viernes, 18 de abril de 2014

Capitulo 172 ♥

—¿Has echado un polvo soñoliento con alguien más? —Contengo la
respiración. ¿De todas las cosas que podría haberle preguntado, voy y le
pregunto eso?
Suspira con pesar.
—No.
Lo miro con recelo.
—¿Y te has follado a alguien para hacerla entrar en razón?
—¡No,Paula! Nunca me había importado nadie lo suficiente como para
necesitar o querer hacerla entrar en razón respecto a nada. —Me aprieta los
muslos—. Sólo tú.
Vale, por extraño que parezca, eso ayuda bastante, pero sigue
insistiendo en que no es un alcohólico, lo cual es absurdo. Si no bebes
porque no te fías de ti mismo, tienes un problema, y podría haber estado
bajo esos efectos todo este tiempo. Dicen que un buen alcohólico sabe
disimularlo muy bien. ¿Cómo iba a saber yo si bebe? Pienso en el jueves
por la noche, cuando lo descubrí aquí en su despacho, con una botella de
vodka y en compañía de otra mujer.
Esto es horrible. Ahora, además de preocuparme por si bebe o no, voy
a tener que preocuparme de qué hace una vez que ha bebido. ¡Genial! Ni
siquiera puedo reunirme con clientes masculinos sin que se ponga hecho
una furia, aunque el cabreo de Pedro con respecto a Mikael parece que tenía
su razón de ser. No obstante, sé perfectamente que también aplastaría a mis
demás clientes.
Le aparto las manos de mis muslos y me levanto, dejándolo
acuclillado junto al sofá, totalmente perdido.
—Entonces el jueves, en tu despacho, ¿me estás diciendo que si te
hubieras bebido el vodka te habría encontrado tirándote a Sarah sobre la
mesa en lugar de verte acurrucadito con ella? —Esto es espantoso.
Se levanta, se acerca a mí, me agarra de las caderas para
inmovilizarme y me da la vuelta para mirarme a los ojos.
—¡No! ¡No seas idiota!
—No estoy siendo idiota —replico—. Bastante tengo ya con
preocuparme por si bebes o no. ¡No sé si podré soportar las complicaciones
adicionales de que te emborraches y te apetezca follarte a otras mujeres!
—Estoy chillando, pero no lo puedo evitar.
Retrocede.
—¿Quieres hacer el favor de cuidar tu puto lenguaje? No hace que me
apetezca follarme a otras mujeres. ¡Hace que me apetezca follar!
—Entonces más me vale estar contigo cuando bebas, ¿no?
—¡No voy a volver a beber! ¡¿Es que no me escuchas?! —grita—. No
necesito beber. —Me suelta fríamente, y se dirige dando fuertes pisotones
hacia la ventana para volver al instante. Me apunta con un dedo y espeta—:
¡Te necesito a ti!
Ya estamos otra vez con eso. ¿Cómo coño lo sabe? Le aparto la mano
de delante de mi cara.
—Me necesitas como sustituta del alcohol y del sexo. —Voy a llorar.
Sólo me necesita para alejarse de un estilo de vida que acabará matándolo
como siga así mucho más tiempo. Soy un medio para escapar de una
muerte prematura por intoxicación etílica. Creo que voy a vomitar otra
vez. Lo aterra que lo deje, pero eso no tiene nada que ver con el amor que
siente por mí. Es porque teme volver a una vida vacía—. Me manipulas.
—¡No te manipulo! —repone, y parece ofendido de verdad.
—¡Claro que lo haces! ¡Con el sexo! Para hacerme entrar en razón y
para recordar. Todo es manipulación. ¡Yo te necesito y tú lo utilizas contra
mí!
—¡No! —ruge, y de pronto pasa los brazos por todo el estante de las
bebidas y tira decenas de botellas de licor y de vasos al suelo. El estrépito
de cristales rotos resuena a nuestro alrededor.
Doy un brinco y retrocedo, pero él se acerca y me agarra de los
hombros.
—Necesito que me necesites,Paula. Es así de simple. ¿Cuántas veces
he de decírtelo? Si tú me necesitas, yo cuido de mí mismo..., así de simple.
—¿Y dejar que te azoten te parece que es cuidar de ti mismo? —le
grito a la cara.
Me suelta y comienza a tirarse del pelo.
—¡No lo sé, joder!
Miro al techo. Esto es inútil.
—Te necesito, pero no así.
Me coge de las manos.
