viernes, 9 de mayo de 2014

Capitulo 228 ♥

Podría quedarme aquí tumbada eternamente, observándolo dormir con sus tranquilas bocanadas de
aliento fresco acariciándome el rostro a intervalos intermitentes, reforzando la profunda sensación de
pertenecerle en mi interior. Su manera tierna de colocarme la mano en el vientre está intensificando
mi amor por mi hombre. Y la perfección de su cuerpo aumenta mi sed por su tacto. Me exasperan un
millón de cosas de él, y por otro lado una infinidad de cosas hacen que lo adore. Incluso llego a
adorar algunas de esas cosas exasperantes.
Incapaz de resistirme, acerco la mano y le paso el pulgar por la mejilla, cubierta por una barba
incipiente, y por los labios separados. Sonrío al ver cómo se encoge ligeramente y después suspira y
vuelve a relajarse. La mano que tiene sobre mi vientre empieza a trazar círculos de manera
inconsciente. La perfección de su hermoso rostro me fascinará hasta el día en que me muera; su piel
ligeramente bronceada, sus largas pestañas casi femeninas y la pequeña arruga de su frente son sólo
algunos de sus maravillosos rasgos. Tardaría una vida entera en nombrarlos todos. Mi hombre
devastador, con su manera de ser imposible.
Con la yema del dedo le acaricio la piel firme de su garganta y deslizo la palma por su sólido
torso. Suspiro embelesada de satisfacción y me paso estos momentos de serenidad explorando su
cuerpo y su rostro. Por un instante me gustaría que permaneciese así para toda la eternidad, para
poder observarlo y verlo tan relajado. Pero entonces nunca oiría su voz, y jamás vería sus ojos, y
tampoco experimentaría sus placajes y sus cuentas atrás.
—¿Has acabado de palparme? —Su voz áspera me saca de mi ensueño y mi mano se detiene en
su cicatriz. Sus ojos siguen cerrados.
—No, cállate y no te muevas —contesto, y continúo con mis caricias.
—Como ordenes, señorita.
Sonrío y me inclino hacia adelante hasta que mis labios quedan justo delante de los suyos.
—Buen chico.
Sus párpados cerrados se mueven y las comisuras de su boca se esfuerzan por contener una
sonrisa burlona.
—¿Y si quiero ser un chico malo? —pregunta.
—Estás hablando —señalo, y abre uno de los ojos para desafiarme. Nada puede evitar que
sonría al ver esa cara, por muy seria que quiera estar.
—Buenos días.
Es demasiado rápido. En una milésima de segundo, me encuentro boca arriba atrapada bajo su
cuerpo, con los brazos sujetos sobre mi cabeza. Ni siquiera me da tiempo a asimilar su ataque o a
emitir un grito de sorpresa.
—Alguien está pensando en echar un polvo somnoliento —musita mientras se inclina para
mordisquearme la nariz.
—No, estoy pensando en Pedro Alfonso, lo que significa que tengo distintas variedades de polvos
en mente.
Enarca las cejas lenta y pensativamente.
—Eres insaciable, preciosa mía —dice, y me besa con fuerza—. Pero vigila esa boca.
Me apresuro a devolverle el beso, pero me detiene y me aparta. Lo miro mal y sonríe con su
sonrisa de pillo. Lo miro peor todavía, pero hace caso omiso.
—He estado pensando —anuncia.
Dejo de fruncir el ceño al instante. Cuando Pedro piensa es mejor echarse a temblar.
—¿En qué? —pregunto con recelo.
—En lo dramática que ha sido nuestra vida de casados.
Es verdad. No puedo discutírselo, pero ¿adónde quiere ir a parar con esto?
—¿Y? —digo alargando la palabra para que continúe hablando.
—Vayámonos unos días —me ruega. Sus ojos verdes me suplican y ahora también está haciendo
pucheros. Creo que ha empezado a darse cuenta de que esa cara tiene el mismo efecto que un polvo
de entrar en razón—. Los dos solos.
—Jamás volveremos a estar solos —le recuerdo.
