miércoles, 14 de mayo de 2014

Capitulo 241 ♥

—¡Vaya! —La voz alegre de Mario desvía mi atención de mi marido—. Mírese usted, si
parece..., ¿cómo se dice? ¡Una rosa! ¡Está radiante! —Me besa en la mejilla por encima de la barra y
me pasa una botella de agua—. ¡Nada de sublimes de Mario para usted!
Protesto pero sonrío, doy un largo trago al agua helada y dejo que Mario siga atendiendo a los
demás socios. De repente entra Sam, muy alegre, con su hoyuelo de siempre. Estoy confusa.
—¡Hola, mamá! —Me frota el vientre con todo el descaro del mundo—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien... —La palabra sale de mi boca lentamente—. ¿Y Kate?
—En el baño —contesta rápidamente, y le pide a Mario una cerveza.
Miro por detrás de él y me pregunto si debería ir a verla.
—¿Está bien?
—Sí, está bien. —No me mira, pero tengo la sensación de que sabe que lo estoy observando con
aire de confusión. Me mira con el rabillo del ojo y entonces se sienta suspirando—. Sé que todos
pensáis que sí, pero no soy idiota.
Tenso la espalda.
—Yo no pienso que seas idiota —me defiendo. Algo distraído, tal vez, pero no idiota.
Sonríe.
—Sé lo de Kate y Dan. Lo sé desde el día que la conocí y vi cómo reaccionó cuando mencionaste
su nombre. Sé por qué lo dejó conmigo, y sé que pasó algo en vuestra boda.
En mi frente aparece un cartel que dice «culpable». Me pregunto si Kate es consciente de esto.
—¿Por qué no has dicho nada?
—No lo sé. —Se lleva la botella a los labios y veo que él también se está planteando esa misma
pregunta. Me imagino la razón, pero ¿debería exponérsela?—. Es una chica estupenda —añade
encogiéndose de hombros.
Asiento pensativamente y sonrío para mis adentros. Me dan ganas de reunirlos a los dos y
soltarles una charla. También siento lástima por Sam. Algo me dice que no les ha contado a muchas
mujeres que es huérfano, si es que se lo ha contado a alguna. Pero Kate lo sabe y, aunque los dos
actúan de una manera tan alegre y desenfadada, sé que sienten cosas muy fuertes el uno por el otro y
que ninguno de los dos parece querer admitir o hacer algo al respecto. Es muy frustrante.
—Creo que voy a ir a buscarla —digo. Me pongo de pie y le froto suavemente el hombro para
indicarle que lo entiendo. Él responde con una sonrisa pícara, se agacha y le susurra algo almibarado a
mi barriga.
Dejo al enamorado Sam en el bar y voy al servicio a buscar a la idiota de mi amiga.
Me gustaría ir en otra dirección para sorprender a un par de personas, pero me centro en Kate.
Ninguno de mis destinos potenciales me recibirá con los brazos abiertos, aunque decido confiar en que
Pedro se encargue de esto. No quiero ni imaginarme lo que se estarán diciendo en el despacho. Sólo
espero que, pase lo que pase, a Dan no se le ocurra ir a cacareárselo a mis padres, y tengo fe en que mi
marido haga que eso no suceda.
Abro la puerta y me encuentro a Kate agarrada al lavabo, con el rostro oculto por completo bajo
su pelo rojo mientras mira la pila.
—Hola. —Me acerco con cautela, no quiero que se ponga a la defensiva.
Levanta la cabeza con esfuerzo y me muestra sus brillantes ojos azules cargados de
desesperación.
—¿Tú crees que soy una puta?
—¡No!
