viernes, 4 de abril de 2014

Capitulo 135 ♥

Se abre la puerta y Pedro entra en el baño como una apisonadora.
Parece como si lo hubieran electrocutado. Está temblando y tiene hinchada
y palpitante la arteria carótida. Yo me he tranquilizado bastante, pero da la
impresión de que él no. Lleva algo en la mano.
—¿Qué coño es esto? —Es como si fuera a entrar en combustión
espontánea.
Frunzo el ceño pero entonces caigo en la cuenta de que lo que lleva en
la mano es la lista de vuelos que me ha dado Patrick.
Me va a caer una buena.
Un momento... Eso estaba en mi bolso.
—¡Me has registrado el bolso! —Estoy atónita. No sé por qué me
sorprende, si me lo registra siempre. No parece estar avergonzado en lo
más mínimo, ni tampoco que vaya a pedirme disculpas. Se limita a agitar
el papel delante de mis narices mientras su pecho sube y baja a intervalos
irregulares.
Le doy un empujón y bajo la escalera en busca de mi bolso. Me sigue
y el volumen de su respiración supera el de sus pasos. Recojo el bolso del
suelo y me lo llevo a la cocina.
—¡¿Qué demonios haces?! —me grita—. ¡No está ahí, está aquí! —
Vuelve a ponerme el papel frente a la cara mientras vacío el contenido de
mi bolso en la isleta.
No sé qué estoy buscando.
—¡No vas a irte a Suecia, ni a Dinamarca ni a ninguna parte! —Su
voz es una mezcla de miedo y de ira.
Lo miro. Sí, veo miedo.
—No vuelvas a registrarme el bolso. —Cada palabra transmite mi
frustración, que va en aumento, y le lanzo una mirada acusadora.
Retrocede un poco y aplasta el papel contra la isleta sin perder ni un
gramo de ira.
—¿Qué más me escondes?
—¡Nada!
—Te diré una cosa, señorita. —Se acerca como un animal y me planta
la cara a milímetros de la mía—. Antes muerto que dejarte salir del país
con ese cerdo mujeriego.
Una oleada de puro terror le cruza la cara.
—¡Él no va a ir! —le grito dejando caer mi bolso para darle más
efecto. La verdad es que no estoy segura, y sospecho que sí irá. Tiene un
plan y tiene un móvil, pero ¿por qué?
—Irá. Te seguirá hasta allí, créeme. Es implacable cuando persigue a
una mujer.
Me echo a reír.
—¿Como tú?
—¡Eso fue distinto! —me ruge.
Cierra los ojos y se lleva las puntas de los dedos a las sienes para
intentar aliviar la tensión con un masaje.
—Eres imposible —escupo. He perdido las ganas de vivir.
—¿Y qué haces tomando vitaminas? —me espeta con una mirada de
reproche—. Estás embarazada, ¿no?
¿Es que quiere sacarme de quicio? Saco las vitaminas del bolso y se
las tiro a la cabeza. Las esquiva, me mira sorprendido y las vitaminas se
estrellan contra la pared antes de caer al suelo de la cocina. Necesito
recuperar el control. Lo estoy perdiendo del todo.
—¡Las compré para ti! —le grito, y él me mira como si me hubiera
vuelto loca. Estoy a punto de hacerlo.
—¿Por qué? —Mira el frasco en el suelo.
—Porque abusaste de tu cuerpo, ¿ya no te acuerdas?
Suelta una risa burlona.
—No necesito pastillas, Paula. Ya te lo dije. —Me coge de los brazos y
me acerca a su cara—. No soy un puto alcohólico. Si bebo, ¡será porque me
has hecho enloquecer de ira! —Esto último me lo grita pegado a mi cara.
—Y me culpas de todo a mí. —Es una afirmación, no una pregunta,
porque ya me lo ha gritado a la cara.
Me suelta y se aparta.
—No, no lo hago. —Se tira del pelo, frustrado—. ¿Qué me estás
ocultando? Viajes de negocios con daneses ricos..., visitas cariñosas a tu ex
novio...
—¿Cariñosa? —exploto. ¿Acaso cree que me gustó ver a Matias?—.
¡Eres un puto imbécil!
—¡Esa boca!
—¡Jódete! —le grito.
De verdad que vive en otro planeta. Si me conociera tan bien como
cree, no me estaría soltando semejantes gilipolleces.
Alza las manos al cielo en un gesto de: «¡Señor, dame fuerzas!»
—Ahora mismo no puedo estar a tu lado —aúlla. Aprieta los dientes y
los músculos de la mandíbula le tiemblan—. Te quiero, Paula. Te quiero
muchísimo pero ni siquiera puedo mirarte a la cara. ¡Esto es una mierda!
Sale zumbando de la cocina. A los pocos instantes, la entrada
principal se cierra de un portazo, un señor portazo. Corro al vestíbulo del
ático, no hay rastro de Pedro, si exceptuamos que la puerta de espejo del
ascensor está hecha añicos. A pesar de mi enajenación, pienso en el daño
que le habrá causado a su pobre mano. Entonces me echo a llorar. Aúllo a
la luna, sin esperanza, hecha un mar de lágrimas. Estoy desesperada y fuera
de control. Es como si me estuviera poniendo a prueba, como si Pedro
tratara de ver si soy lo bastante fuerte como para sacarlo de toda esta
mierda y, además, tengo que luchar contra la molesta sensación de que soy
yo la que lo hace ponerse así. No es sano.
Vuelvo al interior y veo mis cosas ordenadas en fila a un lado de la
escalera. ¿Qué hago con ellas? ¿Voy a quedarme?
Las dejo donde están porque no sé qué hacer y me siento en una
tumbona en la terraza para poder llorar a gusto, bien fuerte. Intento
encontrar una solución, un camino que seguir. No se me ocurre nada entre
