miércoles, 2 de abril de 2014
Capitulo 129 ♥
Acostada bajo su cuerpo duro y cálido, intento recuperar la conciencia
y el aliento. Me pregunto si siempre será así. Él consigue lo que quiere, así
que probablemente siempre será así. Tengo que aprender a manejar esta
situación. Tengo que practicar y aprender a decirle que no. Me río ante la
ridiculez de lo que estoy pensando. No voy a decirle nunca que no.
Se apoya en las manos y caigo en la cuenta de que no hace ningún
gesto de dolor.
—¡Tu mano! —grito.
La levanta y veo que sigue un poco amoratada, pero la inflamación ha
desaparecido.
—Está bien. Sarah me obligó a tenerla metida en hielo casi toda la
tarde.«¿Qué?»
—¿Sarah? —digo sin preocuparme del tono de mi voz. Resulta que
me sale el de acusación.
Él frunce el ceño y me odio por parecer tan sorprendida.
—Ha hecho lo que haría cualquier buena amiga —dice tan tranquilo,
cosa que no hace más que preocuparme.
Ella ha visto las marcas de las muñecas. No hace falta ser muy listo
para saber de qué son. No me gusta que otra mujer cuide de él, pero el
hecho de que lo haga doña Morritos hace que me salga la vena celosa. Me
ha dejado claro que me detesta y que le gusta Pedro. Y las mujeres de La
Mansión es probable que me traten igual de mal y... me duele la cabeza.
De repente mi lado posesivo no me gusta nada. Dios, siempre me
burlo de Pedro por ponerse así. Soy una hipócrita, y el modo en que me está
mirando, para saber de qué humor estoy, tampoco me ayuda. Es un hombre
muy deseable que asalta a las mujeres con esa puta sonrisa que hace que se
derritan a sus pies.
Me revuelvo debajo de él para que me suelte y él deja que me levante.
Frunce el ceño. Voy directa a meterme en la bañera de agua caliente. No
me siento cómoda con esta clase de sentimientos. Nunca he sido celosa.
Voy a tener que espantarle las mujeres a diario. Eso sí que es un trabajo a
jornada completa. De hecho, es posible que sí necesite retirarme.
—¿Alguien ha visto al monstruo de los ojos verdes? —Ahí está,
desnudo en todo su esplendor, junto a la puerta del baño.
—No —me burlo. No podría parecer más celosa ni a propósito.
Se acerca a la bañera y se mete detrás de mí. Me rodea por detrás con
las piernas y con los brazos y me atrae hacia su pecho.
—Paula, sólo tengo ojos para ti —me susurra al oído—. Y soy todo
tuyo.
Coge la esponja natural del borde de la bañera, la mete en el agua y
empieza a pasármela por el pecho.
—Quiero saber cosas de ti.
Noto que suspira.
—¿Qué quieres saber?
—¿La Mansión es sólo un negocio o lo has mezclado con el placer?
—inquiero directamente. Sé que lo ha mezclado con el placer porque lo
dijo el tío raro al que Pedro le hizo una cara nueva el día en que descubrí lo
que en realidad ocurría allí. También me lo dijo Sam. Entonces ¿para qué
pregunto? Noto un sabor amargo en la boca.
La esponja se detiene en mi pecho unos segundos pero luego vaga por
mi cuerpo.
—Directa al grano —dice en tono seco.
—Dímelo —insisto.
Deja escapar un suspiro tan hondo que estoy a punto de darme la
vuelta y mirarlo para dejarle claro que no me gusta que su reacción a mi
pregunta sea el aburrimiento.
—He picoteado —dice como si le molestara.
«¿Picoteado?»
No me gusta cómo suena «picoteado» en ese contexto.
—¿Y sigues picoteando?
—¡No! —Se pone muy a la defensiva.
—¿Cuándo picoteaste por última vez? —No sé si quiero saberlo ¿Por
qué le pregunto estas cosas?
La esponja se detiene de nuevo. Por favor, no me digas que tiene que
pensar la respuesta.
—Mucho antes de conocerte —responde mientras sigue
acariciándome con la esponja.
—¿Como cuánto tiempo? —Necesito cerrar el pico. La verdad es que
no quiero saberlo, pero las preguntas me salen solas.
—Paula, ¿de verdad importa? —Está molesto.
—Sí —respondo rápidamente. No, la verdad es que no, pero sus
evasivas y sus monosílabos me pican la curiosidad.
—No era algo habitual. —Está haciendo piruetas para evitar darme
una respuesta.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿Va a cambiar lo que sientes por mí? —dice, y esa pregunta hace
que me pique aún más la curiosidad. ¿Qué habrá hecho?
—No —contesto, aunque no estoy tan segura. Él cree que cambiará
mis sentimientos.
—Entonces ¿podemos dejar el tema? Forma parte de mi pasado, igual
que otras muchas cosas, y prefiero que se queden donde están. —Es un
tono de punto y final.
