domingo, 18 de mayo de 2014

Capitulo 248 ♥

Hace dos semanas que no veo sus ojos. Han sido las dos semanas más largas de mi existencia.
Cualquier sentimiento de desolación o de miseria que hubiese podido tener en mi vida antes de esto se
ha visto eclipsado por los sentimientos que me asolan en estos instantes. Estoy perdida, desamparada,
añorando la parte más importante de mi ser. Mi único consuelo es ver su rostro sereno y sentir la
calidez de su piel.
Hace cuatro días que el médico le quitó el respirador, así que ahora puedo verlo mejor, con barba
y con un tono macilento. Sin embargo, se niega a despertar, a pesar de que nos sorprendió respirando
por su cuenta, aunque fuera una respiración débil y laboriosa. El filo le atravesó limpiamente el
costado y le perforó el estómago. Su pulmón dejó de funcionar durante la operación, lo que no hizo
sino complicar aún más las cosas. Ahora tendrá dos cicatrices en su torso perfecto. Al menos, la nueva
es un corte limpio, a diferencia del destrozo irregular que le hizo la vez anterior. He visto cómo se la
limpiaban a diario, y he visto cómo drenaban la sangre acumulada y la porquería que salía de la
herida. Ya me he acostumbrado, y esa imperfección será un eterno recordatorio del peor día de mi
vida, pero también una parte más que amaré de él.
No me he separado de su lado más que para ir al baño de la habitación después de aguantarme
tanto que parecía que la vejiga me iba a reventar. Me he duchado en cuestión de segundos cuando mi
madre me obligaba físicamente a hacerlo, pero todas las veces le he hecho jurarme que gritará si se
mueve. No se ha movido. Día tras día, el mismo médico y el cirujano me han dicho que es cuestión de
tiempo. Es un hombre fuerte y está sano, así que tiene todas las probabilidades de salir adelante,
aunque no he visto ninguna mejora desde que lo dejaron respirar por su cuenta. No pasa ni una hora
sin que rece para que se despierte. No pasa ni un minuto sin que lo bese en alguna parte, con la
esperanza de que el roce de mis labios sobre su piel provoque alguna reacción. No ha sido así. Día tras
día, mi corazón se va deteniendo un poco más. Me escuecen cada vez más los ojos, y mi barriga
continúa creciendo. Cada vez que miro hacia abajo por un segundo, recuerdo que es posible que mis
hijos no lleguen a conocer a su padre, y eso es una injusticia demasiado cruel como para aceptarla.
—Despiértate —le ordeno en voz baja, y me echo a llorar de nuevo—. ¡Eres un cabezota! —La
puerta se abre y, al volverme, veo a mi madre a través de mi visión borrosa—. ¿Por qué no se
despierta, mamá?
Está junto a mí en un segundo, intentando despegarme de él para abrazarme.
—Se está curando, cariño. Necesita curarse.
—Lleva así demasiado tiempo. Necesito que se despierte. Lo echo de menos. —Mis hombros
empiezan a agitarse y hundo desesperanzada la cabeza en la cama.
—Ay, Paula. —Mi pobre madre se siente totalmente inútil y no sabe qué hacer para animarme,
pero no puedo hacer que los demás se sientan bien cuando yo me estoy muriendo por dentro—. Paula,
cariño, tienes que comer —dice suavemente, animándome a incorporarme—. Vamos.
—No tengo hambre —insisto con insolencia.
—Voy a hacer una lista con todas tus desobediencias y pienso decírselas a Pedro una tras otra en
cuanto se despierte —me amenaza mientras me ofrece una ensalada preparada.
Sé que no conseguiré nada negándome, pero la estúpida idea de saber que lo complacería que
comiera es lo único que hace que abra la ensalada con una mano y empiece a picotear los tomates
cherry.
Beatrice y Henry acaban de llegar, cariño —dice mi madre con tiento, aunque ya ni siquiera
siento desprecio por los padres de Pedro. No siento nada más que dolor—. ¿Pueden pasar?
Mi parte egoísta quiere negarse. Lo quiero sólo para mí, pero no he podido evitar que la noticia
del apuñalamiento se publicara en todos los periódicos de Londres. Las noticias viajan rápido, incluso
hasta Europa.