las lágrimas incesantes. Miro al vacío y no siento más que abandono. Es
una sensación conocida que no quería volver a experimentar... Y ahora
vuelve a mí. Es la sensación de vacío, de pérdida y de soledad, todas las
emociones que me tuvieron sumida en un infierno mientras Pedro no estaba
en mi vida. ¿Cómo he llegado a necesitarlo tanto? ¿Cómo me ha pasado
esto? Se ha marchado y ahora sé cómo se sintió cuando yo le hice lo
mismo. No es nada agradable. Es como si me faltara buena parte de mi ser.
Me falta.
El corazón me da un vuelco ante la idea de vivir sin él. No puedo
respirar y el pánico se apodera de mí. No hay remedio. Vuelvo al interior,
subo al cuarto de baño del dormitorio principal y me doy una ducha. Me
quedo ausente bajo el agua, enjabonándome. Nos veo a Pedro y a mí por
todas partes: en el lavabo, contra la pared, en el suelo, en la ducha.
Estamos en todas partes.
Salgo. De repente necesito escapar del recuerdo de nuestros
encuentros íntimos. Me tiro en la cama pero pronto vuelvo a estar sentada,
presa del pánico. Cuando nos hemos separado, le ha dado por beber.
¿Volverá a hacerlo? El corazón galopa dolorosamente en mi pecho y
asciende hacia mi boca. La idea de Pedro bebiendo basta para hacerme
bajar corriendo a por mi móvil.
Entro en la cocina y huele realmente bien. ¡Ay!... Corro al horno, lo
apago, cojo el móvil y marco el número de John.
Su voz grave suena de inmediato a través del teléfono.
—Está aquí, Paula.
—¿En La Mansión? —Qué alivio, aunque a la vez me pregunto qué
está haciendo allí.
—Sí. —John parece arrepentido.
—¿Debería ir? —No sé por qué se lo pregunto. Ya estoy camino del
dormitorio para vestirme.
Dice por teléfono:
—Creo que sí, muchacha. Ha ido directo a su despacho.
Cuelgo, me recojo el pelo mojado y vuelvo a ponerme la ropa que
llevaba antes. Las llaves del coche, Pedro no me las ha devuelto. Vuelo
escaleras abajo y me pongo a rebuscar entre mis cosas, rezando para
encontrar el segundo juego. Al final, lo consigo.
Introduzco el código en el ascensor, y pienso que a Clive no le va a
gustar encontrarse con el espejo roto. Desde que llegué, el mantenimiento
debe de salir por un pico.
Corro por el vestíbulo con tacones y todo. Clive está arrodillado
detrás de su mostrador. Paso junto a él sin decir nada. Hoy no tengo
tiempo. El pobre hombre debe de estar preguntándose qué ha hecho para
que me haya enfadado con él.
—¡Paula! —me grita. No me detengo pero parece que algo va mal. Tal
vez la mujer misteriosa haya vuelto.
—¿Qué pasa, Clive?
Corre hacia mí, espantado.
—¡No puedes irte!
¿De qué está hablando?
—El señor Alfonso... —jadea— ha dicho que no debes salir del Lusso.
Ha insistido mucho.
«¡¿Cómo?!»
—Clive, no tengo tiempo para esto.
Echo a andar de nuevo pero me coge del brazo.
—Paula, por favor. Tendré que llamarlo.
No me lo puedo creer. ¿Ahora el conserje es mi carcelero?
—Clive, ése no es tu trabajo —recalco—. Por favor, suéltame.
—Eso mismo le he dicho yo, pero el señor Alfonso puede ser muy
insistente.
—¿Cuánto, Clive?
—No sé de qué me hablas —dice rápidamente mientras se arregla la
gorra con la mano libre. No podría parecer más culpable ni queriendo.
Me suelto y me dirijo al mostrador de conserjería.
—¿Dónde guardas los números de contacto del señor Alfonso? —
pregunto examinando las pantallas. El móvil de Clive también está en el
mostrador.
Él se acerca, confuso.
—El sistema introduce todos los datos en el teléfono. ¿Por qué lo
preguntas?
—¿Tienes guardado el teléfono del señor Alfonso en tu móvil?
—No, Paula. Todo está programado en el sistema, por la
confidencialidad de los residentes y todo eso.
—Estupendo. —Doy un tirón a los cables que unen el teléfono con el
ordenador y los dejo hechos una maraña en el suelo, junto con la
mandíbula de Clive.
El pobre hombre no logra articular palabra, y la verdad es que me
siento culpable cuando salgo del edificio. Otra factura de mantenimiento
más, cortesía de la esclava del ático.
Me meto en el coche y veo un pequeño aparato negro en el
salpicadero. Sé lo que es. Aprieto el botón y, en efecto, las puertas del
Lusso se abren.
De camino a La Mansión, rezo para no encontrar a Pedro con una copa
en la mano. Será la primera vez que pise el lugar desde que descubrí su
oferta de ocio, pero la necesidad que siento de ver a Pedro es más fuerte que
mis nervios o mis reticencias.

GRACIAS POR LEER!♥



4 comentarios:

  1. oohh estos capitulos me dejaron de boca abierta jajjaaj no lo puedo creer hasta donde llego pedro espero el siguiente bess

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  2. Wow que intenso,ojala pedro baje un cambio. Es demasiado posesivo.

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  3. Estoy atontada con estos cap ... por dios wpp se paso de la raya y pau q no ayuda jajajjaa psicólogo urgente ¡¡¡

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