Se incorpora y mira mi vientre. Sonríe y se inclina para besarme la barriga y después vuelve a
mirarme con ojos de cachorrito.
—Déjame quererte. Deja que te tenga para mí solo unos días.
—¿Y mi trabajo? —replico, aunque últimamente mi dedicación es muy cuestionable.
—Paula, ayer sufriste un accidente de tráfico.
—Ya. Pero tengo que visitar a clientes, y Patrick...
—Yo me encargaré de Patrick —me interrumpe—. Él se encargará de tus clientes.
Lo miro con recelo.
—¿Quiere decir eso que piensas amenazarlo? —inquiero. Finge estar dolido. No cuela.
—Hablaré con Patrick.
—Con educación.
Sonríe.
—Más o menos.
—No, Alfonso. De más o menos, nada. Con educación y punto.
—¿Eso es un sí? —pregunta, esperanzado. Me dan ganas de abrazarlo. Es imposiblemente
adorable.
—Sí —confirmo. Necesita un respiro tanto como yo, probablemente más. Lo sucedido ayer no
va a ayudar en nada a su preocupación—. ¿Adónde vamos?
De repente entra en acción y salta de la cama como un niño emocionado la mañana de Navidad.
—A cualquier sitio, me da igual.
—Pues a mí no. ¡No pienso ir a esquiar! —Me siento tiesa en la cama al instante al pensar en
verme equipada con la ropa de esquí y unas enormes tablas de madera en los pies.
—No seas idiota, mujer. —Pone los ojos en blanco y desaparece en el vestidor para reaparecer
unos momentos después con una maleta—. Llevas a mis bebés ahí dentro —añade señalando mi
vientre—. Tienes suerte de que no te encadene a la cama lo que te queda de embarazo.
—Puedes hacerlo si quieres —digo apoyando las muñecas contra la cabecera—. No voy a
protestar.
—Es usted una seductora, señora Alfonso. Ven a hacer la maleta. —Vuelve al vestidor y me deja
esperando en la cama.
Con un gruñido lo bastante sonoro como para que me oiga, me arrastro fuera de la cama y lo
sigo hasta la habitación que tenemos por armario. Está sacando ropa al azar y tirándola en un montón
junto a la maleta.
—¿Adónde vamos?
—No lo sé. Haré unas cuantas llamadas.
Está haciendo su maleta feliz y contento, y de repente levanta la vista hacia donde me encuentro,
apoyada en el marco de la puerta.
—¿No haces la tuya?
—No sé adónde voy. ¿Hará frío, hará calor? ¿Iremos en coche, en avión?
—En coche —afirma rotundamente, y se vuelve para coger más camisetas—. No puedes volar.
—¿Cómo que no puedo volar? —espeto a su espalda.
—No lo sé. Por lo de la presión en cabina y todo eso —responde encogiendo sus hombros
desnudos—. Igual aplasta a los bebés.
Me echo a reír para no darle un coscorrón.
—¡Dime que estás de coña!
Se vuelve lentamente para mirarme. A él no le hace ninguna gracia, su cara lo dice todo.
—No bromeo en lo que se refiere a ti, Paula. Ya deberías saberlo.
Esto es ridículo.
—La presión en cabina no aplastará a los bebés, Pedro. Si quieres que nos vayamos por ahí,
será en avión —declaro, y estoy a punto de dar una patada en el suelo para reafirmar mi postura.
Parece algo sorprendido por mi exigencia, y se sume en sus pensamientos mientras se
mordisquea el labio. Sus engranajes mentales entran en acción.
—No es seguro que vuelen las mujeres embarazadas —dice tranquilamente—. Lo he leído.
—¿Dónde lo has leído? —pregunto riéndome, temiendo que esté a punto de sacar alguna guía de
embarazo. Dejo de reírme inmediatamente cuando mete la mano entre sus trajes y saca una guía de
embarazo de verdad.
—Aquí. —La sostiene algo avergonzado—. También deberías tomar ácido fólico.
