Miro la cama con ojos golosos pero, aunque me está llamando, me resisto a la tentación y me
meto en el vestidor. Es verdad que tenemos que recuperar cuatro días y mucho de que hablar. Hemos
pasado la peor parte, razón de más para que ponga remedio a la situación que sin duda hará que Pedro
vuelva a tratarme como si fuera de cristal: sigo estando embarazada.
Entro en la cocina y veo que está rebuscando en los armarios como un poseso. Con los brazos en
alto, su espalda aún parece más ancha. Lleva un polo blanco que acentúa sus músculos, y la vasta
extensión de los mismos hace que me den ganas de pellizcarme para confirmar que es real. Sonrío. Es
de carne y hueso y es todo mío.
—¿Qué haces? —pregunto haciéndome un moño en lo alto de la cabeza.
Se vuelve y me mira, alarmado.
—No queda mantequilla de cacahuete.
—¿Qué? —suelto una carcajada al verlo tan agobiado—. ¿No hay mantequilla de cacahuete?
—¡No tiene gracia! —Cierra la puerta del armario de golpe, abre la nevera y rebusca entre un
sinfín de botellas de agua—. ¡¿A qué coño juega Cathy?! —ruge para sí.
No puedo evitarlo. Me parto de la risa. Una persona normal no se comporta así. No es que le
guste, es que es adicto a la mantequilla de cacahuete. Mi señor es adicto a la mantequilla de cacahuete
y es posible que le dé un ataque si no se toma pronto su dosis. Me estoy muriendo de la risa cuando
oigo que cierra la puerta de la nevera. Enderezo la espalda y no consigo borrar la sonrisa de mi cara.
Tengo que morderme el labio para no soltar una carcajada.
—¿De qué te ríes? —inquiere mirándome de muy mal humor.
—¿A qué vienen tantas ansias de comer mantequilla de cacahuete? —pregunto lo más
rápidamente que puedo para volver a morderme el labio.
Se cruza de brazos. Sigue de mal humor.
—Me gusta.
—¿Te gusta?
—Sí, me gusta.
—Pues estás histérico, no parece que sólo te guste. —Se me escapa el labio de entre los dientes.
No puedo contener la risa más tiempo.
—No estoy histérico —me discute medio riéndose—. No es para tanto.
—Ya. —Me encojo de hombros sin dejar de reír. ¡Si le va a dar algo!
Atraviesa la cocina y se me acerca. Abre unos ojos como platos cuando me ve las piernas.
—¿Qué es eso? —farfulla.
Me miro y luego miro sus sorprendidos ojos verdes.
—Son unos pantalones cortos.
—Querrás decir unas bragas.
Me echo a reír nuevamente.
—No, quiero decir pantalones cortos. —Me subo los bajos de los pantalones cortos vaqueros—.
Si fueran unas bragas, serían así.
Traga saliva al tiempo que estudia la prenda ofensora.
—Paula, mujer, sé razonable.
—Pedro —suspiro—, ya te lo he dicho: si lo que quieres son faldas largas y suéteres de cuello
vuelto, búscate a alguien de tu edad.
Me arreglo los shorts y me arrodillo para atarme los cordones de mis Converse haciendo caso
omiso de los gruñidos y los bufidos que emite mi hombre imposible.
—Tal vez me bañe en la piscina de La Mansión —suelto de pronto. Lo miro y su expresión
gruñona pasa a ser de terror absoluto.
—¿En biquini?
Me río.
—No, en mono de esquí. Pues claro que en biquini. —Estoy tentando mi suerte y lo sé.
—Lo estás haciendo a propósito.
—Me apetece nadar.
—Y a mí me apetece estrangularte. ¿Por qué me haces esto?
—Porque eres un capullo imposible y tienes que relajarte. Puede que tú seas un vejestorio, pero
yo sólo tengo veintiséis años. Deja de comportarte como un troglodita. ¿Qué pasaría si nos fuéramos
de vacaciones a la playa?
—Pensaba que iríamos a esquiar. —Ahora es él quien se burla de mí—. Podría enseñarte lo bien
que se me dan los deportes extremos.
Sonrío cuando repite lo que dijo la primera vez que nos vimos. Luego me abalanzo sobre su
cuerpo y hundo la nariz en su cuello.
—Hueles a gloria.
Inhalo su delicioso aroma mientras me lleva al coche. Con los pantalones cortos puestos.
Llegamos a La Mansión. Me abre la puerta del coche y tira de mí por la escalera de la puerta de
entrada y por el vestíbulo. Oigo las lejanas conversaciones del bar y sonrío al ver a John acercarse a nosotros. Sigue siendo enorme, y da mucho miedo.
—Paula, ¿te apetece nadar? —masculla Pedro cuando John se une a nosotros y echa a andar a la
misma velocidad que él. Yo casi tengo que correr para poder seguirlos.
El grandullón me mira con las cejas enarcadas.
—¿Te apetece, muchacha?
Asiento.
—Hace calor.
La sonrisa que le cruza la cara me dice que sabe perfectamente lo que me traigo entre manos. Sí,
voy a intentar quitarle las manías a mi hombre imposible, y éste es el lugar perfecto para empezar: el
paraíso sexual de mi señor, donde la piel desnuda es el pan nuestro de cada día. No pienso
despelotarme y pasearme por ahí para que me vea todo el mundo. Empezaré por darme un baño en
biquini, uno recatado. Si es capaz de soportarlo aquí, lo soportará en cualquier parte.
Pasamos junto al bar y encontramos a Sam. No le veo la cara, pero está tirado en un taburete y
está claro cómo se siente. Mi mejor amiga es idiota. Está huyendo de algo bueno sólo para retomar
algo muy, muy malo. Puede que Sam la haya arrastrado al lado oscuro, pero no se merece que lo trate
así.
Cuando entramos en la oficina de Pedro, él me suelta la mano y se va directo a la nevera. Coge un
tarro de mantequilla de cacahuete, desenrosca la tapa y sumerge todo un dedo. John ni parpadea, se
sienta en la silla opuesta a la de Pedro mientras yo observo con una sonrisa en el rostro. Se dirige a su
silla y se sienta, se mete el dedo en la boca y suspira. ¿Le gusta?
—¿Cómo va todo? —le pregunta Pedro a John con el dedo en la boca.
—La cámara tres está fuera de combate. La compañía de seguridad va a venir a arreglarla.
John se revuelve en su asiento y se saca el móvil del bolsillo.
—Voy a llamarlos —dice. Luego teclea en el teléfono, se lo lleva al oído, se levanta y camina
hasta la ventana.
—Nena, ¿estás bien? —me pregunta Pedro. Parece preocupado.
—Sí, muy bien. —Caigo en la cuenta de que estoy de pie en la puerta de su despacho, así que me
acerco a la mesa y me siento en la silla que hay junto a la de John—. Sólo estaba soñando despierta.
Vuelve a meterse los dedos en la boca.
—¿Con qué soñabas?
Sonrío.
—Nada. Estaba viendo cómo devorabas tu mantequilla de cacahuete.
Mira el tarro y pone los ojos en blanco.
—¿Quieres?
—No. —Arrugo la nariz, asqueada, y se echa a reír. Le brillan los ojos y se le marcan las patas de
gallo cuando cierra el tarro y lo deja sobre su mesa. Ya se ha tomado su dosis—. ¿Qué tal está Sam?
—Hecho una mierda. No quiere hablar del tema. ¿Y Kate?
—No muy bien. —Es verdad, no está bien.
—¿Qué te ha dicho? ¿Por qué ha cortado con él?
Me encojo de hombros intentando disimular.
—Creo que por este sitio. —Me resisto al impulso de sentarme sobre las manos. No me atrevo a
mencionar a mi hermano—. Seguro que es lo mejor.
Él asiente, pensativo.
—¿Quieres ir a nadar o prefieres quedarte conmigo?
Sé lo que quiere oír.
—¿Tú qué vas a hacer? —pregunto mirando las montañas de papeles que tiene sobre la mesa.
Nunca la había visto tan desordenada, y sé por qué. Sarah ya no está. No obstante, no voy a sentirme ni
un pelín culpable. Me da igual que parezca que ha caído una bomba en la mesa de Pedro.
Él también mira las montañas de papeles y da un suspiro.
—Esto es lo que voy a hacer. —Ojea una de las montañas.
—¿Por qué no contratas a alguien?
—Paula, las cosas no son tan sencillas en este tipo de trabajo. Tienes que conocer a alguien y
confiar en él. No puedo llamar a la oficina de empleo y pedirles que envíen a alguien que sepa escribir
a máquina.
Vale, ahora me siento un poco culpable. Tiene razón. Estamos hablando de personas de la alta
sociedad, con trabajos importantes, de responsabilidad. pedro me ha contado que investigan las
cuentas, el historial médico y criminal de la gente. Imagino que la confidencialidad es importante.
—Yo puedo ayudar —me ofrezco de mala gana, aunque no sabría ni por dónde empezar. Verlo
tan abrumado por la cantidad ingente de papeles me está haciendo sentir muy culpable.
Me mira, perplejo.
—¿De verdad?
Me encojo de hombros y cojo el primer papel que pillo.
—En los ratos libres.
Echo un vistazo al texto y retrocedo. Es un extracto bancario. Al menos, eso creo. Los dígitos
parecen más bien números de teléfono internacionales, así que podría ser una factura telefónica. Lo
miro y veo que sonríe.
—Somos muy ricos, señora Alfonso.
—¡La madre que me trajo!
—Paula...
—Lo siento, pero... —Intento concentrarme en todas las cifras pero no puedo—. Esto no debería
estar danzando por la mesa de tu despacho, Pedro. —Aparece el número de su cuenta y todo—. Un
momento... ¿Sarah se encargaba de tus finanzas?
—Sí —dice tan tranquilo.
Se me ponen los pelos como escarpias. No me fío de esa mujer.
—¿Sabes dónde tienes el dinero? ¿Cuánto tienes? —inquiero dejando el papel sobre la mesa.
—Sí, mira —dice cogiendo el papel, y señala con el dedo—. Esto es lo que tengo y está en este
banco.—
¿Sólo tienes una cuenta? ¿No tienes cuenta de empresa, de ahorro, de pensiones?
Me mira un poco asustado, casi molesto.
—No lo sé.
Lo observo, boquiabierta.
—¿Ella se encargaba de todo? ¿Llevaba todas tus cuentas?
La idea no me gusta un pelo.
—Ya no —gruñe tirando el papel sobre la mesa—. ¿Me vas a ayudar? —Vuelve a sonreír.
¿Cómo no voy a ayudarlo? Este hombre es rico y no tiene ni idea de cómo ni dónde guardan su
dinero.—
Sí, te ayudaré.
Cojo una pila de papeles y empiezo a estudiarlos, pero me doy cuenta de una cosa que me
preocupa. Levanto la cabeza y veo que Pedro me mira la mar de contento.
—He dicho que te ayudaré, eso es todo. En los ratos libres, Pedro.
Quiere que sustituya a Sarah.
Mis palabras le caen como un jarro de agua fría.
—Pero sería la solución ideal.
—¡Para ti! ¡La solución ideal para ti! Yo tengo una carrera. ¡No voy a dejarla para venir aquí
todos los días a encargarme de tu papeleo!
Qué cabrón. Quiere que sustituya a Sarah y me convierta en su secretaria. ¡De eso, nada!
