domingo, 27 de abril de 2014

Capitulo 204 ♥

—¡Paula! Me alegro de verte.
La doctora Monroe es una de las mujeres más amables que conozco. Tiene unos cincuenta y
pocos, un poco de barriguita, y lleva el pelo rubio a lo garçon. Normalmente te dedica todo el tiempo
del mundo..., aunque no estaba muy contenta cuando aparecí por tercera vez para pedirle otra receta
porque había perdido mis píldoras anticonceptivas.
—Igualmente, doctora —respondo, nerviosa, mientras me siento en el borde de una silla.
Parece preocupada.
—¿Te encuentras bien? Estás lívida.
—Estoy bien, sólo tengo el estómago revuelto. Debe de ser el calor. —Me doy aire en la cara.
Aquí dentro hace aún más calor.
—¿Estás segura? —inquiere, preocupada.
Me tiembla la barbilla y noto que aumenta su preocupación.
—¡Estoy embarazada! —disparo—. Sé que me va a regañar por lo de las píldoras, pero de verdad
que no hace falta. Por favor, no me haga sentir aún peor. Sé que soy una estúpida.
Su preocupación se torna simpatía al instante.
—Ay, Paula. —Me da la mano y creo que podría llorar todavía más fuerte. Su empatía no hace más
que hacerme sentir aún más tonta.
»Ten. —Me ofrece un pañuelo de papel y me sueno los mocos a gusto—. ¿Cuándo tendría que
haberte venido la regla?
—Hoy —respondo rápidamente.
Pone cara de sorpresa.
—¿Hoy? —añade.
Asiento.
—Paula, ¿por qué estás tan segura? Es posible que sólo sea un retraso, del mismo modo que a
veces se adelanta.
—Creáme, lo sé. —Me sorbo los mocos. Ya no niego lo evidente, voy a hacerle frente a esto.
Tengo las emociones fuera de control.
Frunce el ceño y abre un cajón.
—Ve al baño —dice entregándome un test de embarazo.
Casi le pregunto si puedo hacerme la prueba en su consulta, pero allí no hay retrete, así que salgo,
me asomo a la sala de espera desde el pasillo y veo a Pedro de espaldas. Sigue sentado pero está
echado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. No me regodeo en
su desesperación y corro al servicio de señoras que hay frente a la puerta de la consulta de la doctora
Monroe.
Cinco minutos después estoy otra vez con mi médica, mirando la prueba, que está en la otra punta
de su mesa. Escribe en el teclado mientras yo doy golpecitos en el suelo con el pie sin parar. Contengo
la respiración cuando coge el test, le echa un vistazo y me mira.
—Es positivo —dice sin más, acercándomelo para que yo lo vea.
Sabía que iba a dar positivo, pero la confirmación lo hace aún más real, y también exacerba el
dolor y la locura que me han llevado a este momento de mi vida.
Sin embargo, no puedo llorar.
—Quiero abortar —declaro simple y llanamente mirando a la doctora a los ojos—. Por favor,
¿podría encargarse de los preparativos?
Se revuelve en su sillón.
—Paula, es evidente que tú decides, pero mi deber es ofrecerte alternativas.
—¿Cuáles son?
—La adopción, el apoyo familiar. Hay muchas madres solteras que salen adelante y, con el apoyo
de tus padres, estoy segura de que estarás bien cuidada.
Aprieto los dientes.
—Quiero abortar —repito sin hacer caso de sus consejos y de su sinceridad, aunque tiene toda la
razón. Mis padres cuidarían bien de mí... si estuviera soltera. Pero no lo estoy. Estoy casada.
—Bien —suspira—. Necesitas una ecografía para ver cuán avanzado está el embarazo. —Vuelve
a teclear, y yo me siento pequeña y estúpida—. Voy a recetarte más píldoras anticonceptivas para que,
después del procedimiento, te asegures de usar protección. El hospital te proporcionará toda la
información sobre efectos secundarios y los posteriores cuidados.
—Gracias —farfullo cogiendo la receta. No la suelta de inmediato y levanto la vista para mirarla.
—Sabes dónde encontrarme, Paula. —Me mira inquieta, es evidente que cuestiona mi decisión, así
que le ofrezco una pequeña sonrisa para indicarle que estoy bien y que he tomado la decisión correcta.
—Gracias —repito, porque no sé qué otra cosa decir.
—Cuídate mucho, Paula.
Salgo de la consulta y me apoyo contra la pared del pasillo. De repente las náuseas son mucho
peores.
Paula, ¿qué ocurre? —Pedro está a mi lado al instante y habla nervioso, con voz aguda. Se
agacha un poco delante de mí para poder mirarme a los ojos—. Por Dios, Paula.
Tengo la frente empapada en sudor y la boca llena de saliva. Sé que voy a vomitar. Corro por el
pasillo y me meto en el baño de señoras, donde procedo a evacuar el contenido de mi estómago en el
primer váter que encuentro. Me abrazo a la taza e ignoro el impulso de lavarme de inmediato. La
mano grande y tibia de Pedro me acaricia la espalda en círculos y me recoge el pelo mientras yo me
entrego a las arcadas.
—Estoy b... —Mi estómago se convulsiona de nuevo y suelto otra descarga.
Me pongo en cuclillas y me desplomo sobre el inodoro, con la cabeza apoyada en el brazo. ¿Por
qué coño lo llaman náuseas matutinas cuando aparecen a cualquier hora del día? Alguien abre
entonces la puerta del baño.
—Ay, señor, ¿te traigo un vaso de agua? —Es la doctora Monroe. Si tuviera fuerzas, me
