Se marcha a los aseos y me deja ahí observando a la gente, un
pasatiempo que suele gustarme, pero entonces Matias aparece en mi campo
de visión y me agacho ligeramente.
«¡Mierda!»
De repente, el anillo me arde en la carne del dedo y empiezo a sudar.
No respondí al mensaje que me mandó pidiéndome disculpas y ahora sé
que el muy capullo ha vuelto a llamar a mis padres. Justo cuando creía que
había conseguido esquivarlo, sus ojos pequeños y brillantes se clavan en
mí y me hundo en el taburete mientras se acerca. Oteo el bar, preocupada
por si el portero me está vigilando. Vuelvo a mirar a Matias y veo que el ojo
morado se le está curando. Aplaudo a Pedro mentalmente y de repente me
arrepiento de no haber cedido a sus deseos y haberme quedado en casa con
él.
—Paula —me saluda alegremente como si nada hubiera pasado, como
si no hubiese estado diciéndoles a mis padres un montón de sandeces, entre
ellas, que Pedro es alcohólico, lo que me recuerda al instante que sabe que
tiene un problema.
Un momento. Pedro no es alcohólico. Bloqueo la parte de mi cerebro
que intenta convencerme de que quizá esté negando la evidencia.
—Matias, creo que será mejor que te largues —digo con firmeza.
—¿Qué? —Parece realmente confuso—. Paula, por favor, escúchame.
Lo siento muchísimo, de verdad. Me comporté como un auténtico capullo.
Me lo merecía todo.
Se revuelve incómodo y mira su vaso de cerveza vacío.
—Si estás saliendo con otra persona, lo asumo —dice tranquilamente
—. Me destroza pensarlo, pero lo acepto.
Mantengo las manos ocultas debajo de la mesa para esconder el
anillo. Tengo que preguntárselo, no puedo evitarlo.
—¿Cómo sabes lo de Pedro?
Levanta la mirada del vaso.
—Entonces ¿aún estás con él?
—Eso no es asunto tuyo, Matias. ¿Y por qué llamaste a mis padres para
contarles toda esa mierda?
—¿Es mierda? —replica.
—¿Con quién has hablado?
—Con nadie. —No me mira a los ojos, pero entonces apoya los codos
sobre la mesa y se acerca demasiado—. Paula, aún quiero que vuelvas
conmigo.
Me pongo tensa y desvío la mirada hacia la entrada para comprobar
que no me están espiando. ¿Qué le contesto? Acaba de decirme que lo
aceptaba todo. ¿Cuántas veces tengo que repetirle que no tiene nada que
hacer?Me entran ganas de besar a Tom cuando vuelve de los aseos y le lanza
a Matias una mirada lasciva. Él se aparta de golpe de la mesa cuando lo ve
aparecer y tira mi bolso al suelo. Su nivel de intolerancia hacia mi amigo
gay no ha mejorado. Salto de mi taburete.
—¡Ay, querida! —Tom se agacha y me ayuda a recoger mis
posesiones desperdigadas—. ¡Sigue estando bueno! —me susurra en el
suelo.—
No, no lo está. —Pongo cara de asco.
Ahora mismo me parece que Matias está de todo menos bueno. Me
crispa los nervios. Me levanto y veo que se aleja con la mano levantada
como diciendo «Nos vemos luego».
—Uy, ¡¿adónde va?! —exclama Tom dando una fuerte patada en el
suelo.—
Espero que a tirarse por un precipicio —mascullo sin piedad entre
dientes.
Me acabo el vino de un solo trago. Después de ver a Matias no me
vendría mal tomarme otra.
—¡Matias está aquí! —Kate se lanza sobre su taburete—. Y lleva un ojo
morado. ¡Bravo por Pedro!
—En fin, ha sido un placer, chicas, pero necesito un poco de acción
esta noche y no creo que vaya a encontrarla aquí. —Tom ojea con disgusto
el local lleno de hombres heterosexuales—. Me voy al Route Sixty. ¿Os
venís? —pregunta, esperanzado.
—¡No! —gritamos Kate y yo al unísono, y nos quedamos
partiéndonos de risa mientras Tom se marcha del bar en busca de acción.