—Además... —Dejo la pila sobre la mesa y me pongo de pie—. Yo no sé manejar un látigo, así
que no creo estar lo bastante cualificada. —No sé por qué he dicho eso. No era necesario y ha sido de
mal gusto.
Se queda de piedra y veo que se reclina en su sillón con una mezcla de incredulidad y enfado.
—Eso ha sido muy infantil, ¿no te parece?
—Perdona. —Cojo mi bolso—. No ha sido a propósito.
John vuelve con nosotros y rompe el incómodo silencio.
—Estarán aquí dentro de una hora —anuncia al tiempo que se guarda el teléfono en el bolsillo—.
Antes de que se me olvide, otros tres socios han solicitado cancelar su suscripción.
Pedro arquea las cejas, siente curiosidad.
—¿Tres?
—Tres —confirma John de camino a la puerta—. Tres mujeres —añade saliendo del despacho.
Pedro apoya los codos sobre la mesa y hunde la cara entre las manos. Me siento fatal. Suelto el
bolso, camino hasta él, hago que se recline en el respaldo y me siento encima de la mesa, frente a él.
Me observa y se muerde el labio.
—Yo me encargaré de esto —digo señalando los papeles que hay por todas partes—. Pero tienes
que contratar a alguien. Es un trabajo a tiempo completo.
—Ya lo sé. —Me coge los tobillos y tira para que apoye los pies en sus rodillas—. Ve a nadar.
Yo voy a ponerme con esto, ¿vale?
—Vale —asiento. Escruto su rostro y él me observa atentamente.
—Adelante, mi preciosa mujer. Suéltalo —dice sonriendo.
—Quieren dejar de ser socias porque ya no estás disponible para fo... —Me muerdo la lengua—.
Para acostarte con ellas.
Es algo que me hace tremendamente feliz, y salta a la vista.
—Eso parece —contesta mirándome con recelo—. Y veo que mi mujer está encantada.
Me encojo de hombros pero no puedo ocultar lo feliz que me hace la noticia.
—¿Cuál es la proporción de hombres y mujeres?
—¿Socios?
—Sí.
—Treinta, setenta.
Me quedo boquiabierta. Recuerdo que Pedro dijo que había unos mil quinientos socios. Eso son
mil mujeres detrás de mi marido.
—En fin —intento olvidar mi estupor—, es posible que tengas que convertir La Mansión en un
club para gays.
Se echa a reír y me quita los pies de la mesa.
—Vete a nadar.
Los vestuarios están vacíos. Me pongo el biquini, me quito el diamante, vuelvo a recogerme el
pelo y meto mis cosas en una taquilla de madera de nogal. No he usado nunca el spa ni las
instalaciones deportivas, pero me han dicho que no está permitido nadar desnudo, así que voy a
estrenarlas y a poner a Pedro a prueba al mismo tiempo. Paseo por la zona en busca de alguna señal de
vida, pero todo está vacío. Es domingo y la hora de comer. Pensaba que a estas horas era cuando los
socios disfrutaban de esta parte de La Mansión.
Entro en el enorme edificio de cristal. Los jacuzzis, la piscina y el solárium están vacíos. Está
todo tan tranquilo que hasta da repelús. Lo único que se oye es el sonido de las bombas de agua. Dejo
mi toalla en una tumbona pija de madera, me meto en el agua y suspiro. Está tibia. Maravilloso. Bajo
los escalones y empiezo a nadar hasta el otro lado de la piscina.
Estoy disfrutando de la paz y la tranquilidad y sigo nadando un largo detrás de otro. Nadie se
acerca, nadie viene a bañarse en los jacuzzis y nadie se tumba en el solárium. Entonces oigo
movimiento y me detengo a mitad de un largo para ver quién aparece por la entrada de los vestuarios.
Mis ojos van del de mujeres al de hombres hasta que aparece Pedro con un bañador negro puesto. Se
me cae la baba al verlo y me ciega con su sonrisa antes de tirarse de cabeza al agua, sin apenas
salpicar ni hacer ruido. Yo estoy flotando en el centro de la piscina y observo cómo su cuerpo esbelto
se me acerca bajo el agua hasta que lo tengo delante, pero permanece sumergido.
Luego me coge por el tobillo, chillo y tira de mí para meterme bajo el agua. Sólo he podido coger
un poco de aire antes de desaparecer, y cierro los ojos. Sus labios atrapan los míos, me rodea con los
brazos, nuestras pieles resbalan la una contra la otra y nuestras lenguas bailan, salvajes.
Esto es muy bonito, pero se me da de pena aguantar la respiración, y él, que lleva más tiempo que
yo sumergido, también debe de necesitar oxígeno. Lo pellizco para indicarle que me he quedado sin
aire y mis pulmones le dan las gracias a gritos cuando emergemos. Mis piernas siguen rodeando su
cintura y mis brazos hacen lo propio con sus hombros. Intento recuperar el aliento y abrir los ojos y,
cuando lo consigo, una enorme sonrisa picarona me da la bienvenida. Sé que no llega al fondo, así que
debe de estar agitando las piernas como un loco para poder mantenernos a flote. Aunque nadie lo diría.
Y eso si es que está moviendo las piernas, porque parece que flota sin esforzarse.
Le aparto el pelo mojado de la cara y le devuelvo la sonrisa.
—Has cerrado la piscina.
—No sé de qué me hablas. —Se me echa a la espalda y empieza a nadar hacia un lateral—. No
suele haber nadie a estas horas.
—No te creo —replico apoyando la mejilla en su hombro—. No podías soportar que nadie me
viera en biquini. Confiésalo.
Conozco de sobra a mi señor.
Llegamos al borde de la piscina y me pone con la espalda contra la pared.
—Me encanta imaginarte en biquini.
—Pero sólo para tus ojos.
—Ya te lo he dicho, Paula. No te comparto con nada ni con nadie, ni siquiera con sus ojos.
Desliza las manos por mis costados, hasta mis caderas.
—Sólo puedo tocarte yo —susurra, y no puedo evitar apretarlo con los muslos cuando me besa
con dulzura antes de observarme con atención—. Sólo para mis ojos.
Desliza un dedo por el interior de la parte de abajo de mi biquini y contengo la respiración
cuando me acaricia.
—Sólo para darme placer a mí, nena. Sé que lo entiendes.
—Sí. —Me recoloco bajo su cuerpo y le paso los brazos por los hombros.
—Muy bien. Bésame.
Me lanzo a por su boca y le demuestro mi gratitud con un beso largo, apasionado y ardiente que
nos hace gemir a ambos. Me sujeta por la cintura con sus grandes manos y nos besamos durante una
eternidad en la piscina, solos él y yo, ahogándonos el uno en el otro, consumiéndonos, amándonos.
Todo lo que sucede entre nosotros es el resultado del amor, fiero y a veces venenoso, que
compartimos. Nos deja tontos, nos empuja a comportarnos de forma irracional e imprevisible. En
realidad, estamos más o menos igual de locos, aunque puede que yo lo haya superado. La verdad es
que siento que me he vuelto loca. Lo que estoy planeando me sitúa en esa categoría. Y si descubre lo
que la loca de su mujer está planeando, no me cabe duda de que lo dejaré al borde de perder la razón.
GRACIAS POR LEER!!
miércoles, 30 de abril de 2014
Capitulo 209 ♥
Pasamos casi todo el sábado haciendo las paces. He disfrutado con el sexo soñoliento y no he estado
de acuerdo con casi nada de lo que Pedro decía para que me echara un polvo de entrar en razón. Luego
he olvidado a qué había accedido durante el polvo de entrar en razón para ganarme un polvo de
recordatorio. También hemos echado un polvo al fresco en la terraza después de comer, seguido de un
polvo de represalia cuando él ha decidido que era lo justo por haber roto mi promesa. Pero sé que en
realidad quería tenerme esposada y, la verdad, me lo merecía. Me ha follado de todas las formas,
posturas y lugares posibles y he disfrutado cada segundo, aunque ahora estoy un poco escocida. Estoy
de vuelta en el séptimo cielo de Pedro. Ahora que no hay embarazo, ha vuelto a follarme cuando,
donde y como quiere. Ayer recibí con creces la dosis del Pedro dominante que me había perdido las
últimas semanas. No podría ser más feliz. Pero lo cierto es que el embarazo sigue ahí.
Kate me llamó, y estoy segura de haber oído a mi hermano de fondo, pero lo negó y pasó a
preguntarme si Pedro y yo habíamos hecho las paces. Sí. También me preguntó si le había contado que
estoy embarazada. No. Después de haberlo disfrutado todo el día y de que las cosas hayan vuelto a la
normalidad, como debería ser, estoy segura de que es la decisión correcta.
—¿Vas a quedarte ahí tirada todo el día o vas a vestirte para que podamos pasarnos por La
Mansión? —inquiere. Está en la puerta del baño como su madre lo trajo al mundo, secándose los rizos
rubio ceniza con una toalla.
Me incorporo y me arrastro hacia los pies de la cama, luego me pongo boca abajo, apoyo los
codos sobre el colchón y la barbilla en las manos. Sé lo que me hago, y él también, a juzgar por cómo
me miran esos ojos verdes. No es que no quiera ir a La Mansión. Me gusta mucho más desde que
cierta bruja con látigo ya no está.
—No lo sé. —Mi voz es ronca e insinuante, justo como yo quiero—. Se te ha puesto dura —digo
señalando su entrepierna con la cabeza mientras lo miro a los ojos. Me cuesta contener la risa. Me
muerdo el labio y me quedo observándolo.
—Eso es porque te estoy mirando.
Se echa la toalla sobre los hombros y se apoya en el marco de la puerta.
Empiezo a babear. Está para chuparse los dedos. Sonrío.
—Lo tienes todo de piedra.
—Excepto esto —dice en plan profundo golpeándose el pecho—. Por dentro soy un blando. Pero
sólo contigo.
Sonrío de oreja a oreja.
—A veces tienes el corazón de piedra —murmuro tumbándome de espaldas con la cabeza
colgando fuera de la cama.
—Es usted una seductora, señora Alfonso.
Boca abajo, observo cómo su cuerpo se acerca hasta que lo tengo justo encima de mí. Su polla de
acero me roza los labios. Saco la lengua para probar la punta húmeda, pero la aparta.
—Pídemelo por favor.
—Por favor. —Le acaricio el pecho con el extremo de los dedos, gime, y lleva la polla de vuelta a
mi boca. La abro y observo su expresión de anticipación. Luego la rodeo con los labios.
—Paula, qué boca tienes —gime cerrando los ojos.
—¿Debería parar? —Le doy un pequeño mordisco y deslizo los dientes por su piel suave—.
¿Quieres que pare?
—Quiero que te calles y que te concentres en lo que estás haciendo.
Sonrío y lo suelto. Me siento en el borde de la cama, entre sus muslos. Cojo su polla y la
aprieto... fuerte.
—Deja de jugar conmigo, señorita. —Me coge del pelo y tira con fuerza para que me la meta en
la boca.
No ofrezco resistencia. Me encanta hacerlo así. Mi cabeza sube y baja y le clavo las uñas en su
firme trasero para acercármelo más.
—¡Joder! —ruge sujetándome la cabeza—. No te muevas.
Se frota contra mi garganta y lucho para que no se me revuelva el estómago. Permanezco en
silencio mientras se convulsiona dentro de mí, con la cabeza echada hacia atrás y tirándome del pelo.