—Mírame —me ordena fríamente. Bajo la vista de nuevo para
mirarlo a la cara otra vez—. ¿Cómo te hago sentir? Yo sé cómo me haces
sentir tú. Sí, he estado con muchas mujeres, pero sólo era sexo. Sexo sin
compromiso. No sentía nada. Paula, te necesito a ti.
Observo cómo mi hombre atractivo, atribulado, neurótico y canalla
me mira directamente a los ojos y quiero gritarle y aplastarle la cabeza
contra la pared para hacerle entender cuál es la manera normal de actuar.
Nos volvemos locos el uno al otro. Ésa es la verdad. No nos hacemos bien,
y él me manipula. El problema es que me gusta. El animal sexual que hay
en mí aflora cada vez que lo hace. Lo necesito, igual que él me necesita a
mí, pero por motivos diferentes. Ha conseguido ser parte de mí. Se ha
incrustado en mi mente y en mi alma. Sin él, me siento vacía. Estoy vacía.
—¿Cómo puede ser que me necesites si yo consigo que te hagas esto a
ti mismo? —pregunto, cansada—. Te has vuelto más autodestructivo ahora
que antes de conocerme. Hago que necesites beber, no que quieras hacerlo.
Te he convertido en un loco irracional, y desde luego yo tampoco estoy ya
muy cuerda, que digamos. ¿No ves lo que nos estamos haciendo el uno al
otro?
—Paula —me dice con tono de advertencia. Sabe adónde quiero ir a
parar.—
Y, para que lo sepas, detesto el hecho de que la hayas metido en
todas partes. —Necesito que lo sepa, pero entonces unas imágenes
horribles inundan mi cabeza.
Dejo escapar un grito ahogado.
—Cuando desapareciste durante cuatro días... —Ni siquiera soy capaz
de terminar. El corazón se me ha subido a la garganta y ha estallado.
Abre unos ojos como platos ante mi evidente conclusión, aprieta los
dientes y los músculos de su barbilla empiezan a temblar.
—No significaron nada en absoluto. Te quiero. Te necesito.
—¡Joder! —Me caigo de rodillas. No lo ha negado—. Te estuviste
follando a otras mujeres. —Me llevo las manos a la cara y las lágrimas
empiezan a brotar de nuevo. Me siento como si me hubieran dado un
puñetazo en el estómago.
Se agacha a mi lado en el suelo, me agarra de los brazos y me sacude.
—Paula, escúchame. No significaron nada. Me estaba enamorando de
ti. Sabía que te dolería. No quería hacerte daño.
—Dijiste que no podrías hacerme eso. Olvidaste añadir «otra vez».
Deberías haber dicho que no podrías hacérmelo «otra vez».
—No quería hacerte daño —susurra.
Levanto mi rostro derrotado.
—¿Y para remediarlo te tiraste a otras mujeres? —Tengo el estómago
revuelto. No puedo respirar—. ¿A cuántas?
—Paula, no hagas esto, por favor. Me doy asco.
—¡A mí también me das asco! —grito, temblando y sollozando
incesantemente—. ¿Cómo pudiste hacerlo?
—Paula, ¿no me estás escuchando?
—¡Claro que sí, y no me gusta lo que oigo! —Me pongo de pie, pero
me agarra de la cintura para evitar que me marche.
Apoya la frente en mi estómago y veo a través de mis ojos nublados
cómo empieza a sollozar él también.
—Lo siento. Te quiero. Por favor, te lo suplico, no me dejes. Cásate
conmigo.
—¡¿Qué?! —grito.
Ni siquiera hemos hablado sobre el tema que tenemos entre manos
todavía y ya me encuentro al borde de un ataque de nervios. Es demasiada
información. Éste es el golpe letal.
—No puedo casarme con alguien a quien no entiendo. —Pronuncio las
palabras lentamente entre jadeos y siento que se hunde ante mí respirando
profundamente. Veo los verdugones y las gotas de sangre de su espalda—.
Creía que empezaba a comprenderte —añado con voz temblorosa—. Pero
has vuelto a destruirme, Pedro.
—Paula, por favor. Estaba hecho polvo, perdí el control. Creía que así
podría olvidarte.
—¿Emborrachándote y tirándote a otras mujeres?
—No sabía qué hacer —dice con un hilo de voz.
—Podrías haber hablado conmigo.
—Paula, habrías huido de mí otra vez.