—¿Te ha dicho algo esa serpiente? —pregunta Kate cuando deja de
reírse.—
Lo ha intentado.
Estoy a punto de acercarme a la barra cuando Tom vuelve corriendo y
se estrella contra la mesa. No para de resoplar y Kate y yo lo miramos
extrañadas.
Finalmente, su respiración se estabiliza.
—¡No os vais a creer a quién acabo de ver.
—¿A quién? —pregunta Kate antes de que yo tenga oportunidad de
articular palabra.
—A Sally. —En su rostro aparece una enorme sonrisa y mira hacia
atrás por encima de su hombro antes de volverse de nuevo hacia nosotras
—. Lleva minifalda y escote. Una minifalda muy corta y estrecha y un
escote muy pronunciado. ¡Tiene una cita!
—¿Qué? —digo, algo sorprendida, pero no por la ropa. Me sorprende
porque el jueves parecía que iba a suicidarse.
—¿Qué? ¿La simplona de Sally? ¿La aburrida de la oficina? —
pregunta Kate.
—Sí —confirmo—. Tom, deja en paz a la chica. —Vuelvo a coger mi
copa y recuerdo que iba a ir a por otra.
—¡Voy a hacerle una foto! —Tom sale de nuevo del bar sacándose el
teléfono del bolsillo.
—Voy a por otra ronda. —Me levanto del taburete y cojo el monedero
—. ¿Lo mismo?
—¿Hace falta que me lo preguntes? —Kate pone los ojos en blanco y
sacude el vaso vacío.
Me acerco a la barra colándome entre la gente y mientras espero mi
turno atraigo la atención de un baboso fornido que lleva una coleta. Ignoro
su mirada lasciva y pido las copas.
—Hola, ¿te invito a algo?
Lo miro y sonrío con cortesía.
—No, gracias.
—Venga, sólo una copa —insiste, y se acerca aún más.
—No. Acabo de pedir una, pero gracias.
El camarero deja una copa de vino sobre la barra.
—Tengo que ir un momento al almacén, se ha acabado la botella. —Y
me deja ahí plantada en la barra con el de la coleta babeándome encima.
Pongo los ojos en blanco, pero el camarero no parece darse cuenta.
—¿Y si quedamos algún otro día? —Ahora está muy pegado a mí.
—Estoy comprometida con alguien —digo mirando hacia atrás. Es
imposible que no haya visto el diamante descomunal que llevo en el dedo.
Doy un sorbo al vino.
—¿Y?
Me vuelvo hacia él.
—Y... estoy comprometida con alguien. —Le enseño el anillo y él
asiente, pero no se da por vencido. Creo que acabo de hacer que el reto le
parezca más interesante.
—Pero él no está aquí, ¿verdad?
—No, por suerte para ti, no —respondo secamente, y me vuelvo de
nuevo hacia la barra. Me siento tremendamente aliviada cuando veo que el
camarero se acerca.
Me sirve el vino de Kate, le entrego un billete y espero que se dé
prisa. La mirada lasciva del musculitos este me está poniendo de los
nervios. Doy otro largo trago al vino e intento hacer como que no está. Me
pongo iracunda cuando el camarero me indica que no tiene cambio. Se
aleja hasta el otro extremo de la barra y empieza a mirar en distintas cajas.
El de la coleta se aproxima aún más a mí.
—Si fueras mía, yo no te perdería de vista.
¡Joder!
—Oye, he intentado ser amable. ¡Apártate!
—Creo que podríamos pasar un buen rato juntos —insiste, y me pasa
un dedo por el brazo.
Doy un brinco y me enfurezco conmigo misma por mostrar mi
exasperación, pero el regreso del camarero me distrae. ¡Menos mal! Me
entrega el cambio, cojo corriendo la copa de Kate y me dispongo a escapar
de este pulpo. Me vuelvo demasiado bruscamente y se me caen las
monedas al suelo.
«¡Mierda!»
Dejo las copas de nuevo sobre la barra, recojo las monedas que tengo
a mano y dejo el resto que pueda haber. No estoy tan desesperada. Cojo las
bebidas y entonces el tacón se me tuerce, lo que me obliga a tambalearme
un poco.