Tengo que mantener el control. No puedo vomitar. No se lo voy a contar, así que me concentro en mi
boca, completamente llena con su polla. Me concentro únicamente en no echar la pota. Cierro los ojos
y respiro por la nariz. ¿Qué me pasa? Si el embarazo hace que la hombría de Pedro me dé asco, no
quiero volver a estar embarazada.
Me relajo un poco cuando la saca y la dejo caer de mis labios antes de trepar por su cuerpo y
enroscarle las piernas alrededor de la cintura. Tengo que hacerlo bien, y más teniendo en cuenta la
cara de incredulidad que me pone. No le gusta que lo deje a medias. Ésa es su decisión. Le muerdo el
labio.
—Te quiero dentro de mí.
—Estaba muy bien donde estaba —dice con escepticismo. Me hace gracia—. Me alegro de que te
parezca tan divertido, Paula.
—Perdona. —Lo beso con fuerza. Tengo que convencerlo de que lo necesito. Es mi única salida
—. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Se aparta y me mira con aire de sospecha. Me preocupa. Pero entonces me deslumbra con su
sonrisa, la que está reservada sólo para mí.
—No tienes que decírmelo dos veces, nena —replica. Me deja sobre la cama y se coloca encima
de mí—. Quítame la toalla.
La cojo y la lanzo a la otra punta de la habitación.
—Enrosca los dedos en mi pelo —me ordena.
Obedezco en el acto y mis manos se pierden entre su cabello húmedo.
—Tira.
Me lame los labios, gimo y le tiro del pelo.
—Bésame, Paula. —Su tono firme hace que lo necesite aún más.
Ataco su boca con decisión y desesperación.
—Para —me ordena.
Lo hago, aunque no quiero.
—Bésame con ternura —susurra.
Suspiro y deslizo la lengua por su boca, muy despacio. Es el paraíso.
—Ya basta —dice bruscamente.
Vuelvo a parar.
Se aparta y me da un beso amoroso en los labios.
—¿Por qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío y reclamo su boca.
—Porque eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo tuyo, nena.
—Muy bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto de un manotazo—. Si me disculpas...
—Perdona —sonríe—, pero no te andes con jueguecitos, ¿vale?
—Se te olvida, dios —digo cogiendo su erección y guiándola hacia mi cuerpo—, que me has
cedido el poder.
Desciendo con cuidado, y la sonrisa desaparece. Ahora mismo me está dando las gracias.
Gime y me agarra de los muslos.
—Es posible que te ceda el poder más a menudo.
Asciendo y vuelvo a descender muy despacio mientras le acaricio el pecho.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Me mira y me desliza las manos por mis muslos.
—Eres tan guapo.
Vuelvo a ascender y a descender con un suspiro.
—Lo sé.
—Y tan arrogante.
—Lo sé. Arriba.
Arqueo las cejas.
—¿Quién manda aquí?
—Tú, pero no por mucho tiempo si abusas del poder. Arriba.
Reprime una sonrisa y yo le lanzo una mirada asesina, pero me levanto.
—Buena chica —jadea—. Más rápido.
Vuelvo a descender y muevo las caderas en círculos.
—Pero a mí me gusta así.
—Más de prisa, Paula.
—No. Mando yo.
Asciendo pero no tengo ocasión de descender, puesto que me tumba de espaldas sobre la cama y
me sujeta las manos.
—Has perdido tu oportunidad, señorita —replica al tiempo que me penetra con decisión—. Ahora
mando yo.
¡Bam!
Chillo y me abro de piernas.
¡Bam!
—¡Joder! —grito cuando noto que me llega al útero.
¡Bam!
—¡Pedro!
—Has tentado la suerte, nena —gruñe sujetándome las muñecas con menos fuerza y
embistiéndome una y otra y otra vez. Cierro los ojos—. ¡Mírame!
Obedezco del susto.
—Buena chica.
El sudor le cae a chorros de la cara y aterriza en mis mejillas. Tengo que agarrarme a él. Tengo
que morderlo y arañarlo, pero estoy indefensa, como a él le gusta.
—¡Deja que te abrace! —grito intentando soltarme mientras él arremete contra mí.
—¿Quién manda?
—¡Tú, maldito controlador!
—¡Cuidado...
¡Bam!
—... con esa...
¡Bam!
—... puta...
¡Bam!
—... boca!
Grito.
—¡Joder! —chilla—. ¡Córrete para mí, Paula!
No puedo. Estoy intentando concentrarme en el orgasmo que siento muy adentro, en alguna parte,
pero cada vez que creo haberlo capturado, me clava las caderas y lo echa hacia atrás. Cierro los ojos y
no puedo hacer más que aceptar el asedio al que somete a mi cuerpo.
—Por Dios, Paula, ¡voy a correrme!
Y, con eso, grita, se aprieta contra mí y se desploma. Me suelta las manos. Respira
descontroladamente y su cuerpo palpita bañado en sudor. Yo estoy igual, salvo que sin orgasmo.
—No te has corrido —jadea en mi cuello.
No puedo hablar, así que niego con la cabeza, con los brazos laxos a los lados.
—Lo siento, nena.
Asiento con la cabeza y trato de levantar los brazos para acunarlo y que así sepa que estoy bien,
pero mis músculos no obedecen. Me ha dejado incapacitada de verdad. Nuestros pechos sudorosos
están pegados y los dos respiramos con fuerza. Estamos destrozados. Quiero quedarme en la cama
pero entonces noto que me falta su peso y que me está levantando en brazos. Protesto entre dientes
cuando me lleva al cuarto de baño.
Abre el grifo de la ducha, coge una toalla, la pone en el suelo y me deja encima. Estoy a punto de
reunir las fuerzas suficientes para mirarlo mal cuando se sienta conmigo en el suelo y me abre de
piernas.
—Vamos a resucitarte.
Abre el agua fría y se coloca entre mis piernas. Luego me despierta de verdad con una caricia
larga, suave y delicada en el centro mismo de mi sexo.
Arqueo la espalda. Mis brazos sin vida vuelven a funcionar y recupero la voz.
—¡Ay, Dios!
Lo cojo del pelo húmedo y lo aprieto contra mí. El orgasmo profundo que no ha acabado de salir
ahora parece estar a punto de hacerlo. Ni siquiera intento controlarlo. Empiezo a jadear, se me tensan
los músculos del abdomen y levanto la cabeza. El agua fría recorre mi cuerpo. Pedro está en todas
partes, lamiendo, mordiendo, chupando, dándome besos en el interior de los muslos y penetrándome
con la lengua.
—¿Ya te has despertado? —masculla con mi clítoris en la boca. Le da un mordisco.
—¡Más! —exijo tirándole del pelo.
Lo oigo reírse. Luego cumple con mis demandas, sella la boca en mi sexo y chupa hasta que me
corro. Exploto. Veo las estrellas. Gimo y me llevo las manos a la cabeza. Es demasiado. Es increíble,
es alucinante. Palpito contra su boca y me relajo por completo. El agua fresca es una gozada y el ruido
constante de la ducha es de lo más relajante. No voy a moverme del suelo, por nada ni por nadie. Que
me lleve de vuelta a la cama.
—Me encanta sentirte palpitar, de verdad.
Me besa por todo el cuerpo hasta que encuentra mis labios y les dedica especial atención. Sólo
respondo con la boca. No logro convencer a mis músculos de que se muevan, aunque lo cierto es que
tampoco lo estoy intentando con mucho empeño.
—¿Me he redimido?
Asiento contra sus labios y se echa a reír. Se aparta para verme mejor. Mis ojos todavía
funcionan. Es más guapo que un sol y lo sabe, el muy engreído.
—Te quiero —digo; me ha costado pronunciar las palabras con la respiración entrecortada.
Él me deslumbra con su sonrisa..., mi sonrisa.
—Lo sé, nena —repone, y se levanta demasiado de prisa para mi gusto—. Vamos. Ya he
cumplido con mis obligaciones divinas y ahora tenemos que ir a La Mansión.
Me coge de la mano y me levanta sin esfuerzo. Y eso que no lo ayudo. Me hago el peso muerto
para protestar, aunque ni siquiera lo nota.
—¿Tengo que ir? —refunfuño cuando me echa champú en el pelo y empieza a lavármelo.
—Qué raro. Normalmente siempre quieres venir. —Me sonríe y pongo los ojos en blanco—. Sí,
tienes que venir. Tenemos que recuperar el tiempo perdido. Cuatro días, ni más, ni menos.
Lo ignoro y dejo que sus manos grandes y fuertes me masajeen la cabeza. Luego me la aclara.
—He terminado contigo, señorita. Sal —dice, y me da una palmada en el trasero para que salga
mientras él termina de ducharse.
de acuerdo con casi nada de lo que Pedro decía para que me echara un polvo de entrar en razón. Luego
he olvidado a qué había accedido durante el polvo de entrar en razón para ganarme un polvo de
recordatorio. También hemos echado un polvo al fresco en la terraza después de comer, seguido de un
polvo de represalia cuando él ha decidido que era lo justo por haber roto mi promesa. Pero sé que en
realidad quería tenerme esposada y, la verdad, me lo merecía. Me ha follado de todas las formas,
posturas y lugares posibles y he disfrutado cada segundo, aunque ahora estoy un poco escocida. Estoy
de vuelta en el séptimo cielo de Pedro. Ahora que no hay embarazo, ha vuelto a follarme cuando,
donde y como quiere. Ayer recibí con creces la dosis del Pedro dominante que me había perdido las
últimas semanas. No podría ser más feliz. Pero lo cierto es que el embarazo sigue ahí.
Kate me llamó, y estoy segura de haber oído a mi hermano de fondo, pero lo negó y pasó a
preguntarme si Pedro y yo habíamos hecho las paces. Sí. También me preguntó si le había contado que
estoy embarazada. No. Después de haberlo disfrutado todo el día y de que las cosas hayan vuelto a la
normalidad, como debería ser, estoy segura de que es la decisión correcta.
—¿Vas a quedarte ahí tirada todo el día o vas a vestirte para que podamos pasarnos por La
Mansión? —inquiere. Está en la puerta del baño como su madre lo trajo al mundo, secándose los rizos
rubio ceniza con una toalla.
Me incorporo y me arrastro hacia los pies de la cama, luego me pongo boca abajo, apoyo los
codos sobre el colchón y la barbilla en las manos. Sé lo que me hago, y él también, a juzgar por cómo
me miran esos ojos verdes. No es que no quiera ir a La Mansión. Me gusta mucho más desde que
cierta bruja con látigo ya no está.
—No lo sé. —Mi voz es ronca e insinuante, justo como yo quiero—. Se te ha puesto dura —digo
señalando su entrepierna con la cabeza mientras lo miro a los ojos. Me cuesta contener la risa. Me
muerdo el labio y me quedo observándolo.
—Eso es porque te estoy mirando.
Se echa la toalla sobre los hombros y se apoya en el marco de la puerta.
Empiezo a babear. Está para chuparse los dedos. Sonrío.
—Lo tienes todo de piedra.
—Excepto esto —dice en plan profundo golpeándose el pecho—. Por dentro soy un blando. Pero
sólo contigo.
Sonrío de oreja a oreja.
—A veces tienes el corazón de piedra —murmuro tumbándome de espaldas con la cabeza
colgando fuera de la cama.
—Es usted una seductora, señora Alfonso.
Boca abajo, observo cómo su cuerpo se acerca hasta que lo tengo justo encima de mí. Su polla de
acero me roza los labios. Saco la lengua para probar la punta húmeda, pero la aparta.
