El trayecto hasta La Mansión es un borrón de visiones y de recuerdos.
Visiones de Pedro tambaleándose y arrastrando las palabras, y recuerdos de
cuando lo encontramos inconsciente en la terraza. No es algo que piense
voluntariamente, pero con toda probabilidad se estará repitiendo. No
quiero volver a pasar por eso. No quiero ver cómo se hace otra vez eso a sí
mismo, no por mi culpa. Puede que no sea capaz de controlar su
irracionalidad, pero puedo evitar que se mate lentamente.
Cuando llego a la entrada, no me extraña ver que las puertas se abren
de inmediato. John debe de estar esperándome. Recorro el camino hasta la
casa a una velocidad frenética, desesperada por llegar hasta él y detener lo
inevitable. La puerta de La Mansión está abierta, y entro corriendo en el
vestíbulo, haciendo caso omiso del barullo que procede del bar y del
restaurante. El salón de verano ha vuelto a convertirse en el espacio de
esparcimiento que era anteriormente, con sofás y sillones dispersos por la
inmensa estancia. Muchos socios están allí reunidos, charlando y tomando
algo. Cuando entro, todas las conversaciones cesan y se hace el silencio. Sé
que si me fijo veré muchas caras agrias dirigidas hacia mi persona, pero no
tengo tiempo ni intención de detenerme para absorber ese resentimiento.
No necesito mirar. Se palpa claramente en el aire.
Cuando me acerco a la puerta del despacho de Pedro, oigo un tremendo
golpe que me hace saltar. ¿Qué coño ha sido eso? Agarro la manija de la
puerta y miro detrás de mí pero no hay nadie en el pasillo. Abro.
—¡Paula! —El rugido atronador del grandullón de John atraviesa el
pasillo y detiene mi progreso, pero no lo veo—. ¡Capullo de mierda! ¡Paula,
espera! —Por fin aparece, avanzando mucho más rápido de lo que creía
posible para un hombre de su tamaño, con las gafas de sol puestas,
corriendo hacia mí como un tren de vapor—. ¡Joder, mujer, no entres ahí!
Miro a la bestia frenética que se acerca como un cohete a cámara lenta
y salto al oír otro impacto ensordecedor que me obliga a apartar la atención
de la voz atronadora de John y a centrarla en el despacho de Pedro. ¿Qué ha
sido eso? Abro la puerta un poco más hasta que veo toda la habitación.
«¡Ay, joder!»
Me tambaleo hacia adelante después de que el corazón se me haya
detenido unos instantes. ¿Qué coño está pasando aquí?
—¡No! —John llega hasta mí y me agarra de la cintura—. Paula, muchacha, no entres ahí.
Pierdo todos los sentidos al ver el horror que tengo ante mí, y después
intento combatir la tremenda fuerza de John, que está tratando de sacarme
de la estancia. No sé cómo, tal vez gracias a la adrenalina, pero consigo
liberarme y entro de golpe. Y entonces veo cómo Sarah levanta el horrible
látigo que sostiene y golpea con él a Pedro en la espalda. El corazón me da
un vuelco y siento que la palma cálida de John me rodea el brazo.
—Paula, querida —dice John con la voz más suave que jamás le he oído—. No tienes por qué ver esto.
Me lo quito de encima e intento recomponer la escena que tengo ante
mí. Es difícil, incluso aunque el tiempo se haya detenido, y todos los
pequeños detalles me resultan perfectamente claros.
Él tiene el torso desnudo y está de rodillas en el suelo, con la cabeza
caída hacia adelante. No ha levantado la vista. Sarah se encuentra de pie,
detrás de él, vestida con unos pantalones y un corsé de látex y unas botas
de cuero que le llegan hasta los muslos; su aspecto es tan horrible como el
del látigo que sostiene.
No puedo moverme. Estoy completamente petrificada. Me tiemblan
las piernas, el corazón me late con tanta fuerza que creo que se me va a
salir del pecho, y soy incapaz de abrir la boca. ¿Qué está pasando aquí?
Sarah me mira con una expresión de satisfacción en el rostro mientras
levanta el látigo de nuevo. Quiero gritar, decirle que se detenga, pero mi
boca seca no responde a las órdenes de mi cerebro. Su cara recauchutada
refleja que siente un gran placer sometiendo a Pedro a su tortura, sin duda
aumentado sabiendo que yo lo estoy presenciando.
Golpea su piel desnuda de nuevo y él arquea la espalda. Echa la
cabeza hacia atrás pero no emite sonido alguno.
El fuerte alarido que resuena por la habitación es el mío.
En cuanto mi grito alcanza sus tímpanos, levanta la cabeza. Yo
forcejeo de nuevo con John, que ha vuelto a agarrarme.
—¡Suéltame! —digo revolviéndome con más ímpetu, clavándole las
uñas y golpeándolo.
—¿Paula? —La voz de Pedro me paraliza. Es débil y rota. Su cabeza
gira en mi dirección.
