domingo, 13 de abril de 2014

Capitulo 161 ♥

Me dirijo hacia la puerta. Ya me encargaré de esto el lunes por la
mañana, cuando Pedro no esté tan cerca de mí y de mi teléfono. Hasta
entonces, tengo que fingir que estoy tranquila y relajada, y tengo que
hablar con Patrick sin falta.
Abro la puerta, oigo la llegada del ascensor y el inconfundible sonido
de los gruñidos de Clive, y me encuentro al conserje levantando caja tras
caja y bolsa tras bolsa.
—Paula, tienes un grave problema. Creo que eres adicta a las compras o
algo así. ¿Lo meto todo en el piso? —resopla.
—Eh..., sí.
Miro y veo bolsas de Harrods y cajas de regalos por todas partes. Pero
¿qué coño...? Me quedo como un pasmarote y sujeto la puerta con la boca
abierta mientras Clive lo saca todo y lo mete en el ático.
No puedo creer que haya hecho esto. Debería haber sospechado que
tramaba algo cuando me ha dejado salirme con la mía tan fácilmente. O,
mejor dicho, cuando me ha hecho creer que me salía con la mía. Ese tío
debió de gastarse una fortuna absurda ayer.
Clive deja la última bolsa y se dirige de nuevo hacia la puerta.
—Eso es todo. ¿Dejaste algo?
Miro desconcertada hacia la espalda de Clive.
—¿Cómo?
Se vuelve y frunce el ceño.
—En la tienda. ¿Los dejaste sin existencias?
—Eh..., sí. Gracias, Clive.
—Ah, ha venido una joven —me informa, pero cierra la boca de
repente al darse cuenta del error que acaba de cometer.
Eso me saca inmediatamente de mi estado de aturdimiento.
—¿Ah, sí? —espeto.
Sus viejos ojos están abiertos como platos.
—Eh..., bueno, no sé... —farfulla, y empieza a retroceder—. Ahora
que lo pienso creo que venía buscando a otra persona. No estoy seguro. —
Le da la risa nerviosa—. Cosas de la edad.
—Sí, venga ya, Clive. ¿Tenía el pelo corto y negro? —pregunto.
Calificó de «madurita» a la mujer rubia de pelo ondulado que resultó ser la
mujer de Mikael (o ex mujer).
—No estoy seguro, Paula.
La verdad es que me da lástima. El pobre hombre no tiene por qué
pasar por esto.
—Mantendremos esto en secreto, ¿de acuerdo?
—¿Sí? —dice, y parece aliviado.
—Sí. No le cuentes a Pedro nada sobre esa joven, y yo no le hablaré a
nadie sobre las costumbres de nuestros vecinos.
Deja escapar un grito ahogado. Sí. Me gusta jugar sucio, viejo. Entro
en casa y cierro la puerta en sus narices. Bastante tiene ya mi pobre
cerebro. No voy a contárselo a Pedro. No quiero que hable con Coral, ni que
la ayude, ni que la vea. Tengo un montón de inseguridades y de temores,
estoy intentando superar unos celos inmensos y acabo de comprometerme
a pasar una vida entera así. He accedido a casarme con él. ¿Acaso soy
idiota?
El teléfono de Pedro empieza a sonar en la cocina y sigo la melodía
hasta que me encuentro delante de la isla mirando la pantalla. Sabía quién
era antes de mirarla. Para bien o para mal, respondo, haciendo caso omiso
de los gritos de mi conciencia, que me dicen que soy una hipócrita.
—¿Coral? —digo, alto y claro. Ella guarda silencio, pero no cuelga—.
Coral, ¿qué quieres?
—¿Está Pedro? —pregunta con timidez, y me quedo sorprendida al ver
que sigue sin colgar. Entonces me doy cuenta de que esperaba que lo
hiciera al oír mi voz. Puede que sólo quisiera que fuera consciente de que
lo sé, no estoy segura, pero sin duda tiene agallas.
—Se está duchando. ¿Puedo ayudarte yo? —digo con tono amable,
pero con una pizca de irritación.
—No, necesito hablar con él. —Ella no se muestra amistosa. Parece
sentirse insultada.
—Coral, quiero que dejes de molestarlo. —Tengo que ser clara, ahora
que parece que Pedro ha desarrollado una conciencia.
—Eres Paula, ¿verdad? —pregunta.
No sé cómo calificar su tono.
—Sí. —Intento mantener la serenidad, pero no tengo ni idea de
adónde se dirige esta conversación, y estoy empezando a ponerme de los
nervios.
—Paula, va a hacer que lo necesites, y después te abandonará. Aléjate
de él ahora que aún puedes —dice, y cuelga.
Me quedo ahí plantada con el teléfono de Pedro todavía suspendido
junto a mi oreja, mirando hacia todas partes totalmente saturada de nuevo.
No puedo alejarme. Ni ahora ni nunca. Además, él no me lo permitiría. Y
no quiero hacerlo. Intento convencer a mi cerebro de que sólo está celosa,
de que todas esas mujeres se sienten despechadas porque Pedro las rechazó
a todas, las utilizaba y las dejaba cuando se aburría o se cansaba de ellas.
Ésa es la razón más lógica. Sé cómo me sentí los días que estuve sin él, y si
es así como se sienten todas esas mujeres, lo entiendo perfectamente. Y me
sabe mal por ellas, pero yo no tengo la culpa de que no puedan asumir el
hecho de que haya cambiado su manera de ser por mí; no por ninguna de