—Pídemelo por favor.
—Por favor. —Le acaricio el pecho con el extremo de los dedos, gime, y lleva la polla de vuelta a
mi boca. La abro y observo su expresión de anticipación. Luego la rodeo con los labios.
—Paula, qué boca tienes —gime cerrando los ojos.
—¿Debería parar? —Le doy un pequeño mordisco y deslizo los dientes por su piel suave—.
¿Quieres que pare?
—Quiero que te calles y que te concentres en lo que estás haciendo.
Sonrío y lo suelto. Me siento en el borde de la cama, entre sus muslos. Cojo su polla y la
aprieto... fuerte.
—Deja de jugar conmigo, señorita. —Me coge del pelo y tira con fuerza para que me la meta en
la boca.
No ofrezco resistencia. Me encanta hacerlo así. Mi cabeza sube y baja y le clavo las uñas en su
firme trasero para acercármelo más.
—¡Joder! —ruge sujetándome la cabeza—. No te muevas.
Se frota contra mi garganta y lucho para que no se me revuelva el estómago. Permanezco en
silencio mientras se convulsiona dentro de mí, con la cabeza echada hacia atrás y tirándome del pelo.
Tengo que mantener el control. No puedo vomitar. No se lo voy a contar, así que me concentro en mi
boca, completamente llena con su polla. Me concentro únicamente en no echar la pota. Cierro los ojos
y respiro por la nariz. ¿Qué me pasa? Si el embarazo hace que la hombría de Pedro me dé asco, no
quiero volver a estar embarazada.
Me relajo un poco cuando la saca y la dejo caer de mis labios antes de trepar por su cuerpo y
enroscarle las piernas alrededor de la cintura. Tengo que hacerlo bien, y más teniendo en cuenta la
cara de incredulidad que me pone. No le gusta que lo deje a medias. Ésa es su decisión. Le muerdo el
labio.
—Te quiero dentro de mí.
—Estaba muy bien donde estaba —dice con escepticismo. Me hace gracia—. Me alegro de que te
parezca tan divertido, Paula.
—Perdona. —Lo beso con fuerza. Tengo que convencerlo de que lo necesito. Es mi única salida
—. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Se aparta y me mira con aire de sospecha. Me preocupa. Pero entonces me deslumbra con su
sonrisa, la que está reservada sólo para mí.
—No tienes que decírmelo dos veces, nena —replica. Me deja sobre la cama y se coloca encima
de mí—. Quítame la toalla.
La cojo y la lanzo a la otra punta de la habitación.
—Enrosca los dedos en mi pelo —me ordena.
Obedezco en el acto y mis manos se pierden entre su cabello húmedo.
—Tira.
Me lame los labios, gimo y le tiro del pelo.
—Bésame, Paula. —Su tono firme hace que lo necesite aún más.
Ataco su boca con decisión y desesperación.
—Para —me ordena.
Lo hago, aunque no quiero.
—Bésame con ternura —susurra.
Suspiro y deslizo la lengua por su boca, muy despacio. Es el paraíso.
—Ya basta —dice bruscamente.
Vuelvo a parar.
Se aparta y me da un beso amoroso en los labios.
—¿Por qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío y reclamo su boca.
—Porque eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo tuyo, nena.
—Muy bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto de un manotazo—. Si me disculpas...
—Perdona —sonríe—, pero no te andes con jueguecitos, ¿vale?
—Se te olvida, dios —digo cogiendo su erección y guiándola hacia mi cuerpo—, que me has
cedido el poder.
Desciendo con cuidado, y la sonrisa desaparece. Ahora mismo me está dando las gracias.
Gime y me agarra de los muslos.
—Es posible que te ceda el poder más a menudo.
Asciendo y vuelvo a descender muy despacio mientras le acaricio el pecho.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Me mira y me desliza las manos por mis muslos.
—Eres tan guapo.
Vuelvo a ascender y a descender con un suspiro.
—Lo sé.
—Y tan arrogante.
—Lo sé. Arriba.
Arqueo las cejas.
—¿Quién manda aquí?
—Tú, pero no por mucho tiempo si abusas del poder. Arriba.
Reprime una sonrisa y yo le lanzo una mirada asesina, pero me levanto.
—Buena chica —jadea—. Más rápido.
Vuelvo a descender y muevo las caderas en círculos.
—Pero a mí me gusta así.
—Más de prisa, Paula.
—No. Mando yo.
Asciendo pero no tengo ocasión de descender, puesto que me tumba de espaldas sobre la cama y
me sujeta las manos.
—Has perdido tu oportunidad, señorita —replica al tiempo que me penetra con decisión—. Ahora
mando yo.
¡Bam!
Chillo y me abro de piernas.
¡Bam!
—¡Joder! —grito cuando noto que me llega al útero.
¡Bam!
—¡Pedro!
—Has tentado la suerte, nena —gruñe sujetándome las muñecas con menos fuerza y
embistiéndome una y otra y otra vez. Cierro los ojos—. ¡Mírame!
Obedezco del susto.
—Buena chica.
El sudor le cae a chorros de la cara y aterriza en mis mejillas. Tengo que agarrarme a él. Tengo
que morderlo y arañarlo, pero estoy indefensa, como a él le gusta.
—¡Deja que te abrace! —grito intentando soltarme mientras él arremete contra mí.
—¿Quién manda?
—¡Tú, maldito controlador!
—¡Cuidado...
¡Bam!
—... con esa...
¡Bam!
—... puta...
¡Bam!
—... boca!
Grito.
—¡Joder! —chilla—. ¡Córrete para mí, Paula!
No puedo. Estoy intentando concentrarme en el orgasmo que siento muy adentro, en alguna parte,
pero cada vez que creo haberlo capturado, me clava las caderas y lo echa hacia atrás. Cierro los ojos y
no puedo hacer más que aceptar el asedio al que somete a mi cuerpo.
—Por Dios, Paula, ¡voy a correrme!
Y, con eso, grita, se aprieta contra mí y se desploma. Me suelta las manos. Respira
descontroladamente y su cuerpo palpita bañado en sudor. Yo estoy igual, salvo que sin orgasmo.
—No te has corrido —jadea en mi cuello.
No puedo hablar, así que niego con la cabeza, con los brazos laxos a los lados.
—Lo siento, nena.
Asiento con la cabeza y trato de levantar los brazos para acunarlo y que así sepa que estoy bien,
pero mis músculos no obedecen. Me ha dejado incapacitada de verdad. Nuestros pechos sudorosos
están pegados y los dos respiramos con fuerza. Estamos destrozados. Quiero quedarme en la cama
pero entonces noto que me falta su peso y que me está levantando en brazos. Protesto entre dientes
cuando me lleva al cuarto de baño.
Abre el grifo de la ducha, coge una toalla, la pone en el suelo y me deja encima. Estoy a punto de
reunir las fuerzas suficientes para mirarlo mal cuando se sienta conmigo en el suelo y me abre de
piernas.
—Vamos a resucitarte.
Abre el agua fría y se coloca entre mis piernas. Luego me despierta de verdad con una caricia
larga, suave y delicada en el centro mismo de mi sexo.
Arqueo la espalda. Mis brazos sin vida vuelven a funcionar y recupero la voz.
—¡Ay, Dios!
Lo cojo del pelo húmedo y lo aprieto contra mí. El orgasmo profundo que no ha acabado de salir
ahora parece estar a punto de hacerlo. Ni siquiera intento controlarlo. Empiezo a jadear, se me tensan
los músculos del abdomen y levanto la cabeza. El agua fría recorre mi cuerpo. Pedro está en todas
partes, lamiendo, mordiendo, chupando, dándome besos en el interior de los muslos y penetrándome
con la lengua.
—¿Ya te has despertado? —masculla con mi clítoris en la boca. Le da un mordisco.
—¡Más! —exijo tirándole del pelo.
Lo oigo reírse. Luego cumple con mis demandas, sella la boca en mi sexo y chupa hasta que me
corro. Exploto. Veo las estrellas. Gimo y me llevo las manos a la cabeza. Es demasiado. Es increíble,
es alucinante. Palpito contra su boca y me relajo por completo. El agua fresca es una gozada y el ruido
constante de la ducha es de lo más relajante. No voy a moverme del suelo, por nada ni por nadie. Que
me lleve de vuelta a la cama.
—Me encanta sentirte palpitar, de verdad.
Me besa por todo el cuerpo hasta que encuentra mis labios y les dedica especial atención. Sólo
respondo con la boca. No logro convencer a mis músculos de que se muevan, aunque lo cierto es que
tampoco lo estoy intentando con mucho empeño.
—¿Me he redimido?
Asiento contra sus labios y se echa a reír. Se aparta para verme mejor. Mis ojos todavía
funcionan. Es más guapo que un sol y lo sabe, el muy engreído.
—Te quiero —digo; me ha costado pronunciar las palabras con la respiración entrecortada.
Él me deslumbra con su sonrisa..., mi sonrisa.
—Lo sé, nena —repone, y se levanta demasiado de prisa para mi gusto—. Vamos. Ya he
cumplido con mis obligaciones divinas y ahora tenemos que ir a La Mansión.
Me coge de la mano y me levanta sin esfuerzo. Y eso que no lo ayudo. Me hago el peso muerto
para protestar, aunque ni siquiera lo nota.
—¿Tengo que ir? —refunfuño cuando me echa champú en el pelo y empieza a lavármelo.
—Qué raro. Normalmente siempre quieres venir. —Me sonríe y pongo los ojos en blanco—. Sí,
tienes que venir. Tenemos que recuperar el tiempo perdido. Cuatro días, ni más, ni menos.
Lo ignoro y dejo que sus manos grandes y fuertes me masajeen la cabeza. Luego me la aclara.
—He terminado contigo, señorita. Sal —dice, y me da una palmada en el trasero para que salga
mientras él termina de ducharse.
lunes, 28 de abril de 2014
Capitulo 208 ♥
Me rindo. Mi cuerpo es débil, mi mente aún está peor, y me duele la garganta de tanto gritar.
Dejo que me lleve al coche y me siente en el asiento del acompañante. Ni siquiera protesto cuando
me abrocha el cinturón de seguridad. Masculla incoherencias mientras intenta cubrirme las piernas
con el bajo del vestido y cierra la puerta de un portazo.
Soy vagamente consciente de haber subido al coche y de los agradables acordes de Ed Sheeran,
pero mi mente está agotada y no logro reunir fuerzas para gritarle. La frente se me cae contra la
ventanilla y tengo la vista perdida en las luces brillantes de Londres que dejamos atrás.
—Madre mía —dice Clive con tono de desaprobación cuando me despierto. Mi cabeza se
mueve arriba y abajo, al ritmo de las zancadas de Pedro—. ¿Llamo el ascensor, señor Alfonso?
—No, ya puedo yo. —La voz de pedro resuena en mi interior—. Este vestido es un cinturón —
gruñe llamando el ascensor. Entra en cuanto las puertas se abren.
Me despierto del todo en sus brazos y me revuelvo para que me suelte.
—Puedo andar —le espeto.