Llegaron dos días después de su ingreso en el hospital. Su madre y su hermana estaban
destrozadas, mientras que su padre se limitaba a observar la escena en silencio. Sentí el
arrepentimiento en su rostro inexpresivo, que se asemeja al de Pedro de un modo pasmoso. Escuché
todas sus explicaciones pero no les presté mucha atención. Durante todo este largo tiempo que he
pasado a solas aquí, sin nada que hacer más que llorar y pensar, he llegado a mi propia conclusión. Y
es una conclusión muy simple: el sentimiento de culpa de Pedro por todas las cosas trágicas que le han
pasado en la vida hizo que se distanciara de sus padres. Es posible que ellos hayan contribuido a eso
con sus imposiciones y exigencias, pero con sentido común y conociendo a mi hombre imposible y
ahora también todo lo demás, sé que es su propia cabezonería lo que ha causado este desencuentro.
Creía que distanciarse de todo aquel que le recordara sus pérdidas aliviaría la culpabilidad que sentía,
la culpabilidad que jamás debería haber sentido. No se dio la oportunidad de rodearse de la gente que
lo amaba y que podría haberlo ayudado. Esperó a que yo lo hiciera. Y puede que haya sido demasiado
tarde, porque ahora está aquí postrado, inconsciente, y aunque me tortura pensar en una vida sin él,
una vida a la que puede que tenga que enfrentarme ahora, preferiría que estuviera vivo y bien, aunque
no lo conociera. Sé que es una idea estúpida, pero desde que estoy aquí no pienso con mucha claridad.
Me duele la cabeza constantemente. El nudo en mi garganta no desaparece, y me escuece la cara de
tanto llorar. Estoy destrozada, y seguiré estándolo mientras viva si nunca vuelve a abrir los ojos.
—¿Paula? —La voz de mi madre y su mano frotándome el hombro me devuelven a la habitación,
ahora tan familiar.
—Sólo unos minutos —accedo, y dejo a un lado la ensalada.
Alejandra no me discute ni intenta convencerme para que les conceda más tiempo. Los he dejado
entrar cinco minutos de vez en cuando, pero nunca los he dejado a solas con él.
—De acuerdo, querida.
Sale de la habitación y, momentos después, entran los padres y la hermana de Pedro. No los
saludo. Mantengo la vista fija en mi hombre y la boca firmemente cerrada mientras se acercan a la
cama. Su madre empieza a sollozar y veo con mi visión periférica que Luciana trata de consolarla. Esta
vez su padre se frota la cara. Tres pares de ojos verdes, húmedos y cargados de dolor observan el
cuerpo inerte de mi marido.
—¿Cómo está? —pregunta Henry aproximándose desde el otro lado de la cama.
—Igual —contesto mientras acerco la mano para apartarle un mechón de pelo suelto de la frente
por si le hace cosquillas y perturba su descanso.
—¿Y tú cómo te encuentras, Paula? Tienes que cuidarte. —Me habla con voz suave pero severa.
—Estoy bien.
—¿Podemos invitarte a comer algo? —pregunta—. Aquí mismo, en el restaurante del hospital.
—No voy a dejarlo —afirmo por enésima vez. Todo el mundo lo ha intentado y todo el mundo ha
fracasado—. No quiero que se despierte y no me vea aquí.
—Lo entiendo —me tranquiliza—. ¿Y si te traemos algo?
Debe de haber visto la ensalada, pero lo intenta de todos modos. Sé que está preocupado de
verdad, pero no quiero su preocupación.
—No, gracias.
—Paula, por favor —insiste Luciana, pero yo hago caso omiso de su ruego y sacudo la cabeza con
testarudez. Pedro me obligaría a comer, y ojalá pudiera hacerlo.
Los tres suspiran de impotencia. Entonces, la puerta de la habitación se abre y entra la enfermera
del turno de noche empujando el carrito de siempre que transporta el medidor de tensión, el
termómetro y un montón de aparatos más para comprobar su estado.
—Buenas noches. —Sonríe afectuosamente—. ¿Cómo está hoy este guapetón? —Dice las
mismas palabras exactas cada vez que empieza el turno.