ellas..., sino por mí. Ha dejado de beber por mí. Ha dejado sus correrías
sexuales por mí. Todo eso forma parte de su pasado, un pasado
desagradable, pero pasado al fin y al cabo. Todo quedó atrás, y no puedo
recriminárselo.
Me pongo derecha para mostrarme a mí misma mi determinación. No
pienso alejarme de él jamás. Ha hecho que lo necesite, pero sé que él
también me necesita a mí. No pienso irme a ninguna parte.
Dejo el teléfono sobre la encimera, regreso a la sala de estar y
recuerdo al instante lo que ocupaba mi mente antes de la llamada de Coral.
Me quedo de pie cruzada de brazos, mirando la montaña de bolsas y cajas
que tengo delante. No sé si emocionarme o ponerme furiosa. No respeta
nunca mis opiniones ni mis deseos, con su manera de ser neurótica e
imposible, y ahora empiezo a temer que yo también me estoy volviendo
así. Saca lo peor de mí, y sé perfectamente que yo saco lo peor de él. John
también lo dijo. ¿Un Pedro Alfonso tranquilo y despreocupado? Ese hombre
no existe. Bueno, sí, cuando lo obedeces sin rechistar. Anoche lo
comprobé, pero en momentos como éste se me olvida que puede ser ese
hombre.
Me arrodillo en el suelo y, a regañadientes, cojo una de las bolsas y
miro dentro con cautela, como si fuese a saltarme algo encima. ¿Qué? Esto
no estaba en el montón de cosas que quería. Saco un vestido de seda azul
marino de Calvin Klein. Estaba en el montón de cosas que tenía que
pensarme. Abro una caja y veo un vestido de tubo en negro y crema de
Chloé. Esto estaba en el montón de cosas que no quería. Se pasaba
demasiado del presupuesto que me había marcado.
Qué mal. Lo han mezclado todo. Me acerco otra bolsa y dentro
descubro un par de vaqueros anchos de Diesel. Vale, esto no estaba en
ningún montón. Sigo inspeccionando todas las bolsas y cajas y también
encuentro lencería de encaje de todos los diseños y colores imaginables.
A saber cuánto rato después, me veo sentada en el suelo, rodeada de
una montaña de ropa, zapatos, bolsos y accesorios. Todos los artículos que
me probé están aquí, menos el traje de fiesta. Todo lo que había en el
montón de cosas que quería, en el de cosas que no quería y en el de cosas
que tenía que pensarme, además de muchas otras que no me había probado.
Debe de ser un error, porque está incluso el vestido escotado de Chloé, y
Pedro jamás me habría comprado algo así voluntariamente. Aunque la
verdad es que me encanta.
¡Madre mía! Me dejo caer sobre la ropa y me quedo mirando los
techos altos del ático. Esto es demasiado; el traje, el collar, el anillo, y
ahora todo esto. Me siento totalmente abrumada, y algo asfixiada. No
quiero todo esto. Sólo lo quiero a él, sin el pasado, sin las demás mujeres y
sin Mikael dando por saco.
—Hola, nena. —El rostro atractivo y húmedo de Pedro aparece
flotando ante mis ojos—. Te estaba esperando. ¿Qué hacías? —dice con
voz tristona.
Rebufo y señalo el mercadillo de ropa de marca que tengo a mi
alrededor. ¿Es que acaso no la ve? Mira en la dirección que indico sin
inmutarse al ver los montones y montones de ropa femenina que me
rodean.
—Ah, ¿ya ha llegado? —se limita a decir. Echo los brazos hacia atrás
exasperada y él exhala imitando mi gesto dramático antes de echarse a mi
lado—. Mírame —me ordena con voz suave. Me vuelvo hacia su rostro y
una bocanada de su aliento fresco golpea mi cara—. ¿Qué problema hay?
—Esto es demasiado —protesto—. Sólo te quiero a ti.
Sonríe y sus ojos brillan de placer.
—Me alegro, pero nunca he tenido a nadie con quien compartir mi
dinero, Paula. Por favor, dame ese gusto.
—La gente va a pensar que me caso contigo por tu dinero —replico.
Ya he oído algo parecido.
—Me importa una mierda lo que la gente piense. Sólo lo que
pensemos tú y yo. —Se pone de lado y me tira de la cadera para que haga
lo propio de cara a él—. Así que cállate.
—No te va a quedar dinero si sigues gastándotelo como lo hiciste ayer
—gruño. Si Zoe trabaja a comisión, probablemente pueda retirarse después
del despilfarro de Pedro.
—Paula, he dicho que te calles.
—Oblígame —lo desafío con una media sonrisa.
Y lo hace.
Se echa sobre mí y me devora entre media tienda de ropa de mujer de
Harrods.

GRACIAS POR LEER!♥


4 comentarios:

  1. muy buenos me encantaron besos espero el siguiente

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  2. Excelentes los 3 caps, lo único q quiero q Pedro cambie un poco, es demasiado autoritario.

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  3. buenísimos,me encantaron!!!

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  4. Que lindo, se van a casar ¡¡¡ jaja jaja Pedro es terrible

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