miércoles, 9 de abril de 2014

Capitulo 148 ♥

—¡Paula!
Me pongo en pie de un salto en cuanto oigo el grito excitado de Kate.
—¡Vaya! —Derrapa delante de mí con los ojos fuera de las órbitas—.
¡La hostia!
—Lo sé —gruño—. La cosa esta me tiene muerta de miedo. Debería
estar en una caja fuerte. —Cojo el diamante y jugueteo con él otra vez.
Kate me da un manotazo para poder tocarlo.
—¡Caray! Esto es una cosa muy seria —dice, suelta el diamante y se
aparta para verme bien—. ¡Mírate! A alguien la han mimado mucho hoy.
Me echo a reír. Kate se queda corta.
—Deja que te vea. —La cojo de las manos y se las llevo a un lado—.
Me encanta tu vestido. —Hago que dé una pequeña vuelta.
Como siempre, está fabulosa. Lleva un vestido largo de color verde y
los rizos rojos y brillantes recogidos en lo alto de la cabeza.
—¿Te apetece una copa? Tienes que probar esto. —Cojo la mía y se la
muestro—. Siéntate. ¿Dónde está Sam?
Se encarama al taburete y pone los ojos en blanco.
—No deja que ninguno de los aparcacoches toque el suyo. Cree que
son todos unos inútiles que no saben controlar un Carrera —se ríe—. ¿Y
Pedro?Mi sonrisa desaparece.
—Sarah se lo ha llevado no sé adónde.
Echo un vistazo al reloj, hace casi una hora que se ha ido.
—¿Sabes?, anoche vi un Porsche Carrera con cierta pelirroja a bordo,
camino de La Mansión —digo como si nada mientras le doy un sorbo a mi
copa y espero su reacción.
Mi feroz amiga me lanza una mirada fiera.
—Sí, Paula. Ya me lo has dicho —replica, altanera—. ¿Y esa copa?
Meneo la cabeza pero no insisto.
—¿Mario? —lo llamo, y él me indica con la mano que me ha oído—.
Te presento a mi amiga Kate. Kate, él es Mario.
—Nos conocemos —le sonríe ella.
—¿Qué tal está usted, Kate? —Mario le dedica una de sus
encantadoras sonrisas.
—Estaré mejor cuando me traigas uno de ésos. —Señala mi copa y él
se echa a reír antes de coger la jarra de cristal del sublime.
Claro que se conocen. Cómo envidio su forma de ser, tan relajada.
Mario vuelve con la jarra y tapo la copa con la mano cuando intenta volver
a llenármela. Se encoge de hombros y masculla algo en italiano intentando
reprimir una sonrisa. Finge estar muy ofendido.
—¿Dónde está la fiesta?
Nos volvemos y vemos a Sam con las piernas y los brazos extendidos
en la entrada del bar. Va mucho más elegante que de costumbre (siempre
lleva bombachos y una camiseta). Se arregla la chaqueta del traje y entra
en la sala con toda la confianza del mundo. Pide una botella de cerveza. Va
bien vestido pero su pelo sigue pareciendo una fregona despeinada de rizos
castaños. Tampoco faltan su sonrisa picarona y sus hoyuelos.
—¡Señoritas! ¿Saben que están realmente deslumbrantes esta noche?
—Me da un beso en la mejilla y un buen morreo a Kate. Ella lo aparta de
un manotazo, riéndose—. ¿Y mi hombre? —pregunta buscando por el bar.
Quiero corregirlo y puntualizar que Pedro es mi hombre, pero creo que
sería demasiado atrevido. Me río para mis adentros.
—En su oficina —digo tomando otro sorbo. Me estoy conteniendo,
pero esto está delicioso y entra como si nada. Me siento mejor ahora que
Kate está aquí. Así me distraigo y no pienso que Pedro sigue desaparecido.
Una hora más tarde el bar está lleno y todavía no tengo noticias de
Pedro. Suena música de jazz y se oyen conversaciones felices de fondo. Los
hombres llevan esmóquines caros, y ellas se han puesto sus mejores trajes
de noche y vestidos de cóctel. No ignoro que parezco ser el tema de
conversación favorito de muchos grupos, sobre todo entre las mujeres, que
