sábado, 3 de mayo de 2014

Capitulo 217 ♥

Me despiertan un zumbido y un golpeteo constante que ya conozco. Sé dónde encontrarlo. Voy al
gimnasio. Me quedo de pie al otro lado de la puerta de cristal y observo cómo se flexionan y se tensan
los músculos de su espalda mientras corre en la cinta y ve las noticias deportivas en el televisor
suspendido. Abro la puerta, entro y me coloco delante de la máquina de correr. Aposento mi culo
desnudo en un banco para pesas.
Está corriendo muy de prisa, y cuando me recuesto sobre los brazos le propina un golpe con la
muñeca al botón de reducir la marcha y empieza a correr más despacio hasta que se para del todo. Mis
ojos legañosos disfrutan de las vistas. Coge una toalla y se la pasa por el pelo y la cara. Es una mole de
sudor, brillante y prieta. Me lo comería a besos.
Me observa detenidamente. Se inclina hacia adelante y apoya los brazos en la parte delantera de
la máquina.
—Buenos días. —Le da un repaso a mi cuerpo desnudo y luego me mira a los ojos.
—Buenos días. ¿Qué haces corriendo aquí dentro? —Ya me sé la respuesta y, a juzgar por la
sonrisa casi imperceptible que se le dibuja en la cara, él sabe que lo sé.
—Me apetecía cambiar.
Quiero preguntarle más, pero paso del tema. Si el embarazo impide que me saque de la cama al
alba para correr por todo Londres, me alegra mucho estar sólo de un mes.
—No recuerdo haberme quedado dormida.
—Te dormiste en seguida. Estabas tumbada encima de mí y ni te moví. Has dormido como un
tronco, nena.
Me estiro y bostezo.
—¿Qué hora es?
En cuanto termino de pronunciar la frase oigo la puerta principal y el saludo jovial de Cathy. Si la
asistenta ya está aquí, deben de ser las ocho, más o menos, ¡y estoy en pelotas! Doy un brinco.
—¡Estoy desnuda!
Pedro sonríe y se baja de la cinta.
—Ciertamente —asiente, riendo, al tiempo que se me acerca—. ¿Qué pensará Cathy?
Busco por el gimnasio una toalla o algo con lo que cubrirme para poder subir la escalera sin
perder la dignidad. Me da la risa. Perdí mi dignidad aquella mañana en la que Cathy nos pilló a los dos
en cueros. Veo la toalla que Pedro lleva en la mano y se la quito de un tirón.
—No creo que tape demasiado —dice, el muy borde.
Tiene razón. Es minúscula, poco más que una toalla de bidet.
—¡Ayúdame! —Lo miro suplicante y me encuentro con una sonrisa.
—Ven.
Abre los brazos y trepo por su cuerpo con mi estilo habitual de chimpancé. Su piel húmeda y
resbaladiza huele de maravilla.
Se acerca a la puerta del gimnasio, la abre y se asoma.
—¿Cathy?
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—En la cocina.
Una vez confirmado el paradero de la asistenta, Pedro sale del gimnasio y sube por la escalera
como un rayo. Miro por encima de su hombro, rezando para que Cathy no salga a investigar o a
preguntarle a su chico si necesita algo. No lo hace. Finalmente, llego al dormitorio a salvo y con mi
dignidad intacta.
—Ya está .—Me deja en el suelo y me besa en la frente.
—¿Qué hora es?
—Las ocho menos diez.
Pongo los ojos en blanco y lo acuso con la mirada.
—¿Por qué no me has despertado antes? —Corro al baño.
—Necesitas dormir.
—¡Pero no quince horas!
Abro el grifo de la ducha y me meto sin esperar a que salga agua caliente. Necesito despabilarme.
Me mojo el pelo y me echo un chorro de champú en la mano.
Pedro está detrás del cristal, quitándose las zapatillas de correr.
—Por lo visto, las necesitas —murmura.
Me aclaro el pelo, me pongo acondicionador y salgo cuando él entra. No hago caso de lo que dice
entre dientes. Tardo diez minutos exactos en secarme el pelo, maquillarme, vestirme y bajar la
escalera sin Pedro.
—Buenos días, Cathy.
Desenchufo el móvil del cargador y lo meto en mi bolso.
—Hoy se te ve mejor, Paula. —Cathy se seca las manos en el delantal y me da un repaso—. Sí,
mucho mejor.
—Ya me encuentro bien —me río.
—¿Qué te apetece desayunar?
—Llego tarde, Cathy. Ya tomaré algo en la oficina —digo echándome el bolso al hombro.
—¡Tienes que comer algo! —La voz firme y seria de Pedro hace que me dé la vuelta, y me
encuentro con una cara de pocos amigos.
Se está anudando la corbata.
—Prepárale un bagel, Cathy.
Es la perfección vestida de traje, y me sienta en un taburete.
—Con huevos —añade, aunque luego se para a pensar—. Bueno, mejor sin huevos.
Abro unos ojos como platos y me bajo del taburete. Cathy no sabe qué hacer.
—Gracias, pero ya desayunaré en el trabajo.
Salgo de la cocina y dejo a Pedro con la boca abierta.
—¡Eh!