—Sigue dormido —contesto, apartándome ligeramente para proporcionarle acceso a su brazo.
—Vamos a ver. —Lo coge y le envuelve el bíceps con la cinta de tela. Pulsa unos cuantos
botones y ésta empieza a inflarse automáticamente. La enfermera deja que la máquina haga su trabajo.
Le toma la temperatura, comprueba la lectura del monitor cardíaco y anota todos los resultados—.
Sigue igual. Tu marido es muy fuerte y no va a rendirse, cariño.
—Lo sé —respondo, y ruego para que siga resistiendo. No ha mejorado, pero al menos tampoco
ha empeorado, y tengo que aferrarme a eso. Es lo único que tengo.
La enfermera inyecta algo de medicación a través de la vía, le cambia la bolsa de la orina, le pone
un gotero nuevo, recoge sus cosas y sale de la habitación en silencio.
—Te dejamos tranquila —dice Henry—. Ya tienes mi número.
Asiento y dejo que los tres intenten consolarme un poco. Después veo cómo se turnan para besar
a Pedro. Su madre es la última, y derrama lágrimas sobre su rostro.
—Te quiero, hijo —murmura, casi como si no quisiera que yo la oyese, como si pensara que voy
a condenarla por tener tanta cara. Jamás lo haría. Su angustia es suficiente motivo para que los acepte.
Ahora mi objetivo principal es hacer que la vida de Pedro sea como debería ser. Haré lo que haga falta,
pero no sé si él vivirá para consentirlo y apreciarlo.
Derraman más lágrimas.
Levanto la vista y veo cómo se marchan pasando junto a Kate, Sam, Drew y John, que esperan en
la puerta. Se saludan y se despiden formalmente, y yo no puedo evitar suspirar de cansancio al ver que
llega más gente. Sé que sólo están preocupados por Pedro y por mí, pero el esfuerzo que me supone
contestar a las preguntas que me hacen requiere una energía que ahora mismo no tengo.
—¿Estás bien, muchacha? —dice John con voz atronadora, y yo asiento, aunque es evidente que
no, pero me resulta más fácil mover la cabeza de arriba abajo que de un lado a otro.
Levanto la vista, le sonrío brevemente y veo que ya le han quitado el vendaje de la cabeza. Se
estuvo culpando durante días, pero ¿qué otra cosa podía haber hecho cuando el amante de Ruth Quinn,
o sea, Charlie, lo llamó con un falso pretexto, lo pilló desprevenido y lo golpeó en la cabeza con una
barra de hierro en cuanto salió del ascensor?
—No voy a quedarme —continúa John—. Sólo quería que supieras que han comparecido hoy
ante el tribunal y los dos irán a la cárcel.
Debería alegrarme, pero ni siquiera tengo fuerzas para eso. He respondido a las innumerables
preguntas de la policía, y Steve me ha estado poniendo al día regularmente sobre sus averiguaciones.
Es bastante sencillo. Ruth, o Lauren, es la psicópata ex mujer de Pedro, y Charlie es su fiel amante, que
haría lo que fuera con tal de complacerla.
—No quiero ser grosera, pero no tengo la energía... —Mi voz se detiene y me llevo la mano de
nuevo a los ojos doloridos para secármelos.
—Paula, vete a casa, date una ducha y descansa un poco. —Kate coloca una silla a mi lado y me
rodea los hombros agitados con sus brazos—. Nos quedaremos nosotros, y si se despierta te llamaré de
inmediato. Te lo prometo.
Niego con la cabeza. Ojalá desaparecieran. No pienso moverme de aquí a menos que Pedro lo
haga conmigo.
—Vamos, Paula. Yo te llevaré —se ofrece Drew dando un paso hacia adelante.
—Eso es. —Sam se une al grupo de persuasión—. Nos quedaremos con él y Drew te acercará a
casa para que duermas un poco.
—¡No! —Me quito a Kate de encima—. ¡No pienso irme de aquí, joder! ¡Dejadme en paz! —
Miro directamente a Pedro esperando una reprimenda por su parte, pero no dice nada—. ¡Despiértate!