disimulan fatal. Lo que más me molesta es que mi mente inquisitiva e
irracional se pregunta con cuántas de estas mujeres se habrá acostado
Pedro. Es una idea deprimente, y no creo que consiga quitármela nunca de
la cabeza.
Voy por el tercer vaso de sublime y bebo a sorbitos. Drew ha llegado
y está como siempre: aseado, pulcro y preciso. Exhalo y me relajo cuando
dos manos me cogen por las caderas y percibo de inmediato el aroma a
menta. ¿Dónde se había metido?
Apoya la barbilla en mi hombro.
—Te he dejado sola.
Giro el cuello para poder verlo.
—Sí. ¿Dónde has estado?
—No podía dar dos pasos sin que alguien se me acercara. Ahora soy
todo tuyo, te lo prometo. —Se inclina hacia adelante para estrecharles la
mano a los chicos y luego le da a Kate un beso en la mejilla.
Apuesto a que todos esos «alguien» eran mujeres.
—¿Lo estáis pasando bien? —les pregunta mientras le indica a Mario
que le traiga otra botella de agua.
—Lo pasaremos bien después de cenar —dice Sam, sonriente,
mientras brinda con Drew.
Sé lo que quiere decir, y recuerdo que Pedro ha dado instrucciones
para que los pisos de arriba permanezcan cerrados hasta las diez y media.
Ahora ya sé por qué: para mantener fuera a otros como Sam.
Me asalta un pensamiento que me preocupa mucho. Mierda,
¿desaparecerá Kate arriba esta noche? La miro con los ojos muy abiertos
pero no me devuelve la mirada. Sabe lo que estoy pensando, lo sé por cómo
intenta esconder la cara.
—Diez y media —dice Pedro, muy serio.
Me baja del taburete, se sienta y luego me sienta sobre sus rodillas y
hunde la cara en mi pelo. Sam y Drew comparten una mirada de reproche,
y Kate sigue sin querer mirarme.
—Quiero tumbarte sobre la barra y tomarme mi tiempo para quitarte
todo el encaje —me susurra al oído. Me tenso y le ruego en silencio que se
calle antes de que obedezca y me suba a la barra por él. Me restriega la
entrepierna en el trasero.
—¿Qué llevas debajo del vestido?
—Más encaje —digo en voz baja con una sonrisa. Me ruge al oído.
¿Por qué habré dicho eso? Necesito que no hablemos de sexo.
—Me estás matando. —Me muerde la oreja y me dan escalofríos.
—Para —lo aviso, poco convencida. Tardaría una semana en quitarme
y ponerme el vestido. De hecho, no creo que deje que me lo quite él.
Perderá la paciencia, me lo romperá y no podré volver a ponérmelo.
—Nunca. —Hunde la lengua en mi oreja y cierro los ojos con un
suspiro.
—¡Eh, pareja! —Kate le da a Pedro un manotazo en el hombro—.
¡Bájala!
—Eso, a nosotros nos reprimes nuestras necesidades sexuales pero
luego te sientas ahí a magrear a tu chica —se queja Sam.
Pedro lo mira en absoluto contento.
—Si intentas detenerme, cierro el chiringuito ahora mismo y me la
llevo a casa —suelta él.
—Estás avasallando a tus amigos —me río, y todos se ríen conmigo.
Pedro vuelve a morderme la oreja.
—¿Quién es ésa? —pregunto.
—¿Quién? —Su cara emerge de mi cuello y señalo con la cabeza
hacia una mujer que hay en la entrada del bar con un vestido recto de color
crema. Tiene treinta y pocos años, lleva el pelo negro a lo garçon y es muy
guapa. No le habría prestado atención, de no ser porque nos está mirando
fijamente y está sola.
Se nos acerca y Pedro se pone tenso. Sam y Drew se callan al instante,
lo que aún me pone más nerviosa. ¿Quién demonios es?
Llega junto a nosotros y se detiene sin dejar de mirar a Pedro. La
tensión se puede cortar con un cuchillo. Miro a Kate, que tiene el ceño
fruncido y observa a la mujer que está en silencio delante de nosotros. De
