—Ya te he dicho que no vamos a salir en las fotos —dice él.
—¿Ah, no? —pregunto, sorprendida. ¿También va a pisotear esa tradición?
—Tenéis que salir en las fotos, de lo contrario, ¿qué recuerdos vais a tener? —replica ella,
horrorizada. Apuesto a que desearía no habernos aceptado nunca como clientes. O no haber aceptado
a Pedro, ya que yo no he tenido nada que ver con este día.
—Tessa, haz las fotos de familia fuera —ordena Pedro con ese tono de voz—. Yo no necesito
fotos para tener recuerdos.
Lo miro horrorizada.
—¿No vamos a salir en las fotos de familia? —Ay, Dios mío, a mi madre le va a dar algo.
—No —responde con determinación.
—¡No puedes negarle una foto con su hija!
Pedro no contesta, sino que se limita a encogerse de hombros. Pongo los ojos en blanco.
—Lo estás haciendo a propósito —refunfuño—. Vamos a hacernos fotos.
—De eso, nada —responde.
Lanzo una mirada asesina a los ojos decididos de mi delicioso marido. No va a pasar por
encima de esto.
—Vamos a hacernos fotos —insisto—. También es mi boda, Alfonso.
Abre la boca para beber y la botella se detiene a mitad de camino.
—Pero quiero un rato a solas los dos.
—Vamos a hacernos fotos —digo, autoritaria. Presiento que va a tener una pataleta, aunque no
pienso dejar que se salga con la suya.
Se pone de morros pero no me discute, sino que le indica a Tessa que reúna a los invitados y los
lleve al terreno que hay en la parte de atrás de La Mansión. Observo entonces cómo la mujer
comienza a dar órdenes como un general, gritándoles a todos que salgan del bar y se dirijan a los
jardines.
—Así sea —gruñe levantándome del taburete y dejándome en el suelo.
Me doy una palmadita mental en el hombro. Va aprendiendo, o puede que sea yo la que va
aprendiendo... a lidiar con él. No estoy segura, aunque estamos haciendo grandes progresos. Sabe
cuándo debe ceder, igual que yo.
Me lleva hacia la luz del sol para reunirnos con nuestros invitados. Tessa está situando a la
gente en distintas posiciones, pero mi madre va recolocándolos detrás de ella. Veo a Sam
comiéndose a besos a Kate y al instante busco a Dan. Me encuentro justo con lo que esperaba: una
mirada asesina. ¿Acaso Kate lo está haciendo a propósito?
Miro a Pedro.
—Por favor, haz lo que te digan. —Cuanto más se resista, más tardaremos en terminar, y más se
estresará mi madre.
—Si me prometes que después pasaremos un rato a solas.
—Te lo prometo —digo con una carcajada.
—Vale. Odio compartirte —refunfuña, y sonrío. Ya sé que lo odia.
Pedro se pasa una hora cooperando al cien por cien. Se mueve cuando se le ordena, sonríe
cuando se le dice, e incluso me quita las esposas sin rechistar para que me hagan algunas fotos a mí
sola. Con el último disparo de la cámara, me coge en brazos y me lleva de vuelta a La Mansión.
No tardamos en estar a solas en una de las suites, esa en la que me acorraló e intentó seducirme,
la misma en la que me he vestido para nuestra boda. La puerta se cierra detrás de nosotros y Pedro me
lleva hasta la grandiosa cama de satén. Se tumba encima de mí, y ahora tengo un par de lujuriosos
estanques verdes observándome.
—Un rato a solas —susurra dándome un beso en los labios antes de hundir la cara en mi cuello.
—¿Te apetece que nos acurruquemos? —pregunto, un poco sorprendida.
—Sí. —Me huele el pelo—. Quiero retozar con mi esposa. ¿Me vas a decir que no?
—No.
—Estupendo. Nuestro matrimonio no podría empezar mejor —dice muy en serio.
Así que lo dejo acurrucarse. Asimilo su peso, su olor y el latido de su corazón contra mi pecho.
Me gusta el rato a solas, pero cuando miro el techo mi mente vaga por los pensamientos a los que
llevo semanas dando vueltas, esos que he intentado evitar a toda costa. Es imposible. Este momento
perfecto, el amor que sentimos el uno por el otro, están empañados por la realidad de los desafíos a
los que tendremos que enfrentarnos.
No he tenido noticias de Mikael, imagino que todavía está en Dinamarca. Por ahora, me he
librado de ese desafío, aunque volverá pronto, y estoy convencida de que se empeñará en que nos
reunamos. Coral tampoco ha dado señales de vida, y a Sarah le dieron la patada en cuanto admitió
haber hecho todo lo que yo ya sabía que había hecho. Quise saber más y pregunté, pero me contuve
tan pronto recibí una mirada que me decía que lo dejara estar. Pedro no estaba contento, pero yo sí.