Me sorprende que me pregunte eso. Puede que sea un poco ligerita, pero no una puta. Lo cierto es
que he calificado a todas las mujeres que vienen aquí como tales, y Kate ha llevado a cabo
exactamente las mismas actividades que todas ellas, así que, ¿qué tiene de diferente? Me muero de
remordimiento por pensar así. Ella es distinta porque es mi amiga y la conozco. Sólo está haciendo
esto por Sam, o quizá cree que necesita hacerlo por él. De repente veo a las mujeres de La Mansión
con una perspectiva totalmente diferente. Sé que muchas de ellas están aquí con un único objetivo, y
ese objetivo es un dios alto y musculoso que ya no está disponible. Ahora está casado y espera
mellizos, cosa que las ha sorprendido y cabreado. La prueba está en que muchas de ellas han
cancelado su suscripción, y las más persistentes están llevando las cosas más allá, drogándome,
intentando sacarme de la carretera y mandándome notas amenazadoras. De repente me aterra pensar
que alguna de esas mujeres pudiera estar detrás de todo eso. ¿Sospechará Pedro de alguien?
—¿En qué coño me he convertido, Paula? —La pregunta de Kate me saca al instante de mis
alarmantes pensamientos.
—¿Quizá en una mujer enamorada? —espeto antes de reflexionar sobre si es buena idea o no
decirlo. Los ojos de mi amiga se le salen de las órbitas, lo que me indica que no lo ha sido—. Vas a
negarlo otra vez, ¿verdad?
—No —susurra—. Creo que toda esa mierda ya está clara.
—¿Que ya está clara? —Me río—. Kate, estaba claro desde hace semanas. —Estoy
completamente exasperada, pero también aliviada. La ciega de mi amiga por fin ha visto la luz, o ha
admitido que hace tiempo que la vio, da lo mismo—. Está en el bar y... —Me detengo y refreno lo que
estoy a punto de decir. No voy a advertirle que Sam sabe lo de Dan. Eso es algo que tienen que
resolver ellos dos.
—¿Y qué? —Me mira asustada, lo que reafirma mi decisión de callar. Seguro que, de lo
contrario, saldría corriendo. Dará por hecho lo peor y huirá, sin darle a Sam la oportunidad de expresar
sus pensamientos.
—Y te está esperando —concluyo.
Se relaja visiblemente y de pronto la invade la alegría.
—¿Crees que debería ir? —pregunta buscando mi apoyo. Es raro verla dudando de sí misma o
pidiendo ayuda o consejo.
—Sí, deberías ir —confirmo con una sonrisa—. Deberías arriesgarte, Kate. Creo que te
sorprendería adónde puede llevarte Sam.
—¿En serio?
—Sí. —Sonrío y estrecho a mi inusualmente insegura amiga entre los brazos y la aprieto con
fuerza para borrar sus inseguridades—. Ve y habla con él. Y déjalo que hable también.
—De acuerdo —accede—. Lo haré. —Luego me aparta con cara de asco—. Y vale ya de tanta
sensiblería.
—Sí, lo siento, es todo culpa mía. —Ambas nos volvemos hacia el espejo y empezamos a hacer
como que nos secamos las lágrimas sobre las mejillas con los puños.
—¿Qué crees que le estará diciendo Pedro a Dan? —La pregunta de Kate me recuerda al instante
que están solos.
—No lo sé —contesto con el ceño fruncido, aunque me imagino lo que es—, pero voy a
averiguarlo. ¿Estás bien?
—Perfectamente. —Me da un beso en la mejilla y salimos del aseo de mujeres, ella en dirección
al bar y yo rumbo a la derecha, hacia el despacho de Pedro.
Irrumpo en la habitación con los ojos casi cerrados, como intentando protegerme de la certeza de
ver a mi hermano empotrado contra la pared cogido de la garganta. Pero no es así. Están sentados en la
misma posición que la última vez que entré de igual manera: Pedro en su silla, tranquilo, y Dan de
espaldas a mí.
