Tras pasarme una hora dando vueltas por el parking más cercano, encuentro dos plazas libres en
las que dejar el trasto. Entro en la oficina como un rayo y lo primero que veo es un ramo de calas
sobre mi mesa. Al acercarme veo que también hay una cajita.
—¡Amor! —La voz cantarina de Tom no me hace apartar la vista de la caja.
—Buenos días —lo saludo, me siento y la cojo—. ¿Estás bien?
—Feliz como una perdiz. ¿Y tú? —Tom parece estar muriéndose de la curiosidad, y ahora que
he apartado la vista de la cajita, recuerdo cuándo nos vimos por última vez.
—Muy bien. —No saco el tema, y en su cara aparece una sonrisa picarona.
—No me canso de decirlo: ¡ese hombre está muy sexy cuando se enfada! —dice al tiempo que
se abanica con un posavasos—. ¡De infarto!
Doy un respingo y miro de nuevo la cajita. ¿Qué me habrá comprado?
—¿Quién ha traído esto? —pregunto, levantándola.
—La chica de la floristería —contesta Tom sin mucho interés.
Vuelve a su ordenador y me deja a solas para que abra la cajita de regalo, que está envuelta con
todo el mimo del mundo. Suspiro cuando la abro y me encuentro con un Rolex de oro y grafito. Es la
versión para mujer del relojazo de Pedro, pero es otra responsabilidad más.
—¡Mi madre! —Sally casi se cae de culo al ver el contenido de la caja—. ¡Uy, uy, uy! ¡Es
precioso!
Sonrío ante su entusiasmo, lo saco y me lo pongo en la muñeca. Sí que es precioso.
—Lo sé —digo en voz baja—. Muchas gracias, Sal.
Quito las flores de encima de la mesa y dejo la cajita junto a mi bolso.
—¿Te apetece un café, Paula? —Sal se marcha hacia la cocina.
—Sí, gracias. ¿Dónde están Patrick y Victoria?
—Patrick tenía una reunión personal, y Victoria está visitando a un cliente.
—Ah, vale.
Pongo las flores en agua y me vuelco en el trabajo. Me preparo las cosas que tengo que llevar a
la reunión con Ruth Quinn y luego imprimo toda la información sobre las carísimas camas que Pedro
quiere que le fabriquen para La Mansión.
A las diez en punto se me revuelve el estómago y desaparezco en el baño para ver si consigo
vomitar, pero no hay manera. Me desplomo sobre la taza del váter, acalorada, molesta y llorosa.
Tengo que pedir cita en el hospital. Lo decido de pronto, seguramente por lo mal que me encuentro.
Salgo de los servicios dispuesta a hacerlo pero me paro a medio camino cuando veo que hay alguien
sentado en uno de los sillones de mi despacho.
Es Sarah.
Ya no tengo náuseas. Ahora estoy cabreada. ¿Qué coño hace aquí? Me encantaría arrancarle la
piel a tiras pero no quiero hacerlo en mi oficina, así que doy media vuelta para esconderme en los
servicios.
—¿Paula?
Me recupero del susto y me vuelvo. Hacía semanas que no oía esa voz. Me sorprende que haya
venido a mi encuentro, sobre todo después de lo ocurrido. Hice que la despidieran.
—Sarah —respondo sin entusiasmo. Estoy consternada. ¿Se ha propuesto sumarse a mi lista de
preocupaciones?
Se la ve más comedida que de costumbre. Su pelo no está tan cardado como siempre y lleva las
tetas escondidas debajo de una torera. La falda, a juego con la chaqueta, tiene un largo respetable,
por la rodilla.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Esperaba que pudiéramos hablar —dice revolviéndose incómoda en la silla. No hay ni rastro
de su chulería.
Me ha pillado por sorpresa. ¿A qué juega?
—¿Hablar? —pregunto, recelosa—. ¿De qué? —No tengo nada que decirle a esa mujer.
Echa un vistazo a la oficina, igual que yo. Tom, mi amigo gay y cotilla, tiene la antena puesta, y
no le quita ojo a la mujer desconocida que está sentada en mi despacho.
—¿Puedo invitarte a una taza de café? —ofrece.
Me mira. Debería pedirle que se marchara, pero me puede la curiosidad. Cojo mi bolso.