Ahora está fuera de nuestras vidas, y con eso me basta. Tampoco he sabido nada de Matias, así que
parece que por fin lo ha entendido, aunque sigo sintiendo curiosidad por saber cómo se enteró de lo
del problema de Pedro con la bebida. Luego está lo del bebé. No quiero ni pensarlo, y sé que estoy
usando la táctica del avestruz: he metido la cabeza bajo tierra, lo más profundamente posible.
Pedro no ha vuelto a sacar el tema, pero sé que desea que esté embarazada. También sé que ha
sido un tramposo y lo ha hecho a la chita callando. He empezado a entender a mi hombre imposible,
neurótico y controlador, con todos sus problemas con la bebida y su manía de controlarme, pero esa
parte de él no la entenderé nunca. O puede que sí. Le encantaría tenerme atada a él y cree que un bebé
lo conseguirá. Lo usaría como la excusa perfecta para obligarme a abandonar mi trabajo, otra de las
cosas que ha dejado claro que quiere que haga. Lo que pasa es que adoro mi trabajo. Me encanta
pasarme los días diseñando y relacionándome con los clientes. Así que le voy a plantar cara. Voy a
luchar por mi trabajo con todas mis fuerzas... A menos que esté embarazada. No tengo ni idea de qué
haré si lo estoy. Hace dos semanas que lo obligo a ponerse condón, y ha dejado claro lo mucho que
lo odia pero, si no estoy embarazada ya, prefiero seguir sin estarlo.
—¿Harías algo por mí? —pregunto en voz baja.
—Lo que quieras. —Su aliento cálido en mi cuello hace que me vuelva para mirarlo y pedirle
que me mire. Levanta la cabeza de su escondite secreto, ahora está despeinado del todo, y sus ojos
verdes se clavan en mí—. ¿Qué quieres, nena?
—¿Podrías contenerte y no contarle nada sobre Mikael a Patrick?
Me preparo para su negativa. He conseguido mantenerlo alejado de mi jefe, pero esta noche
acudirá al convite con su esposa, y no sé si Pedro será capaz de contenerse. Las cosas han estado
tranquilas en lo que respecta a Mikael, y he podido trabajar a pesar de que Pedro me llama cada dos
por tres. No me sorprendería que sepa que mi cliente danés está fuera del país.
—Acepté no visitar a Patrick si tú te encargabas de hablar con él, y creo que no lo has hecho —
dice mirándome con las cejas enarcadas.
No, no lo he hecho porque no sé cómo decírselo. Ya se quedó bastante sorprendido cuando le
dije que iba a casarme con uno de mis clientes un mes después de haber aceptado el encargo. No
podía soltarle también que estaba a punto de rechazar al cliente más importante de Rococo Union, el
equivalente al fondo de pensiones de Patrick, ese que no va a necesitar si se lo cuento, porque seguro
que se desplomará y se morirá del susto.
—El lunes —le suplico—. Hablaré con él el lunes.
—El lunes —sentencia con mirada escéptica—. Lo digo en serio, Paula. Si no se lo dices tú el
lunes, se lo diré yo.
—Vale.
Gruñe un poco y vuelve a hundir la cabeza en mi cuello.
—El lunes —farfulla—. ¿Y cuándo podré llevarte de viaje?
—Ya te advertí que si querías casarte conmigo tan pronto no podríamos ir de luna de miel en
una temporada y estuviste de acuerdo, ¿recuerdas?
Levanta la cabeza y me mira enfurruñado.
—¿Y cuándo voy a tener a mi esposa para mí solo? ¿Cuándo voy a poder quererla?
—Siempre. Cuando no estoy trabajando, estoy contigo, y me llamas y me mandas mensajes cada
cinco minutos, así que, técnicamente, estoy conectada a ti a todas horas.
De eso también tenemos que hablar. Este hombre no cede.
—Quiero que dejes el trabajo.
Me hace un mohín y niego con la cabeza, como hago cada vez que saca el tema. Aún no hemos
llegado al punto en que me lo exija, pero no creo que tarde. Estoy segura de que me lo exigirá, y
seguro que lo hará cuando Mikael asome su fea cabeza.
—Quiero que te dediques a tus quehaceres —insiste.
—¿Cómo voy a dedicarme a mis quehaceres si siempre estoy pegada a ti?
Aprieta las caderas contra mi entrepierna y me corta la respiración.
