alrededor de su cuello.
—¿Eso es un sí? —Me lame la piel salada de la mejilla y los labios—. Di que sí.
—No —jadeo.
—Qué cabezota eres. —Me da un pico en los labios y se tumba boca arriba asegurándose de
seguir dentro de mi cuerpo y colocándome cómodamente sobre su regazo—. Tenemos que renovar
nuestros votos.
Arrugo la frente y tardo unos instantes en reunir el suficiente aire en los pulmones como para
formar una frase.
—Pero si no llevamos casados ni un mes.
Me agarra de las caderas y me pongo tensa, pero entonces veo que desvía la vista hacia mi vientre
y su mirada de advertencia se transforma en una sonrisa cuando traslada sus amenazadoras manos a
mi barriguita y empieza a acariciarla.
—Sí, sólo un mes y ya has olvidado una parte muy importante de tus promesas.
—Puedes meterte lo de la obediencia por donde te quepa —consigo decir sin ningún problema.
También consigo levantar mis pesados brazos y agarrarlo del cuello.
Finge asfixiarse con una sonrisa y me obliga a agacharme tirándome de los brazos y cogiéndome
también de la garganta con sus enormes manos. Los dos estamos listos para estrangularnos.
—¿Quién ganaría? —pregunta pegando la nariz a la mía.
—Tú.
—Correcto —coincide—. Tengo sed.
Lo sacudo un poco por el cuello y él se ríe.
—Voy a por un poco de agua.
—No puedes elegir qué deberes de esposa vas a cumplir y cuándo. —Me aparta de su cuerpo
tumbado y se incorpora ligeramente para darme una palmada en el culo mientras me alejo—. ¡Agua,
criada!—
No te pases, Alfonso —le advierto mientras me coloco las copas del sujetador sobre los pechos y
me dirijo prácticamente desnuda a la cocina.
—¡Ni se te ocurra regresar hasta que pueda volver a verte las tetas, señorita! —me grita.
Abro la nevera con una enorme sonrisa y saco dos botellas heladas de agua. Las cojo como puedo
de manera que no me toquen la piel y saco otra cosa más que lleva un tiempo esperando en el estante
inferior. Sonrío de nuevo.
—¿No me has oído? —El tono de agravio de Pedro es lo primero que llega a mis oídos cuando
reaparezco en el inmenso espacio diáfano del ático. Tiene la mirada fija en mi pecho cubierto por el
sujetador.
—Sí que te he oído. —Dejo las botellas en el sofá y mantengo escondida la sorpresa detrás de mi
espalda.
Él sigue tumbado boca arriba y me mira con sus ojos verdes cargados de recelo.
—Mi esposa tiene una mirada taimada en su hermoso rostro. —Me observa con los ojos
entrecerrados. Se incorpora lentamente, apoya la espalda contra el sofá y se da unos golpecitos en el
regazo—. Y tiene algo escondido. —Echa la mano atrás y coge una botella de agua. Le da un buen
trago y le coloca el tapón de nuevo lentamente.
—Más o menos —digo. Siguiendo su invitación, me siento sobre él y me inclino hacia adelante.
Él deja la botella y me coge del culo con sus enormes manos.
—De más o menos, nada. —Una de sus manos abandona mi culo, pero sólo el tiempo suficiente
como para volver a bajarme las copas del sujetador otra vez. Después vuelve a colocarla en su sitio
con firmeza—. ¿Qué escondes ahí?
—Algo —respondo traviesa, y me muevo a un lado cuando intenta asomar la cabeza para ver qué
es.
—No —le advierto. Resopla un poco y vuelve a apoyar la cabeza en el sofá. Quito la tapa por
detrás de mi espalda y la dejo caer antes de mostrarle el tarro a mi dios, cuyos ojos curiosos acaban de
abrirse como platos de alegría al ver lo que tiene delante.
—Yo tengo el mando. —Sonrío.
Sus ojos se abren todavía más, pero esta vez con furia.
—De eso, nada. No en lo que a eso se refiere. Olvídalo. Ni hablar. Jamás. —Intenta cogerlo, pero
con un rápido movimiento lo aparto de debajo de su nariz.
—Relájate. —Me río, y lo empujo contra el sofá.
La necesidad de abrazarlo supera mis ganas de torturarlo cuando veo cómo su frente se arruga de
preocupación. Joder, amo a este hombre. Se mordisquea el labio inferior mientras observa cómo mi
mano avanza lentamente hacia el tarro y mi dedo desaparece en las profundidades de la pasta cremosa.
Pongo cara de asco cuando lo saco, y sé que también he arrugado la nariz con disgusto al ver el
inmenso pegote por todo mi dedo índice.
—No me tortures con esto, nena. —Su mirada está fija en mi dedo recubierto y sigue mis
movimientos mientras bajo la mano y me lo unto por el pezón. Está helado, y es asqueroso, pero la
expresión de auténtica excitación que acaba de dibujarse en el rostro de mi travieso marido me anima
a continuar.
Me mira.