—Todas las veces que has estado disculpándote conmigo eran porque
te remordía la conciencia, y no por haberte emborrachado, ni por lo de La
Mansión. Era porque me engañaste con otras. Dijiste que habías dejado tus
correrías mucho antes de conocerme. Me mentiste. Cada vez que creo que
damos un paso hacia adelante, estalla una nueva bomba. No puedo seguir
con esto. No sé quién eres, Pedro.
—Paula, claro que lo sabes. —Me mira con ojos suplicantes—. La he
jodido. La he jodido bien, pero nadie me conoce mejor que tú. Nadie.
—Puede que Sarah sí. Parece que ella te conoce muy bien —digo sin
mostrar emoción alguna—. ¿Por qué?
Se deja caer sobre los talones y agacha la cabeza.
—Te he decepcionado. Quería beber, pero te prometí que no lo haría,
y sé lo que puede pasar si lo hago.
Hago un mohín al oír su confesión.
—¿Así que le pediste que te azotara?
—Sí.
Se me revuelve el estómago.
—No lo entiendo.
Mantiene la cabeza gacha.
—Paula, sabes que he sido un vividor —dice en voz baja. Está
avergonzado—. He roto matrimonios, he tratado a las mujeres como si
fueran objetos y he tomado lo que no me pertenecía. He hecho daño a
algunas personas, y siento que todo esto es mi penitencia. Contigo encontré
la gloria, y tengo constantemente la sensación de que alguien va a venir a
arrebatármela.
El nudo que tengo en la garganta se intensifica.
—TÚ eres el único que va a joder esto. Tú y sólo tú. Bebiendo, siendo
tan controlador y tirándote a otras mujeres. ¡TÚ!
—Podría haber detenido todo esto. No me creo que seas mía. Me
aterra que alguien te aparte de mi lado.
—¿Y por eso le pediste a una mujer que detesto, a una mujer que
quiere alejarte de mí, que te azotara?
Frunce el ceño y me mira.
—Sarah no quiere alejarme de ti.
Sacudo la cabeza, frustrada.
—¡Sí, Pedro, claro que quiere! Haciéndote esto me haces daño a mí.
Me estás castigando a mí, no a ti. —Necesito desesperadamente que lo
entienda—. Te amo, a pesar de toda la mierda que voy descubriendo de ti,
pero no puedo ver cómo te haces esto a ti mismo.
—No me dejes —dice con los dientes apretados, levantando los
brazos y agarrándome de las manos—. Me moriré sin ti, Paula.
—¡No digas eso! —le grito—. Es una estupidez.
Tira de mí hasta ponerme de rodillas.
—No es ninguna estupidez. No sabes por lo que pasé cuando
desapareciste sin más. Me hizo ver lo que sería mi vida sin ti. —Está muy
nervioso—. Paula, era insoportable.
Esto explica lo de sus repetidas disculpas en sueños. Yo lo dejaba
porque había descubierto lo de las otras mujeres.
—Si te dejara, sería porque no puedo soportar que te hagas daño a ti
mismo, no puedo ver cómo te torturas.
—Jamás te harás una idea de cuánto te quiero. —Me agarra de la cara
y yo me aparto. Esa afirmación me pone furiosa—. Deja que te toque —
ordena, intentando cogerme. Está frenético y aterrado, y eso me está
devorando por dentro.
—¡Me hago una idea, Pedro, porque yo siento lo mismo! —grito—.
Aunque me has destrozado por completo, sigo amándote y, joder, me odio
por ello. ¡Así que no te atrevas a decirme que no me hago una idea!
—Es imposible. —Me agarra de los brazos y tira de mí hacia adelante
con un silbido de furia—. ¡Es imposible! —dice con voz grave. Lo cree
realmente.
Dejo que me estreche contra su pecho, pero soy incapaz de rodearlo
con los brazos. Estoy emocionalmente agotada y bloqueada por completo.
Mi mujeriego fuerte y dominante se ha reducido a una alma asustada y
desesperada. Quiero recuperar al Pedro feroz.
—Voy a buscar algo para limpiarte las heridas. —Forcejeo para
liberarme de sus brazos—. Pedro, tengo que limpiarte eso.
—No me dejes solo.
Me suelto y me pongo de pie.
—Cuando dije que jamás te dejaría, lo decía en serio. —Giro sobre
mis talones y salgo del despacho totalmente abstraída dejándolo de
rodillas.
No voy a buscar nada para limpiarle la espalda. Curarle las heridas no
va a demostrar nada. Sólo hay un modo de hacerle entender que sé cómo se
siente. Y si eso es lo que tengo que hacer, lo haré.


1 comentario: