martes, 8 de abril de 2014

Capitulo 146 ♥

Es un alivio cuando por fin llegamos al Lusso. Por lo visto a Clive le
gusta el whisky muy caro y muy raro. Encontramos el Glenmorangie que
me pidió en una tienda especializada en Mayfair y casi nos peleamos para
pagar. Al final, Pedro ha cedido. Se ha enfurruñado como un crío pero ha
cedido. —Clive, tu Glenmorangie Port Wood Finish —digo entregándole la
botella.
La cara se le ilumina como si fuera Navidad, coge la botella y acaricia
la etiqueta.
—¡No puedo creer que lo hayas encontrado! Creía que sólo se podía
conseguir por internet.
Lo miro incrédula y es difícil no ver la expresión de recelo de Pedro.
Hemos estado en tres supermercados y dos licorerías intentando encontrar
esa dichosa botella, ¿y él sabía desde el principio que nos iba a ser casi
imposible de encontrar? Dejo a Clive acariciando su whisky y me subo al
ascensor con Pedro.
—Deberías haberle comprado a ese aprovechado la oferta especial del
supermercado —gruñe introduciendo el código. Todavía no lo ha
cambiado, pero yo no pienso recordárselo más.
—¿Estará Cathy? —pregunto. Espero que no.
Quiero acurrucarme entre sus brazos y quedarme así un buen rato,
pero después del viaje a Londres en busca de la botella de whisky
imposible ya no tenemos tanto tiempo como a mí me gustaría. Sé que eso
es lo que tiene a Pedro de mal humor.
—No, le dije que se marchara al acabar —dice, cortante. Está hecho
un cascarrabias.
Llegamos al vestíbulo y Pedro hace malabares con mis bolsas para
meter la llave en la cerradura. Abre la puerta, lo sigo y le quito las bolsas.
—¿Qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—Me las llevo al cuarto de invitados. No puedes ver mi vestido —
replico encaminándome ya hacia la escalera.
—Déjalas en nuestro dormitorio —me grita.
¿Nuestro dormitorio?
—Imposible —grito a mi vez, desapareciendo en mi habitación de
invitados favorita.
Saco el vestido de la bolsa y lo cuelgo detrás de la puerta. Suspiro y
retrocedo para poder verlo bien. O se corre en el acto o se desintegra, una
de dos.
Desembalo el corsé, los zapatos y el bolso y dejo los demás vestidos
para más tarde. Llaman a la puerta.
—¡No entres! —chillo corriendo hacia la puerta y abriéndola sólo un
poco. Pedro está riéndose y lleva las manos en los bolsillos.
—¿Es que vamos a casarnos?
—Quiero que sea una sorpresa. —Le hago un gesto para que se vaya
—. Tengo que pintarme las uñas. Vete. —Me quería con buena
predisposición, pues ahora que no se queje.
Levanta las manos.
—Vale, te espero en la bañera. No tardes. Ya he perdido una hora
buscando el puto whisky —gruñe.
Cierro la puerta, saco el neceser de maquillaje de mi bolso y el correo
que Clive me ha dado esta mañana. Lo dejo en la cómoda que hay junto a
la puerta y me instalo en la cama para prepararlo todo para la fiesta.
Entro en el cuarto de baño y veo que Pedro ya está sumergido en agua
caliente y burbujeante pero no parece contento. Me saco el vestido por la
cabeza, el sostén y las bragas y su expresión pasa del enfado a la
aprobación en cuanto me meto en la bañera.
—¿Dónde estabas?
—Esperando a que se me secaran las uñas —digo mientras me instalo
entre sus piernas y me apoyo en su pecho firme.
Hace un ruidito feliz y entrelaza nuestras piernas. Me envuelve en sus
brazos y hunde la nariz en mi pelo.
—¡Ya he perdido dos horas de estar contigo! Dos horas que no voy a
poder recuperar —masculla, resentido—. Se acabó el pintarse las uñas y el
ir a buscar botellas de whisky raro.
—Vale. —Estoy de acuerdo. Yo sé dónde preferiría estar—. Se me
olvidaba, Clive me ha dado tu correo esta mañana. Me lo he metido en el
bolso y se me ha olvidado, perdona.
—No pasa nada. —Intenta que no me preocupe—. Me encanta, me
encanta, me encanta tenerte toda mojada y resbaladiza sobre mí.
Me coge las tetas con las manos y me muerde el cuello.
—Mañana nos vamos a pasar todo el día en la cama.
