domingo, 4 de mayo de 2014
Capitulo 221 ♥
Ahora sí que necesito abrazarlo, pero no me hace falta decírselo, ya está cogiéndome en brazos
con una mano y quitándome los grilletes con la otra. Luego cambia de mano. A pesar de que se me han
dormido los brazos, encuentro la forma de agarrarme a sus hombros. Lo abrazo con todo mi ser. Lo
aprieto fuertemente con los muslos y apoyo la mejilla en su hombro mientras me lleva a la cama y me
acuesta debajo de él. El satén frío es un agradable contraste con mi espalda sudada, y no se me pasa
por alto que Pedro no está dejando caer todo su peso sobre mí.
—¿Te gusta nuestra habitación? —me pregunta con la nariz escondida en mi pelo.
Sonrío mirando al techo.
—Le falta una cuna. Ya sabes, para cuando traigamos al bebé aquí. —La idea es dejarlo caer, y
parece que surte efecto porque su cuerpo en recuperación se queda inmóvil.
Se levanta de encima de mí y se tumba a mi lado, con la cabeza apoyada en la mano y el codo en
la cama. Dibuja círculos con el dedo alrededor de mi ombligo.
—El sarcasmo no te pega, señorita.
Pongo cara de inocente. Sé que no supondrá la menor diferencia: me ha pillado.
—Una cosa. —Levanta las cejas y una mirada muy seria desciende por mi cuerpo para ver las
rotaciones de su dedo—. Tienes barriga.
—¡No seas tonto! ¡Si acabo de quedarme embarazada!
—No soy tonto —replica acariciándome el vientre con la palma de la mano—. Es muy pequeña,
pero está ahí. —Se agacha y me besa en la barriga antes de volver a apoyar la cabeza en la otra mano
—. Conozco este cuerpo, y sé que está cambiando.
Frunzo el ceño y me miro el vientre. A mí me parece que está plano. Se está imaginando cosas.
—Lo que tú digas, Pedro. —No voy a discutir después del momento perfecto, aunque me muera
de ganas de darle una bofetada por insinuar que he cogido peso.
Vuelve a agacharse y acerca la boca a mi abdomen.
—¿Lo ves, cacahuete? Tu madre está aprendiendo quién manda aquí.
—¡Nada de cacahuete! —Levanto la cabeza y lo miro de mala manera. Él me sonríe—. Ya
puedes ir pensando otro nombre. No vas a llamar a nuestro bebé igual que esa cosa asquerosa con la
que estás obsesionado y que engulles a diario.
—Estoy obsesionado contigo y también te devoro a diario, pero no puedo llamar al bebé pequeña
seductora desobediente.
—No, eso no estaría bien. Pero podrías llamarlo «nena». —Ahora soy yo la que se ríe.
Se levanta de un salto y se sienta sobre mis caderas. Me sujeta las manos junto a la cabeza pero
sin apoyarse en mi vientre.
—Lo llamaremos cacahuete.
—Jamás.
—¿Te echo un polvo de entrar en razón?
—Sí, por favor —contesto con demasiadas ganas y una enorme sonrisa.
Se ríe y me da un beso casto.
—El embarazo te está convirtiendo en un monstruo. Vamos. Mi mujer y el cacahuete deben de
tener hambre.
—Tu mujer y el bebé tienen mucha hambre.
Le brillan los ojos cuando me levanta de la cama. Me viste antes de ponerse el bóxer, los
pantalones y la camisa. Le aparto las manos y le abrocho los botones mientras él me observa en
silencio. Le meto la camisa por dentro de los pantalones y apoyo la mejilla en su pecho mientras me
tomo mi tiempo para dejarlo presentable.
—¿Cinturón? —pregunto apartándome un poco.
Se agacha y lo recoge del suelo. Me lo da con una sonrisa divertida. Lo cojo, le devuelvo la
sonrisa, lo paso por las trabillas del pantalón y se lo abrocho.
—Ya estás.
—No —dice señalando los zapatos—. Si vas a hacer algo, hazlo bien.
Ignoro su insolencia y hago que se siente en el borde de la cama. Me arrodillo delante de él con el
culo sobre los talones y empiezo a ponerle los calcetines.
—¿Está bien así, mi señor? —Tiro del vello rubio que le cubre la base de la espinilla.
Da un respingo.
—¡Joder! —Se frota la espinilla—. Eso sobraba.
—No seas descarado —le contesto, cortante.
Le dejo los zapatos junto a los pies y me levanto.
Se los pone y se levanta; recoge la chaqueta, mete la corbata en el bolsillo y no deja de mirarme
con el ceño fruncido.
