sábado, 3 de mayo de 2014

Capitulo 219 ♥

Debería preocuparme, pero no es así. La nota hace que me ponga posesiva. La imagen del famoso
atributo de Pedro cruza como un rayo por mi cabeza. Dejo caer todo lo que llevo, cojo la perniciosa
nota y la hago pedazos lentamente. ¿Quién coño se cree que es? Un polvo, eso es lo que fue. Nada más
que un polvo de conveniencia. ¿Habrá vuelto a contactar con Pedro? ¿Debería preguntárselo y
despertar su curiosidad? Porque no quiero contarle nada de esto. No quiero que se ponga nervioso.
Puedo encargarme de las amenazas vacías. ¿Que me aleje de él o qué? Tiro las flores muertas y la
tarjeta a la papelera más cercana y sigo andando hacia el parking. De repente siento la abrumadora
necesidad de estar con él.
Me detengo en seco al ver que mi Mini no está donde lo he aparcado esta mañana. No hay coche.
Miro el pilar en el que está pintado el número de planta. No me he equivocado de sitio. ¿Dónde coño
está mi coche?
—Todo bien, muchacha. —La voz grave de John hace que gire en redondo. Está asomado a la
ventanilla de su Range Rover—. Sube.
—Me han robado el coche. —Señalo con el brazo la plaza vacía y me vuelvo para comprobar que
no son alucinaciones mías.
—No te lo han robado, muchacha. Sube.
—¿Qué? —Miro al grandullón, atónita—. ¿Y dónde está?
Con la cara de malo que tiene, hay que ver lo avergonzado que parece.
—El hijoputa de tu marido ha hecho que se lo llevaran.
Señala el asiento del acompañante con un gesto de la cabeza.
—¿Me tomas el pelo? —Me echo a reír.
Las cejas aparecen por encima de sus gafas de sol.
—¿Tú qué crees? —pregunta, muy serio.
Respiro hondo para calmarme y subo al coche de John. Sí, me necesita. ¡Me necesita para que lo
vuelva loco!
—Lo voy a estrangular —musito abrochándome el cinturón de seguridad.
—No seas muy dura con él, muchacha.
John empieza a tamborilear en el volante en cuanto salimos del parking, de vuelta a la luz del día.
—John, me caes bien, de verdad, pero a menos que me des una razón aceptable para las neuras de
mi marido, haré como que no me has pedido que no sea demasiado dura con él.
Se echa a reír con ganas, de esas risas que hacen que se sacuda la barriga. Se le retrae el cuello y
aparece la papada que mantiene escondida.
—Tú también me caes bien, muchacha —dice entre carcajadas, y se lleva las manos debajo de las
gafas para secarse los ojos.
Nunca había visto a esa enorme bestia parda tan animada. Me hace sonreír. Dejo de pensar en
maridos difíciles y notas de amenaza hechas pedazos, pero vuelve a ponerse serio demasiado pronto y
me quedo riéndome sola mientras él me mira desde detrás de las gafas de sol.
Su repentino cambio de expresión corta de un tajo mi risa histérica.
—Es posible que la cosa vaya a peor. Creo que hay que darte la enhorabuena.
Baja la vista. Mira mi vientre antes de volver a poner los ojos en la carretera.
—¿Te lo ha contado? —pregunto sin poder creérmelo. No quiero que nadie lo sepa. Es demasiado
pronto.
Muchacha, no ha hecho falta.
—¿No?
¿Sabrá John lo mucho que desea Pedro tener un bebé?
—No. Cuando lo he visto navegando por la sección de bebés de Harrods, ha saltado la liebre. Y lo
sonriente que está el hijoputa todo el día.
Me hundo en el asiento. Imagino que tiene a Zoe reuniendo toda clase de objetos de lujo para
bebé. También me imagino la cara de la dependienta cuando reciba la lista de la compra... Si hace sólo
unas pocas semanas que me ayudó a encontrar un vestido despampanante para la cena de aniversario
de La Mansión. Un par de semanas después me ayudó con el vestido de novia, y ahora está buscando
la mantilla para el bautizo de nuestro bebé. ¿Qué pensará de nosotros? Que nos hemos casado de
penalti y a toda prisa porque me ha dejado preñada. Eso mismo pensará todo el mundo, incluso mis
padres y Dan. ¿Cuánto podré esperar antes de contárselo?
John aparca en La Mansión y no tardo ni un minuto en saltar de su Range Rover y subir los
escalones de la entrada.
—Está en su despacho.
—Gracias, John.
Uso mi llave y voy atravesando puertas, directa a la parte de atrás. Paso por el salón de verano y
sonrío para mis adentros cuando se hace el silencio. Miro de reojo al grupo de mujeres; tienen una