—¡Mierda! —maldigo. Ahora va a pensar que estoy borracha y que
soy presa fácil.
Al darme la vuelta me encuentro al capullo de frente.
—¿Estás un poquito piripi, guapa? —dice en tono burlón.
—¡Vete a la mierda! —He intentado ser paciente.
—Vaya, qué carácter. —Se echa a reír y yo me largo y pienso en la
suerte que tiene de que Pedro no se encuentre aquí. De lo contrario ya
estaría hecho papilla en el suelo.
Consigo llegar hasta Kate y coloco las bebidas sobre la mesa con tanta
efusividad que derramo gran parte del contenido. Sacudo la cabeza
ligeramente y me siento en mi taburete, tambaleándome de nuevo. Mi
amiga me mira con el ceño fruncido.
—Son los zapatos —mascullo.
—¿Estás bien? —Kate se inclina hacia adelante, preocupada.
—Sí, estoy bien —le aseguro. No estoy borracha. Éste es sólo mi
tercer vino.
—¿Quién era ese gilipollas? —dice señalando con la vista al
musculitos mientras bebe un sorbo de su nueva copa de vino.
—Pues eso..., un gilipollas —respondo tajantemente—. Pero
olvidémonos de él, tienes cosas que contarme.
—¿Ah, sí? —espeta.
—Sí, y ni se te ocurra darme largas. ¿Qué está pasando?
Kate bebe otro trago de vino y evita mirarme a los ojos.
—No sé de qué me hablas.
Empiezo a impacientarme con la actitud de mi amiga. Ella jamás
dejaría que evitara su interrogatorio, y yo nunca lo haría. Nos lo contamos
todo.
—Hablo de Sam, de ti y de La Mansión.
—¡Fue divertido! —suelta.
—¡No! ¿Cómo eres capaz?
—Sólo me estoy divirtiendo, Paula. ¿Qué eres? ¿La policía sexual?
Reculo un poco.
—Entonces, ¿todo va bien?
—¡Claro!
—¿Sabes qué? Si yo fuera tú, estaría tocándome el pelo —digo
enfurruñada, y doy un largo trago al vino. ¿Cómo puede estar bien? Esta
chica es imposible—. Vale, entonces ayúdame tú a mí. Visto que te niegas
a abrirte conmigo, voy a contarte mis mierdas, porque yo valoro tu opinión
—digo, y sonrío falsamente.
Ella ignora mi pulla y arquea las cejas.
—Parece algo serio.
—Lo es. ¿Te acuerdas del promotor del Lusso? ¿El que quería
invitarme a cenar?
Kate asiente.
—Sí, el danés que tenía un atractivo escandinavo.
—Sí, Mikael. Pues resulta que Pedro se acostó con su mujer. Se están
divorciando.
—¿En serio? —Kate se inclina hacia adelante.
—Sí, y ahora se ha propuesto hacer pagar a Pedro por ello, y parece
que ha decidido que yo soy la mejor manera de conseguirlo. Tengo que
reunirme con él, y sé que no va a ser una reunión de trabajo.
—¡Joder!
—Sí, y la mujer también ha estado dando por saco.
—¿Qué vas a hacer?
Niego con la cabeza y le doy otro sorbo al vino.
—No lo sé, como tampoco sé qué voy a hacer respecto a esa mujer, la
que se presentó en la fiesta del aniversario de La Mansión.
—¿Quién es? —Kate tiene los ojos como platos. No me sorprende, es
demasiada información de golpe.
—Coral. ¿Te acuerdas de aquel tipo desagradable que estaba en La
Mansión el día que descubrimos el salón comunitario?
—¡Sí! El tipo al que Pedro golpeó. Daba miedo, Paula.
Me echo a reír. No me extraña.
—Pues era su marido. Ella le pidió a Pedro que hiciera un trío con
ellos. Pero se enamoró de él y dejó a su marido, y ahora no tiene nada.
Quiere a Pedro. Se presentó en el Lusso y lo llamó por teléfono. A él no le
he dicho nada, pero contesté a la llamada e intentó convencerme de que lo
dejara.—
¡Qué fuerte! —Kate se deja caer de nuevo sobre su taburete y yo
doy otro trago.