—Eres un monstruo.
Le sonrío con dulzura. La arruga de la frente desaparece y sus labios se relajan.
—¿Listo?
Asiente, me coge de la mano, me saca de nuestra habitación y me conduce al bar. Me deja en el
taburete de siempre y Mario aparece en un santiamén.
—¡Señora Alfonso! —Su voz y su acento alegres me ponen siempre de buen humor.
Sonrío.
—Mario, llámame Paula —lo regaño en broma—. ¿Cómo te va?
—¡Va! —Se echa el trapo al hombro y se acerca—. Muy bien, gracias. ¿Qué le apetece tomar?
—Dos botellas de agua —interviene Pedro—. Sólo agua, Mario.
Le dedico una mirada de crítica a mi marido, que se ha sentado en el taburete libre que había a mi
lado.
—Me gustaría tomar un poco de vino con la cena.
Mi mirada de reproche no lo conmueve ni un poco. De hecho, ni siquiera me mira.
—Puede, pero no hay vino para ti. Dos botellas de agua, Mario. —Esta vez no se lo está pidiendo,
sino que se lo está ordenando y, a juzgar por la expresión asustada del camarero, no volverá a
ofrecerme alternativas al agua.
Mario corre a la hilera de neveras que hay detrás de la barra mientras yo observo a Pedro, que se
niega a mirarme a la cara. Le hace un gesto a Pablo para que se acerque.
—Dos filetes, Pablo. Uno al punto y otro muy hecho. Sin sangre.
La cara de confusión de Pablo salta a la vista, y la que pongo yo, de escepticismo, también.
—Eh, vale, señor Alfonso. ¿Con ensalada y patatas nuevas? —pregunta Pablo, que me observa con
aire de no entender nada. Yo estoy demasiado ocupada admirando a mi marido imposible como para
saludarlo.
—Sí, y asegúrate de que uno de los filetes está cocido del todo. —Pedro coge la botella que le
ofrece Mario y empieza a servirme un vaso—. ¿El aliño lleva huevo?
Me atraganto y toso. Ni se entera. Está muy ocupado mirando a Pablo con una ceja enarcada. El
pobre hombre no tiene ni idea de lo que está pasando.
—No lo sé. ¿Quiere que lo pregunte?
—Sí. Si lleva huevo, que no le pongan aliño ni al filete ni a la ensalada.
—De acuerdo, señor Alfonso.
Mario y Pablo se retiran y nos quedamos a solas en el bar, yo asombrada y en silencio y Pedro
sirviendo agua para no tener que mirar a su esposa. Sabe que lo estoy observando boquiabierta, vaya si
lo sabe.
Me vuelvo para mirar al frente, tranquila y sosegada, pero por dentro estoy que muerdo. No
puedo contenerme.
—Si no vas a esa cocina, cambias mi comanda y me traes una copa de vino, voy a estar un paso
más cerca de irme a casa de mis padres lo que me queda de embarazo —le espeto.
Ahora sí que me mira. Sus sorprendidos ojos verdes me están taladrando el perfil. Cojo mi vaso
de agua y me vuelvo hacia él.
—No vas a decidir mi dieta, señor Alfonso.
—Ya te has emborrachado una vez estando embarazada —sisea en voz baja. No está contento, y
yo tampoco.
—Estaba cabreada contigo. —Todavía parezco tranquila y sosegada, pero me siento culpable.
Levanta las cejas.
—¿Así que vas y lo pagas con mi bebé?
El resentimiento le sale a borbotones.
—Deja de decir «mi bebé». Es nuestro.
—¡Eso mismo quería decir!
—Entonces ¿no te preocupas por mí? ¿Ya no te preocupa mi seguridad? —Espero que reaccione a
mis palabras.
Debo de haberlo dejado de piedra porque no contraataca. Sólo se muerde el labio inferior con
ganas. Los engranajes trabajan a mil por hora. Por fin suspira y gira el taburete para no verme. Se
lleva las manos al pelo rubio ceniza.
—Mierda —maldice en voz baja—. ¡Mierda, mierda, mierda!
—Lo digo en serio, Pedro. —Le recuerdo mi amenaza.
Necesito que sepa que no voy a consentírselo. Hice mal en salir por ahí y emborracharme
sabiendo que estaba embarazada, pero fue el resultado de lo que me hace este hombre, de lo que
provoca en mí. No volveré a emborracharme, pero una copa pequeña de vino tinto no va a hacerme
daño, y un filete con un poco de sangre es inofensivo. Y no quiero ni hablar de los huevos.
Cierra los ojos con fuerza, respira hondo y me mira. Deja mi botella de agua sobre la barra y
luego me coge las manos.