—¿Por qué aceptas dinero de Pedro? —pregunto con firmeza en un intento de que ambos vean que
voy en serio. La tensión en los hombros de Dan es evidente. Puede que haya descubierto la verdadera
naturaleza del establecimiento de mi marido, pero yo he descubierto su pequeño acuerdo, aunque no sé
de qué se trata ni sé si quiero saberlo. No obstante, eso no evita que siga insistiendo—. ¿Vas a
contestarme?
Dan no lo hace, pero Pedro sí.
—Paula, te dije que te quedaras allí.
—No estoy hablando contigo —replico sin ningún miedo.
—Pues yo contigo sí —dice él.
—Cállate. —Me acerco a la mesa y le doy unos toques a Dan en la espalda con el dedo—. No has
abierto la boca. ¿No tienes nada que decir?
—¿Ves con qué tengo que lidiar? —Pedro levanta las manos en un gesto de desesperación—. Es
una auténtica pesadilla.
Le lanzo a mi hombre una mirada asesina y le doy una palmada a mi hermano en el hombro.
—Habla. ¿Qué está pasando?
—Estoy arruinado —dice Dan en voz baja—. Hundido, sin blanca, como lo quieras llamar.Pedro
ha accedido a ayudarme.
—¿Se lo has pedido? —inquiero, incrédula. Eso es muy atrevido por su parte, teniendo en cuenta
la relación que hay entre ellos dos.
—No, él se ofreció a ayudarme sin compromiso... hasta hace diez minutos.
—¿Estás sobornando a mi hermano? —Desvío la mirada hacia Pedro, que tiene las manos unidas
formando un triángulo con los dedos delante de su boca—. ¿Le has pagado para que no hable?
—No. Le he prestado algo de dinero y he añadido una pequeña cláusula al contrato a posterior.
—Estoy horrorizada, pero tremendamente aliviada. Pedro dijo que mis padres jamás se enterarían, y
está asegurándose de que mantiene su promesa.
—¿Qué ha pasado con la escuela de surf? ¿Y por qué no les pediste el dinero a papá y a mamá?
Te habrían prestado algo.
—No estamos hablando de unos cuantos pavos, Paula. Estoy de deudas hasta las cejas. Pedí un
préstamo enorme para financiar mi parte del negocio, y mi compañero se ha fugado con el dinero.
Estoy jodido.
Me derrumbo.
—¿Por qué no has dicho nada?
—¿Tú qué crees? —Parece muy humillado—. Estaba avergonzado, Paula. Lo he perdido todo.
Mis ojos apenados vuelven a centrarse en Pedro, que permanece callado pero me observa con
atención.
—¿Cuánto es? —pregunto. Mi pregunta incomoda claramente a mi marido, y Dan se revuelve en
la silla a mi lado, lo que sólo puede significar una cosa. Sé que no estamos hablando de un par de
miles de libras—. ¿Cinco mil? ¿Diez mil? Quiero saberlo.
—Unos cuantos miles —interviene Dan antes de que Pedro me conteste. No me lo creo ni por un
instante.
—¿Pedro? —insisto, clavándolo en el sitio con una mirada de determinación. Tengo que saber
hasta qué punto mi hermano tiene problemas.
Sus ojos se apartan de los míos por unos instantes para mirar a Dan. Inspira hondo y empieza a
frotarse las sienes.
—Lo siento, Dan. No voy a mentirle. Doscientas, nena —dice con un largo suspiro liberando más
tensión.
Puede que yo también necesite frotarme la sien. Espero que con ese «doscientas» se refiera a
libras, pero sé que estoy esperando en vano. Me tambaleo un poco totalmente estupefacta y Pedro se
levanta de la silla al instante. Parece furioso.
—Maldita sea, Paula. —Me sostiene de los hombros—. ¿Estás bien? ¿Estás mareada? ¿Quieres
sentarte?
—¡¿Doscientas mil?! —chillo—. ¿Qué clase de banco presta doscientas mil libras? —Me quito
de encima a Pedro mientras asimilo la información y mi incredulidad se transforma en ira—. ¡Estoy
bien!
