martes, 20 de mayo de 2014

Capitulo 250 ♥

—Pedro... —Cierro la boca de golpe, intentando pensar qué puedo decirle antes de soltar
cualquier tontería. Como siempre, me quedo en blanco. Este hombre me deja sin habla a todos los
niveles—. Cuando estábamos en España, tu madre dijo algo de... —sigo esforzándome— ¿una
segunda oportunidad? —Ahora veo que no se refería a Fede. Se refería a la hija que Pedro había
perdido, a una segunda oportunidad para demostrar que podía ser un buen padre.
—Ahora sí que ya lo sabes todo. —Sigue hablando con voz áspera, y sus ojos buscan los míos sin
llegar a fijarlos donde sabe perfectamente que están—. ¿Vas a dejarme?
Si ya se me partía el corazón por él antes, ahora acaba de rompérseme en mil pedazos. Esa
pregunta tan sencilla y perfectamente razonable y el tono de inseguridad con que la ha formulado
provocan al instante que unas lágrimas dolorosas inunden mis ojos.
—Mírame —le ordeno con firmeza, y él lo hace, mostrándome un pesar indescriptible. Me llega
al alma, y las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas. Las suyas también. Sé que ahora yo
soy su salvación. Soy la clave para su redención. Soy su ángel—. Inseparables. —Sollozo, invadida de
tristeza por mi hombre. Las últimas dos semanas de vacío se han visto inundadas de felicidad, pero
esta felicidad no ha tardado en ser reemplazada por un inmenso pesar.
Lanza un grito ahogado, pero no sé si es de dolor o de alivio.
—Abrázame —me ruega extendiendo débilmente el brazo hacia mí. La falta de contacto debe de
estar matándolo, especialmente ahora que depende de mí para satisfacer su necesidad.
Me acerco a la cama con cuidado y me coloco entre los tubos y los vendajes. Él me estrecha con
fuerza.
—Pedro, ten cuidado.
—Duele más cuando no te toco.
La punta de su dedo alcanza mi barbilla y levanta mi rostro hacia el suyo. Le seco una lágrima y
le acaricio la cara por encima de la barba.
—Te quiero —digo, y aprieto los labios suavemente contra los suyos.
—Me alegro.
—No digas eso. —Me aparto y le lanzo una mirada de decepción—. No quiero que digas eso.
Su confusión es evidente.
—Pero es verdad.
—Eso no es lo que sueles decir —susurro, y le doy un pequeño tirón de advertencia en el pelo
demasiado largo que tiene ahora.
Sus labios se curvan ante mi brutalidad.
—Dime que me quieres —me ordena, probablemente empleando demasiadas energías para sonar
lo bastante severo.
—Te quiero —obedezco al instante y él me regala una sonrisa completa, esa gloriosa sonrisa
reservada sólo para mí. Es la más increíble de las visiones, a pesar de que las lágrimas la acompañan y
de que está demacrado.
—Lo sé. —Me besa con dulzura. Entonces sisea, se detiene por un instante y supera el dolor para
besarme de nuevo.
—Voy a llamar a la enfermera —le digo con determinación—. Necesitas analgésicos.
—Te necesito a ti —gruñe—. Tú eres mi cura.
Libero sus labios a regañadientes, me incorporo y le cojo la cara entre las manos.
—Entonces ¿por qué sigues poniéndote tenso y silbas de dolor?
—Porque duele, joder —admite.
Lo beso una vez más y despego mi cuerpo del suyo antes de colocarle las sábanas de nuevo sobre
la cintura. Aunque es difícil verlo tan débil e indefenso, la idea de cuidarlo y de atenderlo hasta que se
cure me llena de alegría. Podré cuidar yo de él para variar, y no podrá hacer nada al respecto.
—¿Por qué sonríes? —pregunta levantando los brazos para dejar que lo arrope.
—Por nada. —Estiro la mano y aprieto por fin el botón para llamar a la enfermera.
—Vas a disfrutar esto, ¿verdad?