repente, me ponen de pie y me sientan en el taburete pero sin Pedro debajo
de mí.—
¿Vamos a mi despacho, Coral? —pregunta Pedro con demasiada
ternura y demasiado cuidado para mi gusto.
Ella asiente y entonces veo que está a punto de echarse a llorar.
—Ven. —Pedro se vuelve hacia mí con una sonrisa de disculpa, le
pone la mano en la cintura y se la lleva. Me deja aquí sentada
preguntándome qué coño pasa mientras mentalmente le ordeno que le quite
la mano de la espalda.
John les dedica un saludo con la cabeza cuando pasan por la entrada
del bar y anuncia a todos los presentes que la cena está servida. Hay un
ajetreo de cuerpos que se dirigen al salón de verano. Las mujeres me miran
con curiosidad al pasar. No les hago caso: estoy muy ocupada
preguntándome qué estará haciendo Pedro con la mujer misteriosa.
Se ha hecho el silencio en nuestro pequeño grupo, y es Kate quien lo
rompe.
¿Quién era ésa?
Me ayuda a bajar del taburete.
Miro a Drew y a Sam, que se encogen de hombros y niegan saber
nada, pero por lo incómodos que parecen estar de repente sé que saben
perfectamente quién es Coral.
—Ni idea. No la había visto nunca —digo con el ceño fruncido
siguiendo a la marabunta de gente que se dirige al salón de verano—.
Aunque parece ser que Pedro la conoce.
Encontramos nuestra mesa y es un gran alivio ver que me han sentado
con Kate, Sam, Drew y John. Sarah también está en nuestra mesa, cosa que
no mola nada. Se nos une otro hombre al que no conozco. Se llama Niles y
parece un chico muy formal, no la clase de hombre que una espera
encontrarse en La Mansión. Pero ¿cuál es la clase de hombre que va a La
Mansión?
Los sillones y las mesas del salón de verano han desaparecido y su
lugar lo ocupan ahora mesas redondas para entre ocho y diez comensales.
Hay tantas que me pierdo al llegar a treinta. La paleta de colores es negro y
oro. Me pregunto si es casualidad.
Hay velas por todas partes que ensalzan el ingrediente principal: la
sensualidad. Fue una de las cosas que me especificó Pedro cuando yo no era
consciente de las actividades de La Mansión. Fue una petición rara, pero
ahora son omnipresentes allá donde pongo el ojo.
Hay un grupo de música en un rincón pero son cuatro saxofonistas
quienes amenizan la cena. La silla que hay a mi lado está vacía y en la
siguiente se ha aposentado Sarah. Imagino que fue ella la que organizó las
mesas y lo mucho que se cabrearía cuando no tuvo más remedio que
sentarme al otro lado de Pedro.
Por cierto, ¿dónde está Pedro?
Kate coge una bolsita dorada y me la enseña. Deben de ser las bolsas
de regalo. Decido que no voy a mirar lo que hay dentro de la mía. Cuando
Kate husmea en la suya y la cierra de golpe con unos ojos como platos, sé
que he tomado una buena decisión. Sam intenta quitársela pero ella lo
espanta de un manotazo. Sam gruñe y coge el equivalente en negro que hay
en los sitios de los caballeros. Hace lo mismo que Kate pero, en vez de
poner cara de susto, la mira a ella con una sonrisa de oreja a oreja, y ahora
es ella la que intenta quitarle la bolsa. Él la aparta.
Sirven un primer plato de vieiras, tan fantástico, que me olvido por un
rato del paradero de Pedro. La comida de La Mansión es excelente.
—Paula, me han dicho que tú te encargaste de los interiores del Lusso
—señala Niles desde el otro lado de la mesa—. Impresionante —sonríe
levantando la copa.
—No le vino mal a mi portafolio —digo sin darle importancia.
—Qué modesta —se ríe.
—Es muy buena —interviene Kate—. Está trabajando en la
ampliación del piso de arriba —Kate señala el techo con el tenedor con un