Al contarlo en voz alta suena absurdo, ridículo e irreal.
—Entonces ¿Pedro participó en un trío? —pregunta.
Hago un mohín tras mi copa de vino.
—Sí, eso parece. —No me lo había planteado. Estaba demasiado
ocupada intentando aclarar mis sentimientos con respecto al hecho de que
Coral estuviera enamorada de mi novio..., mi prometido..., bueno, lo que
sea—. ¡Joder! —exclamo mirando a Kate con la boca abierta.
Ella asiente despacio.
—¿Acabas de pensar lo mismo que yo?
Dejo el vino sobre la mesa. Mi mirada desciende desde los ojos
abiertos y azules de Kate hasta el suelo y vuelve a ascender. Pero entonces
me echo a reír.
—¡No! Vi la cara que ponía mientras Tom lo manoseaba la noche de
la inauguración del Lusso. Es imposible que sea bisexual. Ni hablar. —
Vuelvo a coger el vino—. Puede haber tríos de dos hombres y una mujer
sin que los hombres tengan que tocarse, ¿no?
Doy otro gran trago y recuerdo la escena en el salón comunitario. Los
hombres no tenían ningún contacto entre sí. La escena opuesta, una en la
que intervienen dos mujeres y un hombre, empieza a abrirse paso en mi
cabeza, riéndose de mí. Me paso el dorso de la mano por la frente. Estoy
sudando. No me encuentro bien. Alzo la vista y veo que la cara de Kate se
ilumina al ver que alguien se acerca. No hace falta que me vuelva para
saber de quién se trata.
—¡Señoritas!
Miro hacia arriba y veo a Sam sonriendo de oreja a oreja. ¿Qué está
haciendo aquí? Se supone que ésta es una noche de chicas, y Kate todavía
no me ha dado su parecer respecto a mi desastrosa situación.
Hunde la lengua en la oreja de mi amiga y yo resoplo para mis
adentros. Kate jamás dejaría que un hombre invadiera su tiempo de chicas.
Levanto el vino y apuro lo que queda, observando con el rabillo del ojo
cómo Sam saluda a Kate y ella lo acepta alegremente. Como mañana me
cuente que sólo se está divirtiendo con él y que no hay nada más pienso
decirle cuatro cosas bien dichas.
—Voy al servicio —los informo.
—Vale —responde ella, distraída.
Me dirijo hacia la entrada, me llevo la mano a la frente y me froto la
sien en un intento de aliviar las repentinas punzadas. Mientras me abro
paso entre la multitud, el sonido a mi alrededor se transforma en un leve
zumbido, y noto que la cabeza comienza a darme vueltas. Camino a través
de las borrosas congregaciones de gente y estoy a punto de desmayarme
cuando veo que Pedro está a tan sólo unos metros de mí, en la entrada del
bar.
«¡Mierda!»
Me quedo helada. Sabía que no iba a ser capaz de dejarme disfrutar de
unas merecidas copas de vino. Tengo la vista nublada, pero en sus
atractivos rasgos distingo perfectamente su expresión de ira. No sé por qué.
No estoy borracha. Me he bebido unas pocas copas y las he disfrutado. Es
él quien tiene problemas con el alcohol, no yo.
Y, con eso en mente, me tambaleo ligeramente de nuevo. Puede que
esto se esté sumando a las copas que tomé anoche.
Nos quedamos ahí plantados, mirándonos el uno al otro durante unos
instantes, y entonces empieza a avanzar hacia mí. Siento que me flaquean
las piernas y me agarro a una mesa. Lo último que veo antes de perder el
conocimiento es que su expresión de ira se transforma en completo terror.
QUE PASARA?? CHAAAAAN
GRACIAS POR LEER! =)
muy buenos , lo cortas ahi? porque jaja espero el siguiente besos
ResponderEliminarwow buenísimo,no lo podes dejar ahí!!!
ResponderEliminarBuenísimos los 3 caps Jesy!!!!!
ResponderEliminarEs terrible este hombre!! No le da un poquito de espacio!! Eso si jesy terminar el cap asi ez mucha maldad jaja
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