—Vale, te dedicarás a tus quehaceres. —El muy pillo me sonríe, y sospecho que me va a caer
un polvo de entrar en razón. Me encanta cuando me lo hace a lo bestia. Sería de agradecer, después
de varias semanas del Pedro cariñoso.
—Alfonso, no vas a hacerme tuya. Deberíamos bajar antes de que mi madre suba a buscarnos.
Pone los ojos en blanco y suspira.
—Tu madre es un grano en el culo.
—Pues deja de picarla. —Me echo a reír.
Se levanta y tira de mí hacia el borde de la cama.
—Tiene que aceptar que aquí mando yo —dice mientras vuelve a ponerme las esposas.
Cada vez alucino más.
—Me estás tocando, está claro que mandas tú.
Intento que me suelte la mano, pero el ruido metálico me indica que ya me ha colocado la
manilla. Está la mar de sonriente.
—Perdona. —Mueve nuestras muñecas para que la cadena de las esposas vuelva a tintinear—.
¿Quién manda aquí?
Lo miro, furiosa.
—Tú mandas... Por hoy.
Me arreglo el pelo y coloco el diamante en su sitio.
—Estás siendo de lo más razonable —comenta con tranquilidad antes de tomar mi boca. Me
agarro a su hombro y saboreo su atenta lengua y el calor de su mano en mi nuca—. Mmm... Sabes a
gloria. ¿Lista, señora Alfonso?
Doy un respingo para volver al mundo de los vivos.
—Sí. —Estoy jadeante y caliente.
Lleva los ojos a mi vientre y acerca un poco la mano. Lo hace a menudo, lo que me confirma lo
que ya sé, pero que me hace sentir muy incómoda. Es mi mayor preocupación: no quiero un bebé.
Hago una mueca cuando su mano me toca y se detiene con los dedos levemente apoyados en mi
barriga. No sé por qué lo he hecho. No levanta la vista, sólo espera unos instantes en silencio antes
de abrir la mano y trazar grandes círculos en mi vientre. Ojalá dejara de hacerlo. Ninguno de los dos
ha dicho ni mu, pero no podremos evitar el tema por más tiempo. Seguro que nota que no me
entusiasma.
Me aparto y deja caer la mano.
—Vámonos —digo, incapaz de mirarlo.
Me dirijo a la puerta pero tengo que detenerme cuando él no me sigue y el metal de las esposas
se me clava en la piel. Hago un gesto de dolor.
—¿No vamos a hablar de ello,Paula?
—¿Hablar de qué? —No puedo hablar de eso ahora, no en el día de mi boda. Llevamos
semanas evitando el tema y, por una vez, soy yo la que no quiere hablar. Cada día se me hace más
difícil. Es posible que esté embarazada.
—Ya sabes de qué.
Mantengo los ojos cerrados porque no sé qué decir. El tiempo parece pasar más despacio, cosa
que resalta lo incómodo de este silencio entre nosotros. Coge aire para decir algo al ver que yo no
voy a decir nada y la puerta se abre y mi madre entra como un bólido. Nunca me he alegrado tanto de
verla, pero me parece que su entrada no ayudará a que le caiga mejor a Pedro.
—¿Puedo preguntaros por qué no os habéis fugado a cualquier parte para casaros? —espeta,
muy seria—. Tenéis a los invitados abajo, están sirviendo la cena, y me estoy hartando de correr de
un lado para otro intentando controlaros.
—Ya vamos. —Tiro de las esposas, pero Pedro no se mueve.
—Danos unos minutos, Alejandra —responde él, cortante.
—No, ya vamos —repito, rogándole en silencio que se muerda la lengua.
Lo miro suplicante y niega con la cabeza con un suspiro.
—Por favor —digo en voz baja.
Se pasa la mano por el pelo, frustrado, y aprieta los dientes. No está contento pero cede y me
deja que lo saque a rastras de la habitación. No me puedo creer que haya elegido precisamente hoy
para hablar del tema. Es el día de nuestra boda.
Bajamos y el silencio sigue siendo incómodo, aunque mi madre no parece notarlo. Estoy furiosa.
¿Por qué hoy?
GRACIAS POR LEER! SI COMENTAN MÁS TARDE SUBO MÁS! QUIEREN??
Muy buenos los cap. Siii porfis, subi mas!!
ResponderEliminarAyyyyyyyyyyyy, buenísimo. Cada vez mejor esta novela jaja
ResponderEliminarme facina me encanta besos
ResponderEliminarAiiii este pedroooooo!!!jajajame encanta me encanta esta novela!
ResponderEliminar@nadiaa2012
me encantaron los capítulos!!!
ResponderEliminarAyyy Perito jajajajaj hasta q se casaron nomas, amo esta novela, pasa se todo ¡¡
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