copa en la mano y cara de amargadas.
—Buenas noches —les sonrío, y me responden entre dientes. Todavía sonrío más al pensar en la
cara que se les va a quedar cuando se enteren de que estoy embarazada. Soy una engreída.
Al acercarme al despacho de Pedro, la puerta se abre y sale un hombre. Parece tenso y aliviado a
la vez. Es Steve. Lo veo distinto, va vestido y no lleva un látigo en la mano. Me paro en seco,
sorprendida, sobre todo porque sigue de una pieza. Ahora no da la impresión de ser tan valiente.
—Hola —tartamudeo, algo avergonzada—. Soy Paula.
Me quedo mirándolo, y sé que es de mala educación, pero no sé qué decir. No tiene cardenales ni
los ojos morados; no cojea y no parece que le hayan dado a elegir entre entierro o incineración.
—¿Cómo estás? —pregunto cuando mi cerebro no me da una alternativa mejor.
—Bien —dice. Se mete las manos en los bolsillos y parece estar incómodo—. ¿Y tú?
—Muy bien. —Esto es muy raro. La última vez que lo vi, me había atado y me estaba azotando
con un látigo, era arrogante y adulador, pero ahora mismo no hay ni rastro de ese hombre—. ¿Has
venido a ver a Pedro?
—Sí —se ríe—. Lo he estado posponiendo. Quería disculparme.
—Ah —digo. Mi cerebro se niega a cooperar.
Parece que lo dice de corazón, pero si yo fuera hombre y Pedro quisiera matarme, me arrastraría y
pediría clemencia. No cabe duda de que eso es lo que ha hecho, de lo contrario no estaríamos
hablando. Puede que hayan pasado varias semanas, pero sé que mi hombre tenía la espinita clavada.
—También me gustaría pedirte disculpas a ti. —Empieza a tartamudear—. Lo... siii... sieeen... to.
Niego con la cabeza. Ahora soy yo la que se siente avergonzada. Yo le pedí que me azotara. Soy
yo la que debería sentir remordimientos por haberlo puesto en el ojo del huracán.
—Steve, no debería habértelo pedido. Estuvo mal por mi parte.
—No —sonríe, esta vez con dulzura—. Hace tiempo que camino por una línea muy fina. Me he
dejado llevar, he perdido el respeto por las mujeres que confiaban en mí. En realidad, me has hecho un
favor, aunque desearía no haberte hecho daño.
Yo también le sonrío.
—Acepto tus disculpas si tú aceptas las mías.
Saca las llaves del coche y echa a andar.
—Disculpas aceptadas. Nos vemos.
—Nos vemos.
Abro la puerta del despacho de Pedro y lo encuentro de rodillas en el suelo. De repente me vienen
a la cabeza recuerdos muy dolorosos. No obstante, sigue llevando el traje puesto y hay montañas y
montañas de papeles esparcidas por el suelo. Levanta la vista y se me encoge el corazón al ver una
mirada de cansancio en su hermoso rostro. Está tan concentrado que la arruga en su frente se ve muy
profunda.
—Hola.
Cierro la puerta y su mirada pasa del cansancio a la felicidad en un nanosegundo.
—Aquí está mi bella mujer —dice sentándose con las rodillas flexionadas y los pies apoyados en
el suelo. Abre los brazos—. Ven aquí. Te necesito.
Me acerco despacio.
—¿Me necesitas o lo que necesitas es que me ocupe de todos estos papeles?
Me pone morritos y agita los brazos, impaciente.
—Las dos cosas.
Me siento entre sus muslos y me echo atrás hasta que tengo la espalda apoyada en su pecho. Me
rodea con los brazos y hunde la nariz en mi pelo. Inspira con fuerza.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor.
—Me alegro. Lo paso fatal cuando no estás bien.
—Pues entonces no deberías haberme dejado embarazada a traición —respondo, cortante, y me
gano un toque de rodilla en las costillas—. He visto a Steve.
—Mmm. —Me muerde la oreja.
—¿Le has preguntado si prefería que lo enterraran o que lo incineraran? —Sonrío al recibir otro
toque de rodilla.
—En realidad le he ofrecido una rama de olivo. El sarcasmo no te pega, señorita.
Me ha dejado sin habla. Me habría apostado la vida a que el pobre hombre tenía los días
contados.
—¿Qué te ha hecho ser tan razonable?
—Yo siempre soy razonable. Eres tú, mi bella mujer, la que no lo es.
No voy a discutir con él. Tampoco me voy a reír ni a burlar, pero su comentario me ha recordado
una cosa.
—¿Qué tiene de razonable encargar que me roben el coche? ¿Y cómo lo has hecho, si no tienes la
llave?