gesto impropio de una señorita.
—Ya veo. ¿Fue así como conociste a Pedro? —pregunta Niles un poco
sorprendido.
—Sí —confirmo con educación pero sin extenderme. No me siento
cómoda hablando de Pedro y de mí, especialmente con Sarah y su rostro de
piedra a menos de un metro de distancia. Quiero hablar de otra cosa que no
sea Pedro y olvidarme de mis cavilaciones.
Niles deja el tenedor en el plato y se limpia la boca con la servilleta.
—Yo soy proveedor de Pedro —dice con una sonrisita.
Consigo no hacerle la pregunta más tonta del mundo. No es proveedor
de comida o bebida. No. Niles ofrece otra clase de elementos esenciales:
esenciales para los pisos superiores de La Mansión. Asiento y no digo nada
porque tampoco quiero llevar la conversación por esos derroteros.
Sarah se anima a participar y le pregunta a Niles por su reciente viaje
a Ámsterdam. Se lo agradezco, aunque no tardo en dejar de prestar
atención a lo que dicen.
Observo a Kate, que me lanza una mirada guarra y señala a Sarah con
una inclinación de la cabeza mientras se sujeta las tetas la mar de
sonriente. Intento no reírme pero no puedo evitar que me haga gracia su
descaro. Le da todo igual. La adoro.
Me termino mi sublime y acepto la copa de vino blanco que me ofrece
el camarero. Bebo un sorbo y me río cuando Drew le clava el tenedor a su
última vieira, que sale volando y aterriza en el centro de la mesa. Se cabrea
mucho con el molusco escurridizo e intenta recogerlo. Gruñe y trata de
hincarle el tenedor, pero al final se rinde y todos en la mesa, excepto Sarah,
están encantados con el espectáculo. Se levanta para hacer una reverencia
que restituya su reputación de hombre fino. Ha sido tan divertido que no se
parecía en nada al Drew que yo conozco.
Nos retiran el entrante y sirven salmón con verduras de lo más
coloridas. Doy gracias de que la cena sea relativamente ligera. No puedo
comer mucho más y, con Sarah al lado, mi apetito no mejora. No me ha
dirigido la palabra desde que nos hemos sentado a cenar, y tampoco ha
preguntado por el paradero de Pedro. Ella sabe dónde está. Le dice al
camarero que se lleve el plato sin tocar de Pedro y que le reserven el plato
principal. Si Kate no estuviera, me pondría de muy mal humor.
—¿No has traído a Victoria? —le pregunta Kate a Drew, que contesta
sin una pizca de sorpresa.
—Es muy dulce, pero requiere mucho trabajo. —Bebe un par de
tragos de vino y se reclina en la silla—. Estoy muy bien donde estoy en
este momento. —Levanta la copa y todo el mundo se une al brindis,
incluso yo, a pesar de que no estoy muy contenta con donde estoy en este
momento.
Drew sigue:
—Además, no me dejaba meterle mano sin apagar la luz.
Casi escupo el vino sobre la mesa y me da la risa, un ataque de risa.
—¡Te lo dije! —chilla Kate tirándome una servilleta.
La cojo y empiezo a limpiarme el vino que me cae por la barbilla.
Todavía nos estamos riendo.
Drew nos mira a Kate y a mí y una sonrisa se dibuja en las comisuras
de su serio rostro.
—Uno tiene que poder ver para lo que yo tenía en mente.
—¡Basta! —aúllo intentando controlar la risa.
Miro a Sarah, que me lanza una mirada asesina. La ignoro y me
resisto a la tentación de estamparle la cara contra el plato de salmón.
Me siento muy erguida (igual que Sarah) cuando veo a Pedro y a la
mujer misteriosa en el pasillo que lleva a su despacho. John debe de haber
notado nuestra reacción, porque se levanta de la mesa y se aproxima a
ellos. Intercambian unas pocas palabras antes de que John se encargue de