Da un respingo burlón y me deja en el suelo, pero sólo porque no hay escapatoria ni coches que
puedan atropellarme. Se abren las puertas del ascensor y soy la primera en salir, buscando las llaves
en el bolso. Las encuentro bastante rápido, teniendo en cuenta que las manos no me responden, pero
introducir la llave correcta es otro cantar. Cierro los ojos e intento concentrarme mientras aproximo
la llave a la cerradura. Lo oigo gruñir a pocos pasos de mí, pero lo ignoro y sigo insistiendo. Se ve
que se harta de esperar porque de repente me coge la muñeca y guía mi mano. Acierta a la primera.
Las puertas se abren. Me quito los zapatos y me tambaleo por el inmenso espacio abierto. Subo
la escalera con cuidado. Cuando llego a lo alto, no giro a la izquierda hacia el dormitorio principal,
sino que voy a la derecha y me meto en mi cuarto de invitados favorito. Me desplomo sobre la cama,
vestida y sin desmaquillar, señal de que estoy molida. No me paro a pensarlo. Se me cierran los ojos
y caigo rendida en el sueño de los borrachos.
—Hay que quitarse eso.
Noto que tiran de mi vestido. Estoy medio dormida. Sé que todavía estoy borracha y que tengo
los párpados pegados porque se me ha corrido la máscara de pestañas.
—¿Vas a cortarlo en trocitos? —murmuro, molesta.
—No —dice con calma. Sus brazos, fuertes y familiares, me envuelven y me levantan de la
cama—. Tal vez no sea capaz de hablar contigo, nena —susurra—, pero quiero que «no nos
hablemos» en nuestra cama.
Automáticamente mis brazos buscan su cuello para agarrarse y hundo la cara en él. Puede que
esté ligeramente ebria y muy cabreada, pero sé cuál es mi sitio favorito. Me deposita sobre el
colchón, me tumba y poco después me atrae contra su pecho.
—¿Paula? —me susurra al oído.
—¿Qué?
—Me vuelves loco, señorita.
—¿Un loco enamorado? —farfullo medio dormida.
Me acerca un poco más a él.
—Eso también.
—Te quiero.
¿Qué ha sido eso? Abro los ojos, llenos de rímel corrido.
—Bebe —me ordena con dulzura.
Gimo y me doy la vuelta sobre la almohada.
—Déjame en paz —lloriqueo.
Se ríe.
Me duele la cabeza. Ni siquiera la he levantado de la almohada, pero tengo la sensación de que
Black Sabbath están ensayando en mi cabeza.
—Ven aquí.
Me enrosca el brazo en la cintura y me arrastra por la cama hasta que me tiene en su regazo. Me
pasa la mano por el pelo y me lo aparta de la cara. Entreabro los ojos y veo un vaso de agua
burbujeante delante de mis labios.
—Bebe —insiste.
Dejo que me ponga el vaso en los labios y bebo el líquido frío con gusto.
—Bébetelo todo.
Me termino el vaso y luego me dejo caer en su pecho desnudo. Soy lo peor cuando tengo resaca.
—¿Duele mucho? —Sé que se está riendo.
—Muchísimo —grazno.
Me pesan los párpados y estoy demasiado cómoda para pensar en los acontecimientos de la
noche anterior, los que me han unido a esta espantosa resaca y al hombre que me saca de mis
casillas.
Cambia de postura y se recuesta en la cama llevándome consigo. Al menos me habla lo
suficiente para cuidar de mí en mi estado lamentable. ¿Qué clase de persona castiga al amor de su
vida, un alcohólico, saliendo por ahí a emborracharse? Y encima embarazada, aunque él no lo sepa.
¿Qué clase de persona tortura a su marido, que es celoso a más no poder, metiéndole la lengua hasta
las amígdalas a otro hombre? La misma clase de persona que le esconde las píldoras anticonceptivas
al amor de su vida para intentar dejarla preñada sin que ella se entere. Estamos hechos el uno para el
otro.
—Lo siento, más o menos —digo en voz baja.
Me da un beso en el pelo.
—Yo también.
Qué valiente es. Seguro que huelo a perro muerto y que tengo un aspecto aún peor. El aroma a
resaca no es el más agradable por la mañana, y menos aún para un ex alcohólico.
Me quedo hecha un ovillo lamentable sobre su pecho, medio dormida, medio despierta, dejando
vagar mis pensamientos.
—¿En qué piensas? —me pregunta casi con miedo.
—En que no podemos seguir así —contesto con sinceridad—. No es bueno para ti. —Omito el
hecho de que tampoco lo es para mí.
Suspira.
—Yo de mí no me preocupo.
—¿Qué vamos a hacer? —insisto.
Se queda unos momentos en silencio. Luego me tumba de espaldas, me separa las piernas y se
acomoda entre mis muslos. Respira hondo y deja caer la cabeza sobre mi pecho.
—No lo sé, pero sé que te quiero muchísimo.
Miro al techo. Eso ya lo sé, pero estamos poniendo a prueba el viejo dicho de que el amor todo
lo puede. Siempre que la pifia recurre a lo mucho que me quiere, como si eso disculpara todas sus
neuras y sus locuras.
—¿Por qué lo hiciste?
No necesito darle detalles. Sabe perfectamente a qué me refiero.
Me mira y ya lleva puesta la arruga de la frente.
—Porque te quiero —dice a modo de defensa—. Todo lo hago porque te quiero.
—Me tratas como a una zorra, me follas en el baño del bar, sin una palabra, y luego te marchas
y te pillo metiéndole mano a otra. ¿Eso lo has hecho porque me quieres?
—Estaba intentando demostrártelo —me discute en voz baja—. Y cuidado con esa boca.
—No, Pedro, estabas intentando tocarme las pelotas. —Me revuelvo un poco debajo de él y me
mira nervioso—. Necesito una ducha.
Busca en mi mirada pero al final se aparta para que me levante. Voy al cuarto de baño, cierro la
puerta, me cepillo los dientes y me meto bajo el agua. Estoy desanimada y resacosa. Sólo quiero
volver a meterme en la cama y olvidarlo todo, pero mi cerebro va a cien y estoy entrando en terreno
pantanoso, lo que empeora mi dolor de cabeza. No lo he visto en cuatro días. Estoy intentando no
pensar pero no puedo evitarlo, sobre todo después de lo que pasó la última vez que desapareció.
Pego un brinco cuando noto su mano en mi vientre y me besa en el hombro.
—Ya lo hago yo —susurra quitándome la esponja y dándome la vuelta. Se arrodilla delante de
mí y coge mi pie, se lo apoya en el muslo y empieza a enjabonarme la pierna.
No hay ni rastro de la arruga de la frente. Parece contento, relajado y en paz, como a mí me
gusta. Es porque vuelve a cuidar de mí.
—¿Dónde has estado desde el lunes? —pregunto sin quitarle ojo.
No se tensa ni me mira receloso, sino que sigue enjabonándome mientras el agua cae sobre
nosotros.
—En el infierno —responde con dulzura—. Me dejaste, Paula. —No me mira y no lo dice en
tono de acusación, pero sé que me está diciendo que rompí mi promesa.
—¿Dónde has estado? —insisto dejando el pie sobre el suelo de la ducha y levantando el otro
cuando me da un golpecito en el tobillo.
—Estaba intentando darte espacio. Sé cómo me porto contigo y ojalá pudiera evitarlo, de
verdad. Pero no puedo.
Aún no me ha respondido. Todo eso ya lo sé.
—¿Dónde has estado, Pedro?
—Siguiéndote —susurra—... a todas partes.
—¿Durante cuatro días? —exclamo.
Me mira y deja de enjabonarme.
—Mi único consuelo era ver que tú también te sentías sola.
Me coge la mano y tira de mí para que me arrodille yo también. Me aparta el pelo mojado de la
cara y me da un beso tierno en los labios.
—No somos convencionales, nena. Pero somos especiales. Lo que tenemos es muy especial. Me
perteneces y yo te pertenezco a ti. Eso es así. No es natural que estemos separados, Paula.
—Nos volvemos locos el uno al otro. No es sano.
—Lo que no es sano es mi vida sin ti. —Me sienta en su regazo y rodea su cuello con mis
brazos antes de enroscar los suyos alrededor de mi cintura—. Aquí es donde debes estar —añade
apretándome la cintura para enfatizar sus palabras—. Justo aquí. Siempre a mi lado. No vuelvas a
besar a otro hombre, Paula, o me meterán a la sombra durante mucho, mucho tiempo.
Me doy cuenta de lo tonta que he sido. Le acaricio la mandíbula. No hay cardenales ni rasguños.
—Tienes que dejar de hacer locuras —digo.
Mi enfado ha desaparecido, y sé por qué. Es por lo mucho que sé que me quiere. ¿Excusa eso su
comportamiento? Parece que deja de autodestruirse en cuanto me tiene en sus brazos y hago lo que
me ordena. No puedo fingir que no me resulta frustrante, que no me saca de quicio y que no hace que
a veces me pregunte en qué me he metido. Pero este lado suyo, el tierno y afectuoso, casi supera sus
neuras y su confusa forma de ser. Y de repente me acuerdo de que sigo embarazada.
Y Pedro cree que no lo estoy.
Me coge las mejillas y me besa.
—Y tú tienes que dejar de llevarme la contraria —sonríe sin despegarse de mis labios.
—Eso nunca —replico, y me lo como a besos bajo el agua caliente de la ducha.
LO IBA A CORTAR EN LA PARTE DE LA PELEA PERO NO LO HICE JA! GRACIAS POR LEER! ♥
Dejo que me lleve al coche y me siente en el asiento del acompañante. Ni siquiera protesto cuando
me abrocha el cinturón de seguridad. Masculla incoherencias mientras intenta cubrirme las piernas
con el bajo del vestido y cierra la puerta de un portazo.
Soy vagamente consciente de haber subido al coche y de los agradables acordes de Ed Sheeran,
pero mi mente está agotada y no logro reunir fuerzas para gritarle. La frente se me cae contra la
ventanilla y tengo la vista perdida en las luces brillantes de Londres que dejamos atrás.
—Madre mía —dice Clive con tono de desaprobación cuando me despierto. Mi cabeza se
mueve arriba y abajo, al ritmo de las zancadas de Pedro—. ¿Llamo el ascensor, señor Alfonso?
—No, ya puedo yo. —La voz de pedro resuena en mi interior—. Este vestido es un cinturón —
gruñe llamando el ascensor. Entra en cuanto las puertas se abren.
Me despierto del todo en sus brazos y me revuelvo para que me suelte.
—Puedo andar —le espeto.
Da un respingo burlón y me deja en el suelo, pero sólo porque no hay escapatoria ni coches que
puedan atropellarme. Se abren las puertas del ascensor y soy la primera en salir, buscando las llaves
en el bolso. Las encuentro bastante rápido, teniendo en cuenta que las manos no me responden, pero
introducir la llave correcta es otro cantar. Cierro los ojos e intento concentrarme mientras aproximo
la llave a la cerradura. Lo oigo gruñir a pocos pasos de mí, pero lo ignoro y sigo insistiendo. Se ve
que se harta de esperar porque de repente me coge la muñeca y guía mi mano. Acierta a la primera.
Las puertas se abren. Me quito los zapatos y me tambaleo por el inmenso espacio abierto. Subo
la escalera con cuidado. Cuando llego a lo alto, no giro a la izquierda hacia el dormitorio principal,
sino que voy a la derecha y me meto en mi cuarto de invitados favorito. Me desplomo sobre la cama,
vestida y sin desmaquillar, señal de que estoy molida. No me paro a pensarlo. Se me cierran los ojos
y caigo rendida en el sueño de los borrachos.