—¡No me empujes, Paula! —me grita; luego me agarra del codo para dirigirme a su mesa y me
obliga a sentarme con suavidad en su enorme silla de oficina—. No te exaltes tanto, señorita. No es
sano.
—¡Tengo la tensión perfectamente! —espeto con petulancia, aunque sospecho que acaba de
ponerse por las nubes—. ¿Doscientas mil? ¡Ningún banco en su sano juicio prestaría tanto dinero para
montar una escuela de surf!
Los bancos australianos deben de funcionar de la misma manera que los británicos. Se echarían a
reír a carcajadas si alguien les pidiese esa barbaridad. ¿Cuánto pueden costar unas cuantas tablas de
surf?
—No, tienes razón. —Dan se hunde todavía más en la silla, volviéndose cada vez más y más
pequeño. Es un indicativo de cómo se siente: pequeño y estúpido—. Pero un prestamista, sí.
—¡Genial! —Hundo la cabeza en las palmas de mis manos. Sé cómo funcionan, aunque no he
tenido el placer de experimentarlo en persona—. ¿En qué estabas pensando?
Pedro me frota la espalda para tranquilizarme, pero no lo consigue en absoluto.
—No estaba pensando,Paula —suspira mi hermano.
Levanto la cara para que Dan pueda ver mi decepción. Creía que era más listo.
—¿Ésa es la única razón por la que volviste a casa?
—Me estaban buscando. —El rostro vencido de Dan me parte el corazón—. Uno no se va de
rositas si no paga su deuda con esos tipos.
—Dijiste que te iba bien —le recuerdo, pero no me da ninguna explicación, simplemente se
encoge de hombros—. Pues quédate aquí. —Me inclino hacia adelante—. No vuelvas.
Pedro se ríe y Dan esboza una débil sonrisa. Sus reacciones me indican que no toman en
consideración mi propuesta. También me indican que ambos encuentran encantadora mi ingenuidad.
No veo cuál es el problema. Australia está al otro lado del mundo.
—Paula —Dan también se inclina hacia adelante—, si no vuelvo, vendrán a buscarme. Ya me lo
han advertido, y los creo. No voy a poneros a ti, a mamá y a papá en peligro...
Una tos por encima de mi hombro interrumpe su discurso y mi hermano aparta la vista de mí para
mirar a Pedro. No necesito volverme para saber qué expresión tiene mi marido. Dan prosigue:
—Esa gente es peligrosa,Paula.
Me duele la cabeza, y las caricias de Pedro se están volviendo más firmes. Me recuesto sobre el
respaldo y lo miro.
—Pero no puedes ingresar todo ese dinero en una cuenta bancaria. ¿Eso no es blanqueo? No
quiero que te involucres, Pedro. —Me siento fatal por decir eso, dada la penosa situación de mi
hermano y sabiendo que Pedro es su única salida, pero bastante tenemos ya con nuestros propios
problemas como para añadir ahora el de Dan.
Me sonríe.
—¿En serio crees que haría algo que pudiera poneros a ti y a los pequeños en peligro? —dice
señalando mi barriga con la barbilla—. Voy a transferir a la cuenta de Dan el dinero justo para que
pueda volver a Australia. Tengo los datos de una cuenta en un paraíso fiscal a la que transferiré las
doscientas mil libras. Nadie sabrá de dónde procede el dinero, nena. De lo contrario, no lo haría.
—¿En serio? —pregunto buscando seguridad.
—En serio. —Levanta las cejas y se inclina para besarme la mejilla—. Siempre hay un modo de
hacer las cosas, créeme. —Su confianza hace que me pregunte si ya ha hecho antes algo así. No me
sorprendería lo más mínimo.
—De acuerdo —accedo aceptando su beso antes de que despegue la cara de mí—. Gracias.
—No me des las gracias —me advierte muy en serio.
Miro al otro lado de la mesa a mi hermano, que está claramente aliviado.