El tío pasa de mí.
—Sólo tengo ojos para ti. Punto. —Me da un beso en la coronilla—.
¿Cuándo te vienes aquí?
Gruño para mí. Para eso también me echó un polvo de entrar en razón.
Empiezo a darme cuenta de que sus polvos de entrar en razón sólo sirven
para que le dé la razón a él.
—Ya estoy aquí —le recuerdo.
—Quiero decir que cuándo vamos a traer tus cosas. —Me pellizca un
pezón—. No te pases de lista.
Pongo los ojos en blanco. Necesito recoger mis cosas de casa de Matias,
y tengo un montón de ropa en casa Kate (a pesar de que hice limpieza
general), pero no sé si es una buena idea.
—Tengo que recoger el resto de mis cosas de casa de Matias. —¿De
verdad lo he dicho en voz alta?
—¡No! ¡De ninguna manera! —me grita al oído, y retrocedo ante la
potencia de su voz.
Está claro: lo he dicho en voz alta.
—Enviaré a John. Ya te dije que no ibas a volver a verlo.
Cierto. Más me vale cambiar de tema. No vamos a ninguna parte, no
soy tan tonta. John no va a ir y ya he quedado con Matias. Pedro nunca lo
sabrá. Bueno, se enterará cuando vea mis cosas, pero para entonces ya
estará hecho.
Cambio de tema.
—Dime dónde estuviste cuando desapareciste.
Se pone tenso.
—No —escupe a toda velocidad.
Vale, me estoy cabreando. Me vuelvo para que tenga que mirarme a
los ojos.
—La última vez que te guardaste las cosas, te dejé.
Abre los ojos y luego los entorna. Sabe que lo he pillado.
—Me encerré en mi despacho.
—¿Durante cuatro días? —No cuela.
—Sí, Paula, durante cuatro días. —Mira hacia la pared para evitar mi
mirada.
—Mírame —le mando.
Me mira, sorprendido de que se lo haya ordenado.
—¿Perdona? —Está casi riéndose. No me gustan esos aires de
superioridad.
—¿Qué estuviste haciendo en tu despacho? —pregunto. Joder, ¿por
qué no cierro la boca de una puta vez?
—Beber. Ya está. Eso es lo que estuve haciendo. Estaba intentando
ahogar las penas y tu recuerdo en vodka. ¿Ya estás contenta?
Intenta cambiarme de posición pero me tenso y me convierto en un
peso muerto.
¿Estuvo bebiendo? ¿Se pasó cuatro días inconsciente hasta que lo
encontré el viernes? Me siento muy, muy culpable.
Me resisto y le empujo el cuerpo mojado de vuelta a la bañera. Cede y
me deja hacer. Sé que es más fuerte que yo y que podría irse si quisiera,
pero la verdad es que no quiere escapar. Me deslizo por sus piernas hasta
que nuestras narices se rozan.
Alza la mirada.
—Lo siento —susurra.
Me derrito y le doy un beso apremiante en la boca, una forma de
decirle sin palabras que no me importa.
—Lo siento, nena.
—Calla. —Me aprieto contra su cuerpo, ataco su boca, desesperada
por hacerle entender que me importa un pimiento. Me siento responsable...
Me siento culpable.
—Cuando vi los cardenales en tus brazos me di cuenta de que había
tocado fondo, Paula.
—Chsss. —Lo hago callar, y mi boca le cubre la cara de pequeños
besos—. Ya has dicho bastante.
Me coge del culo y me levanta. Hunde la cara en mi pecho.
—No volverá a pasar. Me mataría antes de volver a hacerte daño.
No es necesario que lo diga de esta forma. Lo entiendo. Lo siente. Yo
también. No debería haberlo dejado así. Debería haberme quedado, haberle
dado una ducha fría y haber esperado a que se le pasara la borrachera.
—Ya he hablado bastante, Pedro.
—Te quiero.
—Lo sé. Y yo también lo siento.
Me suelta y me deslizo de nuevo por su cuerpo hasta que estamos cara
a cara.—
¿Tú por qué tienes que sentirlo?
Me encojo de hombros.
—Ojalá no te hubiera dejado.
—Paula, no te culpo por haberte marchado. Me lo merecía y me anima
a no volver a beber. Saber que podría perderte es mi mayor motivación,
créeme.
—No volveré a abandonarte. Nunca.
Me sonríe.
—Espero que no, porque sería mi fin.
—Y el mío —digo en voz baja acariciándole el pelo. Necesito que
sepa que el sentimiento es mutuo.
—Bien, ninguno de los dos va a irse a ninguna parte. Eso ha quedado
claro. —Me besa con suavidad.
—¿No tienes hambre? —pregunto sin apartarme. Necesitamos hablar
de otra cosa.
—Sí. ¿Vas a prepararme una comida equilibrada?
Sonrío.
—Estoy cansada. ¿Podemos encargar una comida equilibrada?
—Pues claro. Tú relájate y yo pediré la cena.