Me quedo mirando el libro que tengo delante con la boca abierta y observo con una mezcla de
estupefacción y diversión cómo empieza a pasar las páginas. Algunas tienen las esquinas dobladas, e
incluso me parece ver algún párrafo subrayado con un rotulador fosforito. Está buscando algo en
concreto y no puedo hacer otra cosa que esperar aquí de pie, mirando, mientras mi guapo y neurótico
obseso del control lo encuentra.
—Aquí, mira. —Me planta el libro en la cara y señala el centro de la página, donde hay un
apartado subrayado con rotulador rosa—. «El Ministerio de Salud recomienda que las mujeres tomen
un suplemento diario de cuatrocientos microgramos de ácido fólico mientras intentan concebir, y
deberían continuar con esta dosis durante las primeras doce semanas de embarazo, período en el que
se desarrolla la columna vertebral del bebé.» —Frunce el ceño—. Pero tenemos dos bebés, así que
igual deberías tomar ochocientos microgramos.
Mi corazón está a punto de estallar.
—Te quiero —digo sonriendo.
—Lo sé. —Pasa más páginas—. Lo de volar está por aquí, en alguna parte. Espera...
Le quito el libro de las manos y ambos vemos cómo cae al suelo, donde rebota una vez antes de
asentarse en él. Me mira con recelo y sus labios forman una línea recta. Me entra la risa y su
semblante se vuelve aún más severo. Le doy una patada al libro y lanza un grito ahogado de
indignación.
—Recoge el libro —ruge.
—Es una estupidez. —Le doy otra patada. Sigo riéndome.
—Recoge el libro, Paula.
—No —respondo con petulancia. Sé perfectamente lo que estoy provocando. Mis ojos se
deleitan ante la ferocidad que emana de su esbelto físico.
Enarca las cejas y la característica arruga de su frente empieza a marcarse. No sabe si hacerlo o
no. Sabe lo que pretendo. Entonces, tres dedos aparecen ante mí.
—Tres —susurra.
Mi sonrisa se vuelve más amplia y le aparto la mano.
—Dos —le respondo.
Hace todo lo posible por contener su propia sonrisa.
—Uno.
—Cero, nena —termino por él, y dejo escapar un alarido de complacencia cuando me carga
sobre su hombro con convicción pero con cuidado y me traslada a la habitación.
Me río con ganas cuando me suelta sobre la cama con demasiada precisión, me cubre con su
cuerpo y me aparta el pelo de la cara.
—Señorita, ¿cuándo vas a aprender? —pregunta. Me coge de la nuca y me levanta la cabeza
hasta que rozo su nariz.
—Nunca —admito.
Me sonríe con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—Eso espero. Bésame.
—¿Y si no lo hago? —pregunto. Sé que lo haré. Y él también lo sabe.
Se inclina y apoya la punta del dedo en el hueco sobre el hueso de mi cadera. Contengo la
respiración.
—Los dos sabemos que vas a besarme, Paula. —Me hace cosquillas con los labios en los míos
—. No perdamos el tiempo con tonterías cuando podría estar perdiendo el sentido contigo. Bésame
ya.
Mi lengua se desliza entre mis labios, roza su labio inferior y empiezo a provocarlo dándole
pequeños lametones hasta que cede y también libera su lengua. Nos encontramos en el centro y
trazamos dulces círculos hasta que gruñe y ataca mi boca con una fuerza bruta. Me anoto un tanto
mental. Le resulta tan imposible resistirse a mí como a mí me sucede con él.
—Mmm —suspiro mientras igualo la intensidad de sus lametones.
Esto es lo que necesitamos, unos cuantos días solos para amarnos y acostumbrarnos a nuestro
inminente futuro juntos. Un futuro en el que ahora hay dos pequeños. Necesito a Pedro para mí sola un
tiempo, sin distracciones. Sólo él, sin problemas. Sólo nosotros.
—En realidad no pone nada de que no pueda volar, ¿verdad? —pregunto. Sé que no puede ser,
porque he visto mujeres embarazadas en aviones. No es más que otra de las estúpidas reglas de
embarazo de Pedro.
Me muerde y me chupa el labio.
—Es algo lógico —dice.