Sonrío para mis adentros y deseo en silencio que ojalá pudiéramos
hacerlo ahora mismo, pero entonces noto su corazón palpitando contra mi
espalda y pienso en el comentario que hizo sobre el latir de su corazón.
—¿Qué fue lo primero que pensaste al verme?
Permanece unos instantes en silencio.
—Mía —gruñe, y me muerde la oreja.
Me retuerzo y me echo a reír.
—¡No es verdad!
—Joder si lo pensé... Y ahora eres toda mía. —Me vuelve la cara para
besarme con dulzura—. Te quiero.
—Lo sé. ¿No se te ocurrió nunca que podías invitarme a cenar en vez
de acosarme, hacerme preguntas inapropiadas y prepararme una encerrona
en una de tus cámaras de tortura?
Mira a la nada pensativo.
—No. No podía ni pensar. Me tenías confuso —niega con la cabeza.
—¿Confuso sobre qué?
—No lo sé. Provocaste algo en mí. Era perturbador. —Se echa hacia
atrás y apoyo la cabeza en su pecho.
¿Qué le provoqué exactamente? ¿Un latido? Diría que esa frase es
muy rara, pero él también provocó algo en mí y también era algo muy
perturbador.
—Me regalaste una flor —digo en voz baja.
—Sí, estaba intentando ser un caballero.
Sonrío.
—Y cuando volviste a verme, ¿me preguntaste cuánto iba a gritar
cuando me follaras?
—Esa boca, Paula. —Se echa a reír—. No sabía qué hacer.
Normalmente sólo tengo que sonreír para conseguir lo que quiero.
—Deberías haber intentado ser menos arrogante.
No me gusta la idea de Pedro sonriendo y consiguiendo lo que quiere.
¿A cuántas les habrá sonreído?
—Tal vez. Dime qué pensaste tú. —Me da un pellizco y sonrío para
mis adentros. Podríamos tirarnos aquí la vida entera—. Venga, dímelo —
insiste, impaciente.
—¿Para qué? ¿Para que se te hinche aún más el ego? —me burlo, y
me castiga haciéndome cosquillas. Me retuerzo y salpico agua fuera de la
bañera—. ¡Para!
—Dímelo. Quiero saberlo.
Respiro hondo.
—Casi me desmayo —admito sin pudor—. Y entonces vas tú y me
besas. ¿Por qué lo hiciste? —pregunto, recelosa, sintiendo un escalofrío.
—No lo sé. Simplemente pasó. ¿Estuviste a punto de desmayarte?
No le veo la cara pero apostaría la vida a que en su hermoso rostro
brilla su sonrisa arrebatadora.
Echo la cabeza atrás. Sí, justo lo que yo decía. Pongo los ojos en
blanco.—Pensé que eras un cerdo arrogante, un sobón con modales
inapropiados que hacía comentarios de mal gusto.
Todavía me cuesta creer lo ciega que estaba con respecto a dónde me
encontraba, pese a que las pistas que me dio Pedro indicaban a las claras
que La Mansión no era un hotel. Estaba demasiado ocupada luchando
contra las reacciones no deseadas que provocaba en mí, luego cediendo a
mis impulsos y más tarde luchando otra vez.
Me acaricia los pezones en círculos con la punta de los dedos.
—Necesitaba seguir tocándote para ver si me estaba imaginando
cosas.
¿Qué cosas?
—Mi cuerpo temblaba cada vez que te tocaba. Y sigue haciéndolo.
—El mío también —confieso. Es una sensación increíble—. ¿Eres
consciente del efecto que causas en las mujeres? —Extiendo las manos
sobre la parte superior de sus muslos.
—¿Parecido al que tú causas en mí?
Entrelaza los dedos con los míos.
—¿Dejan de poder respirar durante unos segundos cada vez que me
ven?
Me besa la sien e inhala con fuerza.
—¿Quieren meterme en una vitrina para que nada ni nadie pueda
hacerme daño?
Casi me quedo sin respiración.
Suspira hondo y subo y bajo sobre su pecho.
—¿Creen que la vida se acabaría si yo no estuviera? —termina con
dulzura.
Se me saltan las lágrimas y lucho para recobrar el aliento. Vale, la
primera, seguro, pero las otras dos creo que probablemente están
reservadas sólo para mí. Son palabras muy fuertes teniendo en cuenta que
sólo hace un mes que nos conocemos. Al principio pensaba que sólo le
interesaba una cosa y ya está, pero sus acciones me decían algo distinto,
incluso cuando yo no me daba cuenta. El hombre era de lo más persistente,
y doy gracias de que lo fuera. Ahora su negocio y sus problemas con la
bebida son irrelevantes. Sigue siendo Pedro y sigue siendo mío.