—Media hora —digo, cortante, saliendo de mi despacho sin echar la vista atrás. El corazón me
late desbocado. Pensé que no volvería a ver a la bruja del látigo, y ahora está en mi despacho. Tengo
muy frescos en la memoria lo mal que me lo ha hecho pasar y los dramas que ha montado en mi vida.
Lo único que veo son las marcas de sus latigazos en la espalda de Pedro, su expresión de dolor y mi
penoso cuerpo hecho un ovillo contra el suyo. La señora tiene mucho valor.
Entro en un Starbucks cercano y me siento en una silla. No voy a invitarla a café. Sé que tengo
una cara de asco mayúscula pero no puedo disimular. No quiero disimular. Quiero que sepa lo mucho
que la detesto.
—¿Te apetece tomar algo? —pregunta con educación. Ésta no es la Sarah que conozco y
desprecio.
—No, gracias.
Me sonríe tímidamente.
—Yo voy a pedir. No creo que al encargado le guste que ocupemos una mesa si no consumimos
algo. ¿Seguro que no quieres nada?
—Sí. —Niego con la cabeza y la observo acercarse al mostrador. Me aseguro de que está
entretenida pidiendo, saco el móvil del bolso y le mando un mensaje a Kate. Necesito desahogarme.
¡La zorra sinvergüenza se ha plantado en mi oficina!
Me contesta de inmediato. No era la clase de mensaje que uno deja para luego.
"¡¡¡No jodas!!! Paula, deja de hablar en clave. ¿Quién es la «zorra sinvergüenza»?"
Casi se me escapa un taco.
"¡Sarah!"
Contesta en seguida.
"¡¡¡¡¡¡¡¡Nooooooo!!!!!!!!"
Mis dedos vuelan sobre el teclado mientras levanto la vista para comprobar que Sarah sigue
ocupada.
"¡Como te lo cuento! Te llamo luego."
Me dispongo a guardar el móvil en el bolso cuando recibo otro mensaje. Como si lo viera: está
emocionada y tecleando a toda velocidad con sus dedos blancuchos. Seguro que está conduciendo.
"Llámame ahora y deja el móvil sobre la mesa. ¡Quiero oír lo que tiene que decir!"
Doy un respingo y niego con la cabeza. ¡Es la monda! Sería incapaz de mantener la boca cerrada
si oye algo que no le gusta, y a ver cómo explico yo luego los gritos lejanos de la loca de mi mejor
amiga.
"No."
Pulso «Enviar» y sonrío al recibir otro mensaje.
"¡Zorra!"
Meto el teléfono en el bolso cuando Sarah se acerca con un café. Cruzo las piernas y mantengo
la expresión de odio. Así es. La odio. Odio todo lo que representa pero, sobre todo, odio el dolor
que le causó a Pedro. Tengo que parar de pensar. Me estoy cabreando. Mis cambios de humor soy
muy extremos últimamente.
Se sienta y remueve su café con cuidado, sin levantar la vista.
—Quería disculparme por todo lo ocurrido.
Me río.
—¿Te burlas de mí?
Deja de remover el café y me mira. Sonríe, nerviosa.
—Paula, lo siento. Supongo que tu llegada me pilló por sorpresa.
—¿Ah, sí? —digo frunciendo el ceño.
—No te culpo si me mandas a paseo. Me he portado fatal. No tengo excusa.
—Excepto que estás enamorada de él —digo con franqueza, y abre unos ojos como platos—.
¿Por qué otro motivo ibas a comportarte así, Sarah?
Aparta la mirada y creo que tiene lágrimas en los ojos. Está enamorada de él hasta la médula.
¿Le habré restado importancia al problema?
—No voy a engañarte,Paula. Llevo tantos años enamorada de Pedro que ya he perdido la cuenta.
—Vuelve a mirarme—. Pero eso no es excusa.
—Y, aun así, lo inflaste a latigazos. —No lo entiendo—. ¿Por qué le hiciste eso a alguien a
quien amas?
Se ríe tímidamente.
—Eso es precisamente lo que yo hago. Me visto de cuero, cojo un látigo y les pego una paliza
antes de follármelos.
Parpadeo.
—Ah.
—A Pedro nunca le ha ido ese rollo.
