martes, 22 de abril de 2014

Capitulo 188 ♥

—Pedro, vamos a llegar tarde a nuestra propia boda. —Tengo que parar esto antes de que uno de
los dos lo lleve al siguiente nivel. Por ejemplo, servidora.
—No me digas que deje de besarte,Paula. —Me muerde el labio inferior y deja que se deslice
lentamente entre sus dientes—. No me digas nunca que deje de besarte.
Se agacha despacio hasta quedar de rodillas y tira de mis manos para que baje. Me quito los
zapatos y me uno a él. Me acaricia las manos con los pulgares un rato antes de levantar la vista y que
sus estanques verdes me cieguen.
—¿Estás lista? —pregunta con calma.
Frunzo el ceño.
—¿Me estás preguntando si todavía quiero casarme contigo?
Su boca tiembla ligeramente.
—No. No tienes elección. Sólo te pregunto si estás lista.
Intento evitar reírme de su franqueza.
—¿Y si te digo que no?
—No lo harás.
—¿Por qué?
Sus labios temblorosos esbozan una sonrisa tímida y se encoge de hombros.
—Estás nerviosa. No quiero que estés nerviosa.
—Pedro, estoy nerviosa por el lugar en el que voy a casarme. —También estoy nerviosa por las
cosas típicas de una novia, pero lo que más ansiedad me provoca es el hecho de estar aquí.
Se le borra la sonrisa de la cara.
—Paula, lo tengo todo controlado. Te dije que no te preocuparas y no deberías preocuparte, y
punto.—
No me puedo creer que me convencieras para hacer esto. —Dejo caer la cabeza y me siento un
poco culpable por dudar de su palabra. Sé exactamente por qué nos casamos en La Mansión. Es porque
no hay lista de espera ni otras reservas entre las que encontrar un hueco. Es el lugar en el que podía
hacerme caminar hacia el altar sin tener que esperar.
—Oye. —Me coge de la barbilla y me levanta la cabeza para que vea su rostro, tan hermoso que
duele mirarlo—. No le des más vueltas.
—Perdona —gruño.
—Paula, cielo, quiero que disfrutes de este día, no que te agobies por algo que no va a pasar.
Nunca. No se enterarán jamás, te lo prometo.
Me obligo a dejar a un lado mi incomodidad y a sonreír. Sus palabras me han hecho sentir mejor.
Lo creo.
—Vale.
Se pone de pie, se acerca a una enorme cómoda, saca algo del cajón y regresa a mi lado con una
toalla de baño. Frunzo el ceño cuando se pone de rodillas y se seca la cara y el pelo húmedo antes de
cubrirse el cuerpo con ella.
Luego abre los brazos.
—Ven aquí —me ordena en voz baja.
No espero ni un segundo antes de acurrucarme en su regazo y dejar que me rodee con su cuerpo.
Apoyo la mejilla en su pecho, encima de la toalla. Su sudor limpio penetra mis fosas nasales y me
relajo.—
¿Mejor?
—Mucho mejor —farfullo contra la toalla—. Te quiero, mi señor —sonrío.
Noto que se ríe debajo de mí pero no oigo su risa.
—Creía que era tu «dios».
—Eso también.
—Y tú eres mi seductora. O podrías ser mi señora de La Mansión.
Doy un salto del susto y veo que se está riendo de mí.
—¡No voy a ser la señora de La Mansión del Sexo!
Se ríe y tira de mí hasta tenerme otra vez en su regazo. Me acaricia el pelo brillante y lo huele
con entusiasmo.
—Lo que tú quieras, señorita.
—Con ser «señorita» tengo más que suficiente. —Sé que mis manos se están deslizando por su
espalda mojada pero me da igual—. Te quiero muchísimo.
—Lo sé, Paula.
—Tengo que vestirme, que voy a casarme.
—¿De verdad? ¿Quién es el cabrón afortunado?
Sonrío y me aparto otra vez de su cuerpo. Tengo que verlo.
—Es un hombre controlador, neurótico e imposible.
Le acaricio la mejilla con la mano.
—Es muy guapo —susurro buscando sus ojos, que no se apartan de mí—. Ese hombre me deja
sin aliento sólo con tocarme y me folla hasta que pierdo el sentido.
Espero a que me riña por mi vocabulario pero sólo aprieta los labios, así que me acerco y lo beso
en la barbilla antes de seguir hacia la boca.
—Me muero por casarme con él. Deberías marcharte para que no tenga que hacerlo esperar.
—¿Qué diría ese hombre si te pillara con otro? —me pregunta entre besos.