—Con una grúa —contesta sin vergüenza y sin darme más explicaciones.
Cojo unos papeles, cualquier cosa para contenerme y no empezar una discusión sobre lo
imposible que es.
—¿Qué tal tu día? —me pregunta.
Intento disimular y no ponerme tensa, y me doy una patada en el culo por haber huido de entre
sus brazos para que no lo note. Ahora que está tan relajado no quiero preocuparlo con menudencias
tales como las amenazas vacías de sus ex amantes despechadas.
—Productivo. ¿Nos ponemos con esto?
Gruñe pero me suelta.
—Bueno...
Pasamos una hora organizando un sinfín de papeles, recibos, contratos y facturas. Los he
ordenado por fecha en varios montones y les he puesto una goma elástica para que no se pierda
ninguno. Pedro se desploma en su silla y empieza a jugar con el ordenador. Lo observo mientras
termino de colocarle la goma al último montón. Está moviendo el ratón. La arruga de la frente es una
recta perfecta. Siento curiosidad. Me levanto a ver qué lo tiene tan absorto, aunque sospecho que ya lo
sé. Rodeo su mesa y me mira, luego apaga la pantalla a toda prisa.
—¿Cenamos?
Se pone de pie.
Lo miro sin fiarme un pelo y enciendo la pantalla. Tal y como imaginaba: cosas de bebés por
todas partes. Tiene abiertas varias pestañas y está consultando los catálogos de todas las marcas
imaginables. Incluso hay una de pañales ecológicos. Me vuelvo con una ceja levantada pero no puedo
enfadarme con él, y menos aún cuando se encoge de hombros, avergonzado, y empieza a morderse el
labio inferior.
—Sólo estaba investigando un poco —dice. Agacha la cabeza y araña la moqueta con los zapatos.
Me derrito. Quiero darle un abrazo. Y eso hago. Lo abrazo a él y abrazo su entusiasmo... con
ganas.—
Sé que estás muy emocionado, pero ¿podríamos esperar un poco más para contarlo?
—Quiero gritarlo a los cuatro vientos —protesta—. Quiero contárselo a todo el mundo.
No parece el mismo hombre. ¿Qué ha sido del capullo arrogante y orgulloso al que conocí en este
mismo despacho?
—Ya lo sé, pero sólo estoy embarazada de unas pocas semanas. Trae mala suerte. Las mujeres
suelen esperar hasta la primera ecografía, por lo menos.
—¿Cuándo será eso? La pago yo. Te la haremos mañana mismo.
Me echo a reír.
—Es demasiado pronto para una ecografía. Además, de eso se encarga el hospital.
Me mira como si tuviera dos cabezas.
—¡No vas a tener a mi bebé en un hospital de la seguridad social!
—Creo...
—No, Paula. No admito discusión y punto —dice con ese tono de voz, el que he aprendido a no
desobedecer jamás—. De ninguna manera. —Niega con la cabeza.
Está claro que la idea lo horroriza.
—¿Qué crees que van a hacer?
—No lo sé, pero no pienso averiguarlo.
Me coge de la mano y me conduce en dirección a la puerta de su despacho.
—Los dos pagamos impuestos. Es un privilegio tener un sistema nacional de salud. Deberías
estar agradecido.
—Lo estoy, es maravilloso, pero no vamos a hacer uso de él. Punto.
—Neurótico —musito mirándolo con una sonrisa.
Me la devuelve, aunque sé que intenta seguir serio.
—Más o menos —contesta—. Me gusta ese vestido.
Su mirada vaga por el delantero de mi vestido de color nude entallado y con falda lápiz. A mí
también me gusta.
—Gracias.
—Ven, quiero enseñarte algo.
Abre la puerta y me pone la mano en la cintura para llevarme.
—¿Qué es? —pregunto dejando que guíe mi cuerpo por el pasillo.
Me dan escalofríos cuando su boca me susurra al oído:
—Ahora verás.
Siento curiosidad y también... me ha dejado sin aliento. Le basta con susurrarme y con tocarme
con una mano para que mentalmente le suplique que me haga suya. Es posible que sea cosa del
embarazo. O puede que sea él. Es él, seguro, pero las dos cosas juntas van a meterme en un buen lío
sexual.
Pasamos junto a los socios de La Mansión en el salón de verano. Pedro saluda con una inclinación
de la cabeza y yo les sonrío con dulzura. Subimos la escalera y seguimos por el pasillo que lleva a la
ampliación.
Abre la puerta de la última sala, esa de la que salí corriendo, en la que me senté en el suelo para
bocetar y en la que recibí una advertencia de Sarah. No me gusta especialmente, pero cuando entro
empiezo a ver el conjunto. Trago saliva.