—Hay que quitarse eso.
Noto que tiran de mi vestido. Estoy medio dormida. Sé que todavía estoy borracha y que tengo
los párpados pegados porque se me ha corrido la máscara de pestañas.
—¿Vas a cortarlo en trocitos? —murmuro, molesta.
—No —dice con calma. Sus brazos, fuertes y familiares, me envuelven y me levantan de la
cama—. Tal vez no sea capaz de hablar contigo, nena —susurra—, pero quiero que «no nos
hablemos» en nuestra cama.
Automáticamente mis brazos buscan su cuello para agarrarse y hundo la cara en él. Puede que
esté ligeramente ebria y muy cabreada, pero sé cuál es mi sitio favorito. Me deposita sobre el
colchón, me tumba y poco después me atrae contra su pecho.
—¿Paula? —me susurra al oído.
—¿Qué?
—Me vuelves loco, señorita.
—¿Un loco enamorado? —farfullo medio dormida.
Me acerca un poco más a él.
—Eso también.
—Te quiero.
¿Qué ha sido eso? Abro los ojos, llenos de rímel corrido.
—Bebe —me ordena con dulzura.
Gimo y me doy la vuelta sobre la almohada.
—Déjame en paz —lloriqueo.
Se ríe.
Me duele la cabeza. Ni siquiera la he levantado de la almohada, pero tengo la sensación de que
Black Sabbath están ensayando en mi cabeza.
—Ven aquí.
Me enrosca el brazo en la cintura y me arrastra por la cama hasta que me tiene en su regazo. Me
pasa la mano por el pelo y me lo aparta de la cara. Entreabro los ojos y veo un vaso de agua
burbujeante delante de mis labios.
—Bebe —insiste.
Dejo que me ponga el vaso en los labios y bebo el líquido frío con gusto.
—Bébetelo todo.
Me termino el vaso y luego me dejo caer en su pecho desnudo. Soy lo peor cuando tengo resaca.
—¿Duele mucho? —Sé que se está riendo.
—Muchísimo —grazno.
Me pesan los párpados y estoy demasiado cómoda para pensar en los acontecimientos de la
noche anterior, los que me han unido a esta espantosa resaca y al hombre que me saca de mis
casillas.
Cambia de postura y se recuesta en la cama llevándome consigo. Al menos me habla lo
suficiente para cuidar de mí en mi estado lamentable. ¿Qué clase de persona castiga al amor de su
vida, un alcohólico, saliendo por ahí a emborracharse? Y encima embarazada, aunque él no lo sepa.
¿Qué clase de persona tortura a su marido, que es celoso a más no poder, metiéndole la lengua hasta
las amígdalas a otro hombre? La misma clase de persona que le esconde las píldoras anticonceptivas
al amor de su vida para intentar dejarla preñada sin que ella se entere. Estamos hechos el uno para el
otro.
—Lo siento, más o menos —digo en voz baja.
Me da un beso en el pelo.
—Yo también.
Qué valiente es. Seguro que huelo a perro muerto y que tengo un aspecto aún peor. El aroma a
resaca no es el más agradable por la mañana, y menos aún para un ex alcohólico.
Me quedo hecha un ovillo lamentable sobre su pecho, medio dormida, medio despierta, dejando
vagar mis pensamientos.
—¿En qué piensas? —me pregunta casi con miedo.
—En que no podemos seguir así —contesto con sinceridad—. No es bueno para ti. —Omito el
hecho de que tampoco lo es para mí.
Suspira.
—Yo de mí no me preocupo.
—¿Qué vamos a hacer? —insisto.
Se queda unos momentos en silencio. Luego me tumba de espaldas, me separa las piernas y se
acomoda entre mis muslos. Respira hondo y deja caer la cabeza sobre mi pecho.
—No lo sé, pero sé que te quiero muchísimo.
Miro al techo. Eso ya lo sé, pero estamos poniendo a prueba el viejo dicho de que el amor todo
lo puede. Siempre que la pifia recurre a lo mucho que me quiere, como si eso disculpara todas sus
neuras y sus locuras.
—¿Por qué lo hiciste?
No necesito darle detalles. Sabe perfectamente a qué me refiero.
Me mira y ya lleva puesta la arruga de la frente.
—Porque te quiero —dice a modo de defensa—. Todo lo hago porque te quiero.
—Me tratas como a una zorra, me follas en el baño del bar, sin una palabra, y luego te marchas
y te pillo metiéndole mano a otra. ¿Eso lo has hecho porque me quieres?
—Estaba intentando demostrártelo —me discute en voz baja—. Y cuidado con esa boca.
—No, Pedro, estabas intentando tocarme las pelotas. —Me revuelvo un poco debajo de él y me
mira nervioso—. Necesito una ducha.
Busca en mi mirada pero al final se aparta para que me levante. Voy al cuarto de baño, cierro la
puerta, me cepillo los dientes y me meto bajo el agua. Estoy desanimada y resacosa. Sólo quiero
volver a meterme en la cama y olvidarlo todo, pero mi cerebro va a cien y estoy entrando en terreno
pantanoso, lo que empeora mi dolor de cabeza. No lo he visto en cuatro días. Estoy intentando no
pensar pero no puedo evitarlo, sobre todo después de lo que pasó la última vez que desapareció.
Pego un brinco cuando noto su mano en mi vientre y me besa en el hombro.
—Ya lo hago yo —susurra quitándome la esponja y dándome la vuelta. Se arrodilla delante de
mí y coge mi pie, se lo apoya en el muslo y empieza a enjabonarme la pierna.
No hay ni rastro de la arruga de la frente. Parece contento, relajado y en paz, como a mí me
gusta. Es porque vuelve a cuidar de mí.
—¿Dónde has estado desde el lunes? —pregunto sin quitarle ojo.
No se tensa ni me mira receloso, sino que sigue enjabonándome mientras el agua cae sobre
nosotros.
—En el infierno —responde con dulzura—. Me dejaste, Paula. —No me mira y no lo dice en
tono de acusación, pero sé que me está diciendo que rompí mi promesa.
—¿Dónde has estado? —insisto dejando el pie sobre el suelo de la ducha y levantando el otro
cuando me da un golpecito en el tobillo.
—Estaba intentando darte espacio. Sé cómo me porto contigo y ojalá pudiera evitarlo, de
verdad. Pero no puedo.
Aún no me ha respondido. Todo eso ya lo sé.
—¿Dónde has estado, Pedro?
—Siguiéndote —susurra—... a todas partes.
—¿Durante cuatro días? —exclamo.
Me mira y deja de enjabonarme.
—Mi único consuelo era ver que tú también te sentías sola.
Me coge la mano y tira de mí para que me arrodille yo también. Me aparta el pelo mojado de la
cara y me da un beso tierno en los labios.
—No somos convencionales, nena. Pero somos especiales. Lo que tenemos es muy especial. Me
perteneces y yo te pertenezco a ti. Eso es así. No es natural que estemos separados, Paula.
—Nos volvemos locos el uno al otro. No es sano.
—Lo que no es sano es mi vida sin ti. —Me sienta en su regazo y rodea su cuello con mis
brazos antes de enroscar los suyos alrededor de mi cintura—. Aquí es donde debes estar —añade
apretándome la cintura para enfatizar sus palabras—. Justo aquí. Siempre a mi lado. No vuelvas a
besar a otro hombre, Paula, o me meterán a la sombra durante mucho, mucho tiempo.
Me doy cuenta de lo tonta que he sido. Le acaricio la mandíbula. No hay cardenales ni rasguños.
—Tienes que dejar de hacer locuras —digo.
Mi enfado ha desaparecido, y sé por qué. Es por lo mucho que sé que me quiere. ¿Excusa eso su
comportamiento? Parece que deja de autodestruirse en cuanto me tiene en sus brazos y hago lo que
me ordena. No puedo fingir que no me resulta frustrante, que no me saca de quicio y que no hace que
a veces me pregunte en qué me he metido. Pero este lado suyo, el tierno y afectuoso, casi supera sus
neuras y su confusa forma de ser. Y de repente me acuerdo de que sigo embarazada.
Y Pedro cree que no lo estoy.
Me coge las mejillas y me besa.
—Y tú tienes que dejar de llevarme la contraria —sonríe sin despegarse de mis labios.
—Eso nunca —replico, y me lo como a besos bajo el agua caliente de la ducha.
LO IBA A CORTAR EN LA PARTE DE LA PELEA PERO NO LO HICE JA! GRACIAS POR LEER! ♥
Capitulo 207 ♥
Tras quedarme estupefacta y en silencio, de repente la música que me bombardea se me hace
insoportable. Me arreglo la ropa y hago lo posible por volver a parecer normal. No sirve de nada.
Estoy atónita. No me ha dicho ni media palabra desde que me ha sacado de la pista de baile hasta que
me ha dejado sola en el baño para discapacitados, donde acaba de follarme. Ni me ha hecho el amor
ni ha sido sexo salvaje. Acaba de follarse a su esposa, como si yo fuera una cualquiera que se ha
ligado en un bar. Estoy dolida y mis incertidumbres no han hecho más que aumentar. ¿Qué hago
ahora? Me vuelvo a toda prisa cuando la puerta se abre y Kate entra como un rayo.
—¡Por fin te encuentro! ¡Nos vamos!
—¿Por qué?
Parece asustada.
—Sam está aquí.
¿Eso es todo?
—No es para tanto, ¿no?
—Y tu hermano también —añade secamente.
—Vaya...
—Sí, vaya... —Me coge de la mano y me saca del baño—. ¿Dónde está Pedro? —pregunta
cuando pasamos junto a la barra.
Miro a mi alrededor y lo veo en la barra. Una mano sostiene un vaso de un líquido cristalino y
la otra... la tiene en el culo de una mujer.
La sangre me hierve en las venas.
Me suelto de Kate de un tirón y corro hacia el cabrón de mi marido.
—¡Paula! ¡Tengo que salir de aquí! —me grita Kate.
La ignoro y me abro paso entre la gente. Pedro levanta la vista y me ve pero no da señales de
haberme reconocido. No parece sentirse culpable ni pone cara de saber que lo han pillado. ¿Por qué
iba a hacerlo? Sabe que estoy aquí porque acaba de follarme y de marcarme en los servicios. Veo a
Sam, que parece estar más asustado que Pedro ante mi llegada inminente.
Lo primero que hago cuando lo tengo a mi alcance es cogerle el vaso y bebérmelo. Es agua. Lo
tiro al suelo y el sonido del cristal al romperse apenas es audible entre el rugido de la música y de la
gente charlando. Luego me vuelvo hacia la mujer, que tiene la mano en el culo terso de mi dios
neurótico.
—¡Piérdete! —le grito a la cara al tiempo que le quito la mano del trasero de Pedro.
No necesito repetirlo con la mano que él tiene en el culo de ella. Ya la ha retirado, y tampoco
hay necesidad de que le repita que se largue. La mujer pone cara de sorpresa y se marcha, recelosa.
Es lo más sensato que ha hecho en su vida. Estoy que muerdo.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —le grito a Pedro.
Él levanta las cejas, despacio, y una sonrisa burlona aparece entonces en las comisuras de su
sensual boca. Es la primera reacción emocional que he conseguido sacarle desde que llegó al bar.
Pero no dice nada.
—¡Contéstame!