—No. Es neurótico —discrepo—. Las mujeres embarazadas vuelan todo el tiempo, así que vas
a llevarme en avión a algún sitio cálido y vas a dejar que me sacie contigo todo lo que quiera.
Contacto constante. Quiero contacto constante. —Sé que eso lo complacerá, y cuando levanta la
cabeza arrastrando mi labio entre sus dientes, la maravillosa sonrisa dibujada en su rostro lo
confirma.
—Me muero de ganas. —Me besa la nariz y se levanta—. Venga, vamos. Estamos perdiendo
mucho tiempo de saciarnos. —Me guiña un ojo, da media vuelta y me deja holgazaneando entre las
sábanas blancas, en el séptimo cielo de Pedro.
Tiro de mi maleta y ésta empieza a rebotar en la escalera.
—¡Eh! —El grito me hace dar un brinco a medio paso y me agarro del pasamanos para no
caerme. Un sonoro grito ahogado de pánico inunda el aire seguido de unos fuertes pasos que
ascienden por los escalones. Me agarra y me inmoviliza—. ¿Qué coño haces, mujer?
Mi sobresalto se transforma en ira.
—¡Joder, Pedro! ¡Relájate, hostia! ¡Casi me caigo por tu puta culpa! —Al instante me doy cuenta
de lo que he hecho, y el gruñido de Pedro confirma que acabo de decir un montón de tacos. Tres de
una tirada, para ser exactos. Me preparo para la bronca cerrando un ojo y encogiéndome.
—¡¿Quieres hacer el favor de vigilar esa puta boca?! —Coge mi maleta—. ¡Espera aquí! —
ladra, y obedezco, pero principalmente porque su aturdidor grito de furia me ha dejado inmóvil y sin
palabras.
Prácticamente lanza la maleta cuando llega abajo mientras masculla y maldice entre dientes.
Después vuelve a subir y me coge en brazos.
—Podrías haberte partido el puto cuello.
—¡Llevaba bien la maleta! ¡Ha sido tu grito lo que casi hace que me caiga! —No forcejeo ni
intento liberarme.
—El único peso que debes llevar es el de mis pequeños.
—¡Nuestros pequeños!
—¡Eso es lo que acabo de decir! —Me deja en el suelo—. No hagas ninguna estupidez,
señorita. —Me recoloco la camiseta resoplando.
—¿Desde cuándo es una estupidez llevar una maleta?
—¡Desde que estás embarazada!
Esto es el colmo.
—Alfonso , será mejor que te relajes o... —Lo apunto con un dedo—: ¡Cornualles!
Se echa a reír, lo que no hace sino aumentar mi frustración unos cuantos niveles. Debería
preocuparse, no reírse.
—¿Cuántas veces vas a amenazarme con el puto Cornualles? —pregunta con engreimiento,
como si supiera que jamás cumpliré mi amenaza. Puede que lo haga. No me entusiasma la idea de
pasarme todo el embarazo con mis padres, pero cualquier cosa será mejor que esto.
—¡Me iré ahora mismo! —le grito a la cara.
—Muy bien. Yo te llevo. —Coge mi maleta, se dirige a la puerta y me mira por encima del
hombro mientras me quedo ahí plantada, perpleja. ¿Cómo que él me lleva?—. ¿Vienes o no?
Me está tomando el pelo.
—¿Has llamado a Patrick? —pregunto tras él. Pedro jamás me llevaría voluntariamente a casa
de mi madre.
—Sí —responde tajantemente—. Tienes que volver al trabajo el martes. —Cierra la puerta
cuando salgo y llama el ascensor.
—No puedo creer que hayas puesto la cuenta atrás de código —gruño, pero él no me hace caso.
Bajamos en silencio. Yo lo miro en las puertas de espejo mientras él llama a John. Hace como
si no estuviera.
Las puertas se abren. Me insta a salir con un gesto de la cabeza mientras continúa la
conversación con el grandullón y le pide que le diga a Steve que se encargue él antes de decirle que
va a llevarme a casa de mis padres. Todavía no me lo creo. ¿Y que se encargue Steve de qué?

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