Sonrío.
—Pues primero lo castraría y luego le preguntaría si prefiere que lo entierren o que lo incineren,
esas cosas.
Abre unos ojos como platos.
—Parece un tío posesivo. No me gustaría vérmelas con él.
—Mejor que no: te aplastaría. —Me encojo de hombros y él se echa a reír de esa forma que hace
que le brillen los ojos y le salgan patas de gallo—. ¿Eres feliz? —pregunto.
—No, estoy cagado de miedo. —Se sienta en el suelo y me lleva consigo—. Pero hoy me siento
valiente. Bésame.
Me lanzo a ello. Le cubro la cara de besos y gimo de dulce felicidad pero no me dejan disfrutar
mucho tiempo.
La puerta se abre.
—¡Pedro Alfonso! ¡Aparta tu cuerpo sudoroso de mi hija! —El grito perplejo de mi madre invade la
privacidad de nuestro momento.
Me echo a reír. Los reproches de mi madre no van a impedir que consiga mi dosis de Pedro, y él
tampoco se mueve.
—¡Paula! ¡Vas a oler a sobaco! —Su taconeo furioso se oye más cerca—. Tessa, ayúdame.
De repente, noto un montón de brazos que tiran de distintas partes de mi cuerpo, intentando
separarme de Pedro.
—¡Mamá, para! —Me río y me abrazo a Pedro con más fuerza—. ¡Ya me levanto!
—¡Pues venga! Te casas dentro de media hora, te has destrozado el peinado y te has pasado la
tradición por el forro revolcándote por el suelo con tu futuro marido —espeta echando un poco más de
humo—. ¡Tessa, explícaselo tú!
—Vamos, Paula. —El tono severo de Tessa es como una puñalada. La mujer es simpática, pero
cuando se trata de organización da mucho miedo.
—Vale, vale —gruño despegándome de mala gana del cuerpo de Pedro.
—Por Dios, mírate —gimotea mi madre, preocupada por mi melena despeinada.
Intento no reírme cuando veo que Pedro no se va, sino que se pone un brazo bajo la cabeza a modo
de almohada para poder ver cómo mi madre se mete conmigo.
—Sois como niños —continúa, y vuelve sus ojos chocolate, que echan chispas, en dirección a mi
hombre imposible—. ¡Fuera!
—Vale, vale. —Se levanta del suelo de un salto y sus deliciosos músculos se contraen y se
flexionan.
Tessa está babeando pero sale de su trance en cuanto se da cuenta de que la estoy mirando con las
cejas arqueadas.
—Yo me encargo del novio —dice mirando a todas partes menos al torso de mi dios—.
Vámonos, Pedro.
—Espera. —Me mira el cuello—. ¿Dónde está tu diamante?
—¡Mierda! —Me llevo la mano a la clavícula y busco por el suelo con la mirada—. ¡Mierda,
mierda, mierda! ¡Mamá!
—¡Paula! —me grita Pedro—. ¡Esa boca, por favor!
—No te alteres —dice mi madre arrodillándose para mirar debajo de la cama mientras yo sigo
buscando por el suelo de moqueta.
—¡Lo encontré! —Tessa lo recoge del suelo y Pedro se lo quita de las manos y viene hacia mí.
—Date la vuelta —me ordena, y obedezco con el corazón desbocado.
Ese puñetero diamante va a acabar conmigo.
—Ya está. —Me da un beso en el hombro y aprieta las caderas contra mi trasero.
—Eso os enseñará a no retozar en el suelo —resopla mi madre—. ¡Y ahora, fuera!
Tira del brazo de Pedro, que no hace nada para apartarla.
Me vuelvo y le digo adiós con la mano, cosa que hace que ella resople otra vez y que él sonría
como un crío. Luego Tessa se lo lleva de la suite.
—Por fin —exclama mi madre—. Ponte el vestido, Paula Chaves. ¿Dónde está?
Señalo el lavabo y me siento en el borde de la cama.
—En el baño, y muy pronto ya no me llamaré así —replico, altanera.
Cruza decidida la habitación.
—Para mí siempre serás Paula Chaves —refunfuña—. Levanta. Tu padre estará aquí dentro de un
minuto para llevarte abajo.
Me pongo en pie y me arreglo la ropa interior.
—¿Papá está bien?
—Nervioso, pero nada que no se cure con un par de whiskys. Odia ser el centro de atención.
Es verdad. Estará encantado de entregarme a Pedro para que todo el mundo deje de mirarlo y
poder perderse entre los invitados. Hablamos del tema de los discursos y se lo veía muerto de miedo.