Niego con la cabeza, se vuelve hacia la barra y le hace un gesto al camarero. Él se lo ha
buscado. Me doy la vuelta y veo a mis tres amigos, y a Sam, a Drew y a mi hermano, todos
alucinando en colores. Yo también estoy flipando.
—¡Apartad! —grito empujándolos para poder pasar.
Me dirijo a la pista de baile y no tardo mucho en encontrar lo que busco. Recibo muchas ofertas
cuando me levanto el bajo del vestido, pero no voy a elegir a cualquiera. Contemplo unos segundos
la selección y me decanto por un hombre alto, moreno y de ojos azules. Está muy bueno. No me
planteo que me rechace. Me acerco a él, le dejo que me vea bien y le paso la mano por el cuello. Me
acepta encantado, me mete la lengua en la boca sin dilación y me rodea la cintura con el brazo. Me
regaño mentalmente por pensar lo bien que se le da y no tardo en fundirme con su ritmo, hasta que de
repente desaparece.
Abro los ojos y veo que el extraño le está poniendo a Pedro cara de pocos amigos.
—¡¿De qué vas?! —grita sin poder creérselo, a lo que mi hombre responde propinándole un
puñetazo en toda la nariz... De los que duelen.
Observo horrorizada cómo le sale un chorro de sangre de la nariz que salpica por todas partes.
Sin embargo, eso no lo detiene. Se abalanza sobre Pedro y lo derriba. Vuelan puñetazos e intentos de
estrangulamiento y todo el mundo se aparta para dejar espacio a los dos luchadores.
—Paula, pero ¿en qué demonios estabas pensando? —La voz cabreada de Sam me apuñala los
tímpanos. Levanto la cabeza y me encuentro una mirada acusadora.
No sé en qué estaba pensando. No pensaba, la verdad.
Sigo la mirada de Sam de vuelta a la pista de baile. Pedro recibe un gancho en la mandíbula. Se
me tuerce el gesto.
—Por favor, Sam, haz que paren.
Todo cuanto veo es la camisa blanca de Pedro cubierta de sangre y la cara del otro tío hecha
puré. Tiene la nariz rota.
—¿Estás loca o qué? —se ríe Sam.
Estoy a punto de suplicarle cuando Pedro se levanta, coge al tío y lo empotra contra un pilar
antes de clavarle un rodillazo en las costillas con todas sus fuerzas. El hombre se hace un ovillo en el
suelo y se abraza el torso. Me siento fatal, y no sólo porque mi marido se palpa la mandíbula con
gesto de dolor. Me siento responsable por el pobre desconocido, al que he escogido para que le
dieran la paliza de su vida. ¿Qué coño me pasa?
Trago saliva y recibo un empujón. Jay entra a la carga, evalúa la situación y coge a Pedro y lo
saca del bar. Me aparto cuando pasan junto a mí, pero Pedro se revuelve contra Jay y me agarra del
brazo.
—¡Saca tu culo a la calle! —me ruge.
De repente me doy cuenta de que he cometido un terrible error, y no quiero oír las perlas que
van a salir de la boca del hombre enfurecido que me espera fuera. Decido que lo más seguro es
quedarse en el bar. Me revuelvo contra pedro y Pedro se revuelve contra Jay.
El portero maldice mientras lidia con nosotros.
—¡Afuera! —grita, y de repente me levanta del suelo y me aprieta contra su pecho—. ¡Yo te la
saco afuera si sacas tu culo testarudo del bar! —le chilla a Pedro.
Funciona, pero no sin que mi marido le gruña:
—No muevas las manos ni un centímetro.
Pese a estar enloquecida, noto que el portero me está sujetando por la cintura con una mano y
por el antebrazo con la otra. Me resisto, desafiante.
—¡Suéltame, cabrón!
—Alfonso, ¿cómo cojones la soportas? —le pregunta Jay caminando hacia la salida del bar.
«¿Perdona?»
—Me vuelve loco —responde pedro lanzándome una mirada de disgusto antes de volver a mirar
al frente y pasarse la mano por la mandíbula—. Ten cuidado con ella.
Jay me deja en tierra y me dedica un gesto de desaprobación. Estrecha la mano de Pedro y nos
deja en la acera. Nos estamos tanteando con la mirada cuando nuestros amigos, y Dan, salen
corriendo del bar. No quiero que mi hermano presencie esto.
—¡Largaos! —les ruge Pedro.
Dan da un paso adelante.
—¿Te crees que voy a dejarla contigo? —espeta echándose a reír.
Rezo para que Dan cierre el pico porque, después de lo que acabo de ver, no me cabe duda de
que mi marido es capaz de aniquilarlo. Me vuelvo hacia Kate y le pido ayuda con los ojos, pero todo
cuanto consigo es que me mire con los labios apretados. Los demás observan alternativamente a mi
hermano y a mi hombre. Han visto al Pedro enloquecido. No van a ayudarme.
Pedro me coge del codo y mira a Dan.
—¿Te importa que me lleve a mi mujer a casa? —dice. Es una afirmación, no una pregunta.
—La verdad es que sí me importa. —Mi hermano no va a bajar del burro. Lo veo en el brillo
metálico de sus ojos oscuros.
—Dan, no pasa nada. Estoy bien. Vete —replico. Luego miro al resto del grupo—. Marchaos
todos, por favor.
Pero nadie se mueve.
Pedro me sujeta con más fuerza.
—¡¿Qué coño crees que voy a hacerle?! —aúlla—. ¡Esta mujer es mi vida!
Me echo atrás ante su fiera declaración, igual que los demás, igual que Dan. Si soy su vida,
¿dónde carajo se ha metido estos cuatro días? ¿Por qué me ha follado como si no fuera más que un
objeto? ¿Y por qué le ha metido mano a otra en el bar? Me suelto y doy un paso atrás. Miro a mi
amiga, aunque no sé por qué. Tal vez en busca de consejo, porque no sé qué hacer. Ella niega
sutilmente con la cabeza. Es su forma de decirme que no monte una escena. Mi lado peleón me está
gritando que no le consienta dejarme mal, mientras que mi pequeño lado sensato intenta
tranquilizarme y me aconseja que no me deje en mal lugar yo solita.
La mirada de Kate me anima a acercarme a ella, le doy un tirón al bajo de mi vestido y, en un
acto estúpido de desafío, cojo su copa de vino y me la bebo.
—¡Paula! —Mi amiga intenta detenerme, pero tengo una misión.
—Te veo luego —digo cogiéndole mi bolso de la otra mano. Entonces me vuelvo hacia Pedro.
Tiene el labio torcido en un gesto de advertencia, pero me importa un bledo. Mentalmente no dejo de
ver todo lo que ha hecho esta noche, y me estoy cabreando mucho—. No te molestes en seguirme —le
suelto. Me mira y la ira es más que evidente en su rostro. Espero que mi disgusto también lo sea pero,
por si no lo es, le lanzo una mirada de asco antes de empujarlo para pasar y concentrarme al máximo
para no caerme. No debería haberme bebido esa copa de vino por muchas razones.
A trompicones, bajo de la acera para llamar a un taxi, pero no llego ni a levantar el brazo.
—¡No bajes de la acera! —me ruge echándome sobre sus hombros—. ¡¿Estás tonta?!
—¡Que te den, Pedro! —Me lleva de nuevo a la acera—. ¡Bájame!
—¡No!
—¡Pedro, me haces daño!
Me baja al instante y sus ojos verdes me examinan, preocupados.
—¿Te he hecho daño? ¿Dónde?
Me llevo la mano al pecho.
—¡Aquí! —le grito en las narices.
Da un paso atrás pero luego hace el mismo gesto que yo. Se golpea el pecho, con la camisa
manchada de sangre.
—¡Bienvenida al club, Paula! —ruge.
Parpadeo ante el volumen de su voz antes de dar media vuelta sobre mis tacones, borracha, y me
marcho.
—¡El coche está aquí! —me grita desde atrás.
Me detengo, doy media vuelta muy despacio y me marcho en la otra dirección. No voy a
conseguir nada intentando escapar. Yo estoy borracha, y él está decidido.
—No me gusta tu vestido —me gruñe pisándome los talones.
—A mí, sí —contraataco sin dejar de andar.
—¿Y eso por qué? —Me alcanza, cosa que no es difícil: estoy pedo y llevo tacones.
Me paro y me vuelvo para mirarlo.
—¡Porque sabía que lo odiarías! —grito, y el resto de los viandantes se nos quedan mirando.
—¡Pues tenías razón! —me grita.
—¡Bien! ¿Estás enfadado por eso, porque estoy borracha, o porque he besado a otro?
—¡Por todo! Pero lo de besar a otro hombre se lleva la palma —dice temblando de la rabia.
—¡Tenías la mano en el culo de otra!
—¡Ya lo sé! —Me mira y yo le devuelvo la mirada.
—¡¿Por qué? ¿Una sola mujer te resultaba aburrido?! —chillo poniéndome tensa.
Miro alrededor para ver quién más ha oído mi comentario. Me alegra comprobar que nuestros
amigos han huido. Podría haberlo atacado por ser tan celoso o por ser tan posesivo, pero no, voy y
elijo su vida sexual pasada.
Me mira con sus ojos verdes entornados y los labios apretados.
—¡Lo estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo? ¿Cómo?
—¡Me dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías nunca!
Estamos el uno frente al otro, mirándonos como un par de lobos a punto de saltar a la yugular
del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los dos tenemos motivos para estar enfadados. Por
supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero no estoy preparada para pasarme la noche en plena
calle sólo para demostrar que tengo razón. No soy tan cabezota como él.
—No deberías haber decidido mi futuro tú solo —digo con más calma.
Echo a andar y doy un traspié al llegar al bordillo de la acera. No sé dónde tiene aparcado el
coche, pero seguro que en breve me gritará hacia adónde debo ir.
—Eres un grano en el culo —me suelta—. Estaba pensando en nuestro futuro.
Me coge por detrás y me lleva en brazos.
—Bájame, Pedro —protesto sin mucha convicción. Mi débil intento de soltarme es bastante
patético, la verdad.
—No voy a bajarte, señorita.
insoportable. Me arreglo la ropa y hago lo posible por volver a parecer normal. No sirve de nada.
Estoy atónita. No me ha dicho ni media palabra desde que me ha sacado de la pista de baile hasta que
me ha dejado sola en el baño para discapacitados, donde acaba de follarme. Ni me ha hecho el amor
ni ha sido sexo salvaje. Acaba de follarse a su esposa, como si yo fuera una cualquiera que se ha
ligado en un bar. Estoy dolida y mis incertidumbres no han hecho más que aumentar. ¿Qué hago
ahora? Me vuelvo a toda prisa cuando la puerta se abre y Kate entra como un rayo.
—¡Por fin te encuentro! ¡Nos vamos!
—¿Por qué?
Parece asustada.
—Sam está aquí.
¿Eso es todo?
—No es para tanto, ¿no?
—Y tu hermano también —añade secamente.
—Vaya...
—Sí, vaya... —Me coge de la mano y me saca del baño—. ¿Dónde está Pedro? —pregunta
cuando pasamos junto a la barra.
Miro a mi alrededor y lo veo en la barra. Una mano sostiene un vaso de un líquido cristalino y
la otra... la tiene en el culo de una mujer.
La sangre me hierve en las venas.
Me suelto de Kate de un tirón y corro hacia el cabrón de mi marido.
—¡Paula! ¡Tengo que salir de aquí! —me grita Kate.