—¿Le has dado las gracias a mi marido? —pregunto sintiéndome de repente algo resentida.
—Por supuesto —responde Dan, ofendido—. Yo no se lo he pedido,Paula. Vine a hacer las paces.
Pero tu marido empezó a investigar a mis espaldas. —Dan no debería usar ese tono acusatorio
teniendo en cuenta que depende de Pedro para salir de este atolladero.
—¿Ah, sí? —Levanto la vista—. ¿Eso has hecho?
Casi pone los ojos en blanco, como si pensara que soy idiota por no haberme dado cuenta de que
algo no iba bien.
—Sé cuándo un tío tiene problemas, Paula.
—Vaya —susurro. Esto es demasiado. Estoy agotada—. ¿Podemos irnos a casa? —pregunto.
—Lo siento. —Pedro me levanta de la silla y me inspecciona de pies a cabeza—. Te he
descuidado.
—Estoy bien, sólo estoy cansada. —Suspiro y acerco mi extenuado cuerpo hasta Dan—. ¿Cuándo
te vas? —digo con tono áspero e insolente, pero no puedo evitarlo.
Sé perfectamente por qué está haciendo esto Pedro, y no es sólo para que Dan no hable. Eso ha
sido un conveniente añadido. Lo hace en primer lugar porque no quiere arriesgarse a que la mafia
australiana se presente en Londres, y en segundo lugar porque sabe que me quedaría hecha polvo si le
sucediera algo a Dan, cosa bastante probable a no ser que mi marido lo saque del terrible embrollo en
el que se ha metido, el muy idiota. Dudo mucho que Pedro recupere alguna vez ese dinero. Mi hermano
jamás ganará lo suficiente como para devolvérselo.
—Me voy esta misma noche —responde él—. Han dicho que vendrán aquí si no he vuelto el
jueves, así que supongo que ya no nos veremos en una temporada.
—¿No pensabas decirme que te marchabas? —pregunto.
—Te habría llamado, mujer. —Advierto su vergüenza, pero me siento igual de dolida—. Ya no
soy tu hombre preferido —añade con una sonrisa.
No voy a negárselo. No lo es. Siempre lo fue, incluso durante mis relaciones con Matias y con
Adam, pero ya no. Mi hombre preferido está ahora sosteniendo mi cuerpo cansado y masajeándome el
vientre con sus reconfortantes manos.
—Cuídate. —Fuerzo una sonrisa. No quiero contravenir el consejo de mi madre de no
despedirme jamás de un ser querido con una mala palabra.
—¿Puedo? —Le pide permiso a mi marido con los brazos abiertos mientras se acerca a mí.
—Claro. —Pedro suelta mi estómago con vacilación, pero me sigue sosteniendo mientras Dan me
abraza.
No quiero hacerlo, pero lo hago. Dejo escapar unas cuantas lágrimas y empapo la chaqueta de mi
hermano mientras le devuelvo el fuerte achuchón.
—Ten cuidado, por favor —le ruego.
—Oye, estaré bien. —Se aparta sosteniéndome de los brazos—. No puedo creerme que tu marido
tenga un club de sexo. —Sonrío mientras me seca las lágrimas de las mejillas con el pulgar y me besa
la frente—. Cuida de ella. —Le ofrece la mano a Pedro, que la acepta sin ni siquiera resoplar de
disgusto ante la insultante petición de mi hermano. Simplemente asiente y me reclama antes de que
Dan me haya soltado del todo.
—Diles que tendrán el dinero en su cuenta antes de que acabe la semana. Tienes la prueba. —
Pedro me acaricia el pelo suavemente y habla con aspereza—. Y no quiero más problemas cuando te
hayas marchado —le advierte.
Sé lo que quiere decir con eso, pero no sé cuál es la prueba. Estoy demasiado agotada
mentalmente como para preguntar, y además me da igual. Dan asiente y sale del despacho sin volver
la vista atrás.

GRACIAS POR LEER! ♥


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