Me detengo mientras le ahueco la almohada y sonrío ampliamente al ver su cara de fastidio. Es
un hombre grande y fuerte, y ahora está débil y herido. Para él va a ser muy duro.
—Yo tengo el poder.
—No te acostumbres —gruñe justo cuando la puerta se abre y la enfermera entra corriendo.
—¡Ay! ¡Ay, Dios mío! —Se acerca a la cama y comprueba las máquinas en un segundo,
moviéndose apresuradamente. También le toma el pulso—. Bienvenido de vuelta, Pedro —dice, pero
él sólo gruñe un poco más y mira al techo. Va a odiar todo esto—. ¿Te sientes algo mareado?
—Mucho —confirma—. ¿Cuándo me puedo ir a casa?
Pongo los ojos en blanco y la enfermera se echa a reír.
—No nos precipitemos. A ver esos ojos. —Se saca la linterna del bolsillo y espera a que el
gruñón de mi señor baje la mirada hacia ella. Cuando lo hace, se queda un momento petrificada y
luego continúa con sus labores médicas—. Tu mujer me había dicho que tenías unos ojos fascinantes
—dice apuntando con la luz de uno a otro—. Y no mentía.
Sonrío orgullosa y me pongo de puntillas para asomarme por encima de su cuerpo inclinado, y
veo que él sonríe de oreja a oreja.
—¿Es eso lo único que te dijo, enfermera? —pregunta con descaro.
La alegre mujer enarca una ceja de advertencia.
—No, también me habló de esa sonrisa de pícaro. Vamos a lavarte.
Él se aparta y, al hacerlo, esboza una mueca de dolor. Me echo a reír.
—No, me ducharé —espeta, y me mira con cara de horror.
—De eso, nada, jovencito. No hasta que el médico te haga un chequeo y te quitemos la sonda. —
La enfermera lo pone en su sitio con firmeza.
Su expresión de pánico aumenta y la mujer levanta el soporte de la bolsa para demostrarle el
obstáculo. Su cara de humillación, dibujada en su atractivo rostro barbado, es todo un poema.
—Joder —masculla, y deja caer la cabeza sobre la almohada y cierra los ojos para ocultar la
vergüenza.
—Iré a llamar al médico —dice la mujer con tono burlón mientras sale de la habitación y me deja
de nuevo a solas con mi pobre marido dependiente.
—Sácame de aquí, nena —me ruega.
—De eso, nada, Alfonso. —Vierto un poco de agua en un vaso de plástico, meto en él una pajita y
se lo acerco a los labios resecos—. Bebe.
—¿Es agua embotellada? —pregunta mirando la jarra que tiene al lado.
—Lo dudo. No seas tan tiquismiquis con el agua y bebe.
Obedece mi orden y da unos pocos tragos.
—No dejes que esa enfermera me bañe en la cama.
—¿Por qué no? —pregunto dejando el vaso en el mueble que hay junto a la cama—. Es su
trabajo, Pedro, y ha estado haciéndolo muy bien durante las últimas dos semanas.
—¡¿Dos semanas?! —exclama—. ¿He estado inconsciente dos semanas?
—Sí, pero a mí me han parecido doscientos años. —Me apoyo en el borde de la cama, lo cojo de
la mano y empiezo a girar su anillo de casado pensativamente—. No vuelvas a decirme en tu vida que
has tenido un día muy largo.
—Vale —asiente—. Pero no me habrá estado pasando la esponja esa mujer, ¿verdad?
Sonrío.
—No. Lo he hecho yo.
Me quedo pasmada al ver que le brillan los ojos y que me pone morritos juguetonamente. ¿Cómo
es posible que ya esté pensando en eso?
—Entonces, mientras yo estaba desnudo e inconsciente, ¿tú estabas... toqueteándome?
—¡No! Te estaba lavando.
—¿Y no me tocaste ni un poquito?