La ignoro y me abro paso entre la gente. Pedro levanta la vista y me ve pero no da señales de
haberme reconocido. No parece sentirse culpable ni pone cara de saber que lo han pillado. ¿Por qué
iba a hacerlo? Sabe que estoy aquí porque acaba de follarme y de marcarme en los servicios. Veo a
Sam, que parece estar más asustado que Pedro ante mi llegada inminente.
Lo primero que hago cuando lo tengo a mi alcance es cogerle el vaso y bebérmelo. Es agua. Lo
tiro al suelo y el sonido del cristal al romperse apenas es audible entre el rugido de la música y de la
gente charlando. Luego me vuelvo hacia la mujer, que tiene la mano en el culo terso de mi dios
neurótico.
—¡Piérdete! —le grito a la cara al tiempo que le quito la mano del trasero de Pedro.
No necesito repetirlo con la mano que él tiene en el culo de ella. Ya la ha retirado, y tampoco
hay necesidad de que le repita que se largue. La mujer pone cara de sorpresa y se marcha, recelosa.
Es lo más sensato que ha hecho en su vida. Estoy que muerdo.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —le grito a Pedro.
Él levanta las cejas, despacio, y una sonrisa burlona aparece entonces en las comisuras de su
sensual boca. Es la primera reacción emocional que he conseguido sacarle desde que llegó al bar.
Pero no dice nada.
—¡Contéstame!
Niego con la cabeza, se vuelve hacia la barra y le hace un gesto al camarero. Él se lo ha
buscado. Me doy la vuelta y veo a mis tres amigos, y a Sam, a Drew y a mi hermano, todos
alucinando en colores. Yo también estoy flipando.
—¡Apartad! —grito empujándolos para poder pasar.
Me dirijo a la pista de baile y no tardo mucho en encontrar lo que busco. Recibo muchas ofertas
cuando me levanto el bajo del vestido, pero no voy a elegir a cualquiera. Contemplo unos segundos
la selección y me decanto por un hombre alto, moreno y de ojos azules. Está muy bueno. No me
planteo que me rechace. Me acerco a él, le dejo que me vea bien y le paso la mano por el cuello. Me
acepta encantado, me mete la lengua en la boca sin dilación y me rodea la cintura con el brazo. Me
regaño mentalmente por pensar lo bien que se le da y no tardo en fundirme con su ritmo, hasta que de
repente desaparece.
Abro los ojos y veo que el extraño le está poniendo a Pedro cara de pocos amigos.
—¡¿De qué vas?! —grita sin poder creérselo, a lo que mi hombre responde propinándole un
puñetazo en toda la nariz... De los que duelen.
Observo horrorizada cómo le sale un chorro de sangre de la nariz que salpica por todas partes.
Sin embargo, eso no lo detiene. Se abalanza sobre Pedro y lo derriba. Vuelan puñetazos e intentos de
estrangulamiento y todo el mundo se aparta para dejar espacio a los dos luchadores.
—Paula, pero ¿en qué demonios estabas pensando? —La voz cabreada de Sam me apuñala los
tímpanos. Levanto la cabeza y me encuentro una mirada acusadora.
No sé en qué estaba pensando. No pensaba, la verdad.
Sigo la mirada de Sam de vuelta a la pista de baile. Pedro recibe un gancho en la mandíbula. Se
me tuerce el gesto.
—Por favor, Sam, haz que paren.
Todo cuanto veo es la camisa blanca de Pedro cubierta de sangre y la cara del otro tío hecha
puré. Tiene la nariz rota.
—¿Estás loca o qué? —se ríe Sam.
Estoy a punto de suplicarle cuando Pedro se levanta, coge al tío y lo empotra contra un pilar
antes de clavarle un rodillazo en las costillas con todas sus fuerzas. El hombre se hace un ovillo en el
suelo y se abraza el torso. Me siento fatal, y no sólo porque mi marido se palpa la mandíbula con
gesto de dolor. Me siento responsable por el pobre desconocido, al que he escogido para que le
dieran la paliza de su vida. ¿Qué coño me pasa?
Trago saliva y recibo un empujón. Jay entra a la carga, evalúa la situación y coge a Pedro y lo
saca del bar. Me aparto cuando pasan junto a mí, pero Pedro se revuelve contra Jay y me agarra del
brazo.
—¡Saca tu culo a la calle! —me ruge.
De repente me doy cuenta de que he cometido un terrible error, y no quiero oír las perlas que
van a salir de la boca del hombre enfurecido que me espera fuera. Decido que lo más seguro es
quedarse en el bar. Me revuelvo contra pedro y Pedro se revuelve contra Jay.
El portero maldice mientras lidia con nosotros.
—¡Afuera! —grita, y de repente me levanta del suelo y me aprieta contra su pecho—. ¡Yo te la
saco afuera si sacas tu culo testarudo del bar! —le chilla a Pedro.
Funciona, pero no sin que mi marido le gruña:
—No muevas las manos ni un centímetro.
Pese a estar enloquecida, noto que el portero me está sujetando por la cintura con una mano y
por el antebrazo con la otra. Me resisto, desafiante.
—¡Suéltame, cabrón!
—Alfonso, ¿cómo cojones la soportas? —le pregunta Jay caminando hacia la salida del bar.
«¿Perdona?»
—Me vuelve loco —responde pedro lanzándome una mirada de disgusto antes de volver a mirar
al frente y pasarse la mano por la mandíbula—. Ten cuidado con ella.
Jay me deja en tierra y me dedica un gesto de desaprobación. Estrecha la mano de Pedro y nos
deja en la acera. Nos estamos tanteando con la mirada cuando nuestros amigos, y Dan, salen
corriendo del bar. No quiero que mi hermano presencie esto.
—¡Largaos! —les ruge Pedro.
Dan da un paso adelante.
—¿Te crees que voy a dejarla contigo? —espeta echándose a reír.
Rezo para que Dan cierre el pico porque, después de lo que acabo de ver, no me cabe duda de
que mi marido es capaz de aniquilarlo. Me vuelvo hacia Kate y le pido ayuda con los ojos, pero todo
cuanto consigo es que me mire con los labios apretados. Los demás observan alternativamente a mi
hermano y a mi hombre. Han visto al Pedro enloquecido. No van a ayudarme.
Pedro me coge del codo y mira a Dan.
—¿Te importa que me lleve a mi mujer a casa? —dice. Es una afirmación, no una pregunta.
—La verdad es que sí me importa. —Mi hermano no va a bajar del burro. Lo veo en el brillo
metálico de sus ojos oscuros.
—Dan, no pasa nada. Estoy bien. Vete —replico. Luego miro al resto del grupo—. Marchaos
todos, por favor.
Pero nadie se mueve.
Pedro me sujeta con más fuerza.
—¡¿Qué coño crees que voy a hacerle?! —aúlla—. ¡Esta mujer es mi vida!
Me echo atrás ante su fiera declaración, igual que los demás, igual que Dan. Si soy su vida,
¿dónde carajo se ha metido estos cuatro días? ¿Por qué me ha follado como si no fuera más que un
objeto? ¿Y por qué le ha metido mano a otra en el bar? Me suelto y doy un paso atrás. Miro a mi
amiga, aunque no sé por qué. Tal vez en busca de consejo, porque no sé qué hacer. Ella niega
sutilmente con la cabeza. Es su forma de decirme que no monte una escena. Mi lado peleón me está
gritando que no le consienta dejarme mal, mientras que mi pequeño lado sensato intenta
tranquilizarme y me aconseja que no me deje en mal lugar yo solita.
La mirada de Kate me anima a acercarme a ella, le doy un tirón al bajo de mi vestido y, en un
acto estúpido de desafío, cojo su copa de vino y me la bebo.
—¡Paula! —Mi amiga intenta detenerme, pero tengo una misión.
—Te veo luego —digo cogiéndole mi bolso de la otra mano. Entonces me vuelvo hacia Pedro.
Tiene el labio torcido en un gesto de advertencia, pero me importa un bledo. Mentalmente no dejo de
ver todo lo que ha hecho esta noche, y me estoy cabreando mucho—. No te molestes en seguirme —le
suelto. Me mira y la ira es más que evidente en su rostro. Espero que mi disgusto también lo sea pero,
por si no lo es, le lanzo una mirada de asco antes de empujarlo para pasar y concentrarme al máximo
para no caerme. No debería haberme bebido esa copa de vino por muchas razones.
A trompicones, bajo de la acera para llamar a un taxi, pero no llego ni a levantar el brazo.
—¡No bajes de la acera! —me ruge echándome sobre sus hombros—. ¡¿Estás tonta?!
—¡Que te den, Pedro! —Me lleva de nuevo a la acera—. ¡Bájame!
—¡No!
—¡Pedro, me haces daño!
Me baja al instante y sus ojos verdes me examinan, preocupados.
—¿Te he hecho daño? ¿Dónde?
Me llevo la mano al pecho.
—¡Aquí! —le grito en las narices.
Da un paso atrás pero luego hace el mismo gesto que yo. Se golpea el pecho, con la camisa
manchada de sangre.
—¡Bienvenida al club, Paula! —ruge.
Parpadeo ante el volumen de su voz antes de dar media vuelta sobre mis tacones, borracha, y me
marcho.
—¡El coche está aquí! —me grita desde atrás.
Me detengo, doy media vuelta muy despacio y me marcho en la otra dirección. No voy a
conseguir nada intentando escapar. Yo estoy borracha, y él está decidido.
—No me gusta tu vestido —me gruñe pisándome los talones.
—A mí, sí —contraataco sin dejar de andar.
—¿Y eso por qué? —Me alcanza, cosa que no es difícil: estoy pedo y llevo tacones.
Me paro y me vuelvo para mirarlo.
—¡Porque sabía que lo odiarías! —grito, y el resto de los viandantes se nos quedan mirando.
—¡Pues tenías razón! —me grita.
—¡Bien! ¿Estás enfadado por eso, porque estoy borracha, o porque he besado a otro?
—¡Por todo! Pero lo de besar a otro hombre se lleva la palma —dice temblando de la rabia.
—¡Tenías la mano en el culo de otra!
—¡Ya lo sé! —Me mira y yo le devuelvo la mirada.
—¡¿Por qué? ¿Una sola mujer te resultaba aburrido?! —chillo poniéndome tensa.
Miro alrededor para ver quién más ha oído mi comentario. Me alegra comprobar que nuestros
amigos han huido. Podría haberlo atacado por ser tan celoso o por ser tan posesivo, pero no, voy y
elijo su vida sexual pasada.
Me mira con sus ojos verdes entornados y los labios apretados.
—¡Lo estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo? ¿Cómo?
—¡Me dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías nunca!
Estamos el uno frente al otro, mirándonos como un par de lobos a punto de saltar a la yugular
del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los dos tenemos motivos para estar enfadados. Por
supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero no estoy preparada para pasarme la noche en plena
calle sólo para demostrar que tengo razón. No soy tan cabezota como él.
—No deberías haber decidido mi futuro tú solo —digo con más calma.
Echo a andar y doy un traspié al llegar al bordillo de la acera. No sé dónde tiene aparcado el
coche, pero seguro que en breve me gritará hacia adónde debo ir.
—Eres un grano en el culo —me suelta—. Estaba pensando en nuestro futuro.
Me coge por detrás y me lleva en brazos.
—Bájame, Pedro —protesto sin mucha convicción. Mi débil intento de soltarme es bastante
patético, la verdad.
—No voy a bajarte, señorita.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)