la mujer y la saque del salón de verano.
Jesse recorre el salón con la vista hasta que encuentra mi mirada y se
acerca a nosotros. A medida que avanza entre las mesas, lo detienen
docenas de veces varios hombres y mujeres, pero no se queda a charlar con
ellos, sino que se limita a estrecharles la mano a los hombres y a darles un
beso en la mejilla a las mujeres y sonreírles con educación antes de seguir
buscándome. ¿Por qué no puede estrecharles la mano también a las
mujeres? Al final consigue llegar hasta mí, sentarse a la mesa y darme un
apretón en la rodilla. Sam lo vitorea al llegar y le sirve agua en la copa
para el vino. Kate frunce el ceño, mirándome, y Sarah deja de darle
conversación a Niles e intenta hablar con Pedro.
Él se vuelve hacia mí con una mirada muy triste.
—¿Me perdonas?
—¿Quién era ésa? —pregunto en voz baja.
—Nadie por quien debas preocuparte. —Señala con la cabeza mi plato
medio vacío—. ¿Qué tal la comida?
¿Nadie por quien deba preocuparme? Ahora sí que me preocupo. Pero
¿es el mejor momento para hablar de esto?
—Muy buena. Deberías probarla. —No digo más, y busco un
camarero pero soy demasiado lenta. Parece que Sarah ya se ha hecho cargo.
El plato de salmón aparece delante de Pedro, que se apresura a hincarle
el diente sin retirar la mano de mi rodilla, cortando y pinchando con una
sola mano. Me preparo para dejar estar el asunto por ahora. No es ni el
momento ni el lugar, pero quiero saber qué ha pasado.
John vuelve a la mesa y le dedica a Pedro su típica inclinación de
cabeza. Lo miro con curiosidad, él me ve y entonces me besa a propósito.
Le devuelvo los besos no muy convencida, consciente de que está
intentando distraerme de nuevo.
Se aparta y me mira, inquisitivo.
—¿Me estás ocultando algo? —me pregunta, cortante.
—Sí, ¿y tú? —contraataco, en absoluto impresionada por cómo se
toma mi preocupación.
—Eh —masculla, bastante alto, teniendo en cuenta lo cerca que
estamos y que hay gente—. ¿Con quién te crees que estás hablando? —me
pregunta con una mirada asesina mientras me aprieta la rodilla con fuerza.
Sacudo la cabeza.
—A ver cómo reaccionarías tú si un hombre misterioso me apartara
de tu lado durante más de una hora. —Lo miro directamente a los ojos y
veo a Sarah sonreír detrás de él. Que se la folle un pez. No estoy de humor
para aguantarla.
La expresión de Pedro se suaviza y relaja un poco la mandíbula. Me
suelta la rodilla y me acaricia allá donde se unen mis muslos. Me tenso. Sé
lo que está haciendo.
—Por favor, Paula, no digas cosas que me cabrean hasta enloquecer. —
También ha suavizado el tono pero detecto una pizca de enfado—. Te he
dicho que no te preocupes, así que no deberías preocuparte y punto.
—Deja de besar a todas las mujeres —le espeto, y me vuelvo en
dirección a la mesa e ignoro su ardiente caricia a través del vestido. Me
hierve la sangre de lo posesiva que me siento. Me estoy volviendo peor que
él, y esta conversación no lleva a ninguna parte, al menos no aquí y ahora.

GRACIAS POR LEER!♥


4 comentarios:

  1. buenísimos los capítulos,seguí subiendo.

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  2. muy buenos espero el siguiente besos

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  3. Espectaculares los 2 caps, cada vez mejor esta historia.

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  4. Cuánta intriga!!! Muy buenos capítulos!! Porfis que no se peleen, son tan lindos cuando son felices!!! AmorPyPybb

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