—Lo siento.
Estoy a punto de caerme del taburete.
—¿De verdad? —digo. Hay un matiz de sorpresa en mi voz. Y eso que mi amenaza iba en serio.
Pero no esperaba que me tuviera en consideración.
—Sí, lo siento. Voy a tardar un poco en acostumbrarme.
Me echo a reír.
—Pedro, esto ya es bastante duro sin tener que lidiar con un hombre controlador. No lo tenía
planeado, ni siquiera me había parado a pensarlo. No te necesito encima de mí a todas horas,
diciéndome qué hacer y qué no y vigilando todo lo que como. Por favor, no me lo hagas aún más
difícil. —He empezado entre risas pero he terminado el discurso muy seria. Todo lo que he dicho es la
pura verdad, y lo sabe: sus ojos apenados me lo confirman.
Sé que no puede evitarlo, pero tendrá que hacerlo. Necesito que vea que todo va bien, a ver si así
se relaja. Es un plan muy ambicioso si tenemos en cuenta que apenas está aprendiendo a controlar su
forma imposible de ser cuando se trata de mí.
Suspiro, bajo del taburete y me coloco entre sus piernas.
—Quiero que mi bebé tenga un padre. Intenta relajarte para que no te dé un infarto del estrés —
digo, y le como la cara a besos.
—Mmm. Lo intentaré, nena. Lo estoy intentando, de verdad, pero ¿no podemos llegar a un
acuerdo?
—¿Qué clase de acuerdo?
Me coge del pelo y aparta mis labios de su cara. Hace un mohín.
—Por favor, no bebas —me suplica con la mirada.
Me doy cuenta de lo importante que es para él. Es un ex alcohólico, aunque no quiera admitirlo.
Que eche un trago en circunstancias normales ya es muy desconsiderado por mi parte. Que beba
estando embarazada es mucho peor: es cruel.
—Vale —asiento, y la cara de alivio que me pone me hace sentir fatal—. Ve y pídeme un filete
en condiciones. —Le doy un pico y me siento de nuevo en mi taburete—. Y quiero aliño en la
ensalada.
Me acaricia la mejilla y me deja en el bar para cumplir con su obligación: conseguirle a su esposa
un filete al punto.
Miro a mi alrededor y noto que hay mucha gente en el bar, no me había dado cuenta cuando he
entrado con Pedro. Estábamos ocupados peleando y haciendo las paces. ¿Nos habrán oído? ¿Acabamos
de desvelar, en un bar repleto de desconocidos, que estoy encinta? Miro a un grupo y a otro, todos
beben y charlan, pero el interés y la curiosidad que todos sienten hacia mí cuando estoy en La
Mansión es palpable. Veo a Natasha en la esquina, con la mujer número uno y la número dos, y me
quiero morir cuando sus miradas se posan en mi vientre. Me pongo colorada y me vuelvo hacia la
barra para escapar de sus miradas inquisitivas. Es tan fácil olvidarse de todo y de todos cuando
estamos abrazados, cuando discutimos o hacemos las paces...
—Buenas noches, Paula. —El tono reservado de Drew me saca de mis cavilaciones y alucino al
verlo en vaqueros. Lleva una camisa formal remetida por el pantalón y el pelo negro tan repeinado
como siempre, pero ¿vaqueros?
—Hola. —No puedo evitar mirarlo de arriba abajo varias veces y, cuando lo noto incómodo, me
doy cuenta de que sabe que le estaba dando un repaso. Es de mala educación y paro al instante—.
¿Cómo estás?
—Muy bien, ¿y tú? —Saluda a Mario, que saca un botellín de cerveza de una de las neveras y se
la sirve.
—Muy bien.
—Ah, enhorabuena —dice levantando la cerveza en mi dirección, y luego le da un trago.
Lo miro, atónita. ¿Él también lo sabe?
—Pensé que no lo verían mis ojos —añade negando con la cabeza.
—¡Sí! —canturrea Mario—. ¡Un bebé!
Mi suspiro de exasperación es alto y claro. Espero que mi querido marido lo oiga desde la cocina,
donde está asegurándose de que mi filete está rosa por dentro.
—Gracias. —No sé qué otra cosa decir, hasta que Pedro regresa al bar y preparo mi discurso
mentalmente.
Se me adelanta:
—Recuerda que no es asunto nuestro.
—¿Qué? —Frunzo el ceño cuando me dirige una mirada de advertencia. El problema es que no sé
de qué quiere advertirme—. ¿De qué estás hablando?
Pone los ojos en blanco, coge su botella de agua de la barra y entonces los veo.
Sam y Kate.
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