Le dije que no tenía que hacerlo, pero mi madre y él insistieron.
Mamá retira la percha del vestido y me lo pone delante. Apoyo la mano en su hombro y me meto
dentro. Dejo que lo suba para poder introducir los brazos por los delicados tirantes. Me da la vuelta y
me abrocha la infinidad de diminutos botones en forma de perla que suben por mi espina dorsal.
Luego me coloca los tirantes en su sitio. Se ha callado y no se mueve. Sé lo que voy a ver cuando me
vuelva, y no estoy segura de poder soportarlo. Luego oigo un pequeño suspiro.
—Mamá, no llores, por favor.
Se pone manos a la obra.
—¿Qué?
Me doy la vuelta y confirmo mis sospechas. Tiene los ojos llorosos y se le escapa un sollozo.
—Mamá... —le advierto con cariño.
—Ay, Pau... —Corre al baño y la oigo tirar como una loca del papel higiénico y luego sonarse la
nariz. Sabía que se iba a poner así. Aparece en el umbral, secándose las lágrimas con un trozo de papel.
—Perdona. En fin, lo estaba llevando muy bien.
—Es verdad —le digo—. Anda, ven y ayúdame con esto.
Lo que necesita es una distracción.
—Claro, ¿qué quieres que haga?
—Los zapatos. —Señalo el lugar en el que me los he quitado.
Mamá los recoge y los deja a mis pies.
—Gracias. —Me levanto la falda del vestido y vuelvo a ponerme mis Louboutin—. ¿Qué tal mi
cara?
Se ríe.
—¿Después de haberla restregado a conciencia por la de Pedro?
—Sí. —Voy al baño a echar un vistazo.
—Vas a necesitar una capa extra de polvos —me dice.
Tiene razón. Se me ve sonrojada. Cojo el neceser del maquillaje y me aplico una capa de polvos,
brillo de labios y un poco más de máscara de pestañas. Después de haberme revolcado por el suelo con
Pedro mis rizos ya no están suaves como la seda, pero la peineta sigue en su sitio. Me encuentro mejor,
ése es el efecto que tiene en mí. Basta su presencia para eliminar toda mi ansiedad, y ahora me muero
por reunirme con él abajo, embutida en encaje.
Me levanto el bajo del vestido para no arrastrarlo por el suelo y salgo del baño. Me arreglo el
pelo y respiro hondo.
—Estoy lista —proclamo, y freno en seco al ver que mi madre ya no está sola.
—¡Mírala, Miguel! —exclama, y rompe a llorar hundiendo la cabeza en el hombro de mi padre,
restregándole la cara por el traje gris marengo de tres piezas.
Kate le pasa una mano por la espalda tratando de reconfortarla al tiempo que pone los ojos en
blanco. Papá le rodea la cintura con afecto. Eso es excepcional, mi padre no es nada sentimental ni
muy dado a expresar su cariño de forma física.
Le sonrío y me devuelve la sonrisa.
—Ahora no empieces tú —lo aviso.
—No diré nada —se ríe—. Excepto lo guapa que estás. Estás preciosa, Paula.
—¿De verdad? —pregunto muy sorprendida ante su muestra de cariño, aunque sólo sea verbal.
—De verdad —asiente con convicción—. ¿Estás lista?
Aparta con gentileza a mi madre y se arregla el traje como si no acabara de decirle algo bonito a
su hija.—
Sí, estoy más que lista. Papá, llévame con Pedro —pido, y surte el efecto deseado. Todos se
echan a reír.
Mucho mejor. No puedo con toda esta intensidad emocional. Para eso ya tengo a Pedro.
Tessa entra entonces como una flecha.
—En marcha, en marcha. ¿A qué se debe el retraso? —pregunta examinando a los demás, que me
miran emocionados—. Alejandra, Kate, abajo, por favor.
Las acompaña fuera de la habitación.
—Paula, te veo en el salón de verano dentro de tres minutos —dice, y me deja a solas con mi
padre.—
Papá, sabes que ahora tienes que dejar que me coja de tu brazo —bromeo.
Él hace una mueca.
—¿Mucho rato?
—Depende de lo que tardes en llevarme abajo —replico.
Cojo mi cala. Una sola.
—Pues movamos el culo —dice ofreciéndome el brazo, que yo acepto—. ¿Lista?
Asiento con la cabeza y dejo que mi padre me conduzca al salón de verano, donde me espera mi
señor de La Mansión del Sexo.

GRACIAS POR LEER! ♥


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