Su grito de sorpresa me llega justo cuando estoy cerrando la puerta del ático. No corro. Ya
tomaré algo. Sin huevos. La alegría me dura poco. Pulso los botones del ascensor pero las puertas no
se abren. Vuelvo a introducir el código, me estoy poniendo nerviosa.
—¡¿Sin huevos?! —le grito al panel cuando la puerta no se abre.
—¿Estás bien?
Me vuelvo y mi controlador y neurótico marido observa cómo pierdo los nervios con el maldito
teclado con las manos en los bolsillos.
—¡No puedo comer huevos! —le grito—. ¿Cuál es el nuevo código?
—¿Perdona?
—Ya me has oído. —Le doy un puñetazo al panel.
—Sí, te he oído, pero voy a darte la oportunidad de que me lo preguntes en otro tono. —Está muy
serio y no parece que lo haya impresionado mi pataleta, aunque yo no me puedo creer lo insolente que
puede llegar a ser. ¿Que me está dando la oportunidad de hablarle en otro tono?
Me acerco, tranquila y sosegada. Me pongo de puntillas para estar lo más cerca posible de su
asquerosa cara perfecta, esa que me gustaría partirle en este momento.
—Que te den —digo echándole el aliento en la cara antes de dar media vuelta hacia la escalera.
Espero que no haya tenido la iniciativa de cambiar también este código. No lo ha hecho. Sonrío
satisfecha. Los trece pisos de escalera van a acabar conmigo, pero me alegro de que sean de bajada y
no de subida.
Para cuando llego al séptimo, me he quitado los zapatos de tacón. Cuando llego al cuarto, tengo
que hacer un descanso. Tengo calor, estoy sudada y quiero vomitar.
—Me cago en él —maldigo respirando hondo y reemprendiendo la marcha.
Salgo por la puerta de incendios y me doy de bruces contra su pecho. Me empuja otra vez hacia la
escalera. Ni siquiera intento soltarme. Estoy molida.
Me coge en volandas y me empuja contra la pared. Estoy sudada y jadeando. Le echo el aliento
agotado en la cara. He tenido que bajar andando hasta el vestíbulo; pedro respira con normalidad
porque ha podido bajar en el lujoso ascensor del Lusso.
—No te voy a dar un polvo de disculpa —resoplo en sus narices. A pesar de las náuseas, me
cuesta resistirme a sus encantos. No pienso ceder. Hoy serán los huevos, y mañana, cualquier otra cosa
más seria.
Aprieta los labios y me mira con los ojos como ascuas verdes.
—¡Esa boca!
—¡No! No vas a...
Y hasta ahí puedo llegar antes de que su boca cubra la mía y me ataque con todo lo que tiene. Sé
lo que está haciendo, pero eso no me impide soltar el bolso y manosearle la espalda trajeada. Levanto
las piernas y las enrosco alrededor de su cintura. Éste es el Pedro que conozco y amo. No podría ser
más feliz. Gimo, le tiro de la chaqueta, le tiro del pelo y le muerdo el labio inferior.
—Eres una cabezota —dice. Me besa la cara, el cuello, y me muerde el lóbulo de la oreja.
Juguetea con mi pendiente—. Lo estás pidiendo a gritos. —Me besa el hueco hipersensible de debajo
de la oreja y me estremezco—. ¿Quieres que te haga gritar en la escalera, Paula?
Santo Dios, quiero que me folle en la escalera.
—Sí.
Se aparta, desenrosca mis piernas, me desliza por la pared hasta que mis pies tocan el suelo, se
arregla el paquete y mira mi cara de sorpresa con los ojos entornados.
—Qué más quisiera yo, pero llego tarde.
—Serás cabrón —siseo intentando recobrar la compostura. No sirve de nada. ¿Para qué voy a
fingir que no me afecta? No se lo tragará nunca.
Recojo mi bolso, abro la puerta y llevo mis tacones frustrados al vestíbulo.
—Buenos días, Paula. —El tono feliz y descansado de Clive me molesta.
Gruño, salgo a la calle, me pongo las gafas y doy las gracias al cielo al no ver mi regalo. Mi Mini
sí que está. Más le vale dejarme salir. Subo al coche, arranco y alguien da unos golpecitos en mi
ventanilla. Es Pedro.
—¿Sí? —pregunto bajando el cristal.
—Yo te llevo al trabajo. —Lo dice en ese tono, pero me importa un bledo.
Subo la ventanilla.
—No, gracias. —Doy marcha atrás con cuidado de no aplastarle los pies, saco el móvil del bolso
y marco el número del Lusso—. Buenos días, Clive. —Mi cordial saludo no tiene nada que ver con el
gruñido de antes.
—¿Paula?
—Sí, perdona que te moleste. ¿Podrías abrirme las puertas?
—Por supuesto.
—Gracias.
Sonrío orgullosa para mis adentros y tiro el móvil en el asiento del acompañante en cuanto las
puertas empiezan a abrirse. No me entretengo. Salgo del parking y por el retrovisor veo a Pedro
agitando los brazos por encima de la cabeza antes de echar a correr al vestíbulo.

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