Ya no es un cascarón vacío de escayola y suelos de madera. Es un lugar palaciego, decorado con
materiales suntuosos en negro y dorado. Camino lentamente observándolo todo, sumergiéndome en el
increíble espacio. La enorme cama que dibujé ha cobrado vida y preside la habitación. Las sábanas son
de satén dorado con calas negras de encaje bordadas. De las ventanas cuelgan pesadas cortinas de oro
del mismo material, y el suelo es suave y mullido bajo mis tacones. Estoy sobre una gigantesca
alfombra de pelo largo, tan gruesa que no me veo los pies. Recorro las paredes. Una de ellas está
cubierta por el papel que yo misma escogí y las otras tres están pintadas de oro mate, a juego con las
cortinas y la ropa de cama. Es casi una réplica exacta de mis dibujos.
Me vuelvo para mirar a Pedro.
—¿Lo has hecho tú?
Cierra la puerta.
—Le di tus dibujos a alguien y le dije que los hiciera realidad. ¿Se acerca?
—Mucho. ¿Cuándo?
—Eso da igual. Lo que importa es que te gusta.
Está intentando interpretar mi reacción, parece preocupado y algo nervioso.
—Es perfecta.
Era obvio que estaba nervioso, porque acaba de relajarse y parece otro.
—Es nuestra.
Abro unos ojos como platos.
—¿Nuestra?
«¿Eso qué quiere decir? ¿Pretende que vivamos aquí? No pienso vivir aquí.»
Capta mi preocupación porque sonríe un poco.
—Nadie ha estado, ni estará, en esta habitación. Ésta es nuestra. Si estoy trabajando y estás aquí
conmigo, a lo mejor te apetece dormir o descansar un rato.
—¿Quieres decir cuando se me hinchen los tobillos o esté dolorida y agotada por el peso del
bebé?
De repente me asalta un pensamiento horripilante. Vamos a tener un niño, vamos a ser una
familia, y La Mansión seguirá estando presente en nuestras vidas. El padre de mi hijo tiene un club de
sexo. Cuando nazca no querré traerlo aquí nunca, y si Pedro está trabajando, apenas podré verlo.
Prácticamente no tendrá tiempo para nosotros. Los sentimientos aterradores de inseguridad todavía
yacen latentes pero, ahora que me he dado cuenta de lo que nos espera, amenazan con asomar su fea
cabeza y hacerme retroceder unas cuantas casillas. Nunca se deshará de este lugar. Eso ya me lo ha
dejado claro. Era el bebé de Carmichael.
—Lo que quiero decir es que estará aquí para cuando la necesitemos —dice en voz baja.
No quiero necesitarla. Si no estuviéramos aquí nunca, entonces no la necesitaríamos. Pero me
callo. La ha hecho realidad para mí, así que aparto la mirada de los tiernos ojos verdes de pedro y la
poso en las paredes oro pálido. No hay cuadros, ni fotos, ni nada colgando de ellas.
Excepto la cruz.
No puedo dejar de mirar el gigantesco crucifijo de madera. A cada extremo del madero horizontal
hay unos grilletes, brillantes, de oro, unas intrincadas piezas de metal clavadas en los extremos para
sujetar algo en su sitio.
Para sujetar a una persona.
Despacio, miro a Pedro, que no me quita la vista de encima. Quiere ver cómo reacciono ante la
pieza.—
¿Por qué está eso aquí?
—Porque yo lo pedí.
Se ha metido las manos en los bolsillos, está callado y tiene las piernas ligeramente separadas.
—¿Por qué?
—Creo que puede... ayudar —dice. Se le han puesto los ojos vidriosos y se muerde el labio
inferior.
¿Ayudar? ¿Con qué? ¿Cómo va a ayudarnos a solucionar nuestros problemas un crucifijo de
madera? Ni siquiera sé con qué necesitamos ayuda. Pese a mi confusión, el corazón me late cada vez
más de prisa. Él está ahí de pie, con las intenciones escritas en esa frente que quita el sentido. Está
causando estragos en mis constantes vitales.

GRACIAS POR LEER! ♥

4 comentarios:

  1. Wowwwwwwww, cada vez + linda esta historia. Estaría bueno q convirtieran ese club en un hotel, a Pau no le gusta nada la idea de tener un lugar así. Este Pedro dulce me encanta.

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  2. me gusta el pedro bueno, me encantaron los cap espero el siguiente

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  3. a mi me gustan los dos pedros jajajajajaj ! es un tierno

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  4. Me encantaron los capitulos,buenisimos!!!

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