Me doy la vuelta y me deslizo hacia arriba por su pecho. No me quita
el ojo de encima hasta que estamos a la misma altura.
—Me has quitado las palabras de la boca —digo con dulzura.
Necesito que sepa que no es el único de esta relación que se siente
posesivo y protector más allá de lo razonable. Es una locura, este hombre
tan grande y dominante que me ha hecho suya del todo, que consigue que
me rinda sin preguntas y sin dudar ni un instante. Le he dado el poder para
destruirme por completo. Me importa tanto como sé que yo le importo a él.
Simplemente es así.
—Te quiero muchísimo —digo con convicción—. Tienes que
prometerme que nunca vas a dejarme.
Se burla.
—Nena, no vas a librarte nunca de mí.
—Estupendo. Bésame.
—¿Me estás dando órdenes? —Está a punto de reírse y le brillan los
ojos.
—Sí. Bésame.
Entreabre los labios a modo de invitación y se acerca a mi boca. Me
pierdo en él. Ojalá no tuviéramos que ir a ninguna parte. Saboreo el calor
de su aliento mentolado y saludo a su lengua con la misma pasión que ella
a mí mientras él me acaricia la espalda mojada con las manos.
—Sé que te haría muy feliz que nos quedásemos aquí toda la noche,
pero tenemos que ir pensando en movernos. —Me planta las palmas en las
nalgas y me levanta para poder acceder a mi cuello.
—¿Y si nos quedamos? —suplico. Me deslizo arriba y abajo y me
restriego contra él, que aprieta para entrar.
Coge aire.
—Vas a tener que dejarme salir porque, si me quedo aquí, no vamos a
ir a ninguna parte. —Me besa con ternura y me sube para que me siente
sobre los talones delante de él.
—Pues quédate —digo con un mohín mientras lo aprieto contra mí y
me abrazo a su cuello. Me siento en su regazo y no hace nada para
detenerme—. Quiero marcarte —digo, sonriendo, y me aferro a su pectoral
con los labios.
Él gruñe y se tumba.
—Paula, vamos a llegar tarde —replica sin preocuparse en absoluto.
Aprieto los dientes contra su piel y succiono—. Joder, no sé decirte que no
—gime levantándome para colocarse debajo de mí.
Deja que me la meta y los dos suspiramos. Lo muerdo más fuerte y
empiezo a moverme arriba y abajo, despacio, a un ritmo controlado. Me
coge de la cintura y la mueve en círculos y me sube y me baja para
marcarme la cadencia.
—Quiero verte la cara —me ordena.
Dejo de morderlo y lo beso antes de acercarle la cara.
—Mucho mejor —sonríe.
Me derramo sobre él. Le aparto el pelo húmedo de la frente y enrosco
los dedos en su nuca. Nuestros movimientos son sincronizados mientras el
agua chapotea a nuestro alrededor y nos miramos fijamente. La presión en
mi entrepierna entra en ebullición poco a poco hasta que él levanta las
caderas de repente y mis manos corren a aferrarse al borde de la bañera.
Resoplo y él me sonríe antes de repetir el movimiento.
—Otra vez —ordeno impulsivamente ante la inminencia de mi
orgasmo.
Grito y echo la cabeza atrás cuando Pedro obedece. Una de las manos
con las que me sujetaba de la cintura se desplaza a mi nuca.
—¿Más? —pregunta con voz ronca.
Echo la cabeza atrás de nuevo.
—Sí —consigo decir antes de que vuelva a levantar las caderas.
Cierro los ojos.
—Nena, mírame —me advierte deslizando la mano de vuelta a mi
cintura.
Abro los ojos y veo que él tiene la mandíbula tensa y las venas del
cuello hinchadas. Me levanta una y otra vez. Grito intentando no cerrar los
ojos.
—¿Te gusta? —pregunta recompensándome con otra subida de
caderas.
—¡Sí! —Tengo los nudillos blancos de agarrarme con tanta fuerza.
—No te corras, Paula. No he terminado.
Me concentro para controlar mi orgasmo, que está a la vuelta de la
esquina. Los movimientos firmes y contenidos de Pedro no son de gran
ayuda. Echa la cabeza atrás pero no me quita ojo. Me levanta, tira de mí y
mueve las caderas en círculos una y otra vez. Gemimos juntos y me duele
la cabeza de tanto mantener el contacto visual. Quiero echarla hacia atrás y
correrme, pero tengo que esperar a que me dé permiso. No sé si podré
aguantar mucho más.