—Claro. —Coloco las dos manos a ambos lados de su cara y me acerco pare decirle a su rostro
engreído—: Tenía que levantarte la polla flácida y los huevos mustios para limpiarte.
Soy incapaz de reprimir una sonrisa, sobre todo cuando abre los ojos como platos y después los
entorna con fiereza. Mi hombre se enorgullece de sus habilidades físicas y sexuales. No debería
tomarle el pelo de esa manera.
—Estoy en el infierno —masculla—. En el puto infierno en la tierra. Llama a un médico. Me voy
a casa.—No vas a ir a ninguna parte.
Le doy un pico y lo dejo farfullando taciturno en la cama mientras voy un segundo al baño. Es la
primera vez en semanas, y puede que en toda mi vida, que realizo esta tarea tan mundana con una
enorme sonrisa en la cara. El corazón me late con fuerza en el pecho. Puede que les esté dando dolor
de cabeza a los pequeños.
Cuando salgo de nuevo a la habitación, el doctor está examinándolo. Espero en silencio a un lado
mientras escucho las preguntas y las respuestas monosilábicas que intercambian los dos hombres.
Tomo notas mentales y observo detenidamente cómo el médico vuelve a vendarle la herida y le quita
los drenajes. Parece satisfecho con la evolución y contento de ver lo espabilado que está Pedro. Sin
embargo, prefiere no quitarle todavía la sonda y, tras cinco minutos de discusión, sigue pensando lo
mismo.
—Quizá mañana —dice tratando de apaciguar a Pedro—. Mañana comprobaremos si puede andar.
Acaba de despertarse, Pedro.
—¿Y qué hay de esto? —Se señala la vía en el brazo, pero el médico sacude la cabeza y él gruñe,
disgustado.
Tras llevar a cabo sus observaciones, el médico se marcha y yo me siento de nuevo en la silla.
—Cuanto más colabores, antes te darán el alta.
—Pareces cansada —dice cambiando de tema y desviando la preocupación hacia mí—. ¿Estás
comiendo?
—Sí. —Mis dedos traicioneros se dirigen directos a mi pelo y me delatan por completo.
—Paula —protesta—. Vete ahora mismo a comer algo.
—Mi madre me ha traído una ensalada. No tengo hambre.
Abre unos ojos como platos al oírme mencionar a mi madre. Sé lo que viene a continuación.
—¿Qué les has contado?
—Todo —admito. No paraba de sollozar y gimotear durante todo el discurso mientras mi madre
me tranquilizaba y me reconfortaba. Ha sido bastante tolerante con el tema, fue muy raro—. Excepto
lo de los cuatro días en que desapareciste.
Él asiente con aire reflexivo a modo de aceptación. Debe de imaginarse que no había forma
humana de evitar decírselo.
—De acuerdo —dice—. Ahora vete a comer algo.
—No tengo ham...
—Que no tenga que repetírtelo, señorita —me interrumpe—. Porque con bolsa de orina o sin ella,
te llevaré al puto restaurante yo mismo y te obligaré a tragar.
Decido que es mejor no seguir discutiendo. Es verdad que no tengo hambre, pero sé que es capaz
de cumplir su amenaza, así que levanto mi cuerpo exhausto de la silla y cojo el billete de veinte que
me ha dejado mi padre en la mesilla junto a la cama.
—Te traeré algo a ti también.
—Yo no tengo hambre —replica sin mirarme siquiera. Está sumido en sus pensamientos. Se
siente avergonzado, aunque no tiene por qué. Yo no lo estoy, así que él tampoco debería estarlo.
Oculto mi mirada de extrañeza ante su seca respuesta. No voy a discutir con él porque no
conseguiría nada más que estresarlo. Le traeré algo igualmente y lo alimentaré a la fuerza si se niega a
hacerlo por su cuenta.
A pesar de todo, su repentino mal humor y mi sensación de agravio no consiguen en absoluto
eclipsar la alegría que me invade. La presencia de su arrogancia y su carácter imposible son señal de
que mi Pedro ha vuelto. Y es así como lo quiero.

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