—Uy. —Sonrío mientras su cabeza se acerca lentamente como si tal cosa, lo cual es absurdo,
porque sé que se muere por limpiármelo, y no sólo porque quiera tener mis senos en su boca.
Su gemido de felicidad hace que me ría y me retuerza bajo su lengua caliente.
—Joder, joder, joder.
Me devora el seno con la lengua con auténtica vehemencia y se aparta relamiéndose.
—Pensaba que era imposible que supieras mejor todavía. Más.
Sonrío como una boba y vuelvo a meter el dedo en la mantequilla de cacahuete. Una vez cubierto,
lo levanto:
—¿Desea el señor el pecho derecho o el pecho izquierdo?
Desvía la mirada de un pecho al otro constantemente, indeciso.
—No tengo tiempo que perder. Restriégatelo en los dos.
Me río pero cumplo su orden apremiante, y lo tengo otra vez encima antes de que pueda apartar
el dedo del primer seno.
—Parece que no te está gustando. —Levanto la cara hacia el techo mientras él me devora y me
muerde el pezón por mi osadía—. ¡Ay!
—El sarcasmo no te pega.
—¿Está bueno?
—No pienso volver a comerla de ninguna otra manera, así que ahora vas a tener que dejar de
trabajar, porque necesito que estés disponible para que te chupe cuando me apetezca. —Asoma la
cabeza y veo que tiene la nariz manchada. Me inclino al instante para lamérsela—. Creía que odiabas
la mantequilla de cacahuete.
—Y la odio, pero adoro tu nariz. —Le doy un beso en la punta y vuelvo a mi posición—. ¿Harías
algo por mí?
Su expresión facial cambia radicalmente. Vuelve a ponerse receloso, pero esta vez no escondo
nada, sólo una petición que no tardará en oír. Se relaja un poco y me acaricia los costados del cuerpo.
—Lo que sea, nena.
—Quiero que me digas que sí a algo antes de que te lo pregunte —ordeno muy irracionalmente.
Ya hemos vivido esto antes, y no conseguí nada.
—Has intentado sobornarme con mantequilla de cacahuete. —Se lame los labios y yo lo miro
irritada y dejo el tarro a un lado.
—¿Y?
—Coge el bote otra vez, nena. —Ya no sonríe—. No hemos terminado.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a hundir el dedo y a restregarme la pasta.
—¿Contento?
—Mucho. —Me limpia la teta en un santiamén—. Bueno, ahora dime qué es lo que quieres.
—Tienes que decir que sí —insisto con poca fe en mi estrategia. Sé que, aunque diga que sí, no
tardará en retractarse si quiere.
—Paula —suspira—. No voy a acceder a nada sin saber qué es. Y punto.
Le pongo morritos.
—Por favor —digo arrastrando las palabras, y le paso el dedo recién cubierto de nuevo por la
boca.
—Te pones adorable cuando me suplicas —murmura—. Dime qué es lo que quieres.
—Quiero que canceles la suscripción de Sam y de Kate de La Mansión —espeto, y contengo la
respiración.
Necesito desesperadamente que Pedro me ayude con ese tema. Sé que parecen haber alcanzado un
punto importante en su relación, y espero que hablen, pero sin la tentación de La Mansión tienen
muchas más probabilidades de lograrlo. Me preparo para que me salga con que no es asunto mío, pero
no lo hace. De hecho, no hace nada. Ni resopla, ni se niega. Se limita a mirarme con una leve sonrisa.
—Vale. —Se encoge de hombros, hunde su propio dedo en el tarro y me lo restriega por la teta.
—¿Qué? —Sé que parezco totalmente confundida, y lo estoy. Ni siquiera he tenido que
transformarme en seductora para convencerlo.
—He dicho que vale. —Ataca mi pecho de nuevo y yo me quedo mirándole la cabeza.
—¿En serio? —Debería estar mostrándole mi agradecimiento, no cuestionando su respuesta. Su
sonrisa perfecta aparece ante mis ojos y sus palmas se posan sobre mis mejillas.
—Sam ya la ha cancelado.
Dejo escapar un grito ahogado de sorpresa.
—Creía que por fin habías empezado a obedecerme. —Debería habérmelo imaginado, pero mi
frustración no eclipsa la felicidad que siento al ver que están intentando tener una relación
convencional. Estoy encantada.
Pedro se levanta y nos tumba a los dos en el sofá en un instante.
—Yo siempre hago lo que me pides. Ven aquí. —Me quita el tarro de las manos y lo deja en el
suelo junto al sofá. Después me pega a su pecho—. Vamos a acurrucarnos —exhala, contento.
Me río sin poder creerlo, me acurruco en su cuello y empiezo a reseguir la línea de su cicatriz con
la punta del dedo como de costumbre.
—¿Tienes frío? —pregunta entrelazando las piernas con las mías y envolviéndome por completo
con sus fuertes brazos.
—No. —Suspiro y cierro los ojos deleitándome con todos los elementos que lo hacen encantador:
su esencia, su tacto, sus latidos y su cuerpo debajo del mío.
Vuelvo a encontrarme en el séptimo cielo de Pedro, y cada vez me gusta más.

GRACIAS POR LEER! ♥


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