—Pero, aun así, te lo follaste —digo con sinceridad. Él me lo ha confesado, y sé que, hasta
aquel fatídico día en que los pillé juntos en su despacho, nunca antes le habían cosido la espalda a
latigazos. Seguro que Sarah estaba en su salsa, especialmente cuando se las apañó para que yo fuera
a La Mansión y viera la terrorífica escena.
Parece sorprendida.
—Sí, pero sólo una vez.
Sí, está conteniendo las lágrimas. He subestimado el problema.
—Tiene gracia, ¿sabes? Ni siquiera borracho me quería. Se follaba a cualquiera menos a mí.
Empiezo a comprender, aunque no me entusiasma que me recuerde la vida pasada de Pedro. Se
follaba a cualquiera, le daba a todo a todas horas... Pero no tocaba a Sarah. La Mansión está llena de
mujeres deseosas de tirárselo, ninguna lo desea más que Sarah, y él nunca la ha deseado.
—¿Lo azotaste con la esperanza de que después se acostara contigo? —Sólo de pensarlo se me
revuelve el estómago. Vuelvo a tener ganas de vomitar.
Niega con la cabeza.
—No. Sabía que no iba a hacerlo. Estaba en un estado lamentable por ti. Jamás pensé que
llegaría el día en que vería a Pedro Alfonso de rodillas por una mujer.
—Quieres decir que esperabas que ese día no llegara nunca.
—Eso es. También esperaba que salieras corriendo en cuanto descubrieras lo que sucede en La
Mansión.
Y salí corriendo. Pero volví. Aunque Sarah no tuvo que hacer nada para que yo saliera por
patas cuando descubrí a Pedro borracho. Miro a la mujer que tengo delante y siento lástima. Me odio
a mí misma por sentirme así, pero me da mucha pena.
—Sarah, él te considera una amiga.
No puedo creer que esté intentando que esa mujer se encuentre mejor después de todo lo que ha
hecho.—
Lo sé. —Se echa a reír, pero luego frunce el ceño y vuelve a remover su café—. Después de
lo que hiciste y de cómo reaccionaste, me di cuenta de lo estúpida que he sido. Se merece ser feliz.
Se merece a alguien como tú. Lo amas a pesar de La Mansión, de lo que hizo y de su problema con la
bebida. Lo amas tal y como es, incluso amas las locuras que hace cuando se trata de ti. —Sonríe—.
Haces que se sienta vivo. Nunca debería haber intentado arrebatarle eso.
Estoy atónita. Me quedo mirándola, en silencio, sin saber qué decir. ¿Qué le digo?
—Quieres recuperar tu trabajo.
¿Eso le he dicho?
Abre mucho los ojos.
—No creo que sea posible, ¿verdad?
Pues no. A pesar de su confesión, nunca podría confiar en ella. Nunca me caería bien. Me da
lástima, pero no puedo extenderle una invitación para que vuelva a nuestras vidas. Nunca le he
preguntado a Pedro qué pasó cuando la despidió. Él me dejó claro que no quería hablar del tema y yo
estaba como unas castañuelas por haber conseguido echarla de nuestras vidas. Sin embargo, ahora sí
quiero saber qué ocurrió aquel día.
—Debes de haberlo visto con muchísimas mujeres; ¿por qué la tomaste conmigo? —pregunto,
aunque ya sé la respuesta.
—Saltaba a la vista que contigo era distinto. Pedro Alfonso no persigue a las mujeres. Pedro Alfonso
no se lleva a nadie a casa. Pedro Alfonso no es abstemio. Has cambiado a ese hombre. Has hecho lo que
muchas mujeres han intentado hacer durante años sin éxito. Paula, te has ganado al señor. —Se pone en
pie—. Felicidades, señora Alfonso. Cuídalo bien. Hazlo muy feliz. Se lo merece.
Y se va.
La veo desaparecer del Starbucks y me entran ganas de llorar otra vez. Me he ganado al señor.
Lo he hecho cambiar. He hecho que dejara de beber y de follarse a todo lo que se movía. He hecho
que sienta y que ame. Y me ama. Vaya si me ama. Y yo también lo amo. Necesito verlo. Maldita sea
Ruth Quinn, la reina de las pesadas.
Me pongo en marcha y corro al parking para recoger mi regalo. Por el camino, llamo a Kate.
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