Paso por delante de los aseos, por el bar atestado y por el restaurante
rápidamente. No quiero ver ni a Kate ni a ninguno de los demás. Como vea
a Sarah lo más probable es que acabe en la cárcel, porque no pienso dejar
de sacudirla con ese látigo hasta dejarla hecha puré. De todas formas, Pedro
no tardará en venir en mi busca, así que he de darme prisa.
Llego hasta el vestíbulo y subo los escalones de dos en dos, recorro el
descansillo apresuradamente e ignoro a las mujeres y sus frías miradas.
Pero entonces la veo. Sé que debería continuar. Sé que debería resistir la
tentación de estrangularla, pero es superior a mis fuerzas.
Me aproximo. Está charlando con algunas socias, probablemente
informándolas sobre lo sucedido durante la última hora. Sigue vestida de
látex con el látigo en la mano. Me detengo detrás de ella y las otras
mujeres guardan silencio de inmediato. Con evidente curiosidad por saber
qué es lo que las ha hecho callar, se vuelve para mirarme. Su expresión es
de superioridad con un tinte de ligera satisfacción. Me hierve la sangre al
tenerla ahí delante de mí, tan relajada, haciendo girar el látigo en la mano.
—Me has mandado un mensaje de texto desde el teléfono de John —
la acuso con calma.
Casi se echa a reír.
—No sé de qué me estás hablando.
—Claro que no. —No me lo puedo creer—. También fuiste tú quien
me dejó entrar en La Mansión el día que descubrí el salón comunitario.
—¿Y por qué iba a hacer yo eso? —pregunta con tono arrogante.
—Porque lo deseas. —Mantengo el tono sorprendentemente pausado
teniendo en cuenta que me hierve la sangre y que estoy temblando
físicamente. Las demás mujeres me atraviesan con los ojos. Las miro a
todas ellas—. Todas lo deseáis.
Ninguna de ellas dice ni una palabra. Permanecen ahí, observándome,
probablemente anticipando mi próximo movimiento.
Sarah, en cambio, es incapaz de mantener la boca cerrada.
—No, pequeña, todas lo hemos tenido.
Salto.
Cierro el puño y lo lanzo contra su rostro hinchado de bótox. El
impacto la empuja hacia atrás, se tambalea y cae de culo al suelo. No me
detengo. La agarro de los pelos en un gesto muy poco femenino y la
arrastro. La empotro contra la pared y la sostengo de la garganta. Gritos
ahogados de estupefacción inundan el aire. Se hace de nuevo el silencio y
lo único que se oye es el sonido de la respiración entrecortada de Sarah.
—Como vuelvas a ponerle un dedo encima, te lo pida él o no, no
pararé hasta romperte todos los putos huesos del cuerpo. ¿Entendido?
Abre los ojos de par en par. Intenta asentir bajo mi mano.
—¡¿ENTENDIDO?! —le grito en toda la cara. He perdido los
estribos.
—Sí —rechina como puede a través de su garganta estrangulada.
Apenas la dejo respirar.
La suelto y cae al suelo hecha un guiñapo, jadeando y agarrándose la
garganta. Temblando de ira, me vuelvo y absorbo la expresión de
estupefacción de los muchos testigos, que observan pasmados y en
absoluto silencio. No necesito decir nada más. Le he dejado las cosas
bastante claras a Sarah y a todas las demás personas que han presenciado
mi ataque de ira. Los dejo ahí plantados y continúo hacia mi destino
original, temblando y respirando violentamente. Cuando llego al pie de la
escalera que conduce al salón comunitario, vacilo unos segundos, pero en
cuanto recuerdo las palabras de Pedro, corro hacia arriba sin nada más que
adrenalina y determinación en las venas.
Entro en la sala de tenue iluminación y hago caso omiso de las
escenas que se están desarrollando delante de mí al tiempo que trato de
bloquear la música erótica que invade mis oídos. No he venido a
excitarme. Pongo rumbo a la derecha y llego a donde quería llegar.
Dos hombres a los que no conozco charlan tranquilamente mientras
una mujer vuelve a ponerse la ropa interior. Me acerco a la escena y todos
se dan la vuelta para mirarme. La conversación cesa cuando me aproximo.
Uno de los hombres me mira con cautela mientras que el otro lo hace con
aprobación y en su rostro se dibuja una oscura sonrisa. Me desprendo de
los zapatos, me quito la camiseta por la cabeza, la tiro al suelo y me
desabrocho los vaqueros.
—¿Has venido a jugar, guapa? —pregunta uno de los hombres
caminando hacia mí.
—Steve, déjala —le advierte el otro tipo. Sin duda sabe quién soy. Le
lanzo una mirada asesina y él sacude la cabeza—. Steve, tienes que dejarla
estar.
—Pero ella quiere jugar, ¿verdad, guapa? —Su mirada es oscura pero
centellea al mirarme.
—Es la chica de Pedro, Steve. No merece la pena. —Su amigo intenta
razonar con él, pero parece que Steve tiene un objetivo y no le gusta que le
digan lo que debe hacer, que es justo lo que necesito en estos momentos.
—En La Mansión y en el sexo todo vale —responde Steve con una
sonrisa maliciosa—. ¿Qué puedo ofrecerte, guapa?