—Buena chica —me alaba mientras me sujeta con más fuerza de la
cintura. Me mueve en círculos sobre sus caderas—. ¿Lo notas, paula?
—Te vas a correr —jadeo al notar su polla expandiéndose dentro de
mí.
Sonríe.
—Cógete los pezones.
Suelto el borde de la bañera y me pellizco los pezones para que se
endurezcan más. Los retuerzo con los dedos bajo su atenta mirada.
—Más fuerte,Paula —me ordena, y me castiga con otra embestida de
sus caderas. Grito y pellizco con más fuerza. La punzada de dolor va
directa a mi sexo.
—¡Más fuerte! —grita clavándome los pulgares en la cintura.
—¡Pedro!
—Aún no, nena. Aún no. Contrólalo.
Trago saliva y tenso todos los músculos de mi cuerpo. Me quedo
rígida. No sé cómo lo hace. Su cara refleja el esfuerzo, tiene la mandíbula
apretada y siento palpitar su polla. Posee un autocontrol increíble. Voy en
barrena hacia un orgasmo épico. La fuerza con la que me pellizco los
pezones aumenta a medida que se acerca. Entonces desliza una mano hacia
el interior de mis muslos y me acaricia suavemente. Las subidas y bajadas
de sus caderas hacen que la fricción de sus dedos se ajuste al ritmo de sus
lentas estocadas.
Empiezo a sacudir la cabeza, desesperada.
—¡Pedro, por favor!
—¿Quieres correrte?
—¡Sí!
Me acaricia el clítoris con el pulgar.
—Córrete —ordena con otra subida de caderas que me deja delirante.
Mi cuerpo explota y grito, un grito desesperado que hace eco en el cuarto
de baño.
Maldice en alto, me levanta y me deja caer sobre él sin cesar. Es tan
inesperado que me hace gritar. Me penetra con furia y caigo sobre su
pecho, temblando incontroladamente. Siento que me levanta como un peso
muerto, y me deja caer otra vez mientras alza las caderas. Se abraza a mí y
sus muslos de acero chocan contra mi cuerpo lánguido.
—¡Dios! —exhala con fuerza salpicando agua a nuestro alrededor—.
Paula, mañana te voy a esposar a la cama —gime—. Bésame.
Consigo levantar la cabeza de su pecho y encuentro sus labios
mientras él sigue moviendo las caderas en círculos para extraer cada gota
de placer de nuestros cuerpos. Podría caer dormida ya mismo.
—Llévame a la cama —susurro contra su boca. No hay forma de
librarse de lo de esta noche, eso ya lo sé.
—Te estoy ignorando —me contesta, muy serio.
Le sujeto la cara con las manos para que no la mueva mientras la
cubro de besos en un intento desesperado por convencerlo de que
deberíamos quedarnos en casa.
—Quiero quererte —susurro llevando las manos a su nuca para poder
enroscarlas en su pelo. Yo sólo quiero quedarme en casa.
—Déjalo estar, nena. Odio decirte que no. Sal. —Me aparta para salir
y refunfuño cuando sale de la bañera.
¿Odia decirme que no? Sólo cuando le ofrezco mi cuerpo.
—Esta noche quiero que lleves el pelo suelto —dice cogiendo una
toalla. Salgo de la bañera y abro el grifo de la ducha.
—A lo mejor lo llevo recogido —replico metiéndome debajo de la
ducha para lavarme el pelo. Lo cierto es que pensaba llevarlo suelto, pero
me apetece ser insolente.
Chillo cuando me da un azote en el culo con la palma de la mano. Me
aclaro el champú y abro los ojos. Hay un hombre resplandeciente y muy
disgustado mirándome.
—Calla —dice con ese tono de voz que me empuja a llevarle la
contraria—. Lo vas a llevar suelto.
Me besa en los labios.
—¿Sí?
—Sí —suspiro.
—Ya lo sabía yo. —Sale de la ducha—. Arréglate aquí. Yo me voy a
otra habitación.
—¡No vayas a la habitación crema! —grito, presa del pánico—. ¡No
vayas a la habitación crema!
—No se preocupe, señorita.
Sus hombros salpicados de gotas de agua salen del cuarto de baño y
termino de ducharme.


GRACIAS POR LEER!♥


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