Un grito de desesperación escapa de mis labios cuando nuestros ojos
se cruzan y descubro dos agujeros vacíos y vidriosos. No parece estar del
todo sobrio. Parece drogado y demacrado. Intenta levantarse pero se
tambalea ligeramente hacia adelante, desorientado por completo. Miro su
espalda y veo al menos diez verdugones diseminados de un lado a otro.
Algunos están superpuestos y de ellos manan gotas de sangre.
Creo que voy a vomitar. Empiezo a tener arcadas y, cuando Sarah
levanta el látigo de nuevo, oigo a John en la distancia bramando su
nombre. Mis rodillas ceden y me caigo al suelo a los pies del grandullón.
—¿Paula? —Pedro intenta levantarse de nuevo, pero no tiene
estabilidad. Sacude la cabeza como si intentara centrarse y su expresión
confundida se torna afligida al asimilar mi presencia—. ¡Joder, no! —El
pánico inunda sus atractivos rasgos. Incluso su voz es inestable. Se dispone
a caminar, pero Sarah lo detiene agarrándolo del brazo—. ¡Suéltame! —
ruge, y la empuja hacia atrás—. Paula, nena. ¿Qué estás haciendo aquí? —
Corre hacia adelante y se postra de rodillas delante de mí, cogiéndome la
cara y buscando mi mirada.
Lo veo como un borrón a través de las lágrimas. No puedo hablar. Me
limito a sacudir la cabeza frenéticamente, intentando eliminar de mi
cerebro lo que acabo de presenciar. ¿Es una pesadilla? No trataba de
detenerla en absoluto. Estaba ahí arrodillado, esperando los golpes en puro
trance. Empiezo a golpearlo y me pongo de pie.
—¡Paula, por favor! —suplica mientras le aparto las manos de mí.
Tengo que salir de este maldito lugar.
Me vuelvo, empujo a John para pasar y corro totalmente consternada
hacia el inmenso salón de verano. Mientras lo atravieso, oigo algunas
exclamaciones de sorpresa. Me doy la vuelta y veo que Pedro y John me
persiguen. Me llevo la mano a la boca al sentir que la bilis asciende por mi
garganta. Joder, voy a vomitar.
Cruzo la puerta del baño y entro en el servicio. Cierro de golpe, me
asomo a la taza y empiezo a evacuar el contenido de mi estómago con unas
arcadas fuertes y sonoras y el rostro cubierto de sudor y lágrimas. Me
encuentro en el peor de los infiernos y, una vez más, atrapada en un aseo
sin ningún sitio adonde ir.
La puerta de los lavabos impacta contra la pared de baldosas y el
sonido resuena por todo el servicio de mujeres.
—¡Paula! —Pedro golpea la puerta del escusado, y yo me agacho al
sentir que se avecina otra oleada de violentas arcadas—. ¡Paula, abre la
puerta!
Aunque quisiera, no podría contestarle mientras vomito sin parar.
¿Qué coño quiere que le diga? Acabo de ver cómo aceptaba el maltrato de
una mujer a la que detesto, una mujer que sé que lo desea y que me odia.
Mi imaginación no alcanza a entender ese tipo de crueldad. Vomito de
nuevo y busco a tientas un poco de papel higiénico para limpiarme la boca
mientras él sigue golpeando la puerta detrás de mí.
—¡Por favor! —me ruega, y un fuerte golpe seco impacta contra la
puerta. Sé que es su frente—. Paula, abre, por favor.
Más lágrimas brotan de nuevo con fuerza de mis ojos al oírlo suplicar.
No puedo mirar al hombre al que amo a la cara sabiendo lo que se ha hecho
a sí mismo.
—¿Quién la ha dejado entrar? —Su tono se vuelve agresivo, y golpea
la puerta—. ¡Joder! ¿Quién coño la ha dejado entrar?
—Pedro, yo no la dejé entrar. Jamás haría eso. —El tono grave de John
me reconforta. Quiero saltar en su defensa. Él no me dejó entrar.
De repente, su voz inquieta y sus intentos por evitar que entrara en el
despacho de Pedro me llevan a una conclusión: no ha sido él quien me ha
mandado el mensaje. No ha sido él quien ha abierto las puertas. Ha sido
ella otra vez. Para que viera cómo golpeaba a mi hombre fuerte y
dominante. He subestimado su odio hacia mí. He pisado sobre su precioso
terreno. Y ha conseguido destrozarme, pero todo esto no quita el hecho de
que Pedro estaba participando activa y voluntariamente en esa espantosa
representación. ¿Por qué?
GRACIAS POR LEER!♥
AVISO QUE MAÑANA POSIBLEMENTE ME VAYA DE VIAJE, ASI QUE NO SE SI VOY A PODER SUBIR NOVELA, EN UNA DE ESAS ME QUEDO QUE ES LO QUE MÁS QUIERO SINO SUBIRÉ EL SABADO
nooo,no lo podes dejar ahí!!! buenísima la nove!!!
ResponderEliminarEspectaculares los 3 caps!!!! Muy intensos!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarpor dios no paro de temblar yo , se estaba castigando de esa forma? espero que puedas suir besos
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