—En serio, Steve, ella es especial para él.
—¿Sí, eh? Bueno, puede ser especial para mí también. Alfonso nunca ha
tenido problemas en compartir a nadie.
Sus palabras revuelven la bilis que me cubre la garganta, y observo
cómo el hombre sensato agarra a la mujer del brazo y se la lleva de allí con
una expresión de cautela en el rostro. Steve, en cambio, es presuntuoso y
parece estar muy seguro de sí mismo, aunque no de una manera que me
resulte atractiva. Sin embargo, eso da igual: no tengo intención de besarlo.
Me acerco al estante que hay junto a la pared y escojo el látigo que me
parece más atroz. Me vuelvo y se lo entrego con manos firmes. La más
mínima vacilación delatará mis planes, y ésta es la única manera que tengo
de demostrarle a Pedro lo absurda que es toda esta mierda. En su rostro se
forma una amplia sonrisa. Acepta el látigo y repasa con la mirada mi
cuerpo semidesnudo. Me quito los vaqueros y me acerco para colocarme
bajo la estructura dorada que está suspendida al tiempo que coloco las
manos sobre mi cabeza.
—Nada de contacto físico. Sólo el látigo. Fuerte —digo con voz clara
y totalmente decidida. Estoy decidida. No tengo miedo ni dudas.
—¿Fuerte? —pregunta.
—Muy fuerte.
—¿Y el sujetador? —dice con la mirada fija en mi pecho.
—El sujetador se queda puesto.
—Como quieras. —Asiente y se acerca metiéndose el mango del
látigo en el bolsillo trasero. Luego estira los brazos para encadenarme a los
grilletes de la estructura dorada suspendida.
—Steve, déjalo.
—Esto no es asunto tuyo —mascullo entre dientes.
—Ya la has oído, quiere hacerlo. —Steve me mira con los ojos
cargados de lujuria y empieza a pasearse por detrás de mí.
Mi corazón se acelera y palpita con fuerza en mi pecho, y cierro los
ojos repitiendo las palabras de Pedro mentalmente: «Es imposible. Es
imposible. Es imposible. Es imposible.»
Dejo la mente en blanco a excepción de esa frase. La música
desaparece y me preparo para mi propio castigo: mi castigo por haber
reducido a Pedro a un despojo de hombre, por haber hecho que necesitara el
alcohol, no sólo querer tomarlo, por haber hecho que se convirtiera en un
neurótico histérico... y por haberlo llevado a hacerse esto a sí mismo.
Lo oigo antes de que llegue. Un latigazo rápido atraviesa el aire antes
de impactar contra mi espalda. Lanzo un alarido.
«¡Joder!»
El azote me provoca una continua punzada de dolor que hace que me
tiemblen el cuerpo y las piernas. ¿La gente se presta voluntaria para hacer
esto? ¿Yo me he prestado voluntaria para hacerlo? Mantengo los ojos
cerrados con fuerza. Entonces me doy cuenta de que no hemos pactado
ningún número de golpes. Contengo la respiración y aprieto los dientes y
en seguida un segundo latigazo azota mi espalda. Rezo para mis adentros
para conseguir mantenerme callada y aceptar la paliza.
Me pongo tensa y espero a que llegue el siguiente impacto y, cuando
lo hace, dejo caer el cuerpo y me quedo colgando con impotencia de la
estructura. Estoy a merced de este extraño. Los siguientes tres golpes se
suceden a intervalos regulares hasta que sé cuándo esperarlos y se me ha
olvidado qué estoy haciendo. Estoy completamente loca. Soy ajena a todo
lo que me rodea, la música es un zumbido distante y apenas oigo las voces
a mi alrededor. De lo único que soy consciente es del tiempo que
transcurre entre cada latigazo y del silbido en el aire que se genera antes de
que el cuero impacte contra mi piel. Puede que esté inconsciente, no estoy
segura. Ni siquiera me tenso ya.
Recibo otro impacto y vuelvo a sacudirme. Arqueo la espalda y lanzo
la cabeza hacia atrás.
—¡NOOOOOOOOO!
Conozco tan bien ese rugido que me devuelve al instante a la realidad
justo cuando otra ardiente mordedura me golpea la espalda. Me sacudo,
atónita. Los grilletes de metal suenan con fuerza encima de mí. Soy
incapaz de abrir los ojos. Me pesa la cabeza, mi cuerpo cae exánime y
apenas siento los brazos.
—¡Joder! ¡Paula, no! —grita con la voz rota. Empiezo a balancearme
ligeramente y siento sus cálidas manos por todo mi cuerpo—. ¡John,
suéltale las manos! ¡Joder! ¡No, no, no, no, no, no!
—¡Hijo de puta!
—¡John, joder, bájala de ahí! —exclama, aterrado.
Me agarran y me acarician todo el cuerpo, al tiempo que siento la
seguridad de unas manos grandes y torpes sobre las mías atadas por encima
de mi cabeza. Mis brazos caen pesados y me desplomo en los suyos.
—¿Paula? ¡No, por favor! ¿Paula?
Soy vagamente consciente de que me están moviendo.
Y entonces comienzo a sentir el dolor.
GRACIAS POR LEER! =)
Wooow que intenso!!!
ResponderEliminarBuenisima la nove,cada vez mejor!!!