Me levanta y sale de la bañera. La charla ha sido extraña y
satisfactoria. Se está abriendo a mí.
Después de cenar comida china nada equilibrada, me ovillo en el sofá
bajo el brazo de Pedro. Me acaricia el pelo mientras ve un programa de
MotoGP. Está claro que le apasiona: está muy concentrado en la televisión.
Me acurruco a su lado y me pregunto qué pasará mañana. Ya ha negociado
la comida con un polvo de entrar en razón que quitaba el sentido. Podría
negarme, pero entonces me caería un polvo de recordatorio. No estaría
mal... Estoy adormilada y mi mente se encierra en sus actividades
desconocidas en La Mansión. ¿Es necesario que me entere de todos los
detalles? Lo creo cuando dice que no tiene ojos para otra mujer, de verdad,
así que investigar sobre sus ex amantes no va a llevarme a ninguna parte;
sólo conseguiría ponerme celosa. El hecho de imaginármelo con otra me
pone enferma. Ya tiene una edad (que ahora ya la sé), y es un hombre muy
atractivo. Seguro que tiene un montón de conflictos sexuales, pero forman
parte del pasado, como él dice. Sólo importan el aquí y el ahora, y yo estoy
aquí, ahora.
—Vamos, nena. —Me coge en brazos y me lleva a la cama.
Ni me muevo cuando me desviste y me deja sobre el colchón, se
acuesta a mi lado y me abraza.
—Te quiero —susurra.
Y como he perdido el habla, me limito a acurrucarme junto a él.
Abro los ojos y todavía es de noche. Soy vagamente consciente de que
la cama vibra y de que estoy mojada.
«Pero ¿qué coño...?»
Tardo unos instantes pero, cuando me doy cuenta de lo que pasa, me
doy de bruces contra la realidad. Busco la lámpara de la mesilla de noche y
la luz me hace daño en los ojos. Los entorno, intentando enfocar, y veo que
Pedro está sentado en la cama, abrazado a las rodillas y meciéndose hacia
adelante y hacia atrás. Mierda, está empapado y tiene las pupilas dilatadas.
Parece petrificado. Me abalanzo sobre él. ¿Debería acunarlo?
—¿Pedro? —digo con dulzura, no quiero asustarlo. No responde. Sigue
meciéndose.
Entonces empieza a hablar.
—Te necesito —dice.
—¿Pedro? —Le pongo la mano en el hombro y lo sacudo un poco.
Parece muy asustado—. ¿Pedro?
«¿Mojado?»
—Te necesito, te necesito, te necesito —repite la misma canción una
y otra vez. Quiero echarme a llorar.
—Pedro, por favor —le suplico—. Para, estoy aquí.
No soporto verlo así. Está temblando y tiene la cara empapada en
sudor. La arruga de la frente es más profunda que nunca.
Intento colocarme en su campo de visión pero parece que no me ve.
Sigue meciéndose y hablando solo, con la mirada perdida. Está dormido.
Aparto las piernas de su cuerpo y me tumbo en su regazo. Lo abrazo con
todas mis fuerzas. Tiene la espalda sudada. No sé si está consciente, pero
sus brazos se aferran a mí y entierra la cara en mi cuello.
Permanecemos así una eternidad. Le susurro al oído, esperando que
me reconozca y que despierte de su terror nocturno. Si es que esto es un
terror nocturno, no tengo ni idea. Despierto no está, hasta ahí llego.
—¿Paula? —musita en mi cuello dos siglos después. Tiene la voz rota y
cansada.
Está despierto.
—Hola. Estoy aquí. —Le cojo la cara con las manos. Sus ojos buscan
algo en los míos. No sé muy bien qué.
—Lo siento mucho.
—¿Por qué? —Me preocupo aún más.
—Por todo. —Se tumba sobre la cama y me arrastra consigo. Acabo
echada sobre su torso sudado. Estoy empapada pero me da igual.
Apoyo la cabeza en su pecho y escucho cómo se normaliza el latido de
su corazón.
—¿Pedro? —digo, nerviosa.
No contesta. Levanto la cabeza y veo que se ha dormido y parece estar
en paz. ¿Qué coño acaba de pasar?
Paso horas tumbada sobre él, buscando mil razones para sus disculpas.
Mierda, quizá le esté buscando los tres pies al gato. Hay muchas cosas por
las que debería pedirme perdón. Por mentirme, por engañarme, por beber,
por ser tan poco razonable, por su vena posesiva, por su comportamiento
neurótico, por fastidiarme la reunión, por...
Me quedo dormida mientras repaso todas las razones por las que Pedro
debería pedirme perdón.
GRACIAS POR LEER!♥
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Ayy pobre Pedro, algo le pasa.. ojala no sea nada malo ¡¡
ResponderEliminarEspectaculares, cada vez mejor esta historia!!!!!
ResponderEliminarwow que intenso,buenísimos los capítulos!!!
ResponderEliminar