preocuparía que me haya visto con Pedro en el baño.
—Por favor —contesta él.
La puerta se cierra y Pedro se sienta detrás de mí, rodeándome con los brazos.
—¿Has terminado? —pregunta con dulzura.
—No lo sé —digo, puesto que aún tengo náuseas.
—No pasa nada, podemos quedarnos así. ¿Estás bien?
—Sí —respondo con arrogancia.
No dice nada más. Coge el vaso de agua que me trae la doctora y le asegura que estoy en buenas
manos. No lo dudo. Siempre me he sentido a salvo a su lado. Si no fuera porque es astuto y
manipulador, sería perfecto. Seríamos perfectos.
Permanece en cuclillas detrás de mí, sujetándome el pelo y ofreciéndome agua de vez en cuando
mientras me recupero.
—Estoy bien —le aseguro al tiempo que me limpio la boca con un trozo de papel. Sé que no voy
a echar nada más. Me siento vacía.
—Ven. —Me levanta y deja caer mi pelo sobre mi espalda—. ¿Quieres más agua?
Le cojo el vaso y voy a lavarme las manos. Le doy un trago y escupo para enjuagarme la boca.
Me miro al espejo y veo a Pedro detrás de mí. Parece preocupado. Me paso la mano por las mejillas y
me atuso el pelo.
—Deja que te lleve a casa —dice acercándose.
—Pedro, estoy bien, de verdad.
Me acaricia la mejilla con la mano.
—Déjame cuidar de ti.
De repente me doy cuenta de que quiere que lo necesite. Se siente inútil, y mi ausencia seguro
que lo ha empeorado. ¿Soy capaz de negárselo?
—Estoy bien. —Retrocedo y recojo el bolso del suelo.
—No es verdad, Paula.
—Me ha sentado mal algo, eso es todo. —Me tiembla la mano.
—¡Por el amor de Dios, señorita! ¡Estás en el médico, así que no me vengas con que te
encuentras bien! —Se tira del pelo mientras grita y se aparta de mí, frustrado.
—¡No estoy embarazada! —le espeto. Y de inmediato contemplo la espantosa posibilidad de que
deje de quererme si no lo estoy. El corazón se me constriñe en el pecho. Vuelvo a sentir náuseas.
—¿Qué? —Se vuelve a toda velocidad, con los ojos muy abiertos, temblando. Me quiere
embarazada, de todas, todas.
Lucho contra mi impulso natural e intento mantener las manos en los costados.
—Me lo acaban de confirmar, Pedro.
—Entonces ¿por qué estás vomitando?
—He pillado una gripe intestinal. —Mi excusa es una mierda pero, por la cara que pone, que no
voy a confundir con la de devastación, se lo ha tragado—. Has fracasado. Me ha bajado la regla.
No sabe qué decir. Mira a todas partes y sigue temblando. Su reacción a mi mentira aumenta mis
peores miedos. Estoy confusa, agotada, y tengo el corazón roto. Sin bebé no hay Pedro. Ahora lo veo
todo claro.
—Esto no me gusta. Voy a llevarte a casa para poder tenerte controlada.
Me coge de la mano pero tiro de ella para soltarme; su comentario me ha puesto los pelos como
escarpias. ¿Que no le gusta? ¿Que quiere tenerme controlada? ¿Para qué?, ¿para ver si de verdad estoy
manchando?
—Soy yo la que no te gusta —replico mirándolo a la cara—. Siempre hago algo que te molesta.
¿Has pensado que tal vez estarías menos a disgusto sin mí?
—¡No! —parece horrorizado—. Estoy preocupado, eso es todo.
—Pues no te preocupes. Estoy bien —le espeto saliendo del baño de señoras como una
exhalación.
Salgo de la consulta y voy directa a la farmacia que hay al lado. Entrego la receta y me siento en
una silla mientras Pedro anda arriba y abajo fuera, con las manos en los bolsillos. El farmacéutico me
mira de tanto en tanto. Creo que piensa que me como las píldoras. La tentación de explicarme es tan
fuerte que casi me levanto, pero me llama y me acerco a recoger la bolsa de papel.
—Gracias. —Le sonrío antes de huir, pero fuera me encuentro con mi hombre pensativo.
—¿Qué es eso? —inquiere sin quitarle ojo a la bolsa.
—Píldoras anticonceptivas —le siseo en la cara—. Ahora que sabemos que no estoy embarazada,
querría seguir sin estarlo.
Los hombros pierden el vigor y agacha la cabeza. Estoy luchando contra el sentimiento de culpa
ante su reacción, pero tengo que ignorarlo. Lo dejo atrás y sigo andando. Me tiemblan un poco las
piernas y el corazón me late desbocado.
—¡No vas a venir a casa, ¿no?! —me grita desde atrás.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y sigo andando. No, no voy a ir a casa, y el plan era
alejarme durante cinco días, más o menos, para que no descubra mi mentira. Ya me preocuparé más
adelante de la cita en el hospital. Sin embargo, sus palabras parecen definitivas, y lo que más me
intranquiliza es que no me está ordenando que me quede con él. Si elimino a este bebé de mi vida, es
evidente que también estaré eliminando a Pedro. La sola idea me tiene hecha pedazos. ¿Cómo voy a
vivir sin él?
Camino contra la brisa con el rostro bañado en lágrimas.

GRACIAS POR LEER! ♥ MAÑANA MÁSS!


3 comentarios:

  1. nooo que intenso!!! buenísima la nove!!!

    ResponderEliminar
  2. Wowwwwwwwwwwww, buenísimos los 4 caps Jesy!!!!! Decime que no va a abortar x favor. No lo puedo creer.

    ResponderEliminar
  3. Qué difícil la decisión!! No quiero que aborte!! @AmorPyPybb

    ResponderEliminar