—Está bien —dice mi amiga con voz suave—. No insistiremos más, pero paula, come algo, por
favor
Kate —suspiro, cansada, esforzándome por no perder los nervios—. He comido un poco de
ensalada.
—Bien. —Se pone de pie, obviamente frustrada, y se vuelve hacia los demás—. Yo ya no sé qué
más hacer. —Se acurruca en los brazos de Sam cuando éste los abre para recibirla.
Drew me mira con lástima, y entonces caigo en la cuenta de que él también debe de estar pasando
un mal trago después de que aquella mujer lo utilizara para intentar atrapar a mi marido. Kate me ha
contado algo mientras trataba de distraerme con un poco de conversación, pero no conozco toda la
historia. Lo que sí sé es que Drew se ha comprometido con la situación. No con Coral, pero sí con el
bebé, lo cual lo honra, dado que ella lo engañó.
—Será mejor que nos vayamos —dice John, y se vuelve hacia los demás prácticamente
empujándolos fuera de la habitación. Se lo agradezco y consigo reunir la fuerza suficiente como para
graznarles un «adiós» cortés antes de volver a centrar toda la atención en Pedro.
Apoyo la cabeza de nuevo sobre la cama y lucho contra la pesadez de mis párpados durante
mucho rato hasta que el agotamiento se apodera de mí y comienzo a cerrarlos lentamente,
transportándome a un lugar en el que me niego a hacer las cosas que me pide sólo para que tenga que
recurrir a sus tácticas y tocarme. Me está tocando en estos momentos, acariciándome con la enorme
palma de su mano mi pelo alborotado secado al aire, aunque en mi sueño estoy perfecta, no cansada,
ni pálida, ni desaliñada, y no llevo los pantalones de estar por casa con una camiseta suya usada, la
que le pedí a mi madre que me trajera del cesto de la ropa sucia, y que no me he quitado en todo el
tiempo que llevo aquí.
Me encuentro en un lugar feliz, reviviendo cada momento con mi hombre, todas las risas, la
pasión y las frustraciones. Todas las cosas que nos dijimos y todas las caricias que intercambiamos se
reproducen en mi mente. Cada segundo, cada paso que hemos dado juntos y cada vez que nuestros
labios se han encontrado. No falta ni un momento: su cuerpo alto y musculoso levantándose en su
despacho la primera vez que lo vi, cómo aumentaba su belleza a cada paso que daba hacia mí hasta
que su aroma me inundó cuando se inclinó para besarme. Y cómo su tacto despertó todas aquellas
sensaciones maravillosas en mi interior. Lo recuerdo como si lo estuviera viviendo, de una manera
clara y dichosa. Estaba destinada a estar con él desde el día en que puse el pie en ese despacho.
—Mi chica preciosa está soñando.
No reconozco la voz pero sí sus palabras, así que sé que es él. Quiero responderle, aprovechar la
oportunidad para decirle tantas cosas... No obstante, mi desesperación sigue impidiéndome hablar, de
modo que me limito a escuchar el eco de sus palabras y a sentir su tacto continuo. Ahora me acaricia
la mejilla.
Un fuerte pitido me saca de golpe de mi feliz sueño ligero y levanto la cabeza esperanzada, pero
sus ojos siguen cerrados y sus manos están en el mismo sitio que antes: una en la mía y la otra
apoyada e inerte al otro lado de su cuerpo. Estoy desorientada y hago una mueca ante el estruendoso
sonido. Entonces veo que es el gotero, que indica que se ha agotado el fluido. Me levanto y estiro el
brazo para avisar a la enfermera, pero doy un brinco al oír un gruñido apagado. No sé por qué he
saltado, era un sonido grave y suave, nada agudo ni estridente, aunque el corazón se me ha acelerado
de todos modos. Observo su cara atentamente, pensando que tal vez lo haya imaginado.
Pero entonces sus ojos se mueven por debajo de los párpados y mi corazón se acelera todavía
más. Quiero pellizcarme para comprobar que no estoy dormida, y creo que llego a hacerlo porque
siento un repentino pinchazo a través